New-York Daily Tribune, núm. 4349, 28 de marzo de 1855

La muerte del emperador Nicolás, con sus consecuencias inmediatas y futuras, descuella sobre todas las demás noticias llegadas por el Atlántico. Como <i>The Tribune</i> había anunciado a sus lectores que ocurriría, en contra de la opinión de casi todos los periódicos de esta ciudad, cuando la noticia llegó la semana pasada, Alejandro II asumió tranquilamente la herencia de su padre. Los publicistas europeos especulan sobre el rumbo que el nuevo emperador seguirá en el ominoso conflicto en curso. Sin embargo, hasta ahora, y en conformidad con lo que dijimos la semana pasada, los pocos actos públicos de Alejandro demuestran que se propone seguir el mismo camino que su predecesor. El manifiesto a la nación, del cual sólo la parte más interesante se ha publicado en los periódicos europeos, declara que el nuevo zar hará todo lo que esté en su poder para mantener a Rusia en la elevada posición que ocupa, y que continuará la política de Pedro, Catalina, Alejandro y de su difunto padre. Semejante declaración es muy natural en boca de un nuevo soberano, pero sería absurdo sacar de ella conclusiones sobre sus actos futuros. Tales palabras no son ni en favor de la guerra ni en favor de la paz, y se requieren otros indicios para juzgar sus intenciones. Uno de ellos es que no siente simpatía por los ingleses; y otro, el nombramiento del conde Rüdiger como ministro de la Guerra, en lugar del príncipe Dolgoroucki, quien ocupaba este cargo bajo el difunto zar y era su favorito. Éstos son los únicos cambios de que hasta ahora se tiene noticia entre los más altos dignatarios del imperio, y tuvieron lugar casi inmediatamente después de la muerte de Nicolás. Vemos en ellos una demostración de que el nuevo emperador se prepara para las situaciones extremas y para una enérgica continuación de la guerra, en caso de que la Conferencia de Viena resulte un fracaso.

Como ya dijimos hace tiempo, era práctica de Nicolás dirigir personalmente todos los movimientos de sus ejércitos y el destino y emplazamiento de sus tropas. En una palabra, era su propio ministro de la Guerra. El príncipe Dolgoroucki, un hombre de capacidad secundaria, sin experiencia militar alguna, era un buen secretario —laborioso y exacto en la ejecución de las órdenes—, pero incapaz por sí solo de concebir planes, combinarlos u organizar enérgicamente nuevos recursos. El actual emperador, inexperto en asuntos militares y sin haberles dedicado nunca realmente mucho tiempo, ha compensado sus propias deficiencias nombrando al conde Rüdiger ministro de la Guerra. Este ministro es uno de los generales más antiguos de Rusia; sirvió con distinción en grados inferiores durante las campañas francesas, como general contra los turcos en 1828-29, como comandante de un cuerpo en la campaña polaca de 1831 y, finalmente, contribuyó de manera principal a poner fin a la invasión húngara, rindiéndosele Görgey. Tiene más de setenta años, pero es activo, muy enérgico y un militar hasta la médula, que goza de gran consideración tanto en el ejército como en San Petersburgo. Nicolás lo tenía en alta estima y siempre fue uno de los favoritos del actual emperador. En lo personal, mantiene relaciones más bien poco amistosas con el príncipe Pashkiewitch y con el príncipe Gorchakoff, el último comandante del Danubio y ahora en Crimea. El conde Rüdiger ha representado al partido alemán, pero eso no debe confundirse con un partido de la paz. Los alemanes al servicio militar de Rusia son más belicosos que los propios rusos. La guerra es para ellos la única vía para alcanzar distinciones y ascender a posiciones elevadas. Rüdiger desciende de una antigua familia de las provincias bálticas, como casi todos los alemanes al servicio de Rusia. Estos nobles descendientes de los antiguos caballeros teutónicos han conservado todas las tradiciones guerreras y el carácter aristocrático de sus antepasados, y todos ellos prefieren ingresar en el ejército, pues la guerra es para ellos objeto de ambición y a la vez un atractivo. El ascenso de Rüdiger, por tanto, aunque sea alemán, imprimiría un nuevo y vigoroso impulso a los preparativos de guerra.

En el resto del continente todo está en suspenso, o los enredos diplomáticos son tan grandes como siempre. Las negociaciones por separado entre Prusia y los dos aliados occidentales no han progresado. Hasta este momento, Prusia no ofrece ninguna concesión a los aliados y aún persevera en mantener la independencia de sus movimientos separados; y, por otra parte, parece que el tono originalmente perentorio empleado por el ministro francés hacia el gabinete de Berlín ha disminuido.

Parece que Francia e Inglaterra no tendrían inconveniente en que Prusia permaneciera neutral, siempre que no impidiera que las otras potencias alemanas se pusieran del lado de Austria. En Fráncfort, sede de la Dieta alemana, el antagonismo entre Prusia y Austria es tan activo como siempre. La una se opone a cada proyecto que la otra presenta para movilizar el ejército. Baviera interviene continuamente como mediadora; y en la gran cuestión del nombramiento de un comandante en jefe para el ejército federal alemán —dignidad que Austria desea conferir a Francisco José y a la que Prusia nunca se someterá—, Baviera sugiere que las respectivas fuerzas de las dos potencias permanezcan bajo el mando de sus propios generales y que sólo los restantes contingentes federales sean puestos bajo un comandante federal. Hasta ahí la unidad alemana.

Es evidente que el Atlántico no podía traer noticia alguna acerca de las Conferencias de Viena, que ni siquiera habían comenzado, a pesar de que el nuevo zar había confirmado los poderes del príncipe Gorchakoff y del señor Titoff. La llegada, esperada de un día a otro, del vapor Cunard arrojará muy probablemente más luz sobre estos oscuros asuntos.