Friedrich Engels

El destino del gran aventurero

Escrito hacia el 16 de marzo de 1855.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 4353, del 2 de abril de 1855, artículo de fondo]

Hace poco publicamos algunos extractos interesantes del panfleto recientemente editado por el príncipe Napoleón, que sin duda merecieron la debida atención de nuestros lectores. Aquel panfleto revela el hecho llamativo y sumamente significativo de que la expedición de Crimea es una invención original del propio Luis Bonaparte, de que la elaboró en todos sus detalles sin consultar a nadie y de que la envió de su propio puño y letra a Constantinopla para evitar las objeciones del mariscal Vaillant. Desde que todo esto se sabe, una gran parte de los más clamorosos desatinos militares de esta expedición quedan explicados por las necesidades dinásticas de su autor. En el consejo de guerra de Varna, hubo que imponérsela a los almirantes y generales allí presentes mediante una apelación directa de Saint-Arnaud a la autoridad del «emperador», mientras que, por el contrario, aquel potentado estigmatizaba públicamente todas las opiniones contrarias como «consejos medrosos». Una vez en Crimea, el consejo verdaderamente medroso de Raglan, de marchar sobre Balaklava, fue adoptado con celo por Saint-Arnaud, ya que conducía, si no directamente al interior de Sebastopol, al menos cerca de sus puertas. Los febriles esfuerzos por impulsar el asedio —aunque sin medios suficientes—; el afán de abrir fuego, que hizo que los franceses descuidaran la solidez de sus obras hasta tal punto que sus baterías fueron silenciadas por el enemigo en un par de horas; el constante agotamiento de las tropas en las trincheras, que ha contribuido tanto, como ahora está demostrado, a la ruina del ejército británico; el cañoneo irreflexivo e inútil del 17 de octubre al 5 de noviembre; el descuido de todas las obras defensivas e incluso de una ocupación suficiente de la

cadena de colinas en dirección al Chórnaya, lo que trajo consigo la pérdida de Balaklava e Inkerman; todo esto queda ahora tan claramente esclarecido como se pueda desear. La dinastía Bonaparte estaba resuelta a tomar Sebastopol a toda costa y en el plazo más breve, y los ejércitos aliados tenían que ejecutarlo. Canrobert, si tenía éxito, sería mariscal de Francia, conde, duque, príncipe, lo que quisiera, con plenos poderes ilimitados para cometer «irregularidades» en el ramo financiero. Si fracasaba, sería un traidor al emperador, tendría que marcharse y reunirse con sus antiguos colegas Lamoricière, Bedeau y Changarnier en su exilio. Y Raglan fue lo bastante pusilánime como para ceder ante su interesado colega.

Pero todo esto no son más que las consecuencias menos significativas de este plan de operaciones imperatorio. Nueve divisiones francesas —es decir, ochenta y un batallones— han sido empeñadas en este asunto sin esperanza. Los mayores esfuerzos, los sacrificios más dispendiosos, no han conducido a resultado alguno. Sebastopol es más fuerte que antes. Las trincheras francesas, como ahora sabemos por fuente auténtica, se hallan todavía a 400 yardas enteras <1 yarda = 91,44 cm> de las obras rusas, mientras que las trincheras británicas están al doble de distancia. El general Niel, enviado por Bonaparte para inspeccionar los trabajos de asedio, declara que no se puede ni pensar en un asalto. Ha desplazado el punto principal del ataque del lado francés al lado británico y con ello no solo ha causado una demora en el asedio, sino que ha orientado el ataque principal hacia un arrabal que, incluso si es tomado, queda aún separado de la ciudad por el puerto interior. En resumen, proyecto tras proyecto, artimaña tras artimaña, para mantener, no la esperanza, sino la mera apariencia de una esperanza de éxito. Y mientras las cosas han llegado a este punto, mientras se avecina una guerra general en el continente, mientras se prepara una nueva expedición al Báltico, una expedición que en esta estación del año tiene que hacer algo y que, por tanto, debe disponer de muchas más tropas de desembarco que en 1854 —en este momento, la obstinación incita a Luis Bonaparte a empeñar cinco nuevas divisiones de infantería en este pantano de Crimea, donde los hombres desaparecen y regimientos enteros se desvanecen como por ensalmo. Y como si eso no bastara, está decidido a ir él mismo allí para observar el ataque decisivo de sus soldados.

