Friedrich Engels

Noticias de Crimea

Escrito el 2 de octubre de 1854.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 4211 del 17 de octubre de 1854, artículo de fondo]

Nuestras columnas están esta mañana llenas de noticias emocionantes sobre sangrientas batallas en Crimea, sobre la toma de Sebastopol, la destrucción de sus principales fuertes y de gran parte de la flota rusa, la capitulación definitiva del príncipe Ménshikov y la captura de los restos de sus fuerzas, derrotadas y más que diezmadas. Si estos informes son totalmente exactos, el mundo no ha presenciado una matanza tan terrible ni un acontecimiento bélico de tan graves consecuencias desde hace casi cuarenta años. En cuanto a la veracidad de las noticias, es un punto sobre el que tal vez pueda arrojarse alguna luz separando cuidadosamente lo que sabemos por fuentes oficiales y fidedignas de lo que solo conocemos por fuentes oficiosas y dudosas.

Por eso tenemos que distinguir dos clases de informes: los que se refieren a la batalla librada el 20 de septiembre en el Alma, y los que anuncian la toma misma de Sebastopol. Según los partes de lord Raglan y del mariscal Saint-Arnaud, los ejércitos aliados asaltaron el día 20 el campamento ruso atrincherado en las alturas al sur del Alma y obligaron a los rusos a replegarse. Los británicos conquistaron dos cañones. Los franceses no mencionan en su parte trofeo alguno. Las pérdidas de los franceses ascendieron a unos 1.400 hombres, y las de los británicos a cosa parecida. Se calculó que los rusos eran de 45.000 a 50.000 hombres, y sus pérdidas de 4.000 a 6.000. Es evidente que estos partes se escribieron bajo la excitación de una victoria reciente. Los 50.000 rusos que dice hallarse presentes en la batalla del Alma están en crasa contradicción con los 45.000 hombres que se señalan como máximo de las tropas distribuidas por toda Crimea. Los dos cañones conquistados en un campamento atrincherado, defendido por «numerosa artillería pesada», resultan trofeos muy insignificantes si se tiene en cuenta que es casi imposible salvar los cañones de las fortificaciones de campaña una vez tomadas. Aún más ominoso es el silencio del mariscal Saint-Arnaud sobre la captura de cañones por parte de los franceses.

Suponiendo que Ménshikov hubiera concentrado efectivamente de 45.000 a 50.000 hombres en el campamento atrincherado del Alma, ¿qué probaría eso? O bien que disponía de muchas más tropas de lo esperado y, por tanto, estaba en condiciones de llevar tantas a campo abierto; o que las fortificaciones de Sebastopol por el lado de tierra eran tan débiles que solo podía mantener la plaza derrotando a los aliados en campo abierto; o, en tercer lugar, que cometió un tremendo error al exponer a sus tropas a una batalla campal y a la desmoralización que sigue a una derrota decisiva.

Si podemos dar crédito a informes anteriores, el campamento ruso del Alma no contaba con más de 10.000 hombres. Estas tropas pudieron haber sido reforzadas, pero para elevarlas a 25.000 o 30.000 hombres los rusos habrían tenido que realizar grandes esfuerzos. Si había 50.000 hombres en la zona del Alma, es decir, a quince millas del lugar de desembarco, ¿cómo explicar entonces que no cayeran directamente sobre los aliados durante el desembarco?

El terreno entre el Antiguo Fuerte, donde desembarcaron los aliados, y Sebastopol está surcado por tres cursos de agua, cuyas profundas barrancas constituyen otras tantas posiciones militares. La más próxima a Sebastopol es el Chórnaya, que desemboca en el extremo oriental de la bahía de Sebastopol. Mientras el fuerte del Norte asegura la costa septentrional de esta bahía, este riachuelo o, mejor dicho, su profundo cauce, forma una especie de foso natural al este de la ciudad. Por consiguiente, allí se encuentra la última posición defensiva importante. El río siguiente es el Kacha, que fluye de este a oeste a unas pocas millas al norte del fuerte del Norte; y unas doce millas más al norte corre el Alma. Es difícil suponer que los rusos, de las tres líneas defensivas, a pesar de las posibles ventajas tácticas que no pueden juzgarse desde esta distancia, hubieran elegido la primera y más alejada para librar una batalla formal que pudiera decidir la suerte de Sebastopol. La ausencia del grueso de la caballería aliada pudo, sin embargo, animar a los rusos a enviar un fuerte cuerpo a las trincheras del Alma, ya que su momentánea superioridad en esta arma los protegería de las maniobras de flanco de la caballería enemiga. La imposibilidad de emplear esta arma una vez encerrados en Sebastopol pudo ser un motivo para ello.

