Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 1 vom 2. Januar 1855]

Londres, 29 de diciembre.

La reunión del conde Buol, del señor de Bourqueney y del príncipe Gortschakow en casa del conde de Westmoreland, el enviado inglés en Viena, no tenía otro objeto que dar al emperador de Rusia la información *deseada* sobre el sentido de la Triple Alianza del 2 de diciembre y sobre las condiciones bajo las cuales las tres grandes potencias están dispuestas a abrir negociaciones de paz sobre la base de los cuatro puntos. El príncipe Gortschakow ha informado inmediatamente a Petersburgo acerca de las comunicaciones recibidas. La aceptación o el rechazo de las condiciones preliminares por parte del zar tendrá que producirse en pocos días. Un viraje decisivo señalará el comienzo del nuevo año.

Así la “Morning Post”, el monitor privado de lord Palmerston.

«Las negociaciones de Viena», dice el periódico tory “Press”, «no harían sino proporcionar a Austria un nuevo pretexto para aplazar su declaración definitiva a las potencias occidentales más allá del plazo fijado en el tratado del 2 de diciembre.»

Decisivo es quizás el hecho de que, mientras los políticos de la prensa diaria y semanal discuten la nueva conferencia de Viena en sus editoriales con amplia sabiduría de Estado, los hombres de negocios, en los artículos bursátiles de esos mismos periódicos, la califican lisa y llanamente de «farsa». Así, por ejemplo, el hombre de negocios en el *money article* <artículo sobre el mercado monetario> de la “Morning Post” de hoy. En efecto, el acontecimiento de Viena le resultó tan indiferente a la bolsa de Londres que su conocimiento no dio lugar ni a los «osos» ni a los «bulldogs», ni a los pesimistas ni a los optimistas del *stock-exchange* <la bolsa> para las más insignificantes operaciones. Las pequeñas fluctuaciones que desde hace tres días se han producido en la cotización de los valores públicos no guardaban relación con la diplomacia vienesa, sino con el presupuesto parisiense. Se supone que capitalistas ingleses participarán en el nuevo empréstito parisiense de 500 millones de francos, provocando así una contracción del mercado monetario, el cual, de por sí, va adquiriendo una fisonomía cada vez más inquietante a causa de la repercusión de la crisis norteamericana (de dimensiones más considerables que la de 1837), de las últimas noticias comerciales desfavorables de la India Oriental, del alza de los precios de los cereales y de algunas quiebras inesperadamente grandes en Londres y Liverpool. Si no del lado del emperador de Rusia, ilusiones de paz reinan, en todo caso, del lado del ministerio inglés. A la gran guerra con Francia, comenzada el siglo pasado, el pueblo inglés fue arrastrado por su oligarquía. A la actual guerra con Rusia, la oligarquía inglesa ha sido forzada por el pueblo. De todas sus operaciones diplomáticas, militares y financieras resplandece la repugnancia a llevar a cabo la guerra que se le ha impuesto. La última medida del ministerio —la ley sobre reclutamiento de una legión extranjera— apuntaba, sobre todo, a *«hacer odiosa»* la guerra a los ingleses. No se podría hablar de agotamiento de la fuerza de reclutamiento en un país del que emigran anualmente más de 100.000 hombres vigorosos sin que esa emigración haya producido más que un efecto pasajero sobre la cuantía del salario. Tampoco cabía hablar de un aporte extraordinario y repentino de tropas auxiliares, pues la medida ministerial no está calculada para prestar una ayuda ni repentina ni excepcional. Mediante la ley de milicias aprobada en mayo, el ministerio estaba habilitado para convocar, sólo en Inglaterra y Gales, a 80.000 milicianos, y el resultado ha demostrado que, de todos los regimientos convocados en primavera, una cuarta parte completa de voluntarios pasó al servicio activo; pero hasta comienzos de este mes el gobierno no había encuadrado más que 18 regimientos de milicias (unos 13.500 hombres). Es sabido que los ingleses protestaron siempre —en tiempos de Carlos I, bajo Guillermo III, bajo los primeros Jorges y, por último, durante la gran guerra antijacobina— contra la introducción de soldados mercenarios extranjeros en Gran Bretaña. Pero es nuevo e insólito en la historia inglesa que el empleo de mercenarios extranjeros fuera del suelo inglés haya provocado una tormenta de indignación. Justamente este hecho demuestra el carácter *enteramente distinto* de la actual guerra respecto a todas las anteriores guerras inglesas, en la medida en que pertenecen a la época moderna. La aristocracia gobernante conjura, pues, adrede el fantasma del pasado, la rutina de sus viejos hombres de negocios, según la cual los soldados se compraban en el *mercado más barato*. Lo hace sin estar —como confesó Sidney Herbert en la Cámara de los Comunes— en modo alguno convencida del *éxito* de la medida propuesta. Lo hace, pues, no para llevar adelante la guerra, sino para preparar la paz. Para formar un ejército *inglés* suficiente, el gobierno se vería hoy obligado a aumentar la paga, a abolir el castigo de los azotes, a ofrecer la perspectiva del ascenso desde las filas, en una palabra: a democratizar el ejército y a transformarlo de propiedad suya en propiedad de la nación.

