[Debate sobre la moción de Disraeli]

[«Neue Oder-Zeitung» núm. 249 del 1.º de junio de 1855]

Londres, 29 de mayo.  
La elocuencia de Gladstone no ha encontrado jamás una expresión más acabada, más exhaustiva que en su «speech» del jueves por la noche. Superficie bien limada, profundidad vacía, unción no exenta de ingrediente ponzoñoso, pata aterciopelada que asiente sin garra, distinciones y distincioncillas escolásticas, *questions* <preguntas> y *quaestiunculae* <pequeñas preguntas>, todo el arsenal del probabilismo con su conciencia casuística y sus reservas sin conciencia, sus motivos sin escrúpulo y sus escrúpulos motivados, humilde pretensión de superioridad, intriga virtuosa, sencillez cargada de cláusulas, Bizancio y Liverpool. El discurso de Gladstone giró menos en torno a la cuestión de la guerra o la paz entre Inglaterra y Rusia que en torno a la investigación de por qué Gladstone, aún poco antes miembro de un ministerio beligerante, se ha convertido ahora en el Gladstone del partido de la paz a toda costa. Analizó, desmenuzó en todas direcciones los límites de su propia conciencia, y exigió, con característica modestia, que el Imperio británico se moviera dentro de los límites de la conciencia gladstoniana. Su discurso adquirió por ello un colorido diplomático-psicológico que, si bien introducía la conciencia en la diplomacia, introducía aún más diplomacia en la conciencia.

La guerra contra Rusia fue justa en su origen, pero hemos llegado ahora al punto en que su prosecución se torna pecaminosa. Desde el comienzo de las turbulencias orientales hemos ido subiendo gradualmente nuestras exigencias. Hemos avanzado en línea ascendente con nuestras condiciones, mientras que Rusia ha descendido de la cima de su intransigencia. Al principio Rusia reivindicaba no sólo un protectorado espiritual, sino también temporal, sobre los cristianos griegos de Turquía. No quería renunciar a ninguno de los antiguos tratados, e incluso se mostraba dispuesta a evacuar los Principados del Danubio sólo en determinadas eventualidades. Se negó a asistir a cualquier congreso de las potencias en Viena y citó al enviado turco a San Petersburgo o al cuartel general ruso. Tal era el lenguaje de Rusia aún el 2 de febrero de 1854. ¡Cuánta distancia de las exigencias de entonces de las potencias occidentales a los 4 puntos! Y aún el 26 de agosto de 1854 declaraba Rusia que jamás aceptaría los 4 puntos salvo después de una lucha larga, desesperada y desastrosa. ¡Cuánta distancia, a su vez, entre este lenguaje de Rusia en agosto de 1854 y su lenguaje de diciembre de 1854, en el que prometía aceptar los 4 puntos «sin reserva»! Estos 4 puntos constituyen el punto nodal hasta el que pueden subir nuestras exigencias y bajar las concesiones de Rusia. Lo que está más allá de estos 4 puntos está más allá de la moral cristiana. Pues bien, Rusia ha aceptado el 1.er punto; ha aceptado el 2.º punto; no ha rechazado el 4.º punto, porque no ha sido discutido. Queda, por tanto, sólo el 3.er punto, es decir, sólo 1/4, y ni siquiera todo el 3.er punto, sino sólo la mitad del 3.er punto, esto es, únicamente una diferencia de 1/8. El 3.er punto consta, en efecto, de dos partes: n.º 1, garantía del territorio turco; n.º 2, reducción del poderío ruso en el mar Negro. En cuanto al n.º 1, Rusia se muestra más o menos dispuesta. Queda, pues, sólo la segunda mitad del 3.er punto. Y también aquí Rusia no se declara en contra de la limitación de su superioridad naval; se declara sólo en contra de *nuestro método* de llevarla a efecto. Las potencias occidentales han propuesto un método, Rusia propone no uno, sino otros dos métodos, con lo que también aquí vuelve a llevar la delantera sobre las potencias occidentales. En cuanto al método propuesto por las potencias occidentales, hiere la honra del Imperio ruso. Pero no se debe herir la honra de un imperio sin disminuir su poder. Por otra parte, no se debe disminuir su poder, pues de ese modo se hiere su honra. Opiniones diferentes sobre el «método», un punto de divergencia de 1/8 que, considerando los «métodos», habría que cifrar en 1/32, y ¿por eso habrán de sacrificarse medio millón de hombres más? Por el contrario, hay que declarar que hemos alcanzado los fines de la guerra. ¿Debemos, por consiguiente, proseguirla por mero *prestigio*, por gloria militar? Nuestros soldados se han cubierto de gloria. Si Inglaterra a pesar de ello ha caído en descrédito en el continente,

«¡por amor de Dios», exclamó el honorable *gentleman*, «no venguéis ese descrédito con sangre humana, sino borradlo enviando información más veraz al extranjero»!