La derrota rusa en el Alma pierde aún más importancia táctica si se examina más de cerca. A los rusos no les gusta atrincherarse en trincheras abiertas. Siempre que tienen tiempo y se proponen ofrecer una resistencia encarnizada, prefieren reductos cerrados cuadrangulares. Es imposible salvar la artillería de tales reductos una vez que el ataque tiene lugar realmente. Pero incluso en aquellas obras conocidas bajo el nombre de lunetas y abiertas por la gola, apenas hay posibilidad de salvar la artillería ante un enemigo que asalta. Pues si las piezas se retiran en el momento del asalto, la defensa se priva de su propia arma; una vez franqueado el foso, ¿quién va a desmontar el cañón de las trincheras o de la plataforma, quién va a volver a engancharlo y a llevárselo bajo el fuego cercano del enemigo?

«Los cañones en las trincheras deben considerarse perdidos cuando las trincheras mismas ya no pueden sostenerse; lo único que puede hacerse es venderlos lo más caro posible.» Esto dice el general Dufour en su manual de fortificaciones de campaña. El hecho de que los rusos solo perdieran dos cañones es una prueba de que el campamento no fue defendido hasta el último extremo y de que, en realidad, solo una o dos trincheras fueron tomadas al asalto a la bayoneta. Las demás no pueden haber sido defendidas con esta arma, sino que tuvieron que ser abandonadas todas antes de que la columna de asalto estuviera en el foso. La retirada de los rusos parece haberse efectuado en completo orden; su caballería pudo cubrirlos, y la imposibilidad para los destacamentos de caballería aliada de cruzar rápidamente el Alma y la barranca les dio superioridad. Y por eso mismo, el haber salvado casi toda su artillería es prueba suficiente de que interrumpieron la batalla antes de que ningún gran golpe los sumiera en desorden.

Esto es todo lo que sabemos de la victoria en las alturas al sur del Alma; fue anunciada el día 1 de este mes con salvas de cañón y repique de campanas en Inglaterra, proclamada el sábado 30 de septiembre a las 10 de la noche en la Bolsa Real tras una señal de fanfarria del Lord Mayor, aplaudida en los teatros y registrada por el «London Times» como el efecto esperado de la plegaria de acción de gracias del arzobispo de Canterbury. Los corresponsales informan que el mariscal Saint-Arnaud no estaba en condiciones de montar a caballo. Los historiadores cuentan lo mismo de Napoleón en la batalla de Waterloo. La victoria del Alma quizá se debiera a las mismas circunstancias que la derrota de Waterloo.

Llegamos ahora a las noticias más emocionantes acerca de la conquista de Sebastopol. La primera comunicación de este acontecimiento llegó a Londres por telégrafo desde Bucarest, con fecha del 28 de septiembre. En ella se decía que Sebastopol había caído en manos de los aliados tras un ataque combinado por mar y tierra. Al parecer, provenía de un vapor francés enviado con esta noticia desde Sebastopol a Constantinopla y que se encontró con otro vapor francés que se dirigía a Varna. Si, como se afirma, la conquista de la fortaleza tuvo lugar el día 25, la noticia pudo llegar a Varna en la noche del 26 al 27 y ser transmitida a Bucarest hacia el mediodía del 28 —la distancia entre Varna y Bucarest es de poco más de 100 millas y los correos la recorren generalmente en 24 horas—. Sobre estas noticias se basó la arenga de Bonaparte al campamento de Boulogne, que puede encontrarse en otra columna. Pero resulta que hasta el 30 de septiembre no llegó ningún correo a Bucarest. La segunda noticia de la caída de Sebastopol, que al menos se sitúa en el terreno de la verosimilitud topográfica, está fechada en Bucarest el mismo día en que Bonaparte pronunció su arenga. Este despacho telegráfico, recibido por el gobierno austríaco el 1 de octubre a las 6 de la tarde y transmitido al «Times» por el enviado turco en Londres el día 3, es publicado el mismo día por el «Moniteur» con la observación de que

«fue transmitido al gobierno francés por el señor von Buol, quien había encargado al señor von Hübner que felicitase al emperador de los franceses, en nombre del emperador de Austria, por la gloriosa victoria alcanzada por las armas francesas en Crimea».

