Karl Marx

El comité de investigación [y su labor]

[*Neue Oder-Zeitung* Nº 153, del 31 de marzo de 1855]

Londres, 28 de marzo. El comité de investigación de los Comunes ha celebrado ya más de una docena de sesiones, y los resultados de su indagación están, en gran parte, a disposición del público. Desde el duque de Cambridge hasta el señor Macdonald del *Times*, se ha interrogado a testigos de las más diversas esferas sociales, y rara vez ha caracterizado a un interrogatorio de testigos tal coincidencia de declaraciones. Los diversos ramos de la administración han pasado revista, y todos han sido hallados no sólo deficientes, sino en un estado vergonzosamente escandaloso. El estado mayor del ejército, el departamento médico, el departamento de suministros, la intendencia, el servicio de transporte, la administración de hospitales, la policía sanitaria, la policía portuaria de Balaclava y Constantinopla han sido todos condenados sin oposición. Pero, por malo que fuera cada departamento considerado por sí mismo, toda la gloria del sistema se desplegaba únicamente en el contacto y la interacción de todos. Los reglamentos estaban tan hermosamente dispuestos que, tan pronto como entraban en vigor, nadie sabía dónde comenzaba su autoridad, dónde terminaba o a quién dirigirse. Léase la descripción del estado de los hospitales, de las infames brutalidades, perpetradas por negligencia o indolencia, contra los enfermos y heridos a bordo de los buques de transporte y a su llegada al lugar de destino. Nada más espantoso ocurrió en la retirada de Moscú. Y estas cosas ocurrían en Scutari, a la vista de Constantinopla, una gran ciudad con múltiples recursos, no en una retirada precipitada, con los cosacos pisando los talones a los fugitivos, cortándoles los suministros, sino a consecuencia de una campaña hasta entonces victoriosa, en un lugar seguro de todo ataque enemigo, en el gran depósito central donde Gran Bretaña había almacenado sus provisiones para su ejército. Y los autores de todas estas atrocidades no eran bárbaros, sino gentlemen, pertenecientes a “los 10.000 de arriba”, hombres de natural apacible. Fiat el reglamento, pereat el ejército: «Diríjase usted a otra autoridad, el asunto no es de nuestra competencia.» «¿Pero a quién dirigirse?» «No es de nuestra competencia saber cuál es el departamento competente, y aunque lo fuera, no seríamos competentes para decírselo a usted.» «Pero los enfermos necesitan camisas, jabón, ropa de cama, alojamiento, medicinas, arrurruz, vino de Oporto. Mueren por centenares.» «Ciertamente, lamento mucho que la mejor sangre de Inglaterra se derrame tan deprisa, pero no podemos ayudar. No podemos dar nada, incluso si lo tenemos, sin los debidos requerimientos firmados por media docena de personas, de las cuales dos tercios están ausentes en Crimea o en cualquier otra parte.» Y, como Tántalo, los soldados tenían que morir a la vista, incluso al olfato, de las comodidades que podían salvarles la vida. Ningún hombre en el lugar poseía la energía para romper la red de la rutina, para actuar bajo su propia responsabilidad, como lo exigían las necesidades del momento, y a despecho de los reglamentos. Sólo una persona se atrevió a hacerlo, y fue
una mujer,
Miss
Nightingale
. Después de haberse asegurado de que las cosas necesarias estaban almacenadas, eligió a un número de robustos compañeros y, de hecho, cometió un allanamiento en los almacenes de Su Majestad. A los suministradores, paralizados de terror, les dijo:

«Ya tengo lo que necesitaba. Id ahora y contad en casa lo que habéis visto. Yo cargo con todo.»

Las viejas con autoridad en Constantinopla y Scutari, lejos de ser capaces de tal audacia, eran unos cobardes hasta un grado que parecería increíble si no contáramos con su propia confesión abierta. Uno de ellos, por ejemplo, un tal Dr. Andrew Smith, durante algún tiempo jefe de los hospitales, fue preguntado por el comité de investigación si en Constantinopla no había fondos disponibles para la compra y ningún mercado para procurarse las mercancías necesarias.

