Friedrich Engels

Desde Sebastopol

Escrito hacia el 8 de mayo de 1855.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4401 del 28 de mayo de 1855, artículo de fondo]

El correo llegado aquí el sábado por la noche con el "America" nos brinda de nuevo la posibilidad de ofrecer a nuestros lectores una cierta visión de conjunto de la situación bélica en Crimea, aunque el carácter todavía contradictorio e impreciso tanto de los informes oficiales como de las correspondencias periodísticas no nos facilita la tarea. Es un hecho que el fracaso de Viena vino acompañado, en el campo de los aliados ante Sebastopol, de una vigilancia y actividad redobladas y que el bombardeo —si bien puede decirse que fue suspendido el 24 de abril— no por ello fue precisamente más débil en los días siguientes. Pese a todo, resulta difícil decir qué ventajas se han alcanzado realmente; un corresponsal afirma incluso que las obras avanzadas rusas, Selenguinsk, Volynsk y Kamchatka, así como las trincheras frente a toda la línea, han sido desalojadas por los defensores. Como esto es manifiestamente lo más favorable que los aliados podían conseguir, supongamos de entrada que sea verdad. Otros corresponsales informan de que los franceses han asaltado el propio bastión de Flagstaff y se han atrincherado allí, pero esta noticia no merece crédito. No es más que una burda exageración del lance del 21 de abril, cuando los franceses, haciendo estallar minas, abrieron una trinchera de aproximación avanzada delante de ese bastión.

Sigamos suponiendo que sea cierto que los rusos han sido rechazados hasta su línea de defensa original, aunque sigue siendo muy llamativo que hasta ahora falten todavía informes sobre la toma de la colina de Sapún y del Mamelón por los aliados. Pero, aun suponiendo que los reductos de esas colinas ya no estuvieran en manos de los rusos, nadie puede negar que éstos han sacado de ellos grandes ventajas. Mantuvieron el Sapún desde el 23 de febrero y el reducto de Kamchatka-Mamelón desde el 12 de marzo hasta finales de abril, período durante el cual las trincheras de los aliados estuvieron o bien enfiladas o bien expuestas a un fuego incesante de frente, mientras que la clave de toda la posición —Malájov— estuvo completamente protegida por ellos durante la cañoneo de quince días. Después de haberlos aprovechado tan bien los rusos, podían soportar sin pena su pérdida.

Los diversos ataques nocturnos en los que los aliados se apoderaron de las trincheras y contraaproches rusos no precisan ser descritos aquí, como tampoco la salida que emprendieron los rusos para recuperarlos. Tales operaciones carecen de interés táctico, salvo para aquellas personas que conozcan el terreno por experiencia personal; están determinadas principalmente por la inteligencia, audacia y perseverancia de los oficiales subalternos y de los soldados. En estas cualidades, los ingleses y franceses son superiores a los rusos y, en consecuencia, han defendido bien sus puntos de apoyo en algunos lugares cercanos a las obras rusas. La distancia entre los adversarios se ha reducido aquí y allá a la del alcance de granadas de mano, es decir, a 20 o 30 yardas del camino cubierto ruso, o a 40-60 yardas del muro principal. Los rusos afirman que los sitiadores

están a 30 sashen <antigua medida de longitud rusa = 2,336 m> o 60 yardas de ellos. Tal es particularmente el caso frente al bastión de Flagstaff, el bastión Central y el Redan, donde el terreno forma ángulos muertos con hondonadas situadas de tal modo que los cañones rusos no pueden ser apuntados lo suficiente por debajo de la horizontal para que los proyectiles puedan hacer impacto allí. Como la artillería rusa no ha sido en modo alguno silenciada, las comunicaciones con esas hondonadas y su transformación en un sistema completo de trincheras constituyen un asunto muy difícil, y los aliados van a sentir con bastante dureza el fuego de flanco de los rusos. Ahora bien, mientras las baterías de los aliados se encuentren a 400 o 500 yardas detrás de las trincheras avanzadas, no se alcanza a ver cómo esperan mantener posiciones tan expuestas frente a salidas repentinas y emprendidas con fuerza suficiente; y, tras el reconocido fracaso del bombardeo, costará tiempo disponer de nuevas baterías más avanzadas y ponerlas en juego.

