Karl Marx

Debates parlamentarios

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune* nº 4022 del 9 de marzo de 1854]

Londres, martes, 21 de febrero de 1854.

Se han presentado al Parlamento los presupuestos para el ejército y la flota. Para el ejército se demanda una dotación total de 112.977 hombres para el próximo año, un aumento de 10.694 hombres respecto al año anterior. Los gastos totales para las fuerzas terrestres en servicio interior y ultramarino ascienden, para el año que termina el 31 de marzo de 1855, prescindiendo de los costes de las colonias australianas y de los transferidos a la Compañía de las Indias Orientales, a 3.923.288 libras esterlinas. La suma total asciende a 4.877.925 libras esterlinas para 5.719 oficiales, 9.956 suboficiales y 126.925 soldados. Los gastos de la flota para el año que termina el 31 de marzo de 1855 están presupuestados para el servicio activo en un total de 5.979.866 libras esterlinas; esto supone un aumento de 1.172.446 libras esterlinas respecto al año pasado. Los costes del transporte de tropas y del arsenal ascienden a 225.050 libras esterlinas, lo que representa un aumento de 72.100 libras esterlinas. La suma total para el año se eleva a 7.447.948 libras esterlinas. Las dotaciones estarán compuestas por 41.000 marineros, 2.000 grumetes y 15.500 soldados de marina; en total, 58.616 hombres, incluidos 116 de personal auxiliar.

El señor Layard había anunciado en la tarde del pasado viernes su intención de llamar la atención sobre la cuestión oriental; tomó la palabra justo en el momento en que el Speaker iba a abandonar su puesto para que la Cámara pudiera deliberar sobre los presupuestos de la flota. Poco después de las 4 de la tarde, todas las galerías estaban abarrotadas, y a las 5 la Cámara se hallaba reunida. Dos largas horas se mataron, con evidente disgusto de los miembros de la Cámara y del público, con discursos insustanciales acerca de nimiedades. Tanto se había excitado la curiosidad de los honorables señores, que aplazaron la cena hasta las 8 para asistir a la apertura del gran debate, un fenómeno raro en la vida parlamentaria de los miembros de la Cámara de los Comunes.

El señor Layard, cuyo discurso fue constantemente interrumpido por aclamaciones, comenzó declarando que el gobierno había colocado a los miembros del Parlamento en una situación tan extraordinaria, que les resultaba difícil fijar su postura. Antes de que pudieran votar las autorizaciones solicitadas, era deber del gobierno explicar qué piensa hacer. Pero antes de preguntarle al gobierno eso, deseaba saber qué ha hecho ya. Ya el año pasado había dicho que el gobierno no habría ido a parar a la guerra si hubiera adoptado un tono más digno de este país; incluso después de examinar detenidamente los voluminosos Libros Azules publicados recientemente, no tenía motivos para cambiar de opinión. De la comparación del contenido de varios despachos de distintas partes dedujo que el ministerio había pasado por alto hechos muy destacados, había malinterpretado tendencias completamente inequívocas y había dado crédito a seguridades manifiestamente falaces. Declaró que la tragedia de Sinope había manchado el honor de Inglaterra y exigió una explicación suficiente, demostrando con los documentos publicados que los almirantes de las flotas unidas habrían podido evitar la catástrofe, o los turcos la habrían impedido por sí mismos, de no haber sido por las instrucciones medrosas e irresolutas del gobierno británico. De sus últimas declaraciones deducía él que el gobierno seguía queriendo negociar sobre la base del statu quo ante bellum (estado anterior a la guerra); desaprobaba ese supuesto paso. Exhortó al gobierno a cumplir con su deber, en la certeza de que el pueblo inglés cumpliría con el suyo.

Sir James Graham le respondió con la insolencia en él conocida: debían o bien confiar en los ministros o bien destituirlos. Pero «no perdamos entre tanto el tiempo con discursos ociosos sobre los Libros Azules». El gobierno habría sido engañado por Rusia, un antiguo y fiel aliado de Gran Bretaña, mas «la sospecha sombría y perniciosa no echa raíces tan pronto en espíritus generosos». Este viejo zorro, el «vulgar recadero» de Sir Robert Peel, el asesino de los Bandiera, estuvo realmente encantador en su «espíritu generoso» y su «aversión a la sospecha».

