Friedrich Engels

El gran acontecimiento de la guerra

Escrito el 28 de septiembre de 1855.

["New-York Daily Tribune" núm. 4519 del 13 de octubre de 1855, artículo de fondo]

Los detalles del asalto general victorioso a Sebastopol el 8 del corriente <(último) del mes pasado> nos son ahora plenamente conocidos por los informes oficiales de los comandantes aliados y por la correspondencia de los periódicos europeos, de los cuales los más importantes han encontrado ya cabida en nuestro diario. Naturalmente, casi todos han leído estas interesantes exposiciones, y no hay necesidad de repetir los datos en ellas contenidos. Lo que nos proponemos es dar a nuestros lectores una idea clara de las condiciones en que se llevó a cabo el asalto, y explicar en esta ocasión por qué los aliados obtuvieron resultados tan diferentes en los diversos puntos del ataque.

Según el general Niel, los franceses habían adelantado sus trincheras en todos los puntos hasta muy cerca de las obras rusas. Frente al Rediente Pequeño junto a la Kielholbucht (bastión núm. 1) y al Malachow (bastión núm. 2), la cabeza de la zapa no distaba más de 25 yardas del foso ruso. En el bastión de la Bandera (bastión núm. 4) la distancia era de 30 yardas, y en el bastión Central (bastión núm. 5) de 40 yardas. En todos estos puntos, las columnas de asalto estaban, por tanto, muy próximas a las obras que habían de asaltar. Por el contrario, los ingleses habían abandonado la zapa cuando llegaron a 240 yardas del Gran Rediente (bastión núm. 3). Ello se debía al espíritu de rutina que aún predomina en el ejército inglés. En cuanto hubieron adelantado sus trincheras hasta esa distancia, descubrieron que, si las proseguían, serían enfilados desde el bastión de la Bandera, que se adelanta bastante sobre las demás obras rusas. Pues bien, en la teoría de los sitios existe una regla general según la cual ninguna parte de las trincheras debe tenderse de modo que su prolongación choque con un punto ocupado por el enemigo, porque esa parte quedaría expuesta al fuego de enfilada.

Naturalmente, es correcto si uno puede prescindir de trincheras tan incorrectamente tendidas. Pero aquí, donde ese fuego de enfilada no podía evitarse en absoluto (el plan general del sitio y la configuración natural del terreno excluyen de antemano la idea de tomar por separado el bastión de la Bandera), era manifiestamente mejor tender tales trincheras que no tender ninguna. En efecto, las reglas teóricas prevén multitud de remedios para un mal inevitable de este género. En tal caso, se prescriben traveses y las zapatas mixtas. Según parece, los oficiales franceses de ingenieros hicieron observaciones a sus camaradas ingleses, diciéndoles que –aun cuando al proseguir sus trincheras bajo condiciones tan desfavorables perderían muchos hombres– era mejor, con todo, perderlos ahora al terminar un trabajo que casi aseguraría el éxito de un asalto, que perderlos durante un asalto cuyo desenlace, por falta de aproches cubiertos, podía ser muy dudoso. Pero los ingenieros británicos lo sabían mejor. El resultado muestra que estaban equivocados en alto grado.

El general francés distribuyó sus fuerzas del modo siguiente: contra la llave de toda la posición, el Malachow, la división de Mac-Mahon; a su derecha, contra la cortina que lo une con el bastión núm. 1, la división de La Motterouge; en la extrema derecha, contra el bastión núm. 1 mismo, la división de Dulac. Como el Malachow era el único punto que, en caso de resistencia seria, debía ser dominado a toda costa, Mac-Mahon tenía como reserva una división de guardias al mando de Mellinet. Hasta aquí, el ataque francés por el lado de Karabelnaya. Por el lado de la ciudad, el bastión de la Bandera, que constituye una especie de ciudadela avanzada sobre un terreno muy fuerte y posee obras interiores de considerable fortaleza, no podía ser atacado directamente de frente. En cambio, la división de Levaillant debía asaltar el bastión Central, y tras ella, en caso de éxito, debía seguir la división de d'Autemarre, que tenía orden de rodear la gola del bastión de la Bandera y asaltarlo de frente en el momento en que la brigada piamontesa de Cialdini se hubiera concentrado en las trincheras. La posición entre el Malachow y el bastión de la Bandera estaba ocupada por los ingleses. Éstos debían atacar el Rediente.

