Friedrich Engels

Desde Sebastopol

Escrito hacia el 29 de junio de 1855.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune», nº 4439, del 12 de julio de 1855]

Contrariamente a las expectativas del público, el correo del «Pacific», llegado ayer por la mañana, no trae ningún informe detallado sobre la derrota de los aliados ante Sebastopol el 18 de junio. Tenemos, es cierto, algunas listas escuetas del número de muertos y heridos en esta batalla, que comentaremos brevemente más abajo. Pero en lugar de los despachos esperados, tenemos al menos el informe detallado del general Pélissier sobre la conquista del Mamelon y de las canteras. Mas ni siquiera éste es de tal índole que muestre con gran exactitud la línea de política militar del hombre que ahora comanda de hecho a las 200.000 tropas aliadas en Crimea. Tenemos que creer más bien en las pruebas negativas que en las positivas, si queremos llegar a una conclusión acerca de este asunto. Para adivinar lo que Pélissier se propone hacer, no debemos fijarnos tanto en lo que hace, sino en lo que deja de hacer. Pero volvamos a la toma del Mamelon; presenta algunos rasgos que merecen examen.

Los días 6 y 7 de junio estuvieron consagrados a un cañoneo en toda la línea de las baterías aliadas. Pero mientras que en el ataque de la izquierda (del bastión Flagstaff al bastión de la Cuarentena) este cañoneo no pasó de ser una mera demostración, en el ataque de la derecha (del Redan al monte Sapun) fue en serio. Aquí las obras exteriores rusas fueron sometidas a un fuego particularmente violento. Cuando sus fuegos parecieron suficientemente apagados y sus defensores suficientemente debilitados, se ordenó el asalto en la tarde del 7. Los franceses tenían que tomar dos posiciones distintas, que formaban dos mesetas separadas por un camino hondo; los ingleses, una meseta con un camino hondo a cada lado. La manera en que ambos ejércitos se prepararon para el asalto fue característica de sus aptitudes y tradiciones peculiares. Los franceses pusieron en acción cuatro divisiones, dos para cada ataque específico. Así, se concentraron dos divisiones contra el Mamelon Verde (reduta de Kamchatka) y otras dos contra el monte Sapun; cada ataque con dos brigadas en columnas separadas en primera línea para el asalto y dos brigadas en reserva. Dieciocho batallones debían, por tanto, cargar y dieciocho sostenerlos: en total, al menos 28.000-30.000 hombres. Esta disposición concuerda plenamente con los reglamentos y las tradiciones del ejército francés, que en las grandes cargas ataca siempre en columnas, a veces demasiado abigarradas. Los ingleses, de haber adoptado la misma formación, habrían necesitado dos divisiones para la parte del trabajo que les correspondía; dos brigadas para el ataque y dos para la reserva. Pero fieles a su propio sistema, destacaron para la carga alrededor de 1.000 hombres, o sea, unos dos batallones —apenas la mitad de una brigada francesa—. Tenían sin duda fuertes reservas, pero a pesar de ello sólo emplearon un hombre allí donde los franceses habrían gastado tres. Esto es consecuencia, en parte, del sistema británico de atacar en líneas en vez de columnas, y en parte, de la gran tenacidad del soldado británico en posiciones defensivas. Estos 1.000 soldados británicos ni siquiera fueron lanzados todos a la vez; primero cargaron 200 y tomaron las obras rusas; luego se enviaron otros 200 como refuerzo; el resto siguió del mismo modo; y después, una vez establecidos en la posición rusa, 1.000 soldados británicos la defendieron contra seis ataques sucesivos y bajo el incesante fuego de frente y de enfilada de las obras rusas. Cuando amaneció, más de la mitad de ellos estaban muertos o heridos; pero la posición era suya, y algunos habían perseguido aquí y allá a los rusos hasta dentro del Redan. Fue una hazaña de armas que jamás hubieran podido igualar 1.000 franceses. Pero la pasiva resistencia del soldado británico bajo el fuego apenas conoce límites, y cuando, como en aquella noche, la refriega adopta la forma de su diversión favorita, la pelea callejera a puñetazos, entonces está en su propio elemento y se lanza sin vacilar uno contra seis con el mayor placer del mundo.

En lo que atañe al ataque francés, el general Pélissier nos da largas enumeraciones de las brigadas y regimientos empeñados en él, y tiene una palabra de reconocimiento para cada uno de ellos; pero sus explicaciones acerca de las posiciones y líneas de ataque respectivas de cada columna son completamente confusas, en tanto que su relato sobre el desarrollo de la acción es casi ininteligible, y falta por completo una indicación de las pérdidas. Comparando este boletín oficial con otros informes, podemos deducir que los franceses tomaron el Mamelon a la primera embestida, siguieron a los rusos en retirada hasta el bastión Malachow, penetraron aquí y allá, fueron rechazados por los rusos, volvieron a perder el Mamelon, se formaron en semicírculo detrás de él y, tras un nuevo ataque, acabaron por apoderarse de él. Al otro lado de la barranca de Kilen, la reduta de Volynsk fue tomada con escasas pérdidas; la lucha por la reduta de Selenguinsk, situada detrás, fue más seria, pero no comparable a la del Mamelon. A consecuencia del número excesivo de tropas que Pélissier lanzó sobre los puntos atacados y de las columnas abigarradas que los franceses debieron de formar de ese modo, sus pérdidas tienen que haber sido muy considerables. El hecho de que no se haya dado ningún parte oficial sobre ello basta para probarlo. Debemos suponer que 1.500-2.000 hombres no son cifras exageradas.

