Karl Marx

[Rusia y las potencias alemanas –

Los precios del grano]

[“New-York Daily Tribune”, Nº 4059, 21 de abril de 1854]

Londres, viernes 7 de abril de 1854.

En la Cámara de los Lores, lord Clarendon declaró anoche «tener razones para suponer» que la noticia del desembarco de 4.000 rusos en la Dobrudja por buques de transporte procedentes de Odesa era inexacta. Dijo ignorar que la flota rusa hubiese abandonado Sebastopol, el cual ha sido vigilado casi constantemente por vapores ingleses y franceses. Acerca de la presunta inactividad de las flotas, debía decir que para sitiar Sebastopol y Odesa se habría necesitado toda la escuadra unida, lo que en la mala estación habría sido una empresa peligrosa. Creía, por tanto, que había sido prudente mantenerlas en Beikos. El corresponsal en Viena del «Times» se suma a esta opinión de lord Clarendon y expone además las verdaderas razones de su política. El temor a insurrecciones en Constantinopla nunca había estado más justificado que desde el momento en que se conocieron las negociaciones sobre la «emancipación de los cristianos», y habría sido sumamente «imprudente» alejar las flotas del Bósforo antes de que hubiera llegado una fuerza terrestre suficiente, es decir, suficientemente fuerte para mantener sometidos a los turcos.

Lord John Russell declaró en la Cámara de los Comunes que la responsabilidad de las insurrecciones griegas recaía sobre la corte de Atenas, que las había favorecido primero en secreto y luego abiertamente.

Los debates de esta semana no ofrecen nada de interés, a excepción del debate sobre la moción del señor Moore de formar una comisión especial que se ocupe del nombramiento de H. Stonor como juez en la colonia de Victoria; dicho Stonor, según constató una comisión de la Cámara, se hizo culpable de soborno durante las elecciones en el villorrio electoral de Sligo en 1853. La constitución de la comisión especial
fue aprobada. Sin embargo, el procesamiento judicial contra el señor Stonor no es más que un pretexto para reavivar sobre una nueva base la lucha entre las dos partes de la escindida Brigada Irlandesa. Hasta qué punto la hipócrita camarilla del señor Gladstone y de sus partidarios peelitas está implicada y comprometida en estos escándalos irlandeses puede juzgarse por la siguiente observación del «Morning Post»:

«En las cartas presentadas, los chismes difundidos y los documentos entregados a las comisiones parlamentarias en el curso de las últimas semanas, hay mucho que fortalece la sospecha de que la fracción de los peelitas en la coalición ha venido utilizando desde hace algún tiempo agentes de manera sistemática para influir en las elecciones irlandesas, y que para ese fin ha provisto abundantemente de dinero a dichos agentes. Especialmente comprometido está el duque de Newcastle… Se tiene por seguro que —al parecer por encargo suyo— ha tenido lugar una deliberación acerca de las personas a las que debe darse preferencia para la dirección de los asuntos electorales.»

El «Daily News» de hoy publica el tratado entre Francia, Inglaterra y Turquía, el cual, sin embargo, sólo contiene acuerdos sobre las acciones militares. Las potencias occidentales se guardan bien de formular en un tratado las verdaderas condiciones de su «ayuda al sultán». Esas condiciones son impuestas in loco <en el lugar mismo> por lord Stratford de Redcliffe y su provisión de amenazas, y luego son presentadas como un acto voluntario del gobierno turco.

La misión de paz del príncipe de Mecklenburg en Berlín no perseguía otra cosa que proporcionar al rey de Prusia un nuevo pretexto para mantenerse alejado de la alianza occidental. Me comunican desde Berlín que Rusia sólo estaría dispuesta a reconocer la declaración de neutralidad sueca si el rey se comprometiera a promulgar de nuevo a los comandantes de los puertos suecos las antiguas disposiciones según las cuales no podrían fondear más de cuatro buques de guerra extranjeros dentro del alcance de tiro de los cañones de un puerto. Como esta disposición se aparta esencialmente de las estipulaciones de neutralidad acordadas entre Suecia y Dinamarca, cabe esperar nuevas negociaciones entre las potencias escandinavas, por un lado, y las occidentales, por otro. En Estocolmo se supone generalmente que los rusos abandonarán la ocupación de las islas Åland, demolerán sus fortificaciones en dicha isla y se llevarán consigo cañones y demás material de guerra. Un despacho telegráfico llegado hoy anuncia que esa medida ya ha sido adoptada.