Este repentino avance de los aliados directamente hasta el pie de las murallas de la fortaleza rusa está ciertamente en contradicción con su pasada inercia e irresolución, pero con todo se halla en plena consonancia con ella. En la dirección de este asedio no ha habido nunca ni sistema ni verdadera coherencia; y, dado que un asedio es en esencia una operación sistemática en la que cada paso alcanzado tiene que ser aprovechado de inmediato para obtener nuevas ventajas, so pena de revelarse inútil de lo contrario, está claro que los aliados lo han conducido conforme al plan más desastroso imaginable. Pese al desengaño que se apoderó de las mentes de los generales aliados cuando vieron el escenario por primera vez, pese a los errores cometidos el pasado otoño durante el primer asedio, habrían podido hacer mayores progresos. Dejemos completamente de lado el lado norte de la ciudad, como hicieron los propios generales aliados. Se habían decidido de una vez por todas a atacar el lado sur aisladamente, corriendo el riesgo de llegar a un punto dominado por una fortaleza para ellos inaccesible. Pero aquí surge una alternativa: o los generales aliados se sentían con fuerzas suficientes para tomar el lado sur, y en tal caso tienen que admitir ahora que incurrieron en un error imperdonable; o se sentían demasiado débiles, y entonces ¿por qué no se procuraron refuerzos? No puede negarse ya que un error ha seguido a otro en este "memorable y sin par" asedio. La dureza del

acantonamiento de invierno parece haber infundido tanto al ejército como a los generales un espíritu de invencible somnolencia, apatía e inercia. Cuando los rusos salieron audazmente de sus líneas en febrero y, al avanzar, formaron otras nuevas, ello tendría que haber sido un acicate suficiente para que aquellos desplegasen toda su energía; sin embargo, Canrobert no supo aprovechar tan gravísima advertencia más que para amortiguar el ardor de los zuavos mediante un ataque que —como él sabía de antemano— no podía conducir a nada bueno. Se reanudó el trabajo en las trincheras, pero más para formar caminos cubiertos para las columnas de asalto que para aproximar las baterías al enemigo. Incluso después de haber pasado seis meses ante la fortaleza, cada acción muestra que no se perseguía ningún plan definitivo, que no se ponía la mira en ningún punto para un ataque general, es más, que la vieja idea fija de tomar Sebastopol mediante un coup de main <golpe de mano> seguía dominando en las mentes de los aliados, frustrando toda propuesta razonable y echando por tierra todo intento de proceder sistemáticamente, y lo poco que se hizo se ejecutó tres veces más lentamente que las operaciones regulares de asedio, sin que la inconsecuencia y la falta de un plan, que caracterizaban al conjunto, le confirieran siquiera la certeza de victoria inherente a tales operaciones regulares.

Pero todo se esperaba del comienzo del fuego. Ésa era la excusa principal para toda vacilación e inacción. Aunque resulte difícil decir qué se esperaba de ese gran acontecimiento —de baterías situadas de 600 a 1.000 yardas de su objeto de ataque—, finalmente se abrió el fuego. Aproximadamente 150 disparos por cañón los dos o tres primeros días, luego 120 disparos, luego 80, luego 50, por último 30, tras lo cual el cañoneo fue suspendido. El efecto apenas resultaba visi-

ble, salvo en los cañones inutilizados y depósitos vaciados de los aliados. Un cañoneo de cinco días con pleno ímpetu habría causado más daño a los rusos y abierto más posibilidades de éxito a los aliados que quince días de un fuego que empezó con gran furia y se debilitó tan deprisa como había comenzado. Pero ¿cómo podían estar los aliados en condiciones de aprovechar esas circunstancias favorables después de haber gastado su munición e inutilizado sus cañones? Tan poco como ahora, mientras los rusos se hallan en una situación mucho mejor que entonces, al ver cómo el fuego amaina y se ahorran ser inundados por un granizo de 50.000 proyectiles diarios durante cinco días consecutivos. Este alargamiento del cañoneo mediante la disminución de su fuerza intensiva constituye una desviación tan grande e inexplicable de todas las reglas de la guerra, que necesariamente tiene que obedecer a razones políticas. Cuando el fuego de los dos primeros días defraudó las expectativas de los aliados, la necesidad de mantener por lo menos la apariencia de un cañoneo durante la conferencia de Viena debió de conducir a este derroche insensato de munición.

