Londres, 20 de julio. El debate sobre la moción de Roebuck no ha sido en modo alguno cancelado, como el ministerio se halagaba. Ayer por la mañana profetizaba aún en sus órganos semioficiales que la moción de Roebuck sería rechazada por 5 votos contra 1. Anoche se consideró afortunado de haber impuesto la *previous question*, es decir, la negativa de la Cámara a decidir sobre la moción, con 289 votos contra 182. La misma Cámara que obligó a Aberdeen a dimitir por haberse negado a una comisión de investigación, salva a Palmerston al negarse finalmente a que se emita el juicio de sus propias comisiones. La prórroga del Parlamento aplaza el gabinete de Palmerston hasta la nueva sesión. Para entonces su plazo de vida habrá expirado. Volveremos sobre la sesión misma.

En este momento se ha producido un estancamiento en las operaciones bélicas en Crimea. No hay más tentativas de asalto, los cañones casi han enmudecido, y si no se estuviera cambiando constantemente fuego de fusilería entre las dos líneas de atrincheramiento, si los aliados no avanzaran su posición hacia la colina de Malájov mediante minas y zanjas de aproximación, y si los rusos no realizaran de vez en cuando salidas, se podría considerar suspendidas todas las hostilidades.

Esta es la calma que precede a la tormenta. Dentro de 2 o 3 semanas comenzará un combate cuerpo a cuerpo, más encarnizado que en Inkerman, en el Mamelón Verde o en el asalto del 18 de junio. El mes de agosto ha de decidir en un punto cierto: para entonces habrán llegado las fuerzas rusas que se hallan en camino, y las filas de los aliados estarán diezmadas por la enfermedad. Comenzará entonces la lucha a vida o muerte, y los aliados tendrán bastante que hacer para afirmar su terreno en la meseta.

La toma del lado sur de Sebastopol este año es una idea de la que incluso la prensa inglesa ha desistido ahora. Están reducidos a la esperanza de demoler Sebastopol trozo a trozo; y si lo consiguen, procediendo con la misma prisa que hasta ahora, el sitio durará tanto como el de Troya. No existe motivo alguno para creer que llevarán a cabo su obra con rapidez acelerada, pues estamos ahora informados casi oficialmente de que el sistema erróneo seguido hasta aquí ha de continuarse tercamente. El corresponsal en Crimea del *Constitutionnel*, un hombre de alto rango en el ejército francés (se dice que es el general Regnault de Saint-Jean-d’Angély, comandante de la Guardia), ha anunciado al público que puede ahorrarse la molestia de entregarse a especulaciones sobre una campaña en campo abierto y el eventual bloqueo del lado norte de Sebastopol. En las circunstancias actuales, dice, ello no puede hacerse sin levantar el sitio y abandonar toda la meseta a los rusos. Se ha decidido, pues, golpear con la mayor dureza posible la posición una vez atacada, hasta su completa destrucción. Los anuncios de esta carta pueden considerarse como semioficiales, ya que existen todos los motivos para creer no sólo que Bonaparte los aprueba, sino que incluso revisa cada informe de esa fuente antes de su publicación. Regnault es uno de sus favoritos especiales: el ministro de la Guerra que en tiempos de la Asamblea Nacional Legislativa dio su firma para la destitución de Changarnier.

Lo que forzosamente ha de resultar de todo esto es fácil de predecir. El ejército ruso en Sebastopol y sus alrededores se componía del 3[er] y 4[o] cuerpos, 2 divisiones del 5[o] y 1 del 6[o] cuerpo, además de tropas de marina, marineros, tropas locales, cosacos y caballería; en total, un ejército de 180 batallones, o sea 90.000 hombres de infantería, con 30.000 hombres de artillería, caballería, etc., más unos 40.000 enfermos y heridos. Incluso el *Moniteur* francés calcula su fuerza efectiva bajo las armas en 110.000 hombres. Ahora, la totalidad del 2[o] cuerpo (50 batallones, 32 escuadrones y 96 cañones) y dos divisiones de granaderos con una división de caballería (24 batallones, 2 escuadrones, 72 cañones) se hallan en marcha o ya en las cercanías de Sebastopol. Representan una fuerza adicional de 55.000 hombres de infantería, 10.000 de caballería y cosacos, y 5.000 de artillería. Los rusos habrán concentrado así pronto un ejército de al menos 175.000 hombres, considerablemente más de lo que puede quedar a los aliados después de sus recientes pérdidas en las salidas y por enfermedad. Que los rusos serán capaces de mantener al menos el terreno que hasta ahora ocupan es tanto más de esperar cuanto que constantemente pueden relevar con tropas frescas a las de la guarnición, agotadas por los esfuerzos.

Los aliados, por su parte, no tienen posibilidad de recibir refuerzos semejantes. Cuentan ahora con 21 divisiones de infantería (12 francesas, 4 inglesas, 3 turcas, 2 piamontesas) o aproximadamente 190 batallones, 3 divisiones de caballería (1 francesa, 1 inglesa, 1 turca) o unos 60 escuadrones, y un número correspondiente de cañones; pero como sus batallones y sobre todo sus escuadrones están muy diezmados por las pérdidas de la campaña, su fuerza total no excederá de 110.000 hombres de infantería, 7.500 de caballería y 30.000-35.000 de artillería, tren y no aptos para el servicio. Por consiguiente, si las fuerzas de los dos bandos combatientes se mantuvieron tan cercanas al equilibrio antes de la llegada de los refuerzos rusos, la balanza debe inclinarse obviamente contra los aliados en cuanto aquellos lleguen. Lo que hasta ahora se ha enviado desde retaguardia son meros destacamentos de los depósitos, para rellenar de nuevo los batallones y escuadrones empeñados, y, si los informes de la prensa son fiables, no puede tratarse de mucho. Entretanto, se dice que 3 divisiones marchan hacia Marsella y Tolón, donde se concentran vapores, mientras en Inglaterra los regimientos destinados a Crimea han recibido orden de mantenerse listos para ser embarcados de inmediato. Estos últimos contarán aproximadamente con una división de infantería y una división de caballería. Así, unos 33.000 hombres de infantería, con quizás 2.500 de caballería y artillería, podrían ir llegando a Crimea gradualmente durante agosto y septiembre. Esto depende, sin embargo, enteramente de la rapidez de su embarque. En todo caso, los aliados volverán a encontrarse en inferioridad numérica y podrán ser arrinconados de nuevo en la meseta donde pasaron el último y triste invierno.

Que los rusos consigan esta vez expulsarlos de este sólido escondrijo, no nos atrevemos a decidirlo. Pero conservar su propio terreno es evidentemente todo lo que los aliados pueden esperar, a menos que reciban refuerzos en escala gigantesca. Así, la guerra podría reducirse a una serie de encuentros y combates cuerpo a cuerpo, tan infructuosos como sangrientos, en los que cada bando irá enviando día tras día cuerpos frescos de tropas para salir al encuentro del enemigo en el combate cuerpo a cuerpo, ya sea en los muros de la ciudad, en los parapetos de las trincheras o en las alturas escarpadas de los alrededores de Inkerman y Balaklava. De todas las posibilidades, la más probable es que la cosa transcurra así. No puede imaginarse situación alguna de ejércitos enemigos en la cual un mayor derramamiento de sangre conduzca a resultados más insignificantes que los que cabe esperar de tales combates. Y esto se ha conseguido por la mediocridad de los generales en jefe de ambos lados, por impotente diletantismo en París y por deliberada traición en Londres.