El cuerpo de observación austríaco en las partes sudorientales de Hungría se halla ahora en plena preparación de guerra y ha ocupado las diversas posiciones que se le habían asignado. La concentración requirió de diez a doce días. Los periódicos alemanes suponen generalmente que este ejército está destinado a atacar por el flanco al ejército turco, en caso de que Austria se una activamente a Rusia, y que ello no ofrecería dificultad alguna. Pero los austríacos sólo pueden penetrar en Turquía por Mehádia, donde se encontrarían frente al ejército turco, o por Belgrado, donde se hallarían en línea con el ala izquierda prolongada de los turcos. Por consiguiente, es mucho más probable que, si los austríacos entran en Turquía con intención hostil, marchen de Belgrado por Kruševac y Niš hacia Sofía; pero incluso entonces los turcos tendrían un camino más corto hacia Sofía si marchasen desde Vidin en línea recta hacia el sur.

El informe de la comisión de crédito prusiana de la Segunda Cámara contiene una exposición de la política de Prusia en la cuestión oriental y publica algunos documentos diplomáticos que aún no han hallado cabida en la prensa inglesa. Daré, pues, algunos extractos importantes de ese informe.

A finales de enero, mientras el conde Orlov entregaba propuestas a la corte austríaca, el enviado ruso en Berlín presentó simultáneamente al gobierno prusiano una proposición encaminada a firmar un protocolo común entre las tres cortes de Prusia, Austria y Rusia. La introducción del proyecto de dicho protocolo señalaba como móvil de ese acuerdo común el deseo de estrechar la alianza de las tres potencias ante los peligros que amenazaban la paz de Europa y de regular las relaciones tanto entre sí como frente a las potencias occidentales en las circunstancias venideras. Este proyecto contenía los tres puntos siguientes:

1. Las dos potencias alemanas se obligan formalmente a observar la más estricta neutralidad en caso de una participación activa de Inglaterra y Francia en la guerra ruso-turca y a declarar, en caso de renovadas presiones o amenazas por parte de las potencias occidentales, que están resueltas a defender su neutralidad, llegado el caso, con las armas.

2. Las tres potencias considerarán todo ataque de Francia o Inglaterra contra el territorio de Austria, Prusia o cualquier otro Estado alemán como un ataque a su propio territorio y se prestarán mutua asistencia para la defensa, según lo requieran las circunstancias y con arreglo a un convenio militar común (actualmente acordado en Berlín entre el general Hess y el ministro de la Guerra prusiano).

3. El emperador de Rusia reitera la seguridad de que quiere poner fin a la guerra tan pronto como lo permitan su dignidad y el interés bien entendido de su imperio. Sin embargo, en consideración a que el ulterior desarrollo de los acontecimientos podría modificar el estado de cosas en Turquía, Su Majestad se obliga a no adoptar decisión alguna en los acuerdos con las potencias marítimas al respecto sin previo entendimiento con sus aliados alemanes.

