["Neue Oder-Zeitung" Nr. 297 vom 29. Juni 1855]

Londres, 26 de junio. En la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes se levantó el señor Otway:

«¿Se propone Lord Palmerston tomar alguna medida para inducir a Lord Grosvenor a retirar su Sunday Trading Bill?» (Aplausos generales.)

Lord Palmerston:

«Si mi noble amigo» (Grosvenor) «ha oído estos aplausos generales, creo que estará dispuesto a obrar en consecuencia.» (Aplausos.)

Se ve que la manifestación de masas en Hyde Park ha intimidado a la Cámara de los Comunes. Deja caer el proyecto de ley y hace buena cara al mal juego. The Times califica la escena dominical en Hyde Park de «un gran acto de justicia retributiva», el proyecto de ley de un producto de la «legislación de clase», «una medida de hipocresía organizada», y se divierte a costa de «la teología parlamentaria».

En relación con la masacre de Hangö, el Primer Lord del Almirantazgo, Sir Charles Wood, comunica que hoy ha recibido despachos del almirante Dundas. Según estos, el fuego de los rusos habría causado la muerte de 5 marineros y del capitán finlandés, herido y hecho prisioneros a 4 marineros y 2 finlandeses, y hecho prisioneros ilesos a 3 oficiales, 4 marineros y 2 finlandeses. El almirante Dundas habría dirigido una carta al gobernador de Helsingfors, constatando los hechos y protestando en los términos más enérgicos contra el acto abominable de disparar contra un bote bajo bandera de parlamento. Habría recibido una respuesta en la que el gobernador disculpa y en cierto modo justifica el acto. Explica que, según sus propias declaraciones, los oficiales y soldados no habrían visto la bandera de parlamento. Habrían estado exasperados porque en otras ocasiones buques habrían izado pabellón ruso, y porque la prensa habría informado de cómo buques ingleses, en otras partes, habrían utilizado la bandera de parlamento para sondear con la plomada. Toda la justificación se reduce, pues, a la miopía de los soldados y oficiales rusos. En todo caso, es una señal de civilización que los soldados rusos lean periódicos y se dejen «exasperar» por las noticias de los periódicos.

Los administrativos han convocado para mañana un nuevo meeting en el teatro de Drury Lane. Como antes: meeting con tarjetas de entrada y oradores previamente designados. Poncio Pilato preguntó: ¿Qué es la verdad? Palmerston preguntó: ¿Qué es el mérito? Los administrativos han respondido: el mérito es lo que un hombre gana al año. De conformidad con ello, estos reformadores han introducido una transformación en su organización interna. Antes, los miembros del comité general —en realidad, elegidos a sí mismos— eran sometidos a una elección ficticia por votación general de la asociación. Ahora, se convierte por sí mismo en miembro del comité general todo aquel que paga una suscripción anual de 50 libras esterlinas o más. Antes, la cláusula de las diez guineas y la de una guinea se consideraban suficientes para proteger el «movimiento» contra la intromisión plebeya. Ahora, a los caballeros de las diez guineas ya no se les considera suficientemente «respetables», y a las personas de una guinea se las considera por completo «chusma». En los carteles que anuncian el meeting se dice textualmente:

«Admisión únicamente con tarjeta de entrada, que puede obtenerse de los miembros. Los suscriptores de 50 libras y más son miembros del comité general; los suscriptores de diez guineas y de una guinea son miembros de la asociación.»

