El paneslavismo y la guerra de Crimea – I

Se nos ha asegurado, por las mejores fuentes, que el actual zar de Rusia ha enviado un telegrama a ciertas cortes en el que, entre otras cosas, se declara:

En el momento en que Austria se alíe irrevocablemente con Occidente, o cometa cualquier acto manifiesto de hostilidad contra Rusia, Alejandro II se pondrá al frente del movimiento paneslavista y cambiará su título de Emperador de todas las Rusias por el de Emperador de todos los eslavos.

Esta declaración de Alejandro, si es auténtica, es la primera palabra dicha claramente desde que comenzó la guerra; es el primer paso para dar a la guerra, franca y abiertamente, ese carácter europeo que hasta ahora ha estado acechando tras toda clase de pretextos y fingimientos, protocolos y tratados, frases de Vattel y citas de Pufendorf. La independencia y la existencia de Turquía pasan a segundo plano. Ya no se trata de quién ha de gobernar en Constantinopla, sino de quién ha de dominar toda Europa. La raza eslava, largo tiempo dividida por luchas internas, repelida hacia el Este por los alemanes, subyugada en parte por turcos, alemanes y húngaros, y que, después de 1815, ha ido reuniendo silenciosamente sus ramas mediante el desarrollo gradual del paneslavismo, afirma por primera vez su unidad y, al hacerlo, declara la guerra a muerte a las razas romano-célticas y germánicas que hasta ahora han gobernado Europa. El paneslavismo no es un movimiento que aspire meramente a la independencia nacional; es un movimiento que se propone deshacer lo que mil años de historia han creado; que no puede realizarse sin barrer del mapa de Europa a Hungría, Turquía y una gran parte de Alemania. Más aún, tendrá que someter a Europa para asegurar la estabilidad de esos resultados, si es que alguna vez se obtienen. El paneslavismo se ha convertido ya, de un credo, en un programa político, apoyado por 800.000 bayonetas.

A Europa no le deja sino una alternativa: someterse al yugo eslavo o destruir para siempre el centro de su fuerza ofensiva: Rusia. La siguiente cuestión que ha de responderse es: «¿Cómo afectará a Austria un paneslavismo pertrechado por Rusia?»

De los setenta millones de eslavos que viven al este del bosque de Bohemia y de los Alpes Carintios, unos quince millones están sometidos al Emperador austríaco y comprenden representantes de casi todas las variedades de la lengua eslava. La rama bohemia o checa (seis millones) se halla exclusivamente dentro de los dominios austríacos; la rama polaca está representada por unos tres millones de galitzianos; la rusa, por tres millones de malorusos (rusos rojos, rutenos) en Galitzia y en el noreste de Hungría —la única tribu rusa fuera de los límites del Imperio Ruso—; la rama eslava meridional, por unos tres millones de eslovenos (carintios y croatas) y serbios, con inclusión de algunos búlgaros dispersos. Estos eslavos austríacos son de dos clases diferentes. Una parte se compone de los restos de tribus cuya historia pertenece al pasado y cuyo desarrollo histórico actual está ligado al de naciones de raza y lengua distintas; y para colmo de su desdichada situación, estos infelices vestigios de antiguas grandezas carecen incluso de una organización nacional dentro de Austria, hallándose, por el contrario, repartidos entre diferentes provincias. Así, los eslovenos, aunque apenas suman 1.500.000, están dispersos por las diversas provincias de Carniola, Carintia, Estiria, Croacia y el sudoeste de Hungría. Los bohemios, que constituyen el grupo más numeroso de los eslavos austríacos, se hallan asentados parte en Bohemia, parte en Moravia y parte (la rama eslovaca) en el noroeste de Hungría. Estos pueblos, por lo tanto, aunque viven exclusivamente en suelo austríaco, distan mucho de ser reconocidos como naciones separadas. Son considerados como apéndices de la nación alemana o de la húngara, y en realidad no son otra cosa.

La segunda porción de los eslavos austríacos se compone de fragmentos de diversas tribus que, en el curso de la historia, se han separado del gran cuerpo de su nación y que, por consiguiente, tienen su centro de gravedad fuera de Austria. Así, los polacos austríacos tienen su centro natural de gravedad en la Polonia rusa; los rutenos, en las demás provincias malorrusas unidas a Rusia; los serbios, en el Principado de Serbia bajo dominio turco. El que estos fragmentos, desgajados de sus respectivas nacionalidades, sigan gravitando cada uno hacia su centro natural, es algo que se desprende por sí mismo y se hace cada vez más patente a medida que la civilización y, con ella, la necesidad de una actividad histórica nacional se difunden entre ellos. En ambos casos, los eslavos austríacos no son más que disjecta membra que buscan su reunión, ya sea entre sí, ya con el cuerpo principal de sus respectivas nacionalidades.

He aquí la razón de que el paneslavismo no sea un descubrimiento ruso, sino austríaco. Para asegurar la restauración de cada nacionalidad eslava, las diferentes tribus eslavas de Austria están empezando a trabajar por una unión de todas las tribus eslavas de Europa.

Rusia era fuerte por sí misma; Polonia daba pruebas del indestructible vigor de su vida nacional y, al mismo tiempo, de su abierta enemistad hacia la Rusia eslava. Era evidente que ninguna de estas dos naciones estaba llamada a inventar el paneslavismo. Los serbios y los búlgaros de Turquía eran, sin embargo, demasiado bárbaros para concebir semejante idea. Los búlgaros se subordinaban tranquilamente a los turcos; los serbios tenían bastante con la lucha por su propia independencia.