El paneslavismo y la guerra de Crimea – II

Publicado originalmente en Neue Oder-Zeitung, el 24 de abril de 1855. Tomado de Karl Marx y Frederick Engels, The Russian Menace to Europe, editado por Paul Blackstock y Bert Hoselitz, publicado por George Allen and Unwin, Londres, 1953, págs. 86-90. Escaneado y preparado para el Marxist Internet Archive por Paul Flewers.

La primera forma del paneslavismo austriaco fue literaria. Dobrovsky, un bohemio, fundador de la filología científica de los dialectos eslavos, y Kolar, un poeta eslovaco de los Cárpatos húngaros, fueron sus iniciadores. En Dobrovsky era el entusiasmo de un descubridor científico; en Kolar, pronto empezaron a predominar las ideas políticas. Pero, por el momento, el paneslavismo se contentaba con revolcarse únicamente en estados de ánimo elegíacos; la grandeza del pasado, la deshonra, la desgracia y la opresión extranjera del presente, eran los temas de esta poesía. «¿No hay, oh Dios, ningún hombre sobre la tierra que haga justicia a los eslavos?» El sueño de un imperio paneslavo que dictara leyes a Europa apenas se insinuaba por aquel entonces.

Pero el período de lamentaciones pasó pronto, y con él el grito que se limitaba a «¡Justicia para los eslavos!». La investigación histórica sobre el desarrollo político, literario y lingüístico de la raza eslavona hizo grandes progresos en Austria. Schafarik, Kopitar y Miklosich como lingüistas, Palacky como historiador, tomaron la delantera, seguidos por una multitud de hombres con poco o ningún talento científico, como Hanka, Gaj y otros. Las épocas gloriosas de la historia bohemia y serbia eran pintadas con vivos colores en contraste con el estado actual degradado y quebrantado de aquellas naciones. Así como en Alemania la «filosofía» constituía el pretexto bajo cuya protección se sometían a análisis crítico la política o la teología, en Austria, y en las mismas narices de Metternich, los paneslavistas utilizaban la ciencia filológica como capa para predicar la doctrina de la unidad eslava y crear un partido político con el objetivo inconfundible de trastocar las relaciones de todas las nacionalidades en Austria e instituir en su lugar un vasto imperio eslavo.

La confusión lingüística que reina al este de Bohemia y Carintia hasta el mar Negro es realmente asombrosa. El proceso de desnacionalización entre los eslavos limítrofes con Alemania, el avance lento pero ininterrumpido de los alemanes, la invasión de los magiares, que separó a los eslavos del norte de los eslavos del sur mediante una masa compacta de siete millones de personas de raza finesa, la mezcla de turcos, tártaros y valacos entre las tribus eslavas, produjeron una Babel lingüística. La lengua varía de aldea en aldea, casi de un señorío a otro. De cinco millones de habitantes, Bohemia sola cuenta con dos millones de alemanes junto a tres millones de eslavos, rodeados además por tres lados de alemanes. Lo mismo ocurre con todas las tribus eslavas de Austria. Restaurar a los eslavos todos los territorios y suelos originariamente eslavos, convertir a Austria, con excepción del Tirol y Lombardía, en un imperio eslavo —el objetivo de los paneslavistas— es declarar nulo y sin efecto el desarrollo histórico de los últimos mil años, es amputar una tercera parte de Alemania y toda Hungría, y convertir Viena y Budapest en ciudades eslavas, un proceso con el que los alemanes y húngaros que poseen estas comarcas difícilmente pueden simpatizar. Además, la diferencia entre los dialectos eslavos es tan grande que, salvo pocas excepciones, resultan mutuamente ininteligibles. Esto se demostró de manera cómica en el Congreso Eslavo de Praga en 1848, donde, tras varios intentos vanos de hallar una lengua comprensible para todos los asistentes, se vieron finalmente obligados a servirse de la lengua más odiada por todos: el alemán.

Vemos, pues, que al paneslavismo austriaco le faltaban los elementos más esenciales para el éxito: apoyo de masas y unidad. Carecía de apoyo de masas porque el partido paneslavo se componía únicamente de una parte de las clases instruidas, no tenía arraigo en las masas y, por tanto, carecía de fuerza capaz de resistir tanto al gobierno austriaco como a las nacionalidades alemana y húngara contra las que entraba en liza. Le faltaba unidad, porque su principio unificador era meramente ideal, y al primer intento de realización se quebraba por el hecho de la diversidad lingüística.