Luego intervinieron lord Jocelyn y lord Dudley Stuart, cuyos discursos llenaron los periódicos al día siguiente, pero vaciaron la Cámara aquella noche. Siguió el señor Roebuck, que empezó defendiendo la conducta de los ministros en una situación delicada, pero terminó declarando que ya era hora de que el ministerio dijera abiertamente qué pensaba hacer. Con el pretexto de responder a esta pregunta, se levantó lord John Russell y recapituló de manera apologética la historia de las recientes disputas, y al ver que eso no bastaba, fingió que iba a contarles «lo que el ministerio se propone hacer»; pero sobre ello no parecía tener él mismo mucha claridad. Según sus palabras, no se habría concertado una alianza con Francia mediante la firma de un tratado, sino mediante un intercambio de notas. Inglaterra y Francia propondrían ahora también a Turquía algo así como un tratado, en virtud del cual la Puerta no podría pedir la paz sin su consentimiento. El gobierno había sido cruelmente sorprendido por la indescriptible vileza del zar. Él (Russell) había renunciado a la esperanza de que la paz pudiera conservarse. Probablemente tendrían que entrar en guerra. En consecuencia, necesitaba aproximadamente 3 millones de libras esterlinas más que el año anterior. El secreto es una condición para el éxito en la guerra, y por eso no podía decirles de inmediato lo que el gobierno emprendería en caso de guerra. Como la última parte, o mejor dicho, la parte teatral de su discurso fue pronunciada con gran fuerza y mucha indignación moral contra el zar, «el carnicero», hubo un tremendo aplauso, y la Cámara, en su entusiasmo, estuvo a punto de aprobar los presupuestos, cuando el señor Disraeli intervino y consiguió que el debate se aplazara hasta la noche del lunes.

Los debates se reanudaron anoche y no concluyeron hasta las 2 de la madrugada.

En primer lugar se levantó el señor Cobden, prometiendo ceñirse estrictamente a las cuestiones prácticas en discusión. Se esforzó mucho en demostrar con los Libros Azules lo que nadie negaba: que el gobierno francés había provocado «esta lamentable disputa» mediante la misión del señor Lavalette relativa a los Santos Lugares y las concesiones arrancadas a la Puerta. El presidente francés, que por aquel entonces tenía ciertas perspectivas de convertirse en emperador, deseaba probablemente sacar un pequeño capital político de aquellas exigencias planteadas a Turquía en nombre de los cristianos católico-romanos. Por consiguiente, los primeros pasos de Rusia pueden atribuirse al proceder de Francia en esta cuestión. Que la Nota de Viena no fuera firmada fue culpa de los aliados, no del gobierno turco, pues la Puerta la habría firmado inmediatamente si se la hubiera amenazado con retirar la flota de la bahía de Besika. Vamos a una guerra porque hemos exigido a Turquía que, en una nota dirigida a Rusia, rechace prometerle lo que nosotros mismos queríamos exigir de ella, a saber, la garantía de un mejor trato a los cristianos. La inmensa mayoría de la población del Imperio otomano aguarda anhelante el éxito precisamente de esa política que Rusia practica ahora (como, por ejemplo, en Moldavia y Valaquia). Precisamente con los Libros Azules podía él demostrar que los agravios y represalias a los que está expuesta esa población cristiana no podían tolerarse — remitiéndose sobre todo a despachos de lord Clarendon escritos manifiestamente con la intención de hacerle un favor al zar. En uno de esos despachos lord Clarendon escribe:

«La Puerta tiene que elegir entre el mantenimiento de un erróneo principio religioso o la pérdida de la simpatía y la ayuda de sus aliados.»

Esto llevó al señor Cobden a preguntar:

«¿Cree la Cámara posible que una población como la de los fanáticos musulmanes abandone su religión? Y sin el abandono completo de los preceptos del Corán es absolutamente imposible equiparar a los cristianos de Turquía con los turcos.»

