Aparte de una lista incompleta de los oficiales británicos muertos y heridos, los periódicos traídos por el vapor “America” —y los hemos examinado cuidadosamente— apenas añaden nada a lo que ya sabemos de las circunstancias en que se ha llevado a cabo la conquista de la parte sur de Sebastopol. Es cierto que se orácula mucho tanto sobre las causas como sobre las consecuencias del repentino abandono por Gorchakov de una plaza defendida tan larga y tan desesperadamente; y entre estas consideraciones merecen especial atención las de nuestros corresponsales en Londres y París. Pero hay algunos puntos de vista y algunas consideraciones con los que ninguno de estos informadores —por mucho que se contradigan sus opiniones— parece haberse ocupado con suficiente detenimiento o haberles concedido la importancia correspondiente.

El giro que tomen ahora las cosas en Crimea dependerá en gran medida de las razones que hayan inducido a los rusos a abandonar la parte sur. Es evidente que en esta repentina decisión no intervinieron únicamente motivos tácticos y estratégicos. Si Gorchakov hubiera opinado que, tras la caída del Malachov, la parte sur e incluso la Karabelnaya ya no podían sostenerse, no habría hecho construir tantas obras de fortificación interiores en ese suburbio. Aunque la toma de aquel punto dominante pudiera considerarse como garantía del éxito final del asedio, una defensa tenaz, primero de las fortificaciones interiores del suburbio y después de la ciudad misma, habría permitido ganar un respiro de cuatro a seis semanas. A juzgar por los mejores mapas, planos y croquis, desde un punto de vista puramente táctico y estratégico no era necesario abandonar con semejante precipitación lo que hasta entonces se había defendido con tanta tenacidad. La ciencia militar por sí sola no puede explicar semejante paso, que difícilmente puede atribuirse a la confusión y al miedo provocados por una derrota inesperada y decisiva. Razones de otro tipo deben de haber obligado a Gorchakov a dar un paso que compromete su posición militar y su carrera tan gravemente como éste lo hace.

Sólo hay dos explicaciones posibles. O bien la moral de los soldados rusos estaba tan quebrantada que hubiera sido imposible reunirlos de nuevo de manera medianamente ordenada detrás de la línea interior de defensa para proseguir la lucha, o bien la escasez de víveres comenzaba a hacerse sentir gravemente no sólo en Sebastopol, sino también en el campamento exterior. La serie casi ininterrumpida de derrotas infligidas al ejército ruso —desde Oltenitza y Cetate hasta la batalla del Chernaya y el asalto del 8 de septiembre— tiene que haber quebrado por completo el ánimo de los defensores de Sebastopol, tanto más cuanto que éstos se componían principalmente de las mismas tropas que habían sido batidas en el Danubio y más tarde en Inkerman. Los rusos tienen un temperamento bastante lento en el soportar adversidades y peligros, y pueden resistir las derrotas por más tiempo que la mayoría de las demás tropas; pero no hay ejército en el mundo que pueda mantenerse unido hasta la eternidad cuando es batido por cada enemigo que encuentra, y cuando a una larga cadena de derrotas no tiene que oponer otra cosa que la satisfacción negativa de su resistencia tenaz y prolongada y un único ejemplo de defensa activa y coronada por el éxito, como la del 18 de junio. Pero semejante resistencia en una fortaleza sitiada tiene ya de por sí, a la larga, un efecto desmoralizador. Implica duras penalidades, falta de sueño, enfermedad y la presencia, no de aquel peligro agudo que mantiene el espíritu en tensión, sino del peligro crónico que a la larga embota el ánimo. Las derrotas, que se sucedieron rápidamente en el Chernaya y en el Malachov, tienen que haber completado el proceso de desmoralización, y es más que probable que las tropas de Gorchakov que se encontraban en la ciudad ya no estuvieran en condiciones de ser conducidas contra el enemigo. Y como el Malachov dominaba el puente que conducía al otro lado, y los cañones franceses podrían haberlo destruido cada día, un socorro se hacía imposible, mientras que la retirada podía al menos salvar a las tropas. No es de extrañar que esta desmoralización acabara por apoderarse de la guarnición; antes bien es asombroso que no haya ocurrido mucho antes.

