Karl Marx

Cartas de Napier -

Comité Roebuck

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 277, 18 de junio de 1855]

Londres, 15 de junio. Sir Charles Napier inicia una serie de cartas sobre la flota del Báltico con la siguiente núm. 1:

"Se pregunta por qué nuestra escuadra en el mar Báltico no hizo nada digno de mención el año pasado, y probablemente tampoco hará nada este año. La pregunta se responde con facilidad, a saber: porque Sir James Graham no se ocupó de los planes que yo le envié el pasado junio, y de los cuales fingió no saber nada; además, porque el Almirantazgo negó su atención a los planes que le envié el pasado septiembre. Si el almirante Dundas hubiera sido equipado con los dispositivos que yo señalé, Sveaborg podría estar ahora bombardeada y probablemente destruida. En lugar de hacer esto, malgastaron alrededor de un millón en baterías acorazadas flotantes, que apenas pueden mantenerse a flote y que, de ser enviadas al Báltico, probablemente jamás regresarán; y esto después de que en Portsmouth se hubiera suministrado la prueba de que los cañones de a 68 las destruirían a una distancia de 400 yardas, mientras que todo el mundo sabe que a 800 yardas de distancia no pueden dañar los muros de granito. Si ese mismo dinero se hubiera invertido en buques morteros, cabría esperar algo; o si tan solo la mitad del dinero se hubiera gastado en ejecutar los planes de Lord Dundonald, que él me comunicó, no dudo que habrían conducido al éxito tanto en el Báltico como en el mar Negro. Ya llegará mi hora, y pronto, en que podré poner al desnudo toda la conducta de Sir James Graham para conmigo. Ha sido probado por el señor Duncombe (en el asunto Bandiera) que abrió cartas privadas. Intentó arrojar sobre el señor Layard la mancha por la muerte del pobre capitán Christie, y yo lo he acusado de tergiversar mis cartas. Impedir que yo aporte la prueba se hace bajo el pretexto de que la publicación proporcionaría información al enemigo. Ese pretexto desaparecerá pronto, y el país sabrá de qué medios se valió el honorable baronet para inducir al almirante Berkeley y al almirante Richards a firmar instrucciones que, de haberse ejecutado, habrían causado la pérdida de la flota real. El país conocerá si el Primer Lord del Almirantazgo tiene el poder de tergiversar las cartas privadas de un oficial convirtiéndolas en públicas, para luego impedirle a él hacer lo mismo con las cartas del Primer Lord. Sir Ch. Napier."

El comité Roebuck volvió a reunirse ayer, por 49ª vez, para llegar a una resolución sobre el informe que ha de rendir a la Cámara de los Comunes. Después de un debate de cuatro horas, sus miembros no lograron conciliar sus puntos de vista como tampoco en las sesiones anteriores. Se aplazaron nuevamente hasta el lunes, con la "esperanza" de poder anunciar por fin el término de sus procedimientos.

La "Asociación para la Reforma Administrativa" celebró ayer un gran mitin en el teatro de Drury Lane; pero, nótese bien, no un mitin público, sino un mitin con invitación, un mitin al que sólo tenían acceso los agraciados con tarjetas de entrada. Los señores estaban, pues, completamente a sus anchas, "au sein de leur famille" <"en el seno de su familia">. Estaban reunidos, según propia confesión, para dar curso a la "opinión pública". Pero para proteger a la opinión pública de la corriente de aire exterior, se había apostado media compañía de agentes de policía en las puertas de Drury Lane. ¡Qué opinión pública tan delicadamente organizada, que sólo se atreve a ser pública bajo la protección de agentes de policía y tarjetas de entrada! El mitin, ante todo, fue una manifestación en favor de Layard, quien esta noche presenta por fin su moción de reforma ante la Cámara.

En un mitin público celebrado anteayer en Newcastle-upon-Tyne, David Urquhart denunció "al ministerio traidor y al parlamento imbécil".

De los mítines que los cartistas preparan ahora en provincias, hablaremos en otra ocasión.