Con el mismo derecho podríamos preguntar al señor Cobden si, con la Iglesia establecida y las leyes vigentes en Inglaterra, es posible equiparar a los obreros ingleses con los Cobden y los Bright. Además, el señor Cobden se esforzó en demostrar, con las cartas de lord Stratford de Redcliffe y de los agentes consulares británicos, que entre la población cristiana de Turquía reinaba un descontento general que amenazaba con desembocar en una insurrección general. Nos permitimos preguntar de nuevo al señor Cobden: ¿no reina entre todos los pueblos de Europa un descontento general con los gobiernos y las clases dominantes, un descontento que amenaza con desembocar pronto en una revolución general? Si —como en Turquía— en Alemania, Italia, Francia o incluso Gran Bretaña hubiera irrumpido un ejército extranjero hostil a sus gobiernos y hubiera desencadenado la exigencia insurreccional, ¿habría permanecido alguno de esos países tanto tiempo tranquilo como la población cristiana de Turquía?

Inglaterra, que entra en guerra para defender a Turquía, concluyó el señor Cobden, lucha por el dominio de la población turca del Imperio otomano y contra los intereses de la mayoría del pueblo de ese país. Entre el ejército ruso, por una parte, y el ejército turco, por la otra, reina una disputa puramente religiosa. Todos sus intereses unen a Inglaterra con Rusia. El volumen de su comercio con Rusia es inmenso. Si el comercio de exportación a Rusia tan sólo asciende a 2 millones de libras esterlinas, ello no es más que el resultado pasajero de que Rusia todavía se aferra a las ilusiones del proteccionismo. No obstante, la importación procedente de Rusia asciende a 13 millones de libras esterlinas. Con excepción de los Estados Unidos, no hay otro país con el que mantenga un comercio tan considerable como con Rusia. Si Inglaterra se arma para la guerra, ¿por qué envía fuerzas terrestres a Turquía en lugar de emplear exclusivamente su flota? Si ha llegado la hora de la lucha entre el cosaquismo y el republicanismo, ¿por qué permanecen neutrales Prusia, Austria, los restantes Estados alemanes, Bélgica, Holanda, Suecia y Dinamarca, mientras que Francia e Inglaterra tendrían que luchar solas? Si se trata de una cuestión de importancia europea, ¿no habría que suponer que quien estuviera más próximo al peligro sería el primero en entrar en combate? Para terminar, el señor Cobden declaró «que estaba en contra de la guerra con Rusia». En su opinión, «lo mejor sería volver a la Nota de Viena».

Lord John Manners opinaba que la conducta del Gobierno, por su inacción y peligrosa despreocupación, era censurable. Las primeras comunicaciones de Lord Clarendon a los gobiernos de Rusia, Francia y Turquía, en las que, en lugar de obrar de común acuerdo con Francia, rechazó con obstinación semejante cooperación y dio a entender al gobierno ruso que Inglaterra no marcharía con Francia, habían inducido al emperador de Rusia a dar al príncipe Ménshikov instrucciones que condujeron a toda la catástrofe. No era de extrañar que el gobierno francés, cuando Inglaterra manifestó por fin su intención de emprender realmente algo en Constantinopla, hubiera albergado algunas dudas acerca de la sinceridad del Gobierno de Su Majestad. No fue Inglaterra quien aconsejó a la Puerta que rechazara el ultimátum del príncipe Ménshikov; por el contrario, los ministros del sultán obraron por su cuenta y riesgo y sin esperanza alguna en la ayuda de Inglaterra. Las prolongadas negociaciones diplomáticas del gobierno británico tras la ocupación de los Principados por los rusos habían sido muy perjudiciales para los intereses de Turquía y muy provechosas para los de Rusia. Rusia se había apoderado de los Principados sin declaración de guerra, a fin de evitar la anulación de aquellos tratados que le servían de instrumento efectivo para oprimir a Turquía. Por consiguiente, una vez que Turquía declaró la guerra, había sido imprudente insistir en la renovación de aquellos tratados como base de negociación. La cuestión más importante y realmente más candente era ahora qué objetivos persigue el Gobierno con su participación en esta lucha terrible. Se proclama por doquier que hay que preservar el honor y la independencia de Turquía; pero sería necesario explicar de manera más concreta qué ha de entenderse por ello.