El Malachow debía ser asaltado primero, y una vez tomado, las demás columnas debían avanzar hacia sus respectivos objetivos de ataque. El Malachow era un gran reducto situado en la cima de la colina dominante de la cual toma el nombre, cerrado por todos lados, pero con amplias aberturas en la espalda para dar entrada a los refuerzos. Estaba unido por una cortina, a su derecha e izquierda, con el Gran Rediente y el Rediente Pequeño. También éstos eran reductos cerrados que contenían obras menores destinadas a reductos, mientras que los frentes de la espalda, cuyas troneras daban al interior del reducto, formaban un recorte. Las golas de estos recortes estaban a su vez unidas al Malachow por una segunda cortina, o cortina interior, que formaba una segunda línea de defensa. El interior del Gran Rediente y del Rediente Pequeño estaba bastante libre de obstáculos y, por consiguiente, completamente batido por la artillería de los recortes y reductos. Pero el reducto del Malachow, sobre el que se había concentrado el fuego enemigo desde la toma del Mamelon, estaba provisto a lo largo de los parapetos de traveses huecos que ofrecían a los artilleros y a las tropas de servicio abrigo a prueba de bomba, mientras que el interior estaba lleno de grandes blocaos, cubiertos a prueba de bomba, que servían de cuarteles y eran totalmente inadecuados para la defensa. Cuando llegaron las primeras noticias de la toma del Malachow, expresamos la opinión de que los rusos habían cometido, sin duda, el mismo error que en la construcción del reducto Kamtschatka en el Mamelon: a saber, que, para ponerse a cubierto del fuego enemigo, habían hecho el interior del fuerte manifiestamente inútil para la defensa contra el asalto, al dividirlo en pequeñas cámaras. Nuestra opinión se ha visto ahora plenamente confirmada. El laberinto del Malachow, lo mismo que el del Mamelon, demostró que era absolutamente imposible defenderlo. En diez minutos fue tomado, para no ser reconquistado jamás.

Las disposiciones francesas para este asalto al Malachow fueron admirables. Todo estaba previsto y dispuesto. Se empleó un nuevo tipo de puentes, no descritos, para salvar el foso; en menos de un minuto estaban tendidos. Apenas había comenzado el asalto, cuando los zapadores construyeron una zapa volante desde las trincheras hasta el foso, abrieron amplios pasos a través de los parapetos rusos, cegaron el foso del lado opuesto y formaron un camino transitable hacia el interior del reducto del Malachow, por el cual podían moverse refuerzos, reservas e incluso piezas de campaña. Tan pronto como todo el reducto estuvo tomado, los pasos en la gola fueron cerrados rápidamente, se abrieron troneras, se subieron cañones de campaña y, en un par de horas, antes de que los rusos pudieran pensar en un intento serio de reconquista, la obra estaba por completo vuelta contra ellos, y llegaron demasiado tarde. Los artilleros estaban preparados para clavar los cañones en caso necesario, y destacamentos de infantería llevaban en sus cinturones herramientas de trinchera de mango corto.

Este ataque se llevó a cabo bajo la inmediata supervisión del mariscal Pélissier y del general Niel. No sabemos si los demás ataques estuvieron igualmente bien organizados, pero en conjunto no tuvieron éxito, y fue especialmente fallido el ataque al bastión Central. Este asalto, bajo el mando del general de Salles, se emprendió evidentemente con fuerzas del todo insuficientes, pues tan pronto como los franceses llegaron al parapeto ruso, se vieron obligados a buscar protección tras él. El asalto degeneró en un tiroteo de escaramuza y, por tanto, fue rechazado necesariamente. Lo que esto significa, se ha encargado de mostrárnoslo el general Simpson con su ataque al Rediente. El ataque al Rediente Pequeño fue sumamente sangriento, y la posición fue valientemente defendida por los rusos, quienes rechazaron aquí, por sí solos, a cinco brigadas francesas.

En ocasiones anteriores hemos señalado lo absurdo del sistema predominante en el ejército británico, consistente en formar sus columnas de asalto tan débiles que no pueden considerarse más que como pelotones perdidos en cuanto tropiezan con una resistencia seria. Este error se hizo ya patente en el plan de ataque de lord Raglan del 18 de junio, y parece como si el general Simpson estuviera decidido a superar a su desaparecido jefe.

