Karl Marx

Agitación contra Prusia –

Un día de ayuno

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 137 del 22 de marzo de 1855]

Londres, 19 de marzo.

Para caracterizar el ánimo de la prensa de aquí contra Prusia, damos dos extractos, uno del "Morning Herald", órgano de los tories, el otro de la "Morning Post", órgano de Palmerston. El "Morning Herald" observa, con respecto al discurso pronunciado por Sir Robert Peel, el nuevo Junior Lord del Almirantazgo, ante sus electores de Portsmouth:

«Sir Robert Peel ha representado con toda razón el sentimiento del pueblo inglés al exigir que se obligue a Prusia a adoptar una política claramente definida o nuestra segunda expedición al Báltico será tan inútil como lo fue la primera. Hemos tenido suficientes protocolos, suficientes “puntos”; ya es hora de cortar a Rusia de sus fuentes de recursos y preparar una reacción en el interior de Rusia.»

La "Morning Post" se hace escribir desde París acerca de la misión del general Wedell:

«El general Wedell ha comunicado sus instrucciones al gabinete de Napoleón. ¿Y cuáles son? El general Wedell cuenta al gobierno francés: 1. que Su Majestad el Rey de Prusia está profundamente afligido por la muerte de su cuñado imperial; 2. que Prusia coincide plenamente con las potencias occidentales sobre el protocolo del 28 de diciembre y está dispuesta a firmarlo en cualquier forma debida, y que, por tanto, Prusia debe ocupar su puesto en el Consejo de Viena. Pero da la casualidad de que el protocolo del 28 de diciembre no obliga a nadie a nada, sino que es solo un esbozo diplomático para una obra histórica. Y como Prusia se niega a firmar el verdadero tratado de alianza entre Inglaterra, Francia y Austria, la misión del señor Wedell ha de considerarse concluida.»

Es bien sabido que los soberanos de Tiro y Cartago aplacaban la cólera de los dioses, no sacrificándose a sí mismos, sino comprándoles niños a los pobres para arrojarlos a los brazos candentes de Moloch. La Inglaterra oficial prescribe al pueblo que se humille ante el Señor, que ayune y haga penitencia por la ignominia que la mala administración de su anterior gobierno ha arrojado sobre él, por los millones de libras esterlinas que le ha arrancado inútilmente y por los miles de vidas que le ha robado sin conciencia. En efecto, para el próximo miércoles el Consejo de Estado ha ordenado un día de ayuno y oración,

«para obtener el perdón de nuestros pecados y enviar a la Divina Majestad, del modo más devoto y piadoso, nuestras oraciones y súplicas, implorando su bendición y auxilio para nuestras armas y la restauración de la paz para la Reina y sus reinos».

Exactamente como el mariscal de la corte en las solemnidades palaciegas, el arzobispo de Canterbury ha publicado un «formulario» para esta solemnidad religiosa, un formulario en el que se prescribe cómo ha de dirigirse a la Divina Majestad. Con ocasión de esta extraña competencia entre la iglesia oficial inglesa y la rusa, que también ha implorado la bendición de Dios para sus armas, la ventaja está evidentemente del lado de esta última.

«Leída por los campesinos del zar —señala el "Leader"—, la plegaria prescrita por Canterbury es una plegaria de cobardes; leída por ingleses, es la plegaria de unos hipócritas. Leída por disidentes, es la plegaria de una secta que quiere dictar a los demás. Leída por la población obrera, es la plegaria de los ricos que pertenecen a la misma secta y mantienen esta farsa creyendo que es un medio indirecto de conservarlos en el monopolio de rangos y cargos. La untuosa jerigonza del arzobispo ha soliviantado a la clase obrera en diversas partes de este país. Un día de ayuno y humillación es para ella una realidad. Para todos los demás credos, salvo el de la pobreza, no significa más que añadir huevos y salsa de pescado a la comida habitual y cerrar los locales de negocio como los domingos. Para el obrero, un día de ayuno significa la supresión del salario y, por tanto, de la comida.»

En una correspondencia anterior decíamos: «El conflicto entre el proletariado industrial y la burguesía volverá a comenzar en el mismo momento en que el conflicto entre la burguesía y la aristocracia alcance su punto culminante. <Véase el presente tomo, pág. 97>.»

En el gran mitin que tuvo lugar el pasado viernes en la London Tavern, esta tesis ha quedado demostrada de manera palpable. Anteponemos al informe sobre este mitin algunos datos acerca de las escaramuzas que, en los últimos tiempos, han tenido lugar dentro y fuera del Parlamento entre el proletariado y la burguesía. Muy recientemente, los fabricantes de Manchester celebraron mítines en los que se decidió poner en marcha una agitación para la abolición de los «inspectores de fábrica» oficiales, pues estos inspectores no solo se permiten vigilar la observancia de las horas legales de trabajo, sino que incluso exigen que en las fábricas se instalen realmente los dispositivos ordenados por el Parlamento para prevenir los daños corporales y de muerte que la maquinaria pueda ocasionar a los obreros. El inspector de fábrica del Lancashire meridional, el conocido Leonard Horner, se ha granjeado su especial animadversión porque en su último informe insiste en una instalación prescrita por la ley en las hilanderías, cuyo descuido, como exclamó ingenuamente uno de los fabricantes —naturalmente, miembro de la Sociedad de la Paz—, «solo ha costado la vida a cinco obreros adultos el año pasado».

Esto fue extraparlamentario. En la propia Cámara de los Comunes, fue rechazado en segunda lectura el proyecto de ley de Sir H[enry] Halford, que declaraba ilegal el «stoppage of wages». El «stoppage of wages» significa las deducciones del salario nominal, en parte como multa por la infracción de los reglamentos fabriles establecidos por el patrono, y en parte, en las ramas industriales en que aún no se ha introducido el sistema moderno, las deducciones por rentas, etc., por los telares prestados a los obreros.

Este último sistema impera sobre todo en la fabricación de medias de Nottingham, y Sir H. Halford demostró que en muchos casos el obrero, en lugar de ser pagado por su patrono, tiene más bien que pagarle a este. En efecto, bajo diversos pretextos se hacen a los obreros tantas deducciones de su salario nominal que todavía les queda un excedente que entregar, el cual el capitalista les anota en forma de débito. Convertido así en deudor de su patrono, este le obliga a renovar su contrato bajo condiciones cada vez más desfavorables, hasta que llega a ser, en el pleno sentido de la palabra, un siervo de la gleba, pero sin que, como al siervo de la gleba, se le garantice al menos la existencia corporal.

Mientras que la Cámara de los Comunes rechazó en segunda lectura el proyecto de ley de Sir H. Halford, destinado a poner coto a este abuso, se negó a tomar siquiera en consideración el proyecto de Cobbett —hijo del gran panfletista inglés—. Este proyecto de ley tenía por objeto: 1. sustituir la «ley de diez horas» de 1847 por la de diez horas y media de 1850; 2. hacer de la limitación legal de la jornada de trabajo en las fábricas una «verdad» mediante la parada forzosa de la maquinaria al final de cada jornada legal de trabajo.

Mañana, al mitin en la London Tavern.