Y en verdad, ¿por qué no «rectificar» los periódicos del extranjero? Nuevos éxitos por parte de las armas aliadas, ¿a qué conducen? Obligan a Rusia a una resistencia más obstinada. ¿Derrotas del lado de los aliados? Azuzan a los londinenses y a los parisinos y fuerzan a un ataque más audaz. ¿A qué conduce, pues, hacer la guerra por la guerra misma? Originariamente, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra estaban *unidas* en sus exigencias contra Rusia. Prusia se ha retirado ya. Si se va más allá, también Austria se retirará. Inglaterra quedaría aislada, reducida a Francia.

Si Inglaterra prosigue la guerra por razones que ninguna otra potencia comparte salvo Francia, «la autoridad moral de su posición se vería muy debilitada y minada».

En cambio, mediante una paz con Rusia, aun perdiendo el *prestigio* que es de este mundo, fortalece su «autoridad moral», que ni la polilla ni el orín corroen. Y además, ¿qué es lo que se quiere cuando no se acepta el método de Rusia para ejecutar la segunda mitad del 3.er punto? ¿Se quiere desmembrar el Imperio ruso? Imposible, sin provocar una «guerra de nacionalidades». ¿*Quiere* Austria, *puede* Francia apoyar una guerra de nacionalidades? Si Inglaterra emprende una «guerra de nacionalidades», tendrá que emprenderla *sola*, es decir, «no la emprenderá en absoluto». Nada es, pues, posible, salvo no pedir nada que Rusia no haya concedido ya.

Tal fue el discurso de Gladstone, si no en la letra, sí en el espíritu. Rusia ha cambiado su *lenguaje*; prueba de que ha cedido en *el fondo*. Para el honorable puseyita el lenguaje es el único fondo. También él ha cambiado su lenguaje. Ahora entona jeremiadas sobre la guerra; todo el sufrimiento de la humanidad lo conmueve. Pronunciaba apologías cuando tronaba contra la comisión investigadora y consideraba en regla entregar un ejército inglés a todos los sufrimientos de la muerte por hambre y de la peste. ¡En efecto! Aquel ejército fue sacrificado entonces por la *paz*. El pecado comienza cuando se le sacrifica por la *guerra*. Es feliz, sin embargo, en demostrar que al gobierno inglés nunca le importó en serio la guerra contra Rusia; feliz en demostrar que ni el actual gobierno inglés ni el actual gobierno francés pueden ni quieren librar una guerra seria contra Rusia; feliz en demostrar que los *pretextos* de la guerra no valen ni una descarga de pólvora. Sólo olvida que esos «pretextos» les pertenecen a él y a sus antiguos colegas, mientras que la «guerra» misma les fue impuesta por el pueblo inglés. La dirección de la guerra fue para ellos sólo un pretexto para paralizarla y conservar sus cargos. Y de la historia y metamorfosis de los falsos pretextos bajo los cuales hicieron la guerra, concluye con éxito que pueden concertar la paz bajo pretextos igualmente falsos. Sólo sobre un punto discrepa con sus antiguos colegas. Él está *out* <en la oposición>, ellos están *in* <en el gobierno>. Un falso pretexto, bueno para el exministro, no es un falso pretexto bueno para el ministro, aunque salsa para la gansa sea salsa para el ganso.

Esta terrible confusión de conceptos de Gladstone dio a *Russell* la señal ansiada. Se levantó y pintó a Rusia de negro, allí donde Gladstone la había pintado de blanco. Pero Gladstone estaba «out» y Russell estaba «in». Tras haber perorado con los archisabidos y, pese a su trivialidad, verdaderos lugares comunes sobre los planes de conquista mundial de Rusia, llegó al asunto, al asunto de Russell. Nunca, declaró, una cuestión nacional tan grande había sido degradada de modo tan completo como lo había hecho Disraeli. Y en verdad, ¿puede degradarse más una gran cuestión nacional, incluso histórico-universal, que identificándola con el pequeño *Johnny*, con *Johnny Russell*? Sólo que, en realidad, no fue culpa de Disraeli que *Europa* contra *Rusia*, al comienzo y al final de este primer período de guerra, figurasen como *Russell* contra *Nesselrode*. De manera extraña se revolvió el hombrecillo cuando llegó a los cuatro puntos. Por una parte, tenía que mostrar que sus condiciones de paz guardaban proporción con los espantos rusos que acababa de evocar. Por otra parte, tenía que mostrar que, fiel a su promesa voluntaria y no provocada hecha a Titow y a Gortschakow, había propuesto las condiciones «que más armonizan con la honra de Rusia». Demostró, por una parte, que Rusia como potencia naval sólo existe *nominalmente*, por lo que bien puede permitir una limitación de ese poder meramente imaginario. Demostró, por otra parte, que la marina hundida por la propia Rusia es terrible para Turquía y, por ende, para el equilibrio europeo, de modo que «la segunda mitad del 3.er punto» constituía un gran todo. A muchos les mete su adversario entre los dos cuernos de un dilema. Russell se ensartó a sí mismo en ambos cuernos. De su *talento diplomático* dio nuevas muestras. De la alianza activa de Austria nada cabe esperar, *porque* una batalla perdida llevaría a los rusos hasta Viena. *Así* anima a este aliado.