El ángulo saliente del Rediente había sufrido bajo el fuego inglés, y se había acordado dirigir el asalto contra este punto tan pronto como el Malachow hubiera sido completamente tomado por los franceses. De acuerdo con ello, el general Simpson había destacado de las divisiones 2.ª y ligera destacamentos para el asalto, en total unos 1.800 hombres, ¡o sea la mitad de dos brigadas! Las otras dos brigadas de estas divisiones debían actuar como refuerzo, y las divisiones 3.ª y 4.ª formarían la reserva; además, también se hallaban presentes la división de guardias y la escocesa: en total, 25.000 hombres; ¡y de éstos, alrededor de 1.800 fueron encargados del verdadero asalto, apoyados más tarde por unos 2.000! Estos 1.800 hombres tenían que recorrer –no como los franceses, que podían saltar de sus trincheras al foso ruso– una distancia de 250 yardas a través de terreno descubierto, expuestos al fuego de flanco de los rusos desde las cortinas del Rediente. Cayeron a montones, pero avanzaron, cruzaron el foso con escalas de asalto, penetraron en el ángulo saliente y allí tropezaron inmediatamente con un fuego terrible de metralla y mosquetería procedente del recorte situado en el fondo del Rediente y de los reductos. La consecuencia fue que, para buscar protección, se dispersaron detrás de los traveses y, lo mismo que los franceses en el bastión Central, se pusieron a disparar contra los rusos. Esto no habría importado nada, si los refuerzos y las reservas hubieran avanzado y, en ataque cerrado, hubieran proseguido las ventajas ya logradas. Pero apenas llegó nadie, y los que aparecieron lo hicieron en pequeños grupos y de modo irregular. Tres veces envió el brigadier comandante Windham oficiales con la petición de que se hiciera avanzar tropas en orden de combate regular, pero no llegaron. Los tres oficiales fueron heridos al atravesar la llanura. Finalmente, fue él mismo y persuadió al general Codrington de que enviara otro regimiento; pero mientras tanto, las tropas británicas emprendieron de repente la retirada y abandonaron el Rediente. Los refuerzos rusos habían llegado y barrieron la plaza fortificada. ¡Entonces, el bueno de Simpson, que tenía aún 20.000 hombres en la reserva, decidió intentar un nuevo asalto a la mañana siguiente!

Este débil ataque de los ingleses al Redán imprime a los generales de Crimea el sello indeleble de la incapacidad. Parecen tener una inclinación propia a superarse mutuamente en la comisión de errores. Balaklava e Inkerman fueron, a este respecto, grandes hazañas; pero el 18 de junio y el 8 de septiembre las dejan muy atrás. El asalto fue preparado con tan poca reflexión que, mientras los ingleses mantenían ocupado el ángulo saliente del Redán, ni siquiera se clavaron los cañones allí encontrados, y por ello esos mismos cañones cubrieron a los ingleses durante su retirada

con igual intensidad de metralla y cargas de shrapnel que antes durante su avance. En cuanto a los intentos de establecerse en un alojamiento adecuado, ni Simpson ni los corresponsales de prensa mencionan absolutamente nada al respecto. De hecho, hasta las más simples medidas de precaución parecen haber sido descuidadas.

Los ataques al Redán, al bastión central y al Pequeño Redán eran, en cierto grado, solo demostraciones. Sin embargo, el asalto al Redán tenía una significación particular. Era la posición por la cual la conquista del Malachov se volvía inmediatamente decisiva, pues si el Malachov, por su altura, domina el Redán, el Redán domina los accesos al Malachov y, una vez tomado, habría flanqueado todas las columnas rusas que marcharan sobre aquella colina. La caída del Malachov decidió a los rusos a abandonar toda la parte sur; la caída del Redán los habría obligado a evacuar al menos la Karabelnaya a toda prisa, y antes de que hubieran podido organizar ese bien dispuesto sistema de destrucción por fuego y explosión bajo cuya protección lograron efectuar su retirada con seguridad. Los ingleses fracasaron, pues, realmente en hacer lo que sus aliados esperaban de ellos con razón, y además en un punto muy importante. Y no solo fracasaron los generales, sino que los soldados ya no eran lo que habían sido antes. En gran parte reclutas jóvenes, llegados a Crimea poco antes, estaban demasiado afanados en buscar protección y en disparar, en vez de atacar a la bayoneta. Les faltaba disciplina y orden; los distintos regimientos se mezclaron, los oficiales perdieron todo control, y en pocos minutos la maquinaria se descarriló. A pesar de ello, hay que reconocer que, sin embargo, resistieron a pie firme en el Redán casi dos horas, en tenaz y pasiva resistencia, sin que llegara refuerzo alguno; pero, en fin, no estamos acostumbrados a ver a la infantería británica descender al nivel de los rusos y buscar su única gloria en una valentía pasiva.

