Karl Marx

La bancarrota de Austria

Escrito el 3 de marzo de 1854.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4033 del 22 de marzo de 1854, artículo de fondo]

A pesar del amenazante peligro de guerra y de la apremiante necesidad, ni el gobierno francés ni el austríaco han logrado hasta ahora fortalecer el nervus belli <nervio de la guerra>, es decir, su situación financiera. Aunque las comidas que el ministro de Hacienda francés ofreció a los recaudadores generales, al Crédit mobilier y a los primeros banqueros de París fueron de una opulencia luculiana, estos capitalistas se muestran reacios y propenden a esa especie de patriotismo cauteloso que procura obtener del Estado las mayores ventajas posibles y que acostumbra resarcirse de sus pérdidas privadas a expensas de los intereses públicos. Así, las condiciones en que se pretende llevar a cabo el proyectado empréstito francés de doscientos millones de francos siguen siendo inciertas.

En cuanto a Austria, no cabe duda de que uno de los principales motivos que la inducen a mostrarse amistosa con las potencias occidentales es la esperanza de reavivar así la confianza del mundo financiero y salir de sus dificultades financieras. En efecto, apenas el periódico oficial de Viena hubo pronunciado unas pocas palabras acerca de la neutralidad de Austria y de la buena armonía con Francia, cuando sorprendió a la opinión pública con el anuncio de que se iba a vender una parte considerable de las tierras de la Corona, que comprenden seis millones de acres, y publicó un rescripto fechado el 23 de febrero de 1854, según el cual todo el papel moneda del Estado, por un importe de 150 millones de florines, en circulación con curso forzoso, se transferiría al Banco Nacional y sería canjeado por éste paulatinamente por billetes de banco, de modo que, al término de este canje, todo el papel moneda emitido por el Tesoro quedaría retirado y en el futuro no se emitiría más papel moneda del Estado con curso forzoso. En virtud de este canje, el gobierno imperial responde ante el Banco por el papel moneda que se le transfiere y se obliga a indemnizar al Banco por todos los gastos derivados de la operación de conversión, a pagar una cuota anual de al menos 10 millones de florines para la liquidación de la deuda así creada, a pignorar los ingresos aduaneros como garantía del pago regular de dichas cuotas al Banco y a pagarle en metálico en la misma proporción en que los derechos de aduana sean percibidos en metálico. Al mismo tiempo, el gobierno debe colaborar enérgicamente para poner al Banco en condiciones de cumplir sus obligaciones y reanudar los pagos en metálico. Entretanto, el Banco, para ofrecer a los tenedores de billetes la posibilidad de canjearlos a voluntad por una deuda que devengue intereses, pagadera en metálico, se encarga de emitir obligaciones que devengan intereses, las cuales pueden ser tratadas en todos los aspectos como títulos de deuda pública u obligaciones. El gobierno también se propone retirar los llamados billetes de rescate y de anticipación y sacarlos completamente de la circulación.

La conversión del papel moneda del Estado con curso forzoso en billetes de banco no convertibles no reducirá su importe ni mejorará su calidad, sino que únicamente simplificará las denominaciones del papel moneda emitido. Dado que el Estado dispone de los mismos medios que concede al Banco para el rescate del papel moneda, él mismo se serviría de ellos si no supiera muy bien que la desconfianza hacia él es tan grande que su crédito sólo puede restablecerse mediante la ayuda de un banco que no sea propiedad del Estado. Así, la dependencia del emperador respecto de los judíos del Banco de Viena crece en la misma medida que el carácter militar de su dominación. En enero de 1852 les pignoró las salinas de Gmunden, Aussee y Hallein. En febrero de 1854 obtienen un derecho prendario sobre los ingresos aduaneros de toda la monarquía. Paso a paso, el Banco se convierte en el verdadero soberano del Imperio, y el gobierno, en su soberano meramente nominal. Cuanto más se ha resistido Austria a las exigencias de la burguesía de participar en el poder político, tanto más profundamente ha de plegarse al despotismo ilimitado de una parte de esa clase: los financieros.