Hasta ahora, dice el “Times” de hoy, «el ejército, en la guerra como en la paz, no ha sido más que un instrumento del gobierno para el ascenso de la aristocracia y para el sostén del ministerio de turno».

Y aquí llegamos al punto decisivo. *Una guerra con Rusia* equivale, para la aristocracia inglesa, a la *pérdida de su monopolio de gobierno*. Obligada desde 1830 a dirigir la política interior exclusivamente en interés de las clases medias industriales y comerciales, la aristocracia inglesa se mantuvo no obstante en posesión de todos los puestos de gobierno, porque conservó el monopolio de la política *exterior* y de los ejércitos. — Este monopolio, sin embargo, sólo permaneció asegurado mientras ninguna guerra popular —y tal guerra sólo era posible *con Rusia*— convirtiera la política exterior en causa del pueblo. Toda la diplomacia inglesa de 1830 a 1854 se reduce, por tanto, a un solo principio: evitar la guerra con Rusia a *toda* costa. De ahí las continuas concesiones que se hicieron a Rusia en Turquía, en Persia, en Afganistán, en Dinamarca y en todos los puntos del globo desde hace 24 años. Que la aristocracia había hecho bien sus cálculos lo prueban los hechos del momento. Apenas ha estallado la guerra con Rusia, y ya el propio “Times” declara:

«La aristocracia es incapaz de dirigir nuestras guerras. La maquinaria estatal oligárquica se halla en la más estridente contradicción con nuestra maquinaria social.»

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 5 vom 4. Januar 1855]

Londres, 1 de enero.

«Todos los departamentos de nuestra administración militar se han derrumbado bajo el peso de la actual guerra.» Así el “Times” de hoy. En efecto, si se examina la organización de la administración militar o de cualquier otra administración oficial en este país, parece como si el llamado principio del equilibrio constitucional de los poderes hubiera debido ser llevado a su manifestación. Las diversas autoridades están coordinadas de tal manera que se mantienen recíprocamente en jaque y condenan así a toda la maquinaria a la parálisis. Por eso ha podido ocurrir que, durante la actual guerra, los heridos se encontraban en Balaclava, los médicos militares en Constantinopla y los medicamentos en Scutari. De ahí la revuelta del ejército de Crimea contra el sistema que la sacrifica; pues ¿no debemos llamarlo revuelta cuando todos los escalones, desde el coronel hasta el soldado raso, rompen la disciplina, dirigen semanalmente miles de cartas a la prensa londinense y apelan en voz alta de sus superiores a la opinión pública? Sin embargo, se hace responsable con injusticia a lord Raglan de situaciones que están condicionadas por el sistema. Responsable lo es de la conducción militar.