Los derechos de los miembros dentro de la asociación quedan, pues, calculados según una escala móvil de guineas. El dominio desnudo y sin tapujos de las guineas queda brutalmente proclamado. Los reformadores de la City han revelado su secreto. ¡Vaya agitadores! Los últimos tiempos, además, no les han sido favorables. Drummond les lanzó abiertamente en el Parlamento el reproche de «inmoralidad sistemática» y «corrupción». ¡Y qué ilustraciones de la pureza de su clase se han sucedido a golpe y porrazo, como a una voz de mando! Primero, The Lancet (revista médica) aporta pruebas de que la adulteración y envenenamiento de todas las mercancías y víveres no se limita en modo alguno a los pequeños tenderos, sino que es practicada sistemáticamente por el comercio al por mayor. Luego, trasciende que «respetables» firmas de la City han hecho circular warrants de depósito falsos. Finalmente, la gran quiebra fraudulenta, unida al robo directo de los valores depositados en garantía, del banco privado de Strahan, Sir Jones Paul y Bates. En este último caso, la aristocracia ha aprendido a rendir homenaje al talento «administrativo» de los señores de la City, pues el banco «administraba» ante todo guineas aristocráticas. Lord Palmerston se cuenta entre los damnificados, al igual que el marqués de Clanricarde, y el almirante Napier ha perdido casi toda su fortuna. La Iglesia también ha perdido muchos bienes terrenales, ya que los señores Strahan, Paul y Bates gozaban de un olor particular de santidad, presidían ocasionalmente meetings para la «conversión de paganos» en Exeter Hall, figuraban entre los primeros suscriptores de la sociedad para «la difusión de la Biblia» y formaban parte de la junta directiva de la «Asociación para la Reforma de los Delincuentes». Su fe les había granjeado crédito. Eran el banco favorito de clérigos y de fundaciones libres. Pero su talento «administrativo» no ha respetado nada, desde el dinero de viudas y huérfanos hasta los ahorrillos de los marineros. ¿Por qué no admitirlos a la administración de los «fondos públicos», a la que ahora extienden la mano?

«Ahora se manifiestan entre nosotros —exclama con melancolía el Daily News, órgano por excelencia de los reformadores de la City—, síntomas que demuestran que no hay tiempo que perder para presentar un caso del elevado tono inmoral que reina entre las clases industriales.»

La crisis de los señores Strahan y Cía. ha provocado, naturalmente, una «corrida» del público a las cajas de los bancos privados de la City, que hasta entonces gozaban de una reputación de respetabilidad mucho mayor que los bancos por acciones. Ya los grandes banqueros privados se ven obligados a exhortarse «públicamente» a la mutua inspección periódica del estado de las garantías depositadas en sus establecimientos, y asimismo a invitar a sus clientes, por medio del Times, a examinar visiblemente los efectos que les han sido confiados. Otra circunstancia que sobreviene de lo más inoportuno a los reformadores de la City es la siguiente: Uno de sus reyes, Rothschild, se halla notoriamente, como su representante elegido, en el umbral de la Cámara de los Comunes, sin poder ser admitido en el santuario, porque no puede prestar el «juramento de un verdadero cristiano» y porque Lord John Russell, su colega, no quiere «realizar» la ley de los judíos. Ahora bien, ayer se levanta Duncombe, descubre que, de conformidad con un acta parlamentaria de 1782, todo diputado que, después de su elección, ha concertado un contrato de suministro con el gobierno pierde su escaño en la Cámara de los Comunes, que Rothschild se ha encargado del último empréstito de 16 millones de libras esterlinas, y anuncia, en consecuencia, que mañana por la noche presentará la moción para que se convoque una nueva elección en la City. Más aún. Malins sigue inmediatamente a Duncombe y anuncia una moción similar contra Lindsay, quien, en el debate sobre la reforma, fue abiertamente acusado por Sir Charles Wood de haber concertado contratos de suministro de buques con el gobierno mientras era y ha sido miembro del Parlamento. El incidente es importante no sólo por las personas comprometidas —¡un magnate de la City y un magnate reformista de la City!—, sino porque recuerda al público que Pitt, Perceval y Liverpool, que pasaron por alto el acta de 1782, hallaron sus pilares precisamente en los grandes dignatarios de la City, los contratistas de empréstitos y suministros para el gobierno, dentro y fuera del Parlamento. Esta aristocracia financiera —entonces más corrupta aún que bajo Luis Felipe— fue el alma de la guerra antijacobina. Mientras arrancaba sus doradas manzanas de las Hespérides, demostraba a la nación en célebres meetings de la City que

«debía sacrificar dinero y sangre para salvar los benditos consuelos de nuestra santa religión de los franceses profanadores de altares, y salvarse a sí misma de la sombría desesperación del ateísmo».

Así, en el momento más inoportuno, se recuerda a la nación que la City, la cual se rebela contra la oligarquía, fue precisamente el invernadero en que esa misma oligarquía creció y dio sus más lozanas flores.