El señor Horsfall se esforzó por refutar los sofismas del señor Cobden. La verdadera cuestión no era lo que es Turquía, sino lo que llegaría a ser Rusia si se anexiona Turquía; es decir, la cuestión de si el emperador de Rusia debía ser también emperador de Turquía. Rusia sólo persigue un objetivo: el acrecentamiento de su poder político mediante la guerra. Su meta es la expansión territorial. Desde la monstruosa falsedad con que el autócrata ruso dio el primer paso en este asunto, hasta la espantosa matanza de Sinope, su proceder ha estado marcado por la crueldad y el fraude, por crímenes que, incluso en los anales de Rusia, país cuya historia no consta más que de crímenes, resultan notables y tanto más terribles cuanto que el zar osa invocar blasfemamente la fe cristiana, contra cuyos mandamientos atenta de manera tan desvergonzada. En cambio, la actitud de la víctima predestinada ha sido admirable. A continuación, el señor Horsfall se esforzó mucho por disculpar el rumbo vacilante del Gobierno con la difícil situación en que éste se halla. De ahí su diplomacia titubeante. Ni siquiera la intervención de todos los gabinetes de Europa y de los diplomáticos más experimentados contra el autócrata habría podido poner a éste en una situación más difícil y enmarañada, más desesperada y peligrosa que la que han creado, ya sea los errores de nuestros ministros, ya la propia astucia del autócrata. Hace seis meses, el emperador Nicolás era el principal puntal del orden y de la legitimidad en Europa; ahora se ha quitado la máscara y aparece como el mayor revolucionario. Es realmente un placer ver cuán rápidamente pierde el zar sus posiciones una vez fracasadas sus intrigas políticas, sin éxito militar en Asia y después de haber sido apaleado a conciencia por los turcos en el Danubio. Ahora es deber del Gobierno, en caso de que comiencen las hostilidades, velar por que no se concluya una paz sino en condiciones que ofrezcan garantías suficientes y seguras contra toda repetición en el futuro de una agresión semejante. Creía que una de las condiciones para el restablecimiento de la paz debía ser que Rusia indemnizara a Turquía por los gastos que le ha ocasionado y que Turquía, como garantía material, recuperara los territorios que le han sido arrebatados.

El señor Drummond dio por sentado que estábamos entrando en una guerra de religión y a punto de emprender una nueva cruzada en torno a la tumba de Godofredo de Bouillon, la cual se halla ya tan arruinada que ni siquiera se puede uno sentar en ella. Según parece, el culpable de la desgracia desde el principio había sido el Papa. Inglaterra no tiene el menor interés en la cuestión turca, y una guerra entre ella y Rusia no podría ser llevada a ningún final exitoso, pues se guerrearían eternamente sin hacerse nunca daño.

"La guerra actual no les reportará más que duros golpes."

El señor Cobden se había ofrecido hace algún tiempo a domeñar a Rusia, y si lo hiciera ahora, le ahorraría a Inglaterra un cúmulo de pesares. En realidad, la actual disputa versa sobre si los mercaderes de adornos de París o los de San Petersburgo han de ataviar los ídolos del Santo Sepulcro. Inglaterra viene ahora a caer en la cuenta de que Turquía es su vieja aliada, a la que necesita con urgencia para el equilibrio europeo. Mas, ¿cómo diablos ha podido ocurrir que no cayera en la cuenta antes de arrebatar a Turquía todo el reino de Grecia y de librar la batalla de Navarino, que, según recordaba, lord St. Helens calificó de importante, sólo que los golpes de Inglaterra dieron allí en quien no debían? ¿Por qué no pensó en ello cuando los rusos cruzaron los Balcanes y habría podido prestar ayuda eficaz a los turcos con su flota? Y ahora, después de haber llevado a Inglaterra a que el Imperio Otomano se tornara sumamente quebradizo, cree poder apuntalar a este Estado vacilante bajo el pretexto del equilibrio de fuerzas. Tras algunas observaciones sarcásticas sobre el repentino entusiasmo por Bonaparte, preguntó el señor Drummond quién iba a ser ministro de la Guerra. Todos ellos habían visto lo bastante para saber que una mano débil empuña el timón. No creía que en manos de la actual administración permaneciera inmaculado el honor de un general o de un almirante. Es capaz de sacrificar a cualquiera para complacer a cualquier partido de la Cámara. Si Inglaterra está decidida a la guerra, entonces debe asestar sus golpes contra el corazón de Rusia y no malgastar sus balas en el Mar Negro. Debe, ante todo, proclamar la restauración del reino de Polonia. Sobre todo, quisiera saber qué se propone el Gobierno.

