Desde hace dos años, como es sabido, tres proyectos de ley se vienen arrastrando por el Parlamento, destinados a regular las relaciones entre los terratenientes irlandeses y los arrendatarios. Uno de esos proyectos de ley determina la indemnización que el arrendatario, en caso de que el terrateniente le rescinda el contrato, deberá tener derecho a reclamar por las mejoras realizadas en la tierra. Hasta ahora, las mejoras del suelo realizadas por los arrendatarios irlandeses (casi todos ellos arrendatarios temporales por un año) no servían sino para facultar al terrateniente a exigir rentas más elevadas al término del arriendo. Así, el arrendatario pierde o bien la granja, si no quiere renovar el contrato en condiciones más desfavorables, y con la granja el capital invertido en las mejoras, o bien se ve obligado a pagar al terrateniente intereses por las mejoras realizadas con su propio capital, por encima de la renta originaria. El apoyo a los mencionados proyectos de ley fue una de las condiciones mediante las cuales el ministerio de coalición compró los votos de la Brigada Irlandesa. Por ello, pasaron en 1854 en la Cámara de los Comunes, pero fueron aplazados en la Cámara de los Lores, con la colaboración secreta de los ministros, para la sesión siguiente (de 1855), y luego tan remodelados que se les quebró la punta, y en esta forma mutilada se devolvieron a la Cámara de los Comunes. Aquí, el jueves pasado, la cláusula principal de la ley de indemnización fue sacrificada en el altar de la propiedad territorial, y los irlandeses descubrieron, para su asombro, que votos pertenecientes en parte al ministerio y en parte directamente vinculados a él habían inclinado la balanza en su contra.

El furioso ataque del Serjeant <alto abogado del derecho común> Shee contra Palmerston amenazó con provocar un motín en el «barrio irlandés» del Parlamento, cuyas consecuencias eran en aquel momento muy inquietantes. Palmerston medió, por tanto, a través de Sadleir, ex miembro de la coalición y corredor de la Brigada Irlandesa, e hizo que una diputación de 18 parlamentarios irlandeses se presentara anteayer ante él para preguntarle si estaba dispuesto a emplear su influencia para anular la votación parlamentaria y hacer pasar la cláusula en una nueva votación en la Cámara. Naturalmente, se declaró dispuesto a todo, a fin de asegurarse los votos irlandeses contra el voto de censura.

La explosión prematura de esta intriga en la Cámara de los Comunes dio lugar a una de esas escenas escandalosas que caracterizan la decadencia del Parlamento oligárquico. Los irlandeses disponen de 105 votos. Sin embargo, resultó que la mayoría de la diputación de los 18 no había otorgado mandato alguno. De todos modos, Palmerston ya no puede utilizar a los irlandeses en las crisis ministeriales tan completamente como en tiempos de O'Connell. Con la disolución de todas las antiguas fracciones parlamentarias, también el barrio irlandés se ha escindido, fragmentado. En todo caso, el incidente demuestra cómo Palmerston aprovecha el plazo ganado para trabajar a las distintas camarillas. Al mismo tiempo, espera alguna noticia favorable del teatro de la guerra, algún pequeño acontecimiento que pueda ser explotado parlamentariamente —si no militarmente—. El telégrafo submarino ha arrebatado la dirección de la guerra de las manos de los generales y la ha subordinado a las ocurrencias astrológicas y diletantes de Bonaparte, así como a las intrigas parlamentario-diplomáticas. De ahí el carácter inexplicable y sin paralelo de la segunda campaña de Crimea.