Este proyecto iba acompañado de un despacho del conde Nesselrode, en el cual el canciller recordaba a Prusia y Austria la importancia de la Triple Alianza, que durante tanto tiempo había sido el escudo de Europa. Ante la guerra inminente, su imperial soberano se consideraba en el deber de dirigir un serio llamamiento a sus amigos y aliados. El interés común de todos hacía necesario señalar la posición que debían observar en estas importantes eventualidades. Subrayando la actuación unilateral de las potencias occidentales, señalaba su falta de consideración hacia los intereses de las potencias alemanas. Rusia actuaba de otro modo. Estaba dispuesta a soportar sola la carga de la guerra y no exigía de sus amigos y aliados ni sacrificios ni ayuda. La salvación de ambas potencias y de Alemania dependía de su unidad. Por ese camino lograrían impedir que la crisis se desarrollase más y quizás acortarla. La nota rusa examina luego las tres posiciones posibles que se ofrecen a las potencias alemanas: actuar conjuntamente con Rusia contra las potencias marítimas; alianza con estas últimas contra Rusia; y, por último, neutralidad estricta. En cuanto a una alianza con Rusia, el zar no pretendía tal cosa, y actuar contra él sería imposible si las potencias alemanas no cedían a las amenazas de las potencias occidentales. Eso significaría someterse a una necesidad vergonzosa y marchar hacia un futuro lamentable. Rusia, inatacable en su territorio, no teme ni las invasiones militares ni las invasiones, más perniciosas aún, del espíritu revolucionario. Si sus aliados la abandonaban, se limitaría a sus propias fuerzas y se arreglaría de modo que en el futuro pudiera prescindir de ellos. (El señor Nesselrode escribe sus notas en alemán, pues le importa que su traducción a otra lengua se convierta en un asunto desesperadamente difícil. Como muestra de sus ejercicios de alemán, doy a ustedes la última frase en su tenor original:

«Wenn seine Alliierten es verließen, so würde es sich gesagt sein lassen, sich auf sich selbst zurückzuziehen, und sich so einrichten, ihrer in Zukunft entbehren zu können.»)

Pero el zar confiaba en las conocidas intenciones de sus amigos y aliados y en sus valientes ejércitos, los cuales estaban unidos a los de Rusia desde hacía tanto tiempo por el bautismo de sangre y por una innegable identidad de principios. Sólo la tercera alternativa considera el gabinete ruso digna de las cortes alemanas, por ser conforme a sus intereses, así como adecuada para realizar los deseos particulares de Rusia mediante la continuación de su función mediadora. Pero esa neutralidad no debía ser indeterminada y fluctuante, ni tampoco expectante, pues semejante actitud sería considerada hostil por ambas partes beligerantes, y sobre todo por Rusia. Dicha actitud debía más bien basarse en los principios (de la Santa Alianza) que, en repetidas pruebas, habían mantenido la tranquilidad general y la paz del mundo. Las potencias alemanas debían saber hacer valer ese fundamento de su política, llegado el caso, por medio de las armas. En caso de que una de las dos potencias marítimas (Francia) proyectara o se atreviera a un ataque contra Alemania, la otra (Inglaterra) cambiaría inmediatamente de postura. En ese caso, Rusia estaba dispuesta a acudir en ayuda de Alemania con todas las fuerzas de que disponía.

Esta propuesta fue rechazada en Berlín y, algunos días más tarde, también en Viena. Manteuffel se las daba entonces aún de estadista independiente y declaraba en un despacho a San Petersburgo que Rusia, la cual alegaba no necesitar la ayuda de Prusia, al solicitar una Triple Alianza renovada se esforzaba, sin embargo, aunque de manera indirecta, por conseguirla. «El espíritu revolucionario —estimaba oportuno señalar—, al que Rusia no tenía por qué temer, también lo había superado Prusia sin ayuda extranjera.» El ministro independiente que «salvó» a Prusia poniéndose al frente de la contrarrevolución no puede ocultar su exasperación por el hecho de que a Prusia, en la que no había Hungría alguna, se la ponga al mismo nivel que a Austria.

Mientras Prusia se jacta así de su seguridad, los demás documentos a los que se alude en el informe demuestran que en los últimos días de febrero Austria entregó a Prusia el proyecto de una convención que debía concertarse entre las cuatro potencias. Prusia la rechazó en un despacho del 5 de marzo. Pero es característico de esta potencia el que al mismo tiempo declarase que el gobierno de Federico Guillermo IV seguía considerando la concordancia de las cuatro potencias como el mejor medio para llegar a una solución satisfactoria de la complicación. A consecuencia de ello, Austria se vio también obligada a dejar caer la convención que habría puesto fin a la posición ambigua de las dos potencias alemanas.