Los rusos se habían visto en circunstancias singulares. No podían guarnecer estas obras exteriores con tropas numerosas, pues ello las habría expuesto a una segura aniquilación por la artillería enemiga, incluso antes de que se intentara el asalto. Así, solo podían mantener un mínimo de defensores en estas redutas y tenían que confiar en el fuego dominante de su artillería desde el Malachow y el Redan, así como en la acción de sus reservas en la fortaleza. Tenían dos batallones —unos 800 hombres— en el Mamelon. Pero, una vez tomadas las redutas, no volvieron nunca a ellas para establecerse sólidamente. Descubrieron que un ejército sitiado puede perder muy rápidamente una posición, pero no puede recuperarla sencillamente. La reduta del Mamelon era, además, de una construcción tan complicada —con traveses y blindajes que formaban una especie de casamatas improvisadas—, que, aunque bien cubierta contra la artillería, su guarnición se hallaba casi indefensa frente a un asalto, ya que cada compartimento apenas bastaba para albergar un cañón y un hombre para su servicio. Así que, apenas la pieza quedaba desmontada, la infantería destinada a defender la obra contra un asalto no disponía de espacio para una posición desde la cual pudiera actuar sobre las columnas de asalto mediante un fuego simultáneo en masa. Fragmentada en pequeños destacamentos, sucumbió al ímpetu de los atacantes, demostrando una vez más que, donde no puede combatir en grandes masas, la infantería rusa no iguala a los franceses en inteligencia ni en rápida mirada, ni a los ingleses en desesperado valor de bulldog.

Al encuentro del día 7 siguió una pausa de diez días, durante la cual se terminaron y enlazaron las trincheras, se señalaron las posiciones de las baterías y se trajeron cañones y municiones. Al mismo tiempo, se llevaron a cabo dos reconocimientos hacia el interior del país. El primero hacia Baidar, a 12 millas de Balaklava, por el camino de la costa sur, fue solo preliminar; el segundo hacia Aitodor, a 6 millas más allá de Chorgun, sobre el Tschornaja, se realizó en la dirección correcta. Aitodor está situado en la elevada faja de tierra que conduce al valle del alto Belbek, único punto por donde, como hemos señalado hace ya tiempo <Véase el presente tomo, págs. 231-235>, se puede flanquear eficazmente la posición rusa de Inkerman. Pero enviar una columna de reconocimiento allí y no seguir inmediatamente este paso con la ocupación violenta de la faja de tierra e iniciar al punto las operaciones, ¿qué significa sino dar al enemigo aviso del lado por el que está amenazado? Ahora bien, puede ser que el terreno en torno a Aitodor resultara impracticable —aunque lo dudamos—; y aun en ese caso, la intención de una marcha de flanco para envolver al enemigo quedaría demasiado claramente señalada por esta maniobra. Si esta marcha de flanco pudiera servir únicamente como ataque simulado, estaría bien; pero estamos convencidos de que debe convertirse en el movimiento principal, y por eso no debería insinuarse antes de que los aliados tuvieran realmente la intención de emprenderlo.

Sin embargo, en lugar de proseguir esta débil demostración sobre el terreno, el general Pélissier intentó algo completamente distinto. El 18 de junio, el día de Waterloo, vio a las tropas inglesas y francesas marchar hombro con hombro para asaltar las líneas rusas en el ataque de la derecha. Los ingleses atacaron el Redan, los franceses el Malachow. Así debía ser vengado Waterloo; pero, desgraciadamente, la cosa salió mal. Ambos fueron rechazados tras una espantosa carnicería. Las listas oficiales cifran sus pérdidas en unos 5.000; pero, debido a la conocida falta de veracidad de los datos franceses, nos inclinamos a calcularlas en un 50 por ciento más. Puesto que no se han conocido detalles, los rasgos tácticos de esta batalla han de quedar por ahora completamente de lado. Lo que ahora podemos considerar es su naturaleza estratégica y política.

Toda la prensa de Europa considera a Pélissier como un hombre que no quiere ser mandado por telégrafo desde París, sino que está firmemente resuelto a obrar según su propio juicio. Hemos tenido razones para dudar de este tipo particular de obstinación; y el hecho de su intento de vengar «magnánimamente» Waterloo, es decir, mediante una victoria conjunta de franceses e ingleses, confirma plenamente nuestra duda. La idea de semejante hazaña solo pudo proceder de Su Majestad el Emperador de los franceses —el gran partidario de los aniversarios, el hombre que no puede dejar pasar ningún año el 2 de diciembre sin intentar alguna treta extraordinaria; el hombre que ha declarado ante la Cámara de los Pares que su misión especial es vengar Waterloo—. No cabe duda de que Pélissier tenía la orden más estricta de celebrar la batalla de Waterloo con un brillante aniversario. El modo en que lo ha llevado a cabo es la única parte del asunto de la que es responsable.