"El jefe del Gobierno", dijo el señor Drummond, "se jacta de su habilidad para mantener algo en secreto, y declaró en cierta ocasión que ya quisiera él ver a quien fuera capaz de sonsacarle informaciones que no tuviera intención de dar. Esta frase le recordaba una anécdota que oyó una vez en Escocia: un montañés que había viajado a la India trajo a su regreso a Inglaterra, como regalo para su mujer, un loro que sabía hablar de manera extraordinaria. Un vecino, que no quería ser menos, viajó a Edimburgo y trajo a su mujer un búho grande. Cuando le dieron a entender que el búho jamás aprendería a hablar, contestó: 'eso es verdad, ciertamente, pero repárese en la fuerza de pensamiento que alberga en su interior'."

El señor Butt declaró que ésta era la primera vez desde la Revolución que un ministerio se presentaba ante la Cámara a solicitar fondos para la conducción de una guerra sin fundamentar clara y detalladamente semejante solicitud. En el sentido jurídico de la palabra, no nos hallábamos aún en guerra, y si la Cámara iba a votar estos créditos, tenía derecho a saber qué había demorado la declaración de guerra a Rusia. ¡Cuán equívoca era la situación de la flota británica en el Mar Negro! El almirante Dundas tenía orden de rechazar a los navíos rusos hacia un puerto ruso; y si al ejecutar esta orden destruía un buque ruso en tiempo de paz con Rusia, ¿estaban los ministros preparados para justificar semejante incidente? Esperaba una declaración sobre si se iba a apoyar a Turquía en aquellas condiciones humillantes según las cuales, para concertar la paz con Rusia, tendría que ponerse en manos de Inglaterra y Francia. Si tal era la política de Inglaterra, entonces lo que ahora se pedía al Parlamento era la concesión de fuerzas adicionales no para la independencia de Turquía, sino para su subyugación. El señor Butt abrigaba cierta inquietud de que los ministros estuvieran simplemente haciendo alarde con estos preparativos bélicos para llegar a una paz vergonzosa.

El señor S. Herbert, ministro de la Guerra, pronunció un discurso tan soso y necio como apenas cabía esperar incluso de un ministro de la coalición en una crisis tan grave. El Gobierno se halla entre dos fuegos y no sabe cómo averiguar la verdadera opinión de la Cámara sobre la cuestión en debate. Los honorables señores de la oposición tienen la ventaja de poder operar con hechos; critican el pasado; pero el Gobierno no tiene que habérselas con hechos: no puede sino especular sobre el futuro. No se inclina tanto a entrar en esta guerra para proteger a Turquía, sino más bien para hacer frente a Rusia. Eso fue todo lo que la Cámara pudo saber del pobre señor Herbert "acerca del futuro". Pero no, aún les contó algo completamente nuevo. Según el señor Herbert, "el señor Cobden representa el sentir de la clase más numerosa de este pueblo". Ante la contradicción que esta afirmación suscitó en todos los sectores de la Cámara, el señor Herbert añadió:

"Si no a la clase más numerosa, el honorable miembro representa en todo caso
a una gran parte de las clases trabajadoras
de este país."

¡Pobre señor Herbert! Fue realmente un alivio cuando, después de él, tomó la palabra el señor Disraeli, y un verdadero orador ocupó el lugar del charlatán.

El señor Disraeli comenzó con la siguiente declaración, aludiendo a las declamaciones teatrales con que lord John Russell había coronado su discurso la noche del viernes:

"Siempre he sido de la opinión de que toda nación, y especialmente ésta, estará mucho más dispuesta y pronta a llevar la carga que una guerra le impone inevitablemente cuando sepa realmente por qué combate, que cuando se la empuja a la lucha mediante ardientes apelaciones a sus pasiones y se la arrebata con una excitación que en un primer momento bien puede complacer a un ministro, pero a la que, pasados unos meses, seguirán los efectos inevitables de la ignorancia, o tal vez de la ignorancia unida a la catástrofe."