El decreto cuyo contenido hemos expuesto más arriba esconde un nuevo intento de empréstito tras la forma de una ayuda a los tenedores de billetes de banco, al convertir éstos en una deuda que devenga intereses, cuyos intereses se pagarán en metálico. En 1852, el gobierno se comprometió igualmente a saldar diversos pagos y obligaciones menores en metálico, pero como percibía los impuestos únicamente en papel moneda del Estado o en billetes de banco, se vio obligado a contratar un empréstito de 35 millones de florines en Londres y Francfort. Los nuevos empréstitos acrecientan, naturalmente, el antiguo déficit, y el déficit acrecentado lleva a una nueva emisión de papel moneda, cuyo exceso y la consiguiente depreciación se pretendía evitar con ellos. La gran diferencia que el gobierno establece entre el pago en metálico y en billetes de banco no es más apta para librar a los billetes de su mala fama que el aumento del medio circulante del Banco en 150 millones pueda ponerlo en condiciones de cumplir sus obligaciones y reanudar los pagos en metálico. El gobierno pagará al Banco en metálico en la misma proporción en que los derechos de importación se satisfagan en metálico; pero es sabido que no sólo los campesinos austríacos, sino también los ciudadanos de las mayores ciudades, aman el atesoramiento tanto como los chinos y los indios; que en 1850 se atesoró incluso el dinero de cobre, y que en 1854 todos los impuestos se pagan en papel, aun cuando éste sólo se acepta con un descuento del 17 por ciento íntegro.

Quien conoce la historia de la administración financiera austríaca no podrá descubrir nada nuevo ni en las promesas del nuevo decreto ni en los artificios financieros a los que se ha recurrido. La primera emisión de papel moneda austríaco tuvo lugar bajo la emperatriz María Teresa hacia el final de la Guerra de los Siete Años. Consistió originalmente en cédulas de banco (Bankozettel), canjeables por plata en las oficinas del Estado. En 1797, a causa de las dificultades financieras del gobierno en las guerras contra Francia, se suspendió la convertibilidad en plata. Mientras que la primera emisión bajo la emperatriz María Teresa ascendió a 12 millones de florines, en 1809 el importe total de las cédulas de banco emitidas era de 1.060.793.653 florines, alcanzando al mismo tiempo su depreciación el máximo. El 20 de febrero de 1811 el gobierno publicó una patente por la cual las cédulas de banco eran retiradas completamente de la circulación y rescatadas al cambio de 20 por 100 por un nuevo papel moneda, denominado moneda vienesa (Wiener Währung), de ahí el nombre: billetes de rescate (Einlösungsscheine). El gobierno lo declaró dinero propiamente dicho del país y prometió que jamás se aumentaría su importe más allá de lo necesario para el canje de las cédulas de banco. En mayo de 1811 la moneda vienesa tenía ya un disagio del 8 por ciento, y se emitieron billetes de anticipación, llamados así porque por medio de ellos se anticipaba una parte de los ingresos fiscales por doce años. Su primera emisión ascendió en realidad sólo a 45 millones de florines; para su rescate en doce años se destinó una suma anual de 3.750.000 florines, que debía tomarse de la contribución territorial.

Pero como consecuencia de la guerra, apareció sin llamar la atención una nueva emisión de billetes de anticipación tras otra, cada una acompañada de una depreciación. En 1815, el agio de la plata respecto de la moneda vienesa alcanzó la altura del 400 por ciento. El 1 de junio de 1816 apareció una patente imperial que declaraba que en el futuro el Estado ya no recurriría a la moneda de papel no rescatable; el papel moneda en circulación debía ser retirado poco a poco y reintroducirse la moneda metálica como medio de circulación normal. Para cumplir esas promesas, el Banco Nacional privilegiado fue definitivamente constituido el 18 de enero de 1818, después de que el Estado hubiera concertado con él un acuerdo por el que se comprometía a rescatar el papel moneda no convertible. Con todo, todavía en junio de 1852 oímos al ministro de Hacienda volver a proclamar en el órgano gubernamental que en el futuro quedarían por completo excluidos los empréstitos forzosos, los impuestos extraordinarios y la disminución del valor del dinero; que el papel moneda austríaco se canjearía por moneda metálica sin pérdida, si no en el presente, sí en el porvenir, y que los empréstitos ahora proyectados se destinarían a retirar el papel moneda del Estado y a pagar las deudas del Estado al Banco.