También existen algunos indicios muy graves de que la escasez de víveres para el ejército en general tuvo mucho que ver con la repentina retirada del príncipe Gorchakov. La interrupción de la navegación rusa en el mar de Azov tenía que —por más que no se hiciera sentir de manera tan inmediata como lo esperaba la prensa británica y francesa, necesitada entonces de un parte de éxito— resultar a la larga perjudicial para los rusos, al quedar éstos limitados a una sola línea de operaciones y ver restringidos sus suministros. Las enormes dificultades del transporte de víveres, municiones y forraje desde Jersón a través de una región esteparia escasamente poblada, tienen que haberse agravado aún más cuando esta ruta se convirtió en la única por la que podía abastecerse al ejército. Los medios de transporte, reunidos mediante requisa desde Ucrania y las provincias del Don, tienen que haber acabado por volverse inservibles; caballos y bueyes de tiro tienen que haber perecido en grandes cantidades víctimas tanto del excesivo esfuerzo como de la escasez de forraje; y una vez agotadas las provincias más cercanas, se hizo cada vez más difícil allegar los suministros necesarios. Esta falta de aprovisionamiento tenía que manifestarse, en primer lugar, no tanto en Sebastopol (donde tenían que haberse establecido almacenes de reserva para el caso de que la plaza fuera cercada también por el lado norte), sino más bien en el campamento situado más arriba de Inkerman, en Bajchisarái y en la ruta de marcha de los refuerzos. Los comandantes aliados han mencionado más de una vez en sus partes que éste era el caso, pero también otras circunstancias indican que así tuvo que ser. Sólo esta incapacidad para abastecer, ni siquiera a las tropas que ahora se encuentran en Crimea, explica por qué las dos divisiones de granaderos, que están en marcha desde hace tanto tiempo y que, según se dice, han alcanzado ahora Perekop, no pudieron avanzar y tomar parte en la batalla del Chernaya; con ello se explica también que, aunque la mayor parte de las tropas que debían avanzar para socorrer a Sebastopol no llegó, se librara sin embargo la batalla, aunque con fuerzas ridículamente pequeñas en proporción a la tarea que tenían que resolver.

Todos los indicios apuntan, pues, a que tanto la desmoralización de la mayor parte de las tropas rusas como la falta de aprovisionamiento para el ejército en campaña indujeron a Gorchakov a no arriesgar demasiado aplazando todavía un poco la caída de una fortaleza que ya no podía mantenerse. Aprovechó la última posibilidad de salvar a la guarnición, y parece haber obrado correctamente. A juzgar por todo, de lo contrario habría tenido que abandonarla a su suerte, reunir su ejército de campaña y retirarse al interior de Crimea, si no hasta Perekop. En ese caso, la guarnición de la parte sur se habría visto muy pronto obligada, o bien a abrirse paso a escondidas hacia el lado norte, o bien a capitular; y el lado norte, privado de toda perspectiva de ser relevado jamás y ocupado por tropas desmoralizadas, habría sido reducido pronto por hambre a la rendición.

Mientras los rusos tuvieron la posibilidad de mantener en Crimea un ejército no sólo de una fuerza aproximadamente igual a la de los aliados, sino de esperar incluso refuerzos que les harían muy superiores a sus adversarios, el lado norte de Sebastopol representaba una posición de inmensa importancia. Mantener el lado norte con las fuerzas de una guarnición, mientras el ejército de campaña ocupaba aquella posición en la que, según las últimas noticias que nos han llegado, se encontraba, significaba transportar al ejército aliado a la meseta del Quersoneso Heracleótico. Significaba también mantener sus barcos alejados de la bahía de Sebastopol y privarles de una base de operaciones adecuada para la flota que estuviera más cerca que el Bósforo, pues ni Kamysh ni Balaklava podían entrar en consideración para ello. Mientras los rusos estuvieron en condiciones de sostener el campo de batalla en Crimea, el lado norte era tanto la llave de toda Crimea y de lo que da significación militar o marítima a todo el país, como lo era el Malachov para el lado sur. Pero desde el momento en que los rusos no pueden sostener ya el campo de batalla, el lado norte carece ya de especial importancia. Es una posición bastante fuertemente fortificada, pero que —si se la asedia con fuerzas suficientes— está condenada a caer, porque no puede esperar socorro de ninguna parte.