Si echamos una mirada retrospectiva a la campaña de Crimea, encontramos que lord Raglan cometió su primer error en la batalla del Alma al hacer que el ejército ruso fuera envuelto por el ala izquierda, apoyada en el mar, en vez de por la derecha. Mediante esta última operación, una parte de los rusos habría sido arrojada hacia el mar y la otra hacia el fuerte del Norte, mientras que de hecho fueron lanzados sobre Simferópol, es decir, sobre la línea de retirada más favorable para ellos. Mientras que los aliados, en la batalla del Alma, agarraban al toro por los cuernos inútil y vanamente, retrocedieron temblando ante el paso que las circunstancias imponían. La tan mentada «marcha de flanco hacia Balaclava» fue la renuncia a un ataque contra el frente norte de la fortaleza. Pero ese frente es el punto dominante y, por tanto, decisivo; el fuerte del Norte es la llave de Sebastopol. Los aliados renunciaron, pues, a la ofensiva más audaz y, por ello, en realidad segura, para asegurarse una posición defensiva sólida. El mismo error que cometió Omer Pachá al fortificarse en Kalafat, en lugar de marchar de Oltenitza sobre Bucarest y romper la extensa línea del enemigo. Luego vino el sitio de Sebastopol, que prueba, en todo caso, que el arte de la guerra ha disminuido a consecuencia de una larga paz en la misma medida en que el material de guerra, gracias al desarrollo industrial, ha aumentado. En ninguna guerra anterior juegan un papel tan importante las simples obras de tierra. Primero, en Oltenitza, los rusos recurrieron al viejo sistema de cañonearlas durante algunas horas y luego asaltarlas. Sin embargo, sin éxito. En Kalafat, las obras de tierra mantuvieron en jaque a los rusos, que no osaron atacarlas. En Silistria, una obra de tierra semidemolida frustró todos los esfuerzos del ejército ruso, y ahora, en Sebastopol, se ha honrado una línea de obras de tierra con baterías de asalto más extensas y artillería más pesada de la que jamás se hubiera empleado contra la fortaleza más regular. Pero antes de que se hubiera emplazado el tren de sitio, la ciudad abierta se había transformado ya en un campamento atrincherado de primer orden. Es sabido que el 25 de octubre, en la batalla de Balaclava, la caballería inglesa, inútil y vanamente y contra todas las reglas tradicionales

fue sacrificado. Llegamos por fin a la batalla de Inkerman, el acontecimiento militar más importante de esta campaña. Como los prusianos en Jena, las tropas británicas estaban desplegadas ante Inkerman en una serie de alturas que, por el frente, solo eran accesibles a través de unos cuantos desfiladeros. Al igual que los prusianos, los británicos habían descuidado ocupar una altura en su extremo flanco izquierdo, adonde en Jena Napoleón, y en Inkerman Ménshikov, arrojó una parte de su ejército, estableciéndose así en el flanco del enemigo antes del amanecer. Los rusos, nada amigos de lo original, tomaron prestado el plan de operaciones de Napoleón; pero tan pronto como el movimiento estratégico estuvo terminado y debía comenzar la acción táctica, se arroja la máscara de la civilización occidental y aparece el tártaro. Este brillante ejército ruso, con sus viejas tropas —muchas de ellas con 25 años de servicio bajo las armas—, estos modelos de servicio de parada, se muestra tan torpe, tan pesado, tan incapaz de combatir en guerrilla y de luchar en pequeños grupos, que sus oficiales no saben qué hacer con él sino arrojar su pesada masa de una vez sobre el enemigo. La presión puramente brutal de esta masa debía romper las delgadas filas británicas, mientras que, por un lado, estas profundas columnas de carne aseguraban la acción segura y devastadora de los rifles y la artillería ingleses, y por otro lado, allí donde los rusos, en número abrumador, lanzaban ataques a la bayoneta, los británicos los recibían con la misma superioridad con que los cuadros de Napoleón recibieron a los mamelucos en la batalla de las Pirámides. 14.000 aliados, con la pérdida de un tercio de su fuerza total, derrotaron a 30.000 rusos, aunque está reconocido que los rusos combaten individualmente con valentía y que su plan de ataque era superior al de los aliados. Nunca, desde la batalla de Narva, ha alcanzado una desgracia semejante a las armas rusas. Y si consideramos la extraordinaria diferencia entre los rusos de Narva y los rusos de Inkerman, entre las hordas semisalvajes de 1700 y el ejército bien adiestrado de 1854, el día de Narva aparece brillante en comparación con el de Inkerman. Narva fue el primer gran revés de una nación ascendente, que supo transformar las derrotas mismas en medios de victoria. Inkerman aparece casi como un indicio seguro de la decadencia de aquel desarrollo de invernadero que Rusia ha tomado desde Pedro el Grande. El crecimiento artificialmente acelerado y el enorme esfuerzo por mantener, con material semibárbaro, la apariencia de una civilización brillante, parecen haber agotado ya a la nación y haber desatado sobre ella una especie de tisis pulmonar. La batalla de Inkerman es para la infantería rusa lo que la batalla de Rocroi fue para la infantería española.