Mientras así, desde distintos sectores y distintos puntos de vista, se ejerce la crítica de lo existente, el príncipe Alberto ha agarrado por los cabellos la oportunidad de una comida en el Trinity House para pronunciarse sobre la posición de la corte frente a la fermentación general. También él tiene una panacea para la crisis. Se llama: "¡confianza patriótica y abnegada en el gabinete!" El despotismo del gabinete, opina el príncipe Alberto, es lo único que puede habilitar a la Inglaterra constitucional para hacer frente a Rusia y hacer la guerra al despotismo nórdico. Los contrastes que trazó entre Inglaterra y Rusia no fueron ni contundentes ni afortunados. ¡Por ejemplo: la reina no tiene poder para reclutar tropas, ni dispone de tropa alguna, salvo aquellas que ofrecieran su servicio voluntario! El príncipe Alberto olvida que la reina dispone de aproximadamente 30 millones de libras esterlinas para comprar tropas. ¿Desde cuándo es el trabajo forzado más productivo que el trabajo asalariado? ¡Qué se diría de un fabricante de Manchester que se quejara de la competencia de los fabricantes moscovitas porque él mismo solo dispusiera de obreros que ofrecieran voluntariamente sus servicios! En lugar de destacar que el emperador de Rusia hace proclamar al pueblo desde los púlpitos, clara y taxativamente, el objeto de su guerra "santa", mientras que Inglaterra lleva dos años librando una guerra de la que el primer ministro confiesa en el Parlamento que "nadie puede indicar su objeto", el príncipe Alberto se queja de que

"el gobierno de la reina no puede tomar ninguna medida para la prosecución de la guerra sobre la que no se haya explicado previamente ante el Parlamento".

¡Como si el comité Roebuck no hubiera sido nombrado sino después de que dos tercios del ejército inglés hubieran sido sacrificados! ¡Como si las conferencias de Viena no hubieran sido debatidas sino después de haber sido clausuradas! ¡De hecho, no tuvo lugar en el Parlamento ni una sola declaración sobre ni una sola medida de guerra, a excepción de la estrepitosa e inmotivada proclama de Russell sobre la expedición a Sebastopol, la cual, evidentemente, solo pretendía dar al gabinete de San Petersburgo una advertencia oportuna! Y cuando se debatió el bloqueo, no fue porque el ministerio hubiera adoptado esta medida, sino porque la proclamó sin adoptarla. El príncipe Alberto, en lugar de quejarse de que la corona, por intrigas parlamentarias, se hubiera visto forzada, en una guerra contra Rusia, a cargar con la dictadura de un gabinete confesadamente rusófilo y notoriamente pacífico, se quejó, por el contrario, de que una votación desfavorable en el Parlamento "obligara a la reina a despedir a sus servidores confidenciales". En lugar de quejarse con razón de que errores, debilidades, bajezas, que en Rusia harían madurar para Siberia a generales, ministros y diplomáticos, en Inglaterra solo traen consigo, a lo sumo, alguna charla indiferente en la prensa y en el Parlamento, el príncipe Alberto se queja, por el contrario, de que

"no puede producirse ningún desacierto, por insignificante que sea, no puede existir ninguna carencia, ninguna debilidad, que no sea denunciada de inmediato, y a veces exagerada, con una suerte de satisfacción malsana".

Estas expectoraciones morbosamente irritadas las colocó el príncipe Alberto en un brindis por su enemigo de larga data, Lord Palmerston. Pero Palmerston no entiende de magnanimidad. Se aprovechó al instante de la falsa posición adoptada por el príncipe para golpearse el pecho ante él y proclamar en voz alta: "Me veo obligado a declarar que el pueblo inglés nos ha dispensado el más generoso apoyo." Fue más lejos. Declaró sin ambages que poseía "la confianza" del pueblo inglés. Rechazó las inoportunas amonestaciones del príncipe al pueblo. Le hizo la corte al pueblo, después de que el príncipe se la hubiera hecho a él. Ni siquiera consideró que valiera la pena responder con un cumplido a la corona. El príncipe Alberto había querido erigirse en protector del ministerio y, por ello, había proclamado la "independencia" del gabinete respecto al Parlamento y al pueblo; Palmerston responde constatando la "dependencia" de la corona respecto al gabinete.