Un despacho prusiano del 16 de marzo contiene el siguiente pasaje importante:

«El gabinete prusiano ha tenido conocimiento de las medidas que Austria ha adoptado para salvaguardar sus intereses en la frontera sudoriental. Ciertamente, Prusia, al igual que los demás Estados alemanes, habrá de salvaguardar sus intereses particulares; pero ello no deberá constituir un obstáculo para el entendimiento con Austria. Por el contrario, Prusia está dispuesta a tal entendimiento, en la medida en que se trate de la salvaguardia de los intereses alemanes. Espera, por tanto, que se le comunique:

1. Si Austria, en interés de la tranquilidad de sus propias provincias fronterizas, quiere ocupar, en caso necesario, los territorios turcos colindantes.
2. Si quiere tomar posesión de estos últimos como prenda hasta la restauración de la paz.
3. Si quiere participar activamente en la guerra.»

De la respuesta a estas diferentes preguntas dependería enteramente, para Prusia, el llegar a una conclusión acerca de lo que exige la salvaguardia de los intereses alemanes, y si podría hacer algo para atenuar la presión que las potencias occidentales (¡no Rusia!) ejercen sobre Austria.

El 14 de marzo, el gobierno prusiano envió a las cortes alemanas una nota circular en un sentido, y el gobierno austriaco otra en sentido opuesto. La circular prusiana declara que la guerra inminente tendrá un carácter puramente local. Austria, en cambio, afirma que la lucha podría tomar un giro que afectara de cerca sus propias relaciones. Mientras las circunstancias lo permitan, no participará en la guerra; pero también debe tener presente el caso de una participación. Los intereses de que se trata en esta cuestión son también los de los Estados alemanes. Por ello, el gabinete imperial cuenta con que, en tal caso, Prusia y las demás cortes alemanas unirán sus fuerzas a las de Austria. Correspondería entonces a la Confederación Germánica demostrar que, más allá de su actual posición defensiva, sabrá desempeñar también un papel activo en esta cuestión. Austria emitirá una declaración ulterior tan pronto como la guerra entre las potencias occidentales y Rusia haya sido efectivamente declarada. Si aún existiera algún medio para hacer frente al aumento de aquellos peligros que amenazan ahora a Europa, residiría en la actuación conjunta de Austria y Prusia, en unión con sus aliados alemanes.

Como última información, aunque no por ello menos notable, el informe contiene la melancólica respuesta del señor von Manteuffel a una pregunta de los miembros de la comisión: Rusia no ha hecho al gobierno prusiano comunicación alguna, de ningún género, acerca de sus proyectos de reparto.

Finalmente, nos enteramos por este documento de que las fantasmagorías de las conferencias de Viena no cesan aún. Constata, por el contrario, apoyándose en la autoridad del primer ministro prusiano, que se está a punto de redactar un nuevo protocolo que fijará el persistente acuerdo de las cuatro potencias.

Los precios en el mercado de cereales vuelven a subir. La causa de su último descenso en Francia e Inglaterra fueron las dificultades de los especuladores, quienes, por falta de capital y con un mercado monetario tenso, se vieron forzados a ventas forzosas que saturaron los mercados. Otra causa fue el hecho de que los comerciantes, molineros y panaderos dejaron agotar sus existencias, creyendo que enormes cargamentos estaban en camino hacia los puertos europeos. Por consiguiente, sigo siendo de la opinión de que los precios están aún muy lejos de haber alcanzado su máximo. Sin duda, en ninguno de los años precedentes hubo especulaciones tan falsas y engañosas sobre las probables y posibles existencias del mercado de cereales como en éste, ilusiones fomentadas en gran medida por la hipócrita charlatanería de los periódicos librecambistas.

Karl Marx