No puede haber mejor prueba de la vacuidad de semejantes promesas que su periódica recurrencia.

En tiempos de María Teresa, el gobierno austríaco era bastante fuerte para emitir sus propias cédulas de banco, canjeables en moneda e incluso con un agio sobre la plata. En 1818, para rescatar su papel moneda, el Estado tuvo que recurrir a la creación de un banco privilegiado, propiedad de capitalistas privados; éste obtuvo ventajas que resultaban muy gravosas al Estado, pero estaba obligado a emitir billetes convertibles. En 1854, el gobierno pide auxilio a un banco cuyos propios billetes han llegado a estar tan depreciados y se han vuelto tan irrescatables como los del propio Estado.

Aunque Austria disfrutó de una paz casi ininterrumpida y de tranquilidad interior desde 1815 hasta 1846, el primer choque después de ese largo período la encontró completamente desprevenida. La insurrección de Cracovia y los disturbios en Galitzia a fines de febrero de 1846 aumentaron los gastos públicos en más de 10 millones respecto a 1845. La causa principal de este incremento fueron los gastos del ejército. En 1845 ascendieron a 50.624.120 florines, pero en 1846 aumentaron en 7 millones, mientras que los gastos de la administración civil en las provincias crecieron en 2 millones. En 1847, la crisis comercial y la mala cosecha produjeron una considerable disminución de los ingresos fiscales, mientras que los gastos del ejército, principalmente a causa de los disturbios en Italia, aumentaron a 64 millones. El déficit de ese año fue de 7 millones. En 1848/49 se perdieron los ingresos de provincias enteras, a lo que se sumaron los costos de la guerra en Italia y Hungría. El déficit fue de 45 millones de florines en 1848 y de 121 millones en 1849. En 1849 se emitieron asignaciones del Tesoro al 3 por ciento, con curso forzoso, por un importe de 76 millones. Mucho antes, el Banco había suspendido los pagos en metálico; sus emisiones fueron declaradas no convertibles por el gobierno. En 1850 hubo un déficit de 54 millones, y el peligro de una guerra con Prusia hizo caer la cotización del papel moneda en un 60 por ciento. El importe total del papel moneda del Estado emitido en los años 1849, 1850 y 1851 ascendió a 219 millones. En 1852, el déficit era 8 millones mayor que en 1848 y 46 millones mayor que en 1847. En 1851, el presupuesto del ejército ascendió a 126 millones, es decir, casi el doble que en 1847. En 1852, los gastos de policía fueron de 9 millones, el cuádruple de los de 1848. También en 1853 aumentaron los gastos de policía y del ejército.

El verdadero problema, sin embargo, no es cómo Austria entró en este callejón sin salida financiero, sino cómo, enredada de tal modo en papel moneda y deudas, ha evitado la bancarrota abierta. En 1850, sus ingresos fueron de 196 millones, 74 millones más que en 1848 y 42 millones más que en 1849. En 1851, los ingresos ascendieron a 219 millones, 23 millones más que en 1850. En 1852 alcanzaron la suma de 226 millones, un incremento de 6 millones con respecto a 1851. Los ingresos del Estado aumentaron, pues, constantemente, aunque en 1852 no en la misma proporción que en 1851, y en 1851 no tanto como en 1850.