De hecho, mientras el paneslavismo fue un movimiento limitado a Austria no ofrecía gran peligro, pero ese mismo centro de unidad y de apoyo de masas que le faltaba se le encontró muy pronto. El levantamiento nacional de los serbios turcos, a comienzos de este siglo, había llamado la atención del gobierno ruso sobre el hecho de que en Turquía existían unos siete millones de eslavos cuya habla, más que ningún otro dialecto eslavo, se asemejaba al ruso. Su religión, también, y su lengua sagrada —el antiguo eslavo o eslavo eclesiástico— eran exactamente las mismas que en Rusia. Fue entre estos serbios y búlgaros donde el zar inició por primera vez una agitación paneslavista apoyada en apelaciones a su posición como cabeza y protector de la Iglesia ortodoxa griega. Era, por tanto, natural que, tan pronto como este movimiento paneslavista en Austria hubo adquirido consistencia, Rusia extendiera hacia allí, en el suelo de su aliada, las ramificaciones de sus agencias. Cuando se trataba de eslavos católicos romanos, el aspecto religioso de la cuestión se dejaba de lado; Rusia era presentada simplemente como el centro de gravedad de la raza eslava, como el núcleo en torno al cual se agruparían las tribus eslavas regeneradas, como el pueblo fuerte y unido que realizaría el gran imperio eslavo desde el Elba hasta China, y desde el Adriático hasta el mar Glacial. Precisamente aquí se encontraron la fuerza y la unidad que faltaban. El paneslavismo cayó inmediatamente en la trampa. Así pronunció su propia condena. Para restaurar nacionalidades imaginarias de nuevo, los paneslavistas se declararon dispuestos a sacrificar 800 años de participación real en la civilización a la barbarie mongolo-rusa. ¿No era éste el resultado natural de un movimiento que comenzó como una decidida reacción contra la corriente principal de la civilización europea y continuó tratando de invertir el curso de la historia mundial?

Metternich, en los años de su mayor poder, reconoció muy bien el peligro y vio a través de las intrigas rusas. Se opuso al movimiento con todos los medios a su alcance. Pero todos los medios que él conocía pueden resumirse en una palabra: represión. Sin embargo, el único medio adecuado —la libertad general, la expansión del espíritu alemán y húngaro, más que suficiente para ahuyentar al espectro eslavo— no encajaba en su sistema de política mezquina. En consecuencia, a la caída de Metternich en 1848, el movimiento eslavo estalló con más fuerza que nunca y abarcó una proporción mayor de la población que nunca antes. Pero aquí su carácter enteramente reaccionario salió inmediatamente a la luz. Mientras los movimientos alemán e húngaro en Austria eran decididamente progresivos, los eslavos salvaron al viejo sistema de su destrucción, permitieron a Radetzky avanzar hacia el Mincio y a Windischgraetz conquistar Viena. Y para completar el drama, y la dependencia de Austria respecto de la raza eslava, el ejército ruso, esa gran reserva eslava, tuvo que descender a Hungría en 1849 y zanjar allí la guerra para Austria mediante una paz dictada.

Pero si la adhesión del movimiento paneslavo a Rusia fue su propia autocondena, Austria confesó su falta de vitalidad no menos por la aceptación, e incluso la provocación, de esta ayuda eslava contra las únicas tres naciones dentro de sus dominios que poseen y muestran vitalidad histórica: los alemanes, italianos y húngaros. Desde 1848, esta deuda con el paneslavismo ha mantenido siempre a Austria en una situación de inferioridad, y la conciencia de ella ha sido el resorte principal de la política austriaca. La primera medida de Austria fue reaccionar contra los eslavos en su propio territorio, pero ello exigió la adopción de una política al menos parcialmente progresiva. Los privilegios especiales de todas las provincias fueron abolidos; una administración centralizada reemplazó a la federal; y, en lugar de todas las diferentes nacionalidades, se reconocía exclusivamente una nacionalidad austriaca artificial. Aunque esos cambios iban dirigidos en cierta medida también contra las nacionalidades alemana, italiana y húngara, recayeron con un peso mucho mayor sobre las tribus eslavas menos compactas y dieron al elemento alemán un predominio considerable.

Una vez eliminada la dependencia respecto de los eslavos dentro del reino, subsistía la dependencia respecto de Rusia; y con ella la necesidad, al menos por un momento y en cierto grado, de romper esta dependencia directa y humillante. Ésa fue la verdadera razón de la política vacilante, pero al menos abiertamente declarada antirrusa, de Austria con respecto a la Cuestión de Oriente. Por otra parte, el paneslavismo no ha desaparecido; ha sido profundamente herido, refunfuña, hace una pausa, y desde la intervención en Hungría mira al zar ruso como a su Mesías predestinado. No es de nuestra incumbencia determinar si Austria puede responder con concesiones en Hungría y Polonia sin poner en peligro su existencia si Rusia se presentara abiertamente como cabeza del paneslavismo. Una cosa es cierta: ya no es Rusia sola, sino la conspiración paneslavista la que amenaza con edificar su reino sobre las ruinas de Europa. Gracias a la fuerza innegable que posee y puede mantener, la unión de todos los eslavos obligará muy pronto al bando que se le opone a aparecer de una forma totalmente distinta de la que había tenido hasta ahora. En esta ocasión no hemos hablado ni de Polonia (para honra suya, por regla general enemiga del paneslavismo) ni de la forma llamada democrática o socialista del paneslavismo, que se diferencia básicamente sólo en su fraseología e hipocresía de la variedad habitual, genuina y abiertamente rusa. Tampoco hemos dicho apenas nada de la especulación abstracta alemana, que en sublime ignorancia ha descendido a convertirse en órgano de la conspiración rusa. Volveremos detalladamente sobre éstas y otras cuestiones relativas al paneslavismo.