hombres.

El ejército español debe su actual organización a Narváez principalmente, se bien las ordenanzas de Carlos III, de 1768, siguen formando su base. De hecho, Naváez tuvo que quitar de los regimientos sus viejas banderas provinciales, distintas en cada una, ¡e introducir la bandera española en el ejército! De igual forma, tuvo que destruir su antigua organización provincial y centralizar y restaurar su unidad. Sabiendo muy bien, por experiencia, que el dinero era la palanca principal en un ejército que casi nunca había recibido su paga y raras veces su vestido o su alimento, intentó también introducir más regularidad en los pagos y en la administración financiera del ejército. No se sabe si tuvo éxito en todo el al105. En castellano el original. 106. En castellano el original.

ARTÍCUlOS DE MARX Y ENGELS canee de sus deseos, pero todas las mejoras introducidas por él a este respecto desaparecieron rápidamente durante la administración de Sartorius y sus sucesores. El estado normal, «ni paga, ni rancho, ni vestido» quedó restablecido en toda su gloria; y mientras los oficiales superiores y los generales se pavonean con resplandecientes carcasas, con cordones de oro y plata o incluso se ponen uniformes fantasiosos, no sujetos a ninguna regla, los soldados van andrajosos y descalzos. Un autor inglés describe así cuál era el estado de este ejército hace diez o doce años: <<El aspecto de las tropas españolas carece de marcialidad en grado máximo. El centinela se pasea de un lado a otro en su puesto con su chacó medio caído por detrás de su cabe1.a, con su fusil gacho sobre los hombros, cantando abiertamente una alegre seguidilla de la manera más sans fa~on 107 del mundo. No es raro que le falten prendas de su uniforme, o que su casaca regimental y sus faldones se hallen reducidos a tan lamentables andrajos, que incluso en el sofocante verano lleve el gran capote pardo para taparlos; en uno de cada tres casos, las botas están hechas trizas, mostrando los dedos desnudos del soldado: tales son en España las glorias de la vida militar>> 108• Una ordenam,a publicada por Serrano el 9 de septiembre de 1843 manda lo siguiente: <<De ahora en adelante, todos los oficiales y jefes del ejército se presentarán en público con el uniforme de su regimiento y con el sable reglamentario siempre que no vayan en traje de paisano; y todos los oficiales deben llevar las insignias distintivas exactas de su graduación, y no otras que las prescritas, sin exhibir más esos arbitrarios ornamentos y ridículas guarniciones con las que algunos de ellos han juzgado oportuno distinguirse>> 109• Hasta aquí la ordenanza de los oficiales. Ahora, una para los soldados: <<¡El brigadier general Córdoba ha abierto en Cádiz una suscripción, encabezada con su nombre, para recaudar fondos con objeto de regalar un par de pantalones de pana a cada uno de los valientes soldados del regimiento de Asturias!». Ese desorden financiero explica cómo ha sido posible que el ejército español permaneciera, desde 1808 en estado de rebelión casi continua. Pero las causas reales son más profundas. La larga guerra contra Napoleón, en la que las diferentes unidades y sus jefes conquistaron auténtica influencia política, fue lo primero que dio al ejército un giro pretoriano. Muchos hombres enérgicos de los 107. Despreocupada.

108. Engels toma e:! texto de T. M. Hughes: Revelations o{Spain in 1845, vol. I, p. 326. 109. F.ngels tomn eltll ordenanza, igual que la siguiente, del recién citado libro de Hughes. ESCRITOS SOBRE ESPAÑA tiempos revolucionarios se quedaron en el ejército; la incorporación de las guerrillas a las fuerzas regulares incrementó aún más este efecto. Así, mientras los jefes conservaban sus pretensiones pretorianas, los soldados y subalternos seguían inspirados por tradiciones revolucionarias. En esta línea fue preparada normalmente la insurrección de 1819-23, y más tarde, entre 1833-43, de nuevo la guerra civil empujó al ejército y a sus jefes al primer plano. Utilizado como instrumento por todos los partidos, no es extraño que el ejército español tomara el gobierno en sus propias manos por algún tiempo. «Los españoles son un pueblo guerrero, pero no de soldados», decía el abate de Pradt. Sin duda, entre todas las naciones europeas son los que tienen la mayor antipatía a la disciplina militar. No obstante, es posible que la nación celebrada durante más de cien años por su infantería, tenga de nuevo un ejército del que pueda enorgullecerse. Pero, para conseguirlo, no sólo hay que reformar el sistema militar, sino, más todavía, la vida civil.

friedrich ENGELS {Traducido del inglés, según texto de MECW XIV, pp. 467-469} REVOLUCIÓN EN ESPAÑA (1)

New York Daily Tribune 8 de agosto de 1856 Las noticias traídas ayer por el vapor Asia, aunque son tres días posteriores a nuestros informes previos, no contienen nada que apunte a una rápida conclusión de la guerra civil en España. El golpe de Estado de O'Donnell no puede decirse que haya triunfado definitivamente, a pesar de haberlo hecho en Madrid. El Moniteur francés, que rebajó inicialmente la insurrección de Barcelona al rango de mero motín, se ve ahora obligado a confesar que el conflicto ha sido allí muy grave, pero que el triunfo de las tropas de la reina puede considerarse seguro.

Según la versión de ese periódico oficial, el combate de Barcelona duró exactamente tres días, desde las S de la tarde del18 de ju-