Rustschuk, Varna, Schumla y Silistria son, por así decirlo, los cuatro ángulos salientes de un gran campamento fortificado al que Omer Pascha podía replegarse y donde no podía ser perseguido hasta que al menos dos de aquellos ángulos salientes hubiesen sido tomados o neutralizados. Así, Sebastopol constituía el pivote del ejército ruso en Crimea, y cada vez que este ejército era numéricamente inferior o se veía contenido de cualquier otro modo, Sebastopol le daba un respiro hasta que llegaban nuevos refuerzos. Para los aliados, Sebastopol era un puerto de guerra ruso que debía ser destruido, y una base de operaciones para la flota que había que conquistar; para los rusos significaba la posesión de Crimea, porque era la única posición que debía ser mantenida hasta el socorro frente a una gran superioridad numérica. Así, la decisión última residía siempre en los ejércitos en campaña, y la importancia de las fortalezas no dependía de su fuerza natural o artificial ni de su obra propiamente dicha, sino de la protección y el apoyo (
appui
) que podían prestar al ejército de campaña. Su valor se ha vuelto relativo. Ya no son factores independientes en el juego de la guerra, sino meras posiciones valiosas, que a veces puede ser aconsejable defender con todos los medios y hasta el último extremo, y a veces no. El asunto de Sebastopol lo demuestra más que cualquier otro acontecimiento anterior. Sebastopol ha desempeñado, como todas las fortalezas verdaderamente modernas, el papel de un campamento fortificado permanente. Mientras las fuerzas disponibles basten para defender este campamento, mientras los suministros abunden, las comunicaciones con la base principal de operaciones estén aseguradas y, sobre todo, mientras este campamento esté ocupado por un ejército fuerte e impida al enemigo pasarlo por alto sin poner en peligro su propia seguridad, mientras tanto, el campamento es de importancia primordial y puede desbaratar los planes del enemigo durante toda una campaña. Pero cuando esto deja de ser el caso, cuando las fuerzas defensoras sufren un revés tras otro, los suministros escasean y existe el peligro de que se les corten las comunicaciones y ellos mismos queden expuestos a la misma suerte que los austriacos en Ulm en 1805, entonces es el momento de anteponer el bienestar del ejército al valor abstracto de la posición y retirarse de inmediato a otro lugar que ofrezca mayores ventajas.

Ésta parece ser ahora la situación de los rusos. La mayor parte de su ejército activo inicial —catorce divisiones de veinticuatro— ha sido empeñada y, en parte, aniquilada en Crimea, y lo que queda de reservas y de milicias (opolchenie) u otras nuevas formaciones no puede sostener la comparación con las tropas que han perdido. Harán bien, ciertamente, en no enviar más soldados a esta peligrosa península y en abandonarla lo más rápidamente posible. Los aliados les superan ampliamente en número y, sobre todo, también en valor. Arriesgar una batalla con el ejército que actualmente tiene Gortschakow en campaña equivaldría a buscar una derrota. Gortschakow puede ser flanqueado, bien desde la costa sur y el valle del Salgir, bien en Eupatoria. Ambas operaciones le obligarían a abandonar su comunicación con la orilla norte, sin poder recuperarla jamás, porque la superioridad numérica de los aliados aumenta de día en día. Parece que lo mejor que Gortschakow podría hacer ahora es mantener el frente tan audazmente como sea posible, mientras lo prepara todo para volar los fuertes del norte y escabullirse de sus adversarios con una o dos marchas. Cuanto antes llegue a Perekop, tanto mejor. Esto es tanto más cierto si es verdadero el informe que hemos recibido de París, según el cual los aliados, inmediatamente después de haberse apoderado de Sebastopol, habían comenzado a enviar un ejército a Eupatoria. Si actúan con energía —ya sea en esta dirección o a lo largo de la costa sur y los pasos del Tschatyr-Dag—, la campaña deberá terminar rápidamente, dejando a los aliados en posesión de Crimea. Por lo que podemos abarcar, los únicos errores que ahora podrían cometer serían un serio ataque frontal contra la posición rusa por encima de Inkerman, o una semana de inactividad. El próximo vapor, que debe llegar aquí mañana por la tarde, dará seguramente respuesta a la pregunta de qué piensan hacer.