La palma de la victoria del día corresponde a los generales Bosquet y Mac-Mahon. Bosquet comandaba todo el asalto francés del ala derecha, y Mac-Mahon tenía a su mando la división que tomó y mantuvo el Malachov. Fue uno de esos raros días en que los franceses superaron realmente a los ingleses en valor. En todos los demás terrenos ya habían mostrado mucho antes su superioridad sobre ellos. ¿Hemos de concluir, pues, que el ejército inglés ha empeorado y que su infantería ya no puede vanagloriarse de ser, en orden cerrado,

la primera infantería del mundo? Decir esto sería prematuro; pero lo cierto es que, de todos los hombres del mundo, los generales británicos en Crimea son los mejor capacitados para minar el estado físico y moral del ejército; por otro lado, el material de soldados que desde hace algún tiempo se incorpora al ejército es mucho peor de lo que era antes. El pueblo británico haría bien en ocuparse de ello; dos derrotas en el plazo de tres meses constituyen un rasgo completamente nuevo en la historia bélica británica.

De los rusos solo podemos decir que combatieron con su acostumbrada valentía pasiva y que en el contraataque que emprendieron para recuperar el Malachov dieron incluso muestras de un gran coraje activo. Sobre la índole de sus disposiciones tácticas no podemos permitirnos un juicio hasta que se publique su informe. Una cosa es segura, a saber: que el Malachov fue tomado por completo por sorpresa. La guarnición se hallaba comiendo, y ninguno de ellos, salvo la artillería junto a los cañones, parece haber estado sobre las armas y preparado para hacer frente a un ataque.

Si consideramos ahora lo que se ha hecho desde la toma de la parte sur, deducimos de los informes de Gortschakov que 20.000 hombres de los aliados (no se dice de qué nación) han ido a Eupatoria y que al mismo tiempo se han enviado fuertes destacamentos de reconocimiento contra los rusos que permanecían en el valle de Baidar, donde las tropas avanzadas rusas se vieron obligadas a retirarse hacia Urkusta, en dirección al valle del alto Tchulin, otro afluente del Tchornaya. El cuerpo de 30.000 hombres que se encuentra ahora en Eupatoria es bastante débil y no puede aventurarse lejos del lugar. Pero aún pueden seguirle refuerzos. En cualquier caso, las operaciones de campaña han comenzado, y los próximos catorce días han de decidir si los rusos pueden mantener su posición o si han de abandonar toda Crimea como botín a los aliados.

Variantes textuales

En lugar de este párrafo, dice en la "Neue Oder-Zeitung" N.° 463 del 4 de octubre de 1855: "El 8 de septiembre estuvieron empeñadas 5 divisiones francesas y destacamentos de 2 divisiones inglesas. De aproximadamente 45.000 hombres, los aliados perdieron, según su propia confesión, 10.000, es decir, casi uno de cada cuatro. La pérdida rusa es incalculable."
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En lugar de esta frase, la "Neue Oder-Zeitung" trae el siguiente texto: "Esta rutina se basa en que las fortalezas con las que los ingleses tuvieron que vérselas principalmente, sobre todo también Wellington en España, estaban construidas según el sistema italo-español y por tanto rara vez podían albergar a más de 500 hombres. Como todo en los ingleses es tradicional, así lo es su modo de asalto; hayan desaparecido hace mucho o no sus presupuestos. Así imitó Lord Raglan —ya se sabe con qué éxito— el 18 de junio la vieja usanza de Wellington. En vez de aprender de su desgracia, Simpson consideró un deber no solo imitar a Raglan, sino incluso superarlo. Simpson tenía el 8 de septiembre a 25.000 hombres sobre el terreno. De estos, confió el asalto real a un número de 1.800."