New-York Daily Tribune.
Nr. 3966, 2 de enero de 1854

Persia e Inglaterra.

Al anunciar la declaración de guerra del Sha de Persia contra el Sultán turco, hemos copiado de *The London Times* una afirmación de que Persia ha caído completamente bajo «control ruso»; pero como nuestro contemporáneo londinense no explica cómo ese país ha llegado a enajenarse de la influencia de Gran Bretaña, supliremos nosotros esa deficiencia. Ello incluye algunos hechos históricos singulares.

En 1811, Inglaterra se comprometió, mediante el tratado de Teherán, negociado con Persia por Sir Harford Jones Brydges, a mantener a Persia en la posición de independencia que entonces ocupaba, frente a Rusia y todas las demás potencias. Persia, por su parte, estipuló que no entablaría relación alguna con las naciones europeas, ni con potencia alguna, en detrimento o perjuicio del Imperio británico de la India. Las estipulaciones de ese tratado fueron observadas fielmente por Persia. Inglaterra las violó por vez primera en 1826, cuando permitió que Rusia extendiera su territorio hasta la frontera del Araxes. Y Lord Palmerston, desde 1830 hasta 1841, hizo cuanto estuvo en su poder para suplantar la influencia británica en los consejos persas por la influencia rusa, como pasamos a mostrar.

Cuando el noble lord entró en funciones, los rusos eran tan detestados en Persia que apenas podían encontrar acomodo para sus cónsules o agentes en parte alguna del reino. En Hamadán, por ejemplo, el permiso para residir les fue asegurado solo a petición y tras las protestas del enviado británico.

Tan completo era el ascendiente británico en Persia en aquel tiempo, tan completa la desconfianza y sospecha de los designios rusos. En 1831 las amenazas de Lord Palmerston impidieron que Persia socorriera la insurrección de Polonia, disgustaron el ánimo de Abbas Mirza, el Príncipe Heredero, cuya marcha hacia la frontera rusa había interceptado, y dispusieron así a él y a su casa a mirar de modo menos desfavorable hacia su antiguo enemigo, Rusia, que hacia Gran Bretaña, su aliada infiel. A la muerte del Príncipe Heredero, Rusia, con la ayuda de Palmerston, dejó de lado al siguiente heredero al trono de Persia, el cual, según la costumbre de aquel país, era el hijo mayor superviviente del Sha reinante, y lo reemplazó por el hijo de Abbas Mirza, el gobernador de Azerbaiyán, provincia fronteriza con el territorio ruso, habiendo ya acordado este Príncipe cambiar la alianza inglesa por la rusa. Esta transacción comprometió profundamente la independencia de Persia, y tuvo por efecto dar al Zar una voz directa en la alteración y la nueva ordenación de la sucesión a la monarquía persa.

Auxiliado por fuerzas británicas, el candidato ruso pudo vencer y dar muerte a su competidor, el heredero legítimo, y colocarse él mismo en el trono de Persia.

Esto ocurrió en el año 1834; y ulteriormente el noble lord hizo sistema de dejar a los enviados británicos en Teherán enteramente sin instrucciones; o bien de instruirlos de modo que quedaran del todo desprovistos para hacer frente a cualquier emergencia prevista o imprevista. Tenían, además, una directiva permanente que se les había dado, a saber: que en todos los casos debían actuar en conjunción con el enviado ruso. Despacho tras despacho —a veces hasta veinte despachos consecutivos— se recibían en Downing Street de los enviados británicos en Persia, implorando información y consejo, y los poderes necesarios para proceder. Pero la respuesta de Lord Palmerston —cuando llegaba— era, invariablemente: «Apruebo lo que usted ha hecho, y aguardaré más información de usted antes de enviarle más instrucciones». Entretanto, él les ordena seguir actuando según las instrucciones ya recibidas. Pero estas consistían en que debían actuar en conjunción con la legación rusa —es decir, concurrir en las medidas que Rusia tuviera a bien tomar. De este modo, a Persia le pareció que solo Rusia estaba activa, que Inglaterra no hacía nada salvo concurrir con Rusia, y que, en consecuencia, correspondía a Persia asegurarse una posición favorable únicamente con Rusia. En Asia Central se dice por eso hasta el día de hoy que Rusia e Inglaterra están unidas en los términos de soberanía y vasallaje: dándose por dicho que el Zar de Rusia es el soberano y la Reina de Gran Bretaña la vasalla. El enviado ruso, conde Simonien, asesoró de hecho y encabezó una expedición del ejército persa contra Herat, con el declarado objetivo de hacer de esta el primer paso hacia la conquista de Kandahar, de Kabul y, finalmente, de la propia Delhi. La primera noticia a Lord Palmerston del designio de atacar Herat fue transmitida en un despacho del señor Ellis, en noviembre de 1835. Y no obstante las encarecidas y frecuentes súplicas del señor Ellis y de Sir John McNeill para que se impartieran instrucciones y se presentara protesta ante el Zar contra la expedición, la fecha de las primeras instrucciones del noble lord es el 27 de julio de 1838, cuando la expedición contra Herat ya había sido llevada a un fin ignominioso. Esto prueba concluyentemente la cooperación del anterior ministro británico en la obra del engrandecimiento ruso.