Hay que mencionar que esta noticia se basa únicamente en el relato literal de un correo enviado de Constantinopla a Omer Pachá, quien, al no encontrar a Omer Pachá en Bucarest, se dirigió a Silistria, donde entonces tenía su cuartel general. Según la declaración de este correo, Sebastopol fue tomada, 18.000 rusos muertos, 22.000 hechos prisioneros, el fuerte Constantino destruido, los demás fuertes capturados con 200 cañones, seis buques de guerra rusos echados a pique, y

el príncipe Ménshikov se ha retirado con el resto de la escuadra al fondo de la bahía y ha declarado que antes la haría saltar por los aires que rendirse incondicionalmente. Los aliados le habrían dado seis horas de plazo. Constantinopla debería ser iluminada durante diez días. Por lo que hemos sabido de las fortalezas rusas en Åland y por el éxito de los aliados en el Alma, una rendición de Sebastopol en un plazo de unos 14 días resultaba muy verosímil. Pero, ¿quién puede imaginarse que un ejército de 50.000 hombres, que tuvo la fortuna de salvar casi toda su artillería de una batalla perdida, mandado por el oficial más audaz que ha aparecido en el bando ruso durante esta campaña, quién puede imaginarse que un ejército así deponga las armas tras el primer ataque a la ciudad? No obstante, esta guerra ha presentado ya tantas inverosimilitudes y rasgos extraordinarios, que deberíamos estar preparados para «caer de una sorpresa en otra», como hizo Napoleón cuando recibió en 1807 los despachos de Sebastiani desde Constantinopla. Los aliados han hecho durante toda la guerra todo lo posible para provocar una catástrofe sin precedentes; ¿por qué no habría de complacerse el destino en imponerles un triunfo incomparable? La historia, que siempre encierra un grano de ironía, ha querido quizá ofrecer al mundo el extraño espectáculo de alojar en una modesta torre del Bósforo a aquel viejo Rodomonte moscovita que hace apenas un año abandonaba la capital del «hombre moribundo» con la orgullosa amenaza de devorar su imperio. ¡Qué amargo castigo para el orgulloso y arrogante Ménshikov, instigador e iniciador de la guerra, regresar a Constantinopla como prisionero!

Si el susodicho correo ha dicho la verdad, la historia de la campaña de Crimea puede resumirse en muy pocas palabras: El 14 y el 16, el ejército desembarcó en la fortaleza antigua sin encontrar resistencia; el 19 marchó; el 20 ganó la batalla del río Alma y el 25 conquistó Sebastopol.

El próximo vapor procedente de Liverpool es el "Africa", que se dirige directamente a Nueva York sin tocar Halifax. Difícilmente podemos esperarlo antes del viernes, y antes de esa fecha tampoco podemos confiar en obtener absoluta certeza en esta cuestión sumamente interesante. Entretanto, probablemente será aconsejable creer tácitamente toda la historia de este correo turco, y esperamos que aquellos que así la acojan no resulten tan humillados como nuestro amigo Luis Bonaparte en Boulogne en la misma cuestión. Este señor imperial, según pueden ver nuestros lectores

en otra parte de este periódico, anunció una mañana esta noticia durante una parada militar en un estilo bastante melodramático, con las palabras claras y explícitas *Sevastopol est prise* <Sebastopol ha sido tomada>. Al decirlo, acaso se sintió como un auténtico Napoleón anunciando una gran victoria a sus tropas. Para desgracia del sobrino, el tío jamás tuvo necesidad de anunciar una victoria; él libraba sus propias batallas, y sus soldados, que veían huir al enemigo, no precisaban confirmación alguna. Aún mayor desgracia fue, sin embargo, que la comunicación que Luis Bonaparte no pudo abstenerse de hacer tuvo que ser restringida por la tarde por el subprefecto de Boulogne, quien fijó en carteles una declaración según la cual había llegado un despacho telegráfico que anunciaba la toma de Sebastopol, pero sin que pudiera garantizarse su exactitud. ¡De modo que el emperador francés fue corregido por su propio subprefecto de Boulogne! Es igualmente notable que el periódico oficial del gobierno francés del 3 de octubre no trae confirmación alguna del gran acontecimiento descrito. Sin embargo, todo puede aún resultar verdad, y aguardamos con gran interés noticias fidedignas.