Así había sido con la guerra de 1828/29, en la que Inglaterra participó del lado de Rusia y no del de Turquía. La situación actualmente enredada y el estado de agotamiento de Turquía en los últimos tiempos debían atribuirse por entero a los acontecimientos de aquella guerra, en la que Inglaterra y Francia se habían unido contra Turquía. En aquella época no hubo un solo miembro de la Cámara que tuviera realmente una idea de por qué Inglaterra había entrado en la guerra o qué objetivo perseguía con un golpe asestado al Estado turco. Por eso mismo, debía poderse entender con claridad la causa y el objetivo de la guerra actual. Esto solo podía saberse a partir de los Libros Azules. Lo que ha conducido al estado actual de las cosas, puede deducirse con exactitud de los despachos que se hallan sobre esta mesa. La política desarrollada en ellos ha preparado aquel futuro que, en opinión de los ministros, debía reclamar por entero su atención. Protesto, por lo tanto, contra la doctrina de Sir James Graham. El señor Herbert ha protestado precisamente contra la lectura de páginas sueltas de estos informes. No puedo, sin embargo, prometer leer a la Cámara estos Libros Azules por entero; pero, si se accede a la objeción del muy honorable señor, probablemente no me quede

otro camino. Según la opinión generalizada de todos aquellos que están bien versados en la cuestión de Oriente, y también según la mía propia, Rusia no se propone en lo más mínimo conquistar el Imperio Otomano por la fuerza, sino ganar y ejercer, mediante una política diestra y con métodos perfeccionados, una influencia sobre la población cristiana del Imperio Turco que le proporcione, en lo posible, el mismo poder que si poseyera el trono del imperio del sultán. Al comienzo de estas negociaciones, el propio conde Nesselrode expuso la política de Rusia clara y netamente en sus despachos de enero y junio de 1853. La preponderancia en el Imperio Turco debía alcanzarse mediante el ejercicio de una influencia especial sobre 12 millones de personas, la gran mayoría de los súbditos del sultán. En los despachos rusos al gobierno británico, esta política no solo es explicada, sino que al gobierno británico se le comunica no menos abiertamente cómo debía llevarse a cabo —no mediante la conquista, sino manteniendo los tratados existentes y ampliando su interpretación—. Así, desde el comienzo mismo de esta importante disputa, se ha visto la base de la campaña diplomática en un tratado: el tratado de Kainardschi. Este tratado pone a los súbditos cristianos de la Puerta bajo la especial protección del sultán; pero, según la interpretación que Rusia da a este tratado, los súbditos cristianos del sultán están puestos especialmente bajo la protección del zar. Sobre la base del mismo tratado, Rusia pudo presentar una reclamación para la protección de su nueva iglesia —un edificio en la calle Bey Oglu—; según la interpretación rusa del artículo correspondiente del tratado, Rusia está facultada para intervenir en protección de toda iglesia de confesión greco-ortodoxa y, naturalmente, de todas las comunidades de esta fe en el territorio bajo soberanía del sultán, las cuales abarcan también, al mismo tiempo, a la gran mayoría de sus súbditos. Esta es la interpretación del tratado de Kainardschi abiertamente confesada por Rusia. Por otra parte, de un despacho de Sir Hamilton Seymour del 8 de enero de 1853 puede deducirse que el conde Nesselrode comunicó a Sir Hamilton, y este a su vez a Lord Clarendon, que «era necesario apoyar la diplomacia de Rusia mediante una demostración de la fuerza armada». Según el mismo despacho, la convicción del conde Nesselrode de que esta cuestión sería llevada a una conclusión satisfactoria descansaba en «los esfuerzos que los enviados de Su Majestad en París y Constantinopla emprenderían». Rusia declaró acto seguido que una demostración de la fuerza armada seguiría siendo solo una demostración, pero que el objetivo debía alcanzarse por vía pacífica mediante los

esfuerzos de los enviados ingleses en París y Constantinopla.

«Ahora bien, señor —prosiguió el señor Disraeli—, quisiera saber yo cómo se condujeron estos enviados ante semejante combinación, después de esta exposición del objetivo y de esta enumeración de los medios y con esta diplomacia.»

No es necesario tocar el problema de los Santos Lugares. Este fue realmente regulado pronto en Constantinopla. Incluso el conde Nesselrode, todavía al comienzo mismo de estas negociaciones, expresó su sorpresa y satisfacción ante la actitud conciliadora de Francia, y se manifestó con reconocimiento al respecto. Durante todo este tiempo, sin embargo, Rusia había concentrado sus fuerzas en las fronteras turcas, y el conde Nesselrode había contado a Lord Clarendon que su gobierno exigiría una compensación equivalente por los privilegios que la Iglesia greco-ortodoxa había perdido en Jerusalén y para cuya regulación no se habría convocado a su gobierno. Incluso la misión del príncipe Menschikow fue mencionada en aquella época, como muestran diversos despachos de Sir Hamilton Seymour. Lord John Russell les dijo la última vez que el comportamiento del conde Nesselrode era el de un embaucador. Por otra parte, Lord John Russell confiesa que el conde Nesselrode declara incesantemente que su señor imperial exigirá una compensación equivalente para la Iglesia greco-ortodoxa; pero al mismo tiempo se lamenta de que el conde Nesselrode jamás les haya dicho lo que quiere.

