Karl Marx

El Parlamento

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 88, 22 de febrero de 1855]

Londres, 17 de febrero. El Parlamento reanudó ayer sus sesiones. La Cámara de los Comunes estaba visiblemente desazonada. Parecía atormentada por la convicción de que las transacciones de las últimas 3 semanas habían quebrantado por completo su autoridad. Allí estaba de nuevo el viejo ministerio, repulido. Dos viejos lores, que no se llevaban bien, habían desaparecido de él, pero un tercer viejo lord, que había compartido el voto de desconfianza con ambos, no había bajado un escalón, sino que había subido al escalón más alto. Lord Palmerston fue acogido con un silencio solemne. Ni un "cheer" <vítor>, ni una muestra de entusiasmo. Su discurso fue, por excepción, recibido con visible indiferencia y con malhumorado escepticismo. Excepcionalmente también le falló la memoria, y rebuscó titubeando entre las notas que tenía delante, hasta que Sir Charles Wood, susurrándole, le devolvió el hilo perdido. Su auditorio parecía incrédulo de que el cambio de firma fuera a salvar de la bancarrota a la vieja casa.

Toda su aparición evocó el juicio del cardenal Alberoni sobre Guillermo de Orange:

«Este hombre era fuerte mientras mantuvo la balanza. Es débil desde que él mismo se arrojó en uno de los platillos.»

El hecho más importante era, sin embargo, sin duda la aparición de una nueva coalición frente a la renovada vieja: la coalición de los tories bajo Disraeli con la parte más pronunciada de los radicales, Layard, Duncombe, Horsman, etc. Precisamente entre estos últimos, los radicales de Mayfair, contaba Palmerston hasta ahora sus partidarios más vociferantes.

La frustrada esperanza de Layard de obtener un puesto subalterno en el Ministerio de la Guerra — murmura un periódico ministerial. ¡Arrojadle un puesto! — cuchichea otro.

Lord Palmerston comenzó la presentación de su nuevo ministerio con una breve historia de la crisis ministerial. Luego ensalzó su propio producto. El ministerio que había formado

«posee suficiente habilidad administrativa, suficiente perspicacia política, suficientes principios liberales, suficiente patriotismo y decisión para cumplir con su deber».

Lord Clarendon, Lord Panmure, el señor Gladstone, Sir James Graham: cada uno recibió su cumplido. Por excelente que fuera el ministerio, se veía, sin embargo, acechado por una gran dificultad. Ahí estaba el señor Roebuck, quien insistía en que el próximo jueves se nombrara su comité de investigación. ¿Para qué necesitaba la Cámara un comité? Les recordó una anécdota de la época de Ricardo II, en tiempos de la rebelión de Wat Tyler. El joven monarca se encontró con una tropa de rebeldes cuyo caudillo acababa de caer ante sus ojos. Dirigiéndose hacia ellos con audacia, exclamó: «Habéis perdido a vuestro jefe; yo, amigos, seré vuestro jefe». «Así digo yo» (el joven (!) dictador Palmerston), «si vosotros, la Cámara de los Comunes, renunciáis a ese comité, el propio gobierno será un comité.»

Esta comparación poco respetuosa de la Cámara con un club de «rebeldes» y la desvergonzada exigencia de erigir al gabinete en juez de sí mismo fue acogida con risas irónicas. ¿Qué queréis, pues?, exclamó Palmerston, alzando la voz y lanzando su cabeza a la conocida postura de desafiante irlandés. ¿Qué pretende un comité de investigación? ¿Mejoras administrativas? ¡De acuerdo! Escuchad todo lo que resolvemos mejorar. Antes teníais dos ministros de guerra: el Secretario de Guerra y el Ministro para la Guerra. En adelante sólo tendréis uno: este último. En el departamento de ordenanzas, el mando militar superior se transfiere al comandante en jefe (los Horse Guards), y la administración civil, al ministro de la guerra. Se ampliará la oficina de transportes. Hasta ahora, según el acta de 1847, el período de servicio era de 10 años. Ahora se dejará libre el alistamiento por cualquier número de años, de 1 a 10. No se reclutará a menores de 24 ni a mayores de 32 años. ¡Y ahora, al teatro de la guerra! Aquí Palmerston, para llevar unidad, energía y orden a la conducción de la guerra y a la administración, elige el singular medio de poner detrás de cada puesto un inspector con plenos poderes indeterminados. Lord Raglan sigue siendo comandante en jefe, pero el general Simpson se convierte en jefe del estado mayor, y Raglan «considerará su deber ejecutar sus consejos». Sir John Burgoyne es llamado de vuelta, y Sir Harry Jones se convierte en comisario general del comisariato con poder dictatorial indeterminado. Pero al mismo tiempo, una persona civil, Sir John MacNeill (autor del famoso panfleto: «Los progresos de Rusia en Oriente»), es enviado a Crimea para realizar investigaciones sobre las malversaciones, la incapacidad y las faltas al deber del comisariato. Nuevas instalaciones hospitalarias en Esmirna, Escútari; reforma del departamento médico en Crimea y en casa, buques de transporte que cada 10 días viajarán entre Crimea e Inglaterra para enfermos y heridos. Pero al mismo tiempo, el ministro de la Guerra tomará prestadas tres personas civiles del ministro de Sanidad y las enviará a Crimea para adoptar allí las medidas sanitarias necesarias para prevenir la peste con la llegada del tiempo primaveral, así como para realizar investigaciones sobre el personal y la dirección del departamento médico. Se ve que está todo previsto para los conflictos de competencia. Para compensar a Lord Raglan por su «mando supremo, ahora rodeado de instituciones constitucionales», recibe plenos poderes para negociar en Constantinopla un cuerpo de 300 barrenderos y sepultureros turcos que, al comienzo del deshielo, habrán de arrojar al mar al ejército muerto, los caballos putrefactos y demás basura. En el teatro de guerra se establecerá un transporte terrestre propio. Mientras por una parte la guerra, por la otra Lord John Russell preparará la paz en Viena, si es factible.