¿De dónde proviene este aumento de los ingresos? Si se prescinde de los ingresos extraordinarios procedentes de la indemnización de guerra sarda y de las confiscaciones lombardo-vénetas, la transformación del campesino austriaco en propietario libre de su tierra ha elevado la capacidad tributaria del país y los ingresos por la contribución territorial. Al mismo tiempo, la abolición de los tribunales patrimoniales ha aportado al Estado los ingresos de los que antes disfrutaba la aristocracia en virtud de su poder judicial, y esta fuente de ingresos fluye con fuerza cada vez mayor desde 1849. Además, un aumento considerable provino del impuesto sobre la renta, introducido por la patente del 29 de octubre de 1849. En las provincias italianas de Austria, este impuesto resultó ser particularmente productivo. En 1852, por ejemplo, el incremento del impuesto sobre la renta en las provincias alemanas y eslavas fue de 601.000 florines, y sólo en las

italianas, de 639.000 florines. Pero la causa más importante que ha preservado al Imperio austriaco de la bancarrota formal es el sometimiento de Hungría y su equiparación con las demás provincias en materia tributaria.

La base de todo el sistema tributario austriaco es, sin duda, la contribución territorial. El 23 de diciembre de 1817 apareció una patente imperial en la que el emperador Francisco anunciaba su decisión de configurar unitariamente la contribución territorial para todas sus provincias alemanas, eslavas e italianas. En un parágrafo de esta patente se dispone que en el futuro no se concederían exenciones de la contribución territorial "en razón de la calidad personal del propietario del suelo o de la casa", y en general se actuó conforme a este principio. En el archiducado de Austria se introdujo el nuevo catastro en 1834, y ésta fue la primera tierra hereditaria donde el nuevo sistema entró en vigor. La Lombardía austriaca poseía un excelente catastro de la época de Carlos VI, el Censimento milanese. Pero Hungría y Transilvania no contribuían en modo alguno en la misma medida que las demás provincias del Imperio a la contribución territorial y a otros impuestos. Según la constitución húngara, los terratenientes húngaros, que poseían con mucho la mayor parte del suelo, no tenían que pagar impuesto directo alguno, e incluso varios de los impuestos indirectos que se gravaban a las otras provincias no oprimían gravemente a Hungría y Transilvania. La población de Hungría, Transilvania y la Frontera Militar ascendía en 1846, en conjunto, a 14.549.958 personas, y la de las otras provincias de la monarquía, a 24.901.675, de modo que las primeras habrían tenido que contribuir con siete dieciochoavos de la totalidad de los ingresos. Pero Hungría y Transilvania sólo aportaron en 1846 23 millones, lo que, del total de ingresos de aquel año —164 millones—, representaba solamente algo menos de un séptimo de los ingresos. Las provincias húngaras abarcan 5.855 de las 12.123 millas cuadradas alemanas que mide la superficie de la monarquía austriaca, es decir, la mitad de su territorio.

El emperador José II, cuyo gran objetivo era la centralización y germanización completa de la monarquía austriaca, había introducido en Hungría, por su propia plenitud de poder, innovaciones que debían poner al país en igual posición que las otras provincias. Pero esto provocó tal efecto en la opinión pública de este país que José II, al final de su vida, temió que los húngaros se rebelaran al igual que los neerlandeses. Los emperadores Leopoldo II, Francisco I y Fernando I no se atrevieron a repetir el peligroso experimento. La causa —los obstáculos que la constitución húngara oponía a una equiparación

tributaria— dejó de operar después de que la revolución húngara fuera sofocada con ayuda rusa. El emperador Francisco José, que nunca había jurado la constitución húngara y que por ello fue elevado a la dignidad imperial en lugar de Fernando, introdujo de inmediato la contribución territorial tal como existía en los demás países de la corona. Además, mediante la supresión de la frontera aduanera frente a Hungría el 1 de octubre de 1850, la monarquía se convirtió, en lo tocante a aduanas e impuestos, en un territorio único. El impuesto al consumo y el monopolio del tabaco se introdujeron igualmente aquí el 1 de marzo de 1851. El aumento de los impuestos directos sólo en las provincias húngaras ascendió a 11.500.000 en 1851 y aproximadamente a 8 millones de florines en 1852.

Llegamos así a la conclusión irrefutable de que no sólo la existencia política, sino también la económica, del Imperio austriaco dependen de la posesión de Hungría y de Lombardía, y que, con su pérdida, la largamente postergada bancarrota de este Estado se tornará inevitable.