Esta es la situación a la que el primer experimento estratégico de Bonaparte ha reducido a Francia. El hombre que, con cierto derecho, cree que está

llamado a ser un gran caudillo militar y a acercarse en alguna medida al fundador de su dinastía, se revela de antemano como un arrogante dechado de incapacidad. Con solo una escasa información, traza, aproximadamente a tres mil millas del lugar, el plan de la expedición, lo elabora en todos sus detalles y lo envía en secreto, sin consultar a nadie, a su comandante en jefe, quien, aunque se encuentra a solo unos pocos cientos de millas del punto de ataque, no por ello está menos desconocedor de la índole de los obstáculos y de las fuerzas de resistencia con que probablemente se topará. Una vez comenzada la expedición, se sucede una catástrofe tras otra, incluso la victoria es peor que infructuosa, y el único resultado es la aniquilación del propio ejército expedicionario. Napoleón, ni siquiera en su mejor momento, habría persistido jamás en una empresa semejante. En un caso así solía encontrar alguna nueva argucia, llevar sus tropas completamente por sorpresa a un nuevo punto de ataque y, mediante una brillante maniobra coronada por el éxito, hacer que las derrotas momentáneas aparecieran incluso como conducentes a la victoria definitiva. ¿Qué habría ocurrido si en Aspern hubiera ofrecido resistencia hasta el extremo? Solo en los días de su decadencia, después de que el trueno de 1812 quebrantara su confianza en sí mismo, su energía se trocó en obcecada tozudez, la cual le hizo, como en Leipzig, mantener posiciones hasta el último hombre que, su juicio militar debiera haberle dicho, eran completamente falsas. Mas ahí reside justamente la diferencia entre los dos emperadores: con lo que Napoleón terminó, empieza Luis Napoleón.

Es muy probable que Luis Bonaparte tenga la firme intención de dirigirse a Crimea y tomar personalmente Sebastopol. Puede que aplace su partida, pero nada hará vacilar su resolución, salvo la paz. En efecto, su destino personal está ligado a esta expedición, su primera empresa militar. No obstante, desde el día en que realmente parta, puede fecharse el comienzo de la cuarta y más grande revolución francesa. Todo el mundo en Europa lo siente, todos se lo desaconsejan. Un escalofrío sobrecoge las filas de la burguesía francesa tan pronto como se menciona esta partida. Pero el héroe de Estrasburgo es inquebrantable. Jugador toda su vida y, en los últimos tiempos, jugador acostumbrado a las apuestas más altas, lo apuesta todo —a pesar de las probabilidades más desfavorables— a una sola carta, a su «estrella». Además, sabe demasiado bien que las esperanzas de la burguesía de esquivar la crisis reteniéndolo en París son completamente vanas. Esté él allí o no, el destino del Imperio francés, el destino del orden social existente, se decide en las trincheras ante

Sebastopol. Si allí, contra toda expectativa, tuviera éxito, con su presencia traspasaría, al menos en la opinión de Europa, la barrera entre un bandolero callejero y un héroe; si no tiene éxito, su imperio se habrá acabado en todo caso. Que cuenta con la posibilidad de tal desenlace lo muestra llevándose consigo, con uniforme de teniente general, a su rival y presunto heredero, el joven Jérôme Bonaparte.

Precisamente ahora Austria está sacando el mayor provecho de esta expedición a Crimea. Si la lucha ante Sebastopol se prolonga aún algunos meses, esta lucha, que devora un cuerpo de ejército tras otro y debilita la fuerza de Francia y de Rusia, convertirá a Austria en el árbitro principal del continente, donde se hallan disponibles, en masa compacta, sus 600.000 bayonetas para ser arrojadas a la balanza como peso abrumador. Pero, afortunadamente, existe un contrapeso frente a esta supremacía de Austria. En el momento en que Francia vuelva a emprender el camino de la revolución, este poder de Austria se disolverá en sus diversos elementos. Alemanes, húngaros, polacos, italianos y croatas se sacudirán los lazos impuestos que los encadenan, y en lugar de las alianzas y antagonismos indeterminados y casuales de hoy, Europa volverá a estar dividida en dos grandes campos, con distintos estandartes y nuevas metas. Entonces, la lucha se librará únicamente entre la
revolución democrática
por un lado y la
contrarrevolución monárquica
por el otro.