["Neue Oder-Zeitung" nº 115 del 9 de marzo de 1855]

Londres, 6 de marzo. El "Morning Herald" de hoy sorprende a Londres con el siguiente anuncio:

«Tenemos excelente autoridad para creer que el emperador de los franceses ha elevado una protesta contra la comisión investigadora sobre la conducción de la guerra y que ha declarado que, si ésta continúa en funciones, los ejércitos de las dos naciones ya no podrían actuar conjuntamente, aunque ambos pudieran actuar por el mismo fin. Para dar, pues, satisfacción a Luis Napoleón sin chocar frontalmente con el pueblo inglés, tendrá lugar una disolución del Parlamento tan pronto como sea posible.»

Sin atribuir a este párrafo del "Herald" una importancia especial, lo registramos como uno de los muchos síntomas
de que fuerzas secretas a este lado y al otro del Canal
trabajan
por una disolución de la alianza anglo-francesa
.

Recuérdense las declaraciones del ministro dimisionario Sir
James Graham
: Bajo la presión de la comisión investigadora, nuestro almirante se verá forzado a revelar todas las razones que llevaron al aplazamiento del bloqueo, y la investigación iría a dar contra nuestra unión con nuestro grande y poderoso aliado en un momento en que es de la mayor importancia que no prevalezca el más mínimo malentendido.

Sidney Herbert: Él desafía a la comisión a ir al fondo del asunto, sin peligro de deshonrar a nuestro ejército en Crimea y tal vez de socavar la confianza de nuestros aliados. Si ningún miembro de la comisión fuera capaz de detenerla allí donde excavara en terreno peligroso, se cometería una gran injusticia, e incluso los oficiales a quienes citara acaso serían sacrificados, ya que podrían planteárseles preguntas acusatorias

sin que se les diera permiso para responder, porque con ello se verían obligados a arriesgar revelaciones peligrosas y delicadas. Por su parte, él considera su deber impedir que se sitúe a los oficiales del ejército británico en una posición en la que se los convierta en objeto de acusaciones mientras tienen las manos atadas y son incapaces de defenderse por sí mismos.

Gladstone: Entre otras cosas, una comisión tendrá que indagar por qué no se construyó antes un camino desde Balaklava. Si la comisión no investiga esto, no hará nada en absoluto. Si lo investiga, la respuesta será: falta de fuerza de trabajo. Si sigue preguntando de dónde procede esa falta de fuerza de trabajo, la respuesta será que los hombres trabajaban en las trincheras y que éstas
eran de gran extensión a consecuencia de la proporción en que se distribuyeron las líneas entre franceses e ingleses
. Yo declaro también que una investigación sería una vana apariencia si no escudriñara la cuestión de los caminos, y si la escudriña, la defensa de las partes acusadas tocará directamente las relaciones más íntimas entre Inglaterra y Francia.

Se comprende que estas declaraciones ministeriales empujen como en un invernadero al desarrollo de la semilla de desconfianza ya esparcida. La relegación del ejército inglés en Crimea al servicio de puestos de guardia en Balaklava ya había herido sensiblemente el sentimiento nacional. Luego vino el artículo semioficial del "Moniteur" con sus consideraciones «imperatoriales» sobre la constitución inglesa. Provocó réplicas mordaces en la prensa semanal de aquí. Luego, la publicación del «Mémoire» de Bruselas, en el que se presenta a Luis Bonaparte, por un lado, como el instigador de la expedición a Crimea y, por otro, como el de las concesiones a Austria. Los comentarios que, por ejemplo, aparecieron sobre este «Mémoire» en el "Morning Advertiser", recuerdan, por su falta de miramientos, a las «Cartas del Englishman» sobre el golpe de Estado del 2 de diciembre. El eco que todo esto encuentra en la auténtica prensa popular puede verse por el siguiente extracto del "People's Paper", el órgano cartista:

«Bonaparte atrajo a Inglaterra hacia Crimea ... Nuestro ejército, una vez en esta trampa, fue colocado por él en una posición tal que quebró el filo de la fuerza rusa antes de que ese filo pudiera alcanzar a su propio ejército. En Alma, en Balaklava, en Inkerman, en Sebastopol, los británicos fueron introducidos en el puesto de peligro. Ellos tuvieron que soportar el calor del combate, ellos sufrir la pérdida principal. Por tratado, Inglaterra sólo debía aportar un tercio de la tropa en proporción a Francia. Ese tercio tuvo que librar casi todas las batallas. Ese tercio tuvo que ocupar más de la mitad de las líneas ante Sebastopol.

Nuestro ejército fue aniquilado porque no podía acceder a los alimentos y vestimentas que se pudrían en Balaklava. No podía porque no existía un camino de Balaklava a Sebastopol, y ese camino no existía porque Napoleón insistió en que los ingleses, con menos de un tercio de la fuerza total, realizaran más de la mitad del trabajo en las trincheras; y por eso no tenían hombres de los que prescindir para la construcción de caminos. Éste es el secreto al que aludían Graham, Herbert, Gladstone ... Así ha asesinado Napoleón intencionadamente a 44.000 de nuestras tropas, etc., etc.»

Todos estos indicios de un malestar de desconfianza hacia el aliado francés cobran importancia porque a la cabeza del gobierno se encuentra Lord Palmerston, un hombre que cada vez que asciende su posición por la escala de la alianza francesa, transforma luego súbitamente la alianza en una guerra casi inevitable entre Francia e Inglaterra. Así ocurrió en el asunto turco-sirio de 1840 y con el tratado del 15 de julio, con el que coronó su alianza de diez años con Francia. Sir Robert Peel observó a este respecto en 1842:

«Él nunca había comprendido claramente
por qué se había roto la alianza con Francia, de la cual el noble Lord siempre se había fingido tan orgulloso.»

Y así ocurrió de nuevo en 1847 con ocasión de los matrimonios españoles. Entonces Palmerston —que en 1846 sólo pudo reasumir su cargo tras haber hecho su visita de cortesía a Luis Felipe, haberse reconciliado con él con gran ostentación y haber adulado al francés en un discurso en la Cámara de los Comunes— sostuvo que Luis Felipe había disuelto la alianza porque se había violado el tratado de Utrecht (un tratado caducado desde 1793 y nunca renovado desde entonces) y porque había cometido una «deslealtad» contra la corona inglesa. Con la deslealtad había algo de cierto, pero, como demostraron los documentos publicados posteriormente, Palmerston había metido maquiavélicamente a la corte francesa en esa deslealtad, de la manera más refinada, a fin de obtener un
pretexto
para la ruptura. Mientras el astuto Luis Felipe creía estar engañándolo, no hizo sino caer en la trampa cuidadosamente tendida por el «bromista» vizconde. Sólo la revolución de febrero impidió entonces el estallido de la guerra entre Inglaterra y Francia.