Karl Marx

Desde el Parlamento

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 335 vom 21. Juli 1855]

Londres, 18 de julio. A la tempestuosa, ruidosa, estrepitosa sesión nocturna de la Cámara de los Comunes del 16 de julio siguió necesariamente una reacción de lasitud, agotamiento y relajamiento. El Ministerio, versado en los secretos de la patología parlamentaria, contaba con ese malhumor para impedir toda votación sobre la moción de Roebuck, y no sólo la votación, sino el debate mismo. Ningún miembro del Ministerio habló antes de la medianoche, poco antes de la clausura de la sesión, aun cuando en un momento se produjo una pausa en la Cámara que invitaba a los ministros a hacer declaraciones, y a pesar de reiteradas interpelaciones desde todos los sectores de la Cámara. El Gabinete persistió en un silencio estoico y dejó a los representantes del marqués de Exeter, al representante de lord Ward y a similares sustitutos de pares entre los comunes la tarea de sumir a la honorable Cámara en ese fango tedioso que Dante, en su "Inferno", convierte en residencia eterna de los indolentes.

Se presentaban dos enmiendas a la moción de Roebuck: la enmienda del general Peel y la del coronel Adair, ambas formuladas por guerreros, ambas diluyéndose en marchas de flanqueo. La enmienda de Peel exige que la Cámara vote la "cuestión previa", es decir, ni a favor ni en contra de la moción principal, rechazando toda respuesta a la pregunta de Roebuck. El coronel Adair exige la aprobación de la "política que diseñó la expedición a Sebastopol" y la exhortación a "perseverar en esa política". Para él, pues, la censura de Roebuck a causa de la mala ejecución se contrapone con un elogio del buen origen de la expedición a Crimea.

El Gabinete se abstuvo de toda declaración sobre cuál de las dos enmiendas elevaba a ministerial. Parecía querer tomarle el pulso a la Cámara, para refugiarse, ora con el general Peel en una pregunta sin respuesta, ora con el coronel Adair en una respuesta sin pregunta. Por fin, la Cámara pareció sumergida en ese duermevela al que Palmerston acechaba. Envió entonces al miembro más insignificante del Gabinete, Sir Charles Wood, quien declaró ministerial la enmienda de Peel. Palmerston, apoyado por gritos de "¡Votación! ¡Votación!" en los bancos que le eran afines, se levantó y "esperó que la Cámara llegara de inmediato a una decisión". Creía haber suprimido a Roebuck y haberlo privado incluso del honor de un "gran debate", de un torneo parlamentario. Pero no sólo Disraeli se opuso a la votación. Bright, con esa gravedad masiva que lo caracteriza, se levantó:

"El Gobierno ha deseado evidentemente escamotear la cuestión en debate y por eso se ha abstenido de toda declaración hasta la medianoche. El asunto es el más importante que jamás se haya sometido a la Cámara de los Comunes. Si el debate durara una semana entera, ello sólo podría redundar en beneficio del país."

Palmerston, obligado así a aceptar el aplazamiento del debate, tuvo que abandonar su plan de campaña original. Ha sufrido una derrota.

El discurso de Roebuck tuvo el gran mérito de la brevedad. De manera sencilla y clara, no como abogado, sino como juez, según correspondía a su condición de presidente de la comisión investigadora, resumió los motivos de su veredicto. Es evidente que tuvo que luchar con la misma dificultad que impide a la flota aliada entrar en el puerto de Sebastopol: con los barcos hundidos, los Aberdeen, Herbert, Gladstone, Graham, etc. Sólo por encima de ellos podía llegar a Palmerston y a los demás miembros sobrevivientes del gabinete de coalición. Aquéllos obstruían el acceso al actual Gabinete. Roebuck trató de quitárselos de encima con cumplidos. A Newcastle y a Herbert se los debía elogiar por su celo en el cargo, lo mismo que a Graham. En cuanto a sus demás pecados por falta de discernimiento, ya habían sido castigados con su expulsión de Downing Street. De lo que se trataba era de castigar a los pecadores impunes. Ésa es la verdadera tendencia de su moción. A Palmerston lo atacó específicamente, no sólo como co-culpable, sino en particular como administrador de la milicia. Roebuck, para encerrar su moción dentro de los límites tradicionalmente parlamentarios, rompió evidentemente la punta.

Los argumentos por parte de los padrinos ministeriales eran de contenido tan débil que la forma somnífera en que fueron expuestos resultaba formalmente benéfica. Los testimonios son incompletos, gritaban unos. Nos amenazáis con el ostracismo, los otros. El asunto es ya muy viejo, opinaba lord Cecil. ¿Por qué no condenar retrospectivamente a sir R[obert] Peel? Todo miembro del Gabinete es responsable, en general, de las medidas del Gabinete, pero ninguno en particular. Así, el "liberal" Phillimore. ¡Ponéis en peligro la alianza francesa, os constituís en jurado sobre el emperador de los franceses! Así, Lowe (de la "Times") y, en su séquito, sir James Graham. Graham, como hombre de conciencia limpia, se declara personalmente insatisfecho con la negativa pura del general Peel. Insiste en un "culpable" o "inocente" de la Cámara. No se conforma con el "not proven" (no probado), con el que los tribunales escoceses despachan casos criminales ambiguos. ¿Queréis, en verdad, restablecer el anticuado y anti-parlamentario "estado de acusación" (impeachment)? La prensa, la opinión pública, tiene toda la culpa. Obligó a los ministros a la expedición, en momento inoportuno, con medios insuficientes. Si condenáis al Ministerio, condenáis a la Cámara de los Comunes, que lo respaldó. Finalmente, la apología de sir Charles Wood. Si el propio Roebuck disculpa a Newcastle, a Herbert y a Graham, ¿cómo puede inculparnos a nosotros? Nosotros no fuimos nada, y somos responsables de nada. Así Wood en su "sentimiento que nada perfora".