El asalto a las líneas del reducto de Karabelnaja debe, como ahora estamos más convencidos que nunca, ser valorado como un grave error. Pero antes de conocer a fondo al hombre, seguiremos atribuyendo a Pélissier el favor de todas las circunstancias que, a esta distancia del campo de combate, pudieran consentir una duda. Ahora bien, puede ser que las condiciones sanitarias en el Quersoneso Heracleótico —cuestión sobre la que hemos llamado la atención desde hace mucho tiempo— sean tan malas que una conclusión apresurada de las operaciones en este pequeño pedazo de tierra resultara sumamente deseable. Las emanaciones de los cadáveres en descomposición de 25.000 hombres y 10.000 caballos son de tal índole que influyen peligrosamente sobre la salud del ejército durante el verano. De las demás abominaciones allí acumuladas ni siquiera queremos hablar. Quizá piensa Pélissier que en breve plazo sería posible expulsar a los rusos de la parte sur, destruir completamente la plaza, dejar sólo unos pocos hombres para su vigilancia y tomar entonces el campo con un ejército fuerte. Hacemos esta suposición porque preferimos ver, en los actos de un viejo soldado, al menos algunos motivos razonables. Pero si ése es el caso, entonces ha evaluado mal la fortaleza de la plaza. Decíamos antes que cualquier intento de perseguir decididamente el éxito del 7 contra la ciudad misma se vería frustrado <Véase el presente volumen, pp. 289/290>; nuestra opinión ha sido confirmada por los acontecimientos. Decíamos que la llave de Sebastopol se hallaba al norte de Inkerman; el combate del 18 parece probarlo.

Con ello, estamos dispuestos a admitir que el general Pélissier se dejó guiar por consideraciones completamente lógicas cuando prefirió un asalto a Karabelnaja a un avance en campo abierto; pero al mismo tiempo debemos admitir que los hombres sobre el terreno son muy proclives a hacer de hechos menores las premisas de sus conclusiones, y que Pélissier, por el fracaso del 18, parece convicto de haber cedido a esta debilidad; pues si bien mostrar firmeza de carácter aferrándose tenazmente a una cosa emprendida es señal de entereza, revela a la vez una debilidad del intelecto perseguirla por caminos desviados sólo porque una vez se ha comenzado. Pélissier tendría razón si intentara tomar Sebastopol a toda costa; pero está manifiestamente equivocado al no ver que el camino más corto hacia Sebastopol pasa por Inkerman, y que el ejército ruso allí aposta defiende esa posición.

Si los aliados no se afanan por sacar provecho de su superioridad, en breve tiempo se encontrarán en una situación muy desagradable. La necesidad de reforzar sus fuerzas en Crimea ha sido sentida desde hace mucho por Rusia. La compleción de los batallones de reserva del ejército regular y el reclutamiento y organización de la Opoltschenie en 200 batallones, así como muy en particular la reducción del ejército de observación austríaco a 180.000 hombres —habiendo sido el resto o bien licenciado o estacionado en el interior del Imperio—, brindan ahora la ocasión de hacerlo. En consecuencia, se ha formado en Odesa un ejército de reserva, del cual se dice que unos 25.000 hombres están estacionados cerca de Nikolajew, a 12-15 días de marcha de Sebastopol. También dos divisiones de granaderos se hallan en camino desde Wolhynien. Hacia mediados de julio, y quizá antes, los rusos pueden por tanto haber recuperado su superioridad numérica, a no ser que las tropas que ahora tienen frente a los aliados sufran derrotas decisivas en el intervalo. Estamos, en efecto, informados de que otros 50.000 franceses marchan hacia Toulon y Marseille para ser embarcados; pero éstos llegan con seguridad demasiado tarde y poco más pueden hacer que llenar los huecos que la batalla y la enfermedad (que de nuevo hace su aparición en el campamento aliado) causan en las filas.

Las operaciones en el mar de Azow han destruido a los rusos una fuente de abastecimiento; pero dado que el Dnepr es, mucho más que el Don, la puerta natural de los distritos cerealistas rusos, no cabe duda de que en Jersón se encuentran grandes cantidades —más de las que los rusos necesitan en Crimea para su alimentación. Por ello, el transporte a Simferópol no es muy difícil. Quienquiera que espere de la expedición al Azow un efecto serio e inmediato sobre el abastecimiento de Sebastopol, se halla en un grave error.

Aunque la balanza se ha inclinado desde hace algún tiempo a favor de los aliados, ahora puede volver al equilibrio o incluso inclinarse en su contra. La campaña de Crimea está todavía lejos de decidirse, si los rusos actúan sin demora.