Termina el cañoneo, se suspenden las conferencias de Viena, el telégrafo está terminado; al mismo tiempo sobreviene un cambio de escena. Llegan órdenes de París de actuar con rapidez y decisión. Se abandona el viejo sistema de ataque; asaltos en pequeña escala, alojamientos logrados mediante explosiones de minas, lucha con fusiles y bayonetas suceden al rugido sin resultado de la artillería. Se ganan puntos avanzados e incluso se mantienen frente a una primera salida de los sitiados. Pero si no se emplazan baterías a menor distancia de las líneas rusas, haciéndolas demasiado calientes para los sitiados, no se ha ganado nada. Los puestos avanzados no pueden ser mantenidos sin grandes pérdidas, diariamente repetidas, y sin combates que se repiten con regularidad, de desenlace dudoso e incierto. Y aun suponiendo que esas baterías de la segunda y tercera paralela vayan a ser construidas, y que para abrirlas fuera necesario primero expulsar a los rusos de sus trincheras: ¿cuánto tiempo pasará hasta que esas nuevas baterías hayan recibido cañones suficientes para responder con éxito al fuego de los rusos, el cual resistió al de los aliados durante los dos bombardeos? Cuanto más se aproximan las baterías a las obras enemigas, más destructivo fuego cruzado puede ser concentrado sobre ellas y más restringido se vuelve el espacio para emplazar cañones; en otras palabras, tanto más se iguala el fuego del ataque al fuego de la defensa, a menos que este último haya sido previamente

silenciado por las baterías más alejadas, de lo cual aquí no se trata.

¿Cómo les fue posible entonces a los rusos resistir con tanto éxito los ataques de los aliados? En primer lugar, debido a los errores y a la indecisión de los propios aliados; en segundo lugar, debido al valor de la guarnición y a la pericia del ingeniero director, el coronel Todtleben; en tercer lugar, por la fuerza natural de la posición. Pues hay que admitir que la posición es realmente fuerte. Los malos mapas, que hasta hace muy poco tiempo eran los únicos asequibles, representaban Sebastopol como una ciudad situada en la parte inferior de una pendiente y dominada por las alturas del fondo; pero los mapas más recientes y mejores demuestran que la ciudad se asienta sobre varias colinas redondeadas y aisladas, separadas de la pendiente de la meseta por barrancos; estas colinas dominan de hecho por igual tanto la ciudad como la meseta. Este carácter del terreno parece justificar plenamente la vacilación en tomar la fortaleza al asalto el pasado septiembre; evidentemente les había resultado demasiado imponente a los generales aliados, hasta el punto de que ni siquiera intentaron provocar al enemigo para que mostrase qué fuerzas podía desplegar para la defensa. El ingeniero ruso ha aprovechado al máximo esta ventaja natural. Dondequiera que Sebastopol presenta una pendiente orientada hacia la meseta, se han erigido dos y hasta tres hileras de baterías, una sobre otra, duplicando y triplicando la fuerza defensiva. Tales baterías se han erigido también en otras obras de fortificación (por ejemplo, en la pendiente del Mont-Valérien, cerca de París), pero los ingenieros no las aprueban en general, calificándolas de trampas de granadas. En efecto, ofrecen al sitiador un blanco mayor, cuyas salvas pueden alcanzar la batería de abajo o la de arriba si yerran aquella a la que se apuntaba, y por esta razón siempre infligirán mayores pérdidas a la defensa. Pero cuando una fortaleza como Sebastopol ni siquiera está cercada, semejante desventaja no significa nada en comparación con la enorme fuerza que confieren al fuego defensivo. Tras este asedio de Sebastopol, creemos que se puede objetar muy poco a estas trampas de granadas. Para fortalezas de primer orden, provistas de grandes almacenes y difíciles de cercar, pueden aprovecharse con la mayor ventaja allí donde el terreno les es favorable. Aparte de estas trampas de granadas, los rusos se han apartado también en otros aspectos de la rutina habitual de la ingeniería. Según los anticuados sistemas de fortificaciones abaluartadas, 15 o 17 baluartes habrían sido demasiado pocos para rodear la fortaleza y la habrían defendido muy mal. En su lugar, en las alturas avanzadas sólo hay seis baluartes, mientras que las cortinas que los unen están quebradas en líneas que forman ángulos, a fin de poder presentar así un fuego de flanco independiente del de los baluartes, y desde estas posiciones salientes cañones pesados baten el terreno delantero. Estas cortinas están artilladas con cañones en casi toda su longitud, lo que constituye a su vez una innovación, pues las cortinas en las fortificaciones corrientes de baluartes están, en general, artilladas sólo para casos especiales con uno o dos cañones, y toda la defensa por el fuego se confía a los baluartes y revellines. Sin entrar en más detalles técnicos, se podrá deducir de lo dicho que los rusos han utilizado al máximo sus posibilidades y que los aliados – en caso de que lleguen algún día a apoderarse del bastión Flagstaff o del de Malachow – pueden estar seguros de toparse con una segunda y una tercera línea de defensa, para cuya conquista tendrán que emplear todo su ingenio.