«Nuestro sentimiento es», prosiguió, «que es la intención de Rusia apoderarse de Constantinopla y gobernar allí, *ya que Turquía se halla manifiestamente en vías de decadencia*; y no dudo de que Rusia alberga la misma opinión sobre las intenciones de Francia e Inglaterra en el reparto de aquel país».

Sólo le faltó añadir: «Se equivoca, sin embargo. No Inglaterra y Francia, sino Inglaterra sola debe apoderarse de Constantinopla.» Así azuzó el gran diplomático a Austria a tomar partido; así reveló a Turquía cuál es la opinión, y por cierto «manifiesta», de sus *salvadores*, de sus correligionarios. Un progreso, sin embargo, ha hecho como táctico parlamentario. En julio de 1854, cuando fanfarroneaba sobre la toma de Crimea, se dejó confundir por Disraeli hasta el punto de que se tragó sus propias palabras heroicas *antes* de la votación de la Cámara. *Esta vez* pospuso ese proceso de autoconsunción —la retractación de su anunciada lucha mundial contra Rusia— hasta *después* de realizada la votación. ¡Un gran progreso!

Su discurso contiene aún dos ilustraciones históricas: su descripción hipercómica de las negociaciones con el emperador Nicolás sobre el tratado de Kainardschi, y un bosquejo de las condiciones *alemanas*. Ambas merecen ser mencionadas por extractos. *Russell*, como recordará el lector, había concedido desde un principio el protectorado de Rusia, apoyándose en el tratado de Kainardschi. El enviado inglés en Petersburgo, sir Hamilton Seymour, se mostró más difícil, más escéptico. Practicó indagaciones ante el gobierno ruso, cuya historia Russell es tan ingenuo de relatar como sigue:

Sir Hamilton Seymour pidió al difunto emperador de Rusia que tuviera la bondad de mostrarle la parte del tratado en la que se fundaban sus pretensiones. Su Majestad Imperial dijo: «No quiero mostraros el artículo particular del tratado en el que se funda mi pretensión (de protectorado). Id a ver al conde Nesselrode; él lo hará». Hamilton Seymour acudió entonces con su demanda al conde Nesselrode. El conde Nesselrode respondió que no estaba familiarizado con los artículos del tratado y exhortó a Hamilton a dirigirse al barón Brunnow, o a que su gobierno lo enviara a él, y el barón les diría en qué parte del tratado se fundaba la pretensión del zar. Creo que el barón Brunnow jamás intentó mostrar semejante artículo en el tratado.

Sobre Alemania, relataba el noble lord:

«En Alemania, Rusia está ligada por matrimonio a muchos de los pequeños príncipes. Muchos de estos príncipes, lamento tener que decirlo, gobiernan con gran temor ante la supuesta disposición revolucionaria de sus súbditos. Y por ello confían en la protección de sus ejércitos. Pero ¿quiénes son esas fuerzas armadas? Sus oficiales son seducidos y corrompidos por la corte rusa. La corte rusa distribuye condecoraciones, distinciones y recompensas entre ellos, y en ciertos casos Rusia entrega regularmente dinero para pagar sus deudas, de modo que Alemania —que debería ser la sede de la independencia, que debería estar al frente de la protección de Europa contra la dominación rusa— ha sido socavada durante años y adulada hasta perder su independencia mediante las artes y el dinero rusos».

Y para transformar a Alemania en una columna de fuego y despertarla para el «imperativo categórico», el deber ser, Russell se erigió en portavoz «del honor y la dignidad de Rusia» en la Conferencia de Viena e hizo oír el altivo lenguaje del libre e independiente inglés.