«¡Malvado conde Nesselrode!» (Risas.) «¡Arterías de los estadistas rusos!» (Risas.) «¿Por qué no pudo el noble Lord averiguar lo que deseaba averiguar? ¿Para qué está Sir Hamilton Seymour en San Petersburgo, si no le es lícito pedir las informaciones necesarias?»

Si el conde Nesselrode no le dice nunca lo que quiere, es porque el noble Lord nunca se atreve a preguntárselo. En esta situación, los ministros están obligados a plantear preguntas categóricas al gabinete de San Petersburgo. Si este no puede exponer qué es lo que realmente quiere, ha llegado el momento de que el gobierno británico declare que se acabaron los servicios amistosos en París y Constantinopla. Cuando Lord John Russell dimitió de su cargo y lo sustituyó Lord Clarendon, el carácter de los acontecimientos diplomáticos cambió a favor de Rusia. Cuando Lord Clarendon se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores, tuvo que redactar instrucciones para Lord Stratford de Redcliffe, el enviado de la Reina, con las cuales este se dirigió al escenario de la acción. Pero ¿qué aspecto tenían estas instrucciones? En un momento en que

Turquía se halla en la mayor necesidad y aflicción, se le predican reformas interiores y comerciales. Se le da a entender que su proceder debe distinguirse por la máxima moderación y prudencia, lo que significa que ha de declararse de acuerdo con las exigencias de Rusia. Entretanto, el gobierno sigue omitiendo exigir una declaración inequívoca acerca de lo que realmente se pretende por parte de Rusia. El príncipe Menschikow llegó a Constantinopla. Después de que Lord Clarendon hubiera recibido misivas sumamente inquietantes del coronel Rose y comunicaciones de advertencia de Sir Hamilton Seymour, en una carta a Lord Cowley, el enviado británico en París, censuró la orden del coronel Rose de hacer zarpar a la flota británica y lamentó la orden al almirante francés de navegar hacia las aguas griegas, obsequiando a Francia con la despreciativa lección «de que una política de desconfianza no es ni sabia ni segura», y declaró que confiaba plenamente en las solemnes seguridades del Emperador de Rusia de mantener el Imperio Turco. Luego, Lord Clarendon escribe a su enviado en Constantinopla que está completamente seguro de que los objetivos de la misión del príncipe Menschikow, «cualesquiera que fueran, no pondrían en peligro ni el poder del sultán ni la integridad de su territorio». Sí, Lord Clarendon llegó tan lejos como para culpar al único aliado de Inglaterra en Europa; el motivo por el que Inglaterra teme ahora complicaciones en Oriente sería únicamente la actitud que Francia adoptó durante un tiempo frente a los Santos Lugares. En consecuencia, el conde Nesselrode felicitó a Lord Aberdeen por el «beau rôle» <importante papel> (en el Libro Azul traducido como «important role» <importante papel>) que había desempeñado en que Francia permaneciera «isolée» <«aislada»>. El 1 de abril, Inglaterra supo por el coronel Rose del acuerdo *secreto* que Rusia exigía a Turquía. Solo diez días más tarde, Lord Stratford llegó a Constantinopla y confirmó las declaraciones del coronel Rose. Después de todo esto, Lord Clarendon escribe el 16 de mayo a Sir H. Seymour

que «las declaraciones del Emperador de Rusia», declaraciones que no figuran en los Libros Azules, «privaban de fundamento a todos los temores que toda Europa había abrigado, comprensiblemente, respecto del proceder del príncipe Menschikow en relación con los preparativos militares en el sur de Rusia».