Disraeli: Después de oír al noble lord alabar la «habilidad administrativa y la perspicacia política» de sus colegas, ¡difícilmente se creería que se refiere a los mismos «chapuceros sin parangón» que la Cámara condenó hace 19 días! Suponiendo que las mejoras prometidas se llevaran a cabo y fueran lo que se dice que son, ¿no constituirían la sátira más feroz contra el ministerio, que es el único que se ha opuesto a ellas, que ha declarado que una investigación de los Comunes sobre la malversación anterior equivalía a un voto de desconfianza contra sí mismo? Incluso Lord John Russell ha declarado que la misteriosa desaparición del ejército le resulta inexplicable y que es imprescindible una investigación sobre sus causas secretas. ¿Debe la Cámara dejarse engañar y revocar la resolución que tomó hace apenas 10 días? Con ello perdería irremisiblemente su influencia pública por años. ¿Cuál es el argumento del noble lord y de sus colegas recién pintados para inducir a la Cámara de los Comunes a embrutecerse a sí misma? Promesas que, sin la amenaza de un comité de investigación, jamás se habrían hecho. Insiste en la investigación parlamentaria. Palmerston asume su nueva dignidad con amenazas contra el movimiento independiente del Parlamento. Jamás un ministerio había encontrado tanto apoyo y disposición por parte de la oposición como el de Lord Aberdeen, el «último» ministerio, ¡pero cómo iba a decirlo! Los dos Dromios lo confundían por completo; prefería decir, por tanto, «el último ministerio y sus actuales fieles — sus representantes idénticos en el banco ministerial».

Roebuck declaró que el próximo jueves propondría los nombres para el comité ya votado por la Cámara. La administración sigue siendo la misma; sólo se han barajado las cartas, pero han vuelto a las mismas manos. Sólo la intervención directa de la Cámara de los Comunes puede romper las cadenas de la rutina y eliminar los obstáculos que impiden al gobierno, incluso si quisiera, llevar a cabo las reformas necesarias.

Duncombe: ¡El noble lord les había contado que él y el gobierno querían ser su comité! ¡Muchas gracias! ¡Lo que la Cámara exige es precisamente investigar la gestión del noble lord y de sus colegas! Ha prometido reformas, pero ¿quién va a ejecutarlas? Los mismos hombres cuya administración ha hecho necesarias las reformas. Nada ha cambiado en la administración. Es el statu quo ante <el estado de cosas antes de [la moción de]> Roebuck. Lord John Russell ha desertado cobardemente de su puesto. El propio Lord Palmerston es la «flor mustia» de 13 gabinetes reunidos con sus antepasados, desde el de Lord Liverpool hasta el presente. Debe poseer, por tanto, indiscutiblemente «una gran experiencia y un alto talento administrativo». Su Lord Panmure no llega siquiera al duque de Newcastle. El nombramiento del comité no es una censura. Se trata de una investigación. Probablemente la censura vendrá a continuación. En cuanto a las negociaciones de Viena, también aquí el gobierno está en contradicción con el pueblo. El pueblo exige la revisión de los tratados de Viena de 1815 en interés de los polacos, húngaros e italianos. Y por guerra contra Rusia entiende la aniquilación lisa y llana de la preponderancia rusa.

Como se ve, el ministerio Palmerston comienza donde terminó el ministerio Aberdeen: con la lucha contra la moción de Roebuck. Hasta el próximo jueves se recurrirá a todo para obtener subrepticiamente una mayoría ministerial contra el comité de investigación.