«¡Oh, sí!», respondió. «Pero después de cuarenta años de rutina y faena en casa, le aseguro que durante algunos meses apenas pude concebir la idea de que en efecto se me habían puesto fondos a mi libre disposición.»

¡Y a semejantes viejas se había entregado el ejército británico! En efecto, las más vivas descripciones en la prensa y en el Parlamento resultan pálidas ante la realidad tal como se despliega en los interrogatorios de los testigos. ¿Y qué decir de los Herbert, los Gladstone, los Newcastle y *tutti quanti*, de los elegantes oficinistas de Peel, que reiteradamente en el Parlamento desmintieron todos los hechos ahora demostrados y los rechazaron con una acritud apasionada que hasta entonces no se les había supuesto a estos «muy honorables» señores? Estos dandis de Exeter Hall, elegantes puseyistas, para quienes la distinción entre «transubstanciación» y «presencia real» era una cuestión vital, emprendieron con esa modesta arrogancia que los caracteriza la dirección de la guerra y tuvieron tanto éxito en la «transubstanciación» del ejército británico que su «presencia real» no se encontraba en ninguna parte. «Sí, está en alguna parte», replica Gladstone. «El 1 de enero, el ejército británico en Crimea ascendía a 32.000 hombres.» Desgraciadamente, tenemos el testimonio del duque de Cambridge de que, después de la batalla de Inkerman, el 6 de noviembre, el ejército británico no contaba con 13.000 bayonetas, y sabemos que desde noviembre y diciembre perdió aproximadamente 3.000 hombres.

Entretanto, la noticia de la revuelta de los Comunes contra los ministros, del comité de Roebuck y de la indignación popular en Inglaterra había llegado a Crimea. Recibida con júbilo por los soldados, aterró a los generales y jefes de departamento. Una semana después llegó la noticia de que unos comisarios estaban en camino con plenos poderes para investigar y negociar. Esto actuó como una batería galvánica sobre los paralíticos. Al mismo tiempo, los obreros del ferrocarril se ponen a la obra, sin estar trabados por precedentes, reglamentos y hábitos de oficina. Aseguraron un lugar de desembarco, pusieron la pala en movimiento, levantaron muelles, cabañas, diques, y antes de que los divertidos viejos gentlemen lo sospecharan, estaba colocado el primer raíl. Por insignificante que probablemente fuera el ferrocarril para el asedio —todas sus ventajas se habrían podido obtener más baratas y sencillamente—, resultó de la mayor utilidad por el mero ejemplo, por el vivo contraste de la Inglaterra industrial moderna frente a la impotente Inglaterra de la rutina. Las operaciones «Vorwärts» de los obreros del ferrocarril rompieron el hechizo que tenía preso a todo el ejército británico, hechizo engendrado por la imagen ilusoria de fantásticas imposibilidades que había aproximado a oficiales y soldados británicos al sordo fatalismo de los turcos y los inducía a contemplar tranquilamente la ruina segura como si fuera un destino inevitable. Con los obreros del ferrocarril reaparece en el ejército el «Aide-toi et le ciel t’aidera». En el espacio de seis semanas, todo adquirió un aspecto distinto. Raglan y su estado mayor, los generales de división y de brigada están diariamente en las trincheras, inspeccionando y dando órdenes. La intendencia ha descubierto caballos, carros y arrieros, y las tropas medios para poner bajo techo a sus enfermos y, en parte, a sí mismas. El cuerpo médico ha eliminado las atrocidades más clamorosas de las tiendas y barracones de hospital. Municiones, vestuario, incluso carne fresca y legumbres empiezan a llegar. Comienza a prevalecer un cierto grado de orden y, por mucho que aún quede por curar del viejo mal, la mejora en las condiciones es incontestable y sorprendente.