Acto seguido, el conde Nesselrode creyó poder comunicar descaradamente a Lord Clarendon, el 20 de junio, que Rusia había ocupado los Principados. En este documento, el conde Nesselrode declara

«que el Emperador quiere ocupar las provincias como prenda, hasta que se le dé satisfacción; que con este proceder se ha mantenido fiel a sus declaraciones frente al gobierno inglés; que, al intercambiar con el gabinete de Londres opiniones sobre los preparativos militares que coincidieron con la apertura de las negociaciones, no le ocultó que aún podría llegar el momento en que se viera forzado a recurrir a la ayuda de Inglaterra, felicitando al gobierno inglés por las intenciones amistosas que ha demostrado, contraponiendo su actitud a la de Francia y echándole toda la culpa de los futuros fracasos de la misión del príncipe Menschikow a Lord Stratford».

Después de todo esto, Lord Clarendon redacta, el 4 de julio, una circular en la que aún confía en la justicia y la moderación del Emperador y se remite a la repetida declaración del Emperador de que respetará la integridad del Imperio Turco. El 18 de julio escribe a Lord Stratford que

«Francia e Inglaterra ciertamente podrían doblegar a Rusia si quisieran seriamente, pero entretanto Turquía podría ser devastada por entero, y por eso las negociaciones pacíficas eran el único camino correcto».

Pero lo que entonces fue un buen argumento lo es también ahora. O bien el gobierno se dejaba guiar por una confianza tal, que ya raya en credulidad enfermiza, o bien era culpable de parcialidad. La causa de la guerra debía buscarse en la manera en que el gobierno de Su Majestad había conducido las negociaciones durante los últimos siete meses. Si era credulidad, Rusia, con su actitud desleal, podía haber precipitado el estallido de una lucha quizá inevitable, una lucha por la que podrían conquistarse la independencia de Europa, la seguridad de Inglaterra y la civilización. Si era parcialidad, la guerra sería medrosa, irresoluta, una guerra sin resultado o, mejor, con exactamente los resultados que originariamente se habían pretendido. El 25 de abril, Lord Clarendon hizo ante la Cámara de los Lores la declaración falsa de que la misión de Menschikow consistía en zanjar la disputa sobre los Santos Lugares, aun cuando sabía que ello no correspondía a la verdad. A continuación, el señor Disraeli expuso brevemente la historia de la Nota de Viena, para demostrar o la estupidez consumada del ministerio o la parcialidad de éste hacia la corte de San Petersburgo. Luego pasó a referirse al tercer período, a la pausa que medió entre el fracaso de la Nota de Viena y la batalla de Sinope. Por aquel entonces, el canciller del Exchequer, señor Gladstone, se expresó en una asamblea pública en el más despectivo tono sobre Turquía. Otro tanto hicieron los periódicos semioficiales. Fue la energía de los propios turcos la que transformó la situación y el destino de Turquía y obligó al gabinete a adoptar otro tono. Mas apenas librada la batalla de Oltenitza, la política de credulidad o la política de parcialidad reanudaron su sucia labor. Sin embargo, la carnicería de Sinope volvió a actuar en favor de los turcos. Las flotas recibieron la orden de penetrar en el mar Negro. Pero ¿qué hicieron? ¡Regresaron al Bósforo! Con respecto al porvenir, Lord John Russell no había explicado sino de manera muy confusa las condiciones de la alianza de Inglaterra con Francia. El señor Disraeli exhortó a que no se confundiera el mantenimiento del equilibrio de fuerzas con la preservación de la actual configuración territorial de Europa. El futuro de Italia dependía, sobre todo, del reconocimiento de esta verdad.

Después del brillante discurso del señor Disraeli, que aquí he reproducido, naturalmente, solo en sus rasgos principales, tomó la palabra Lord Palmerston y sufrió un fiasco total. Repitió en parte el discurso que había pronunciado al término de la última sesión, defendió de manera poco convincente la política del ministerio y puso sumo cuidado en no dejar caer palabra alguna que pudiera contener nueva información.

A propuesta de Sir J. Graham se aprobaron luego, sin discusión, algunas partidas de los presupuestos navales.

Lo más curioso de estos agitados debates es, en fin, que la Cámara fracasó por completo en su intento de arrancar a los ministros una declaración formal de guerra a Rusia o siquiera una exposición de los objetivos en aras de los cuales quieren precipitarse a la guerra. La Cámara y la opinión pública no saben ahora más que antes. No han recibido en absoluto ninguna información nueva.

Karl Marx