[Rumores sobre la detención de Mazzini –  
El empréstito forzoso austriaco –  
España –  
La situación en Valaquia]

Del inglés.

[*New‑York Daily Tribune*, núm. 4197, del 30 de septiembre de 1854]

Londres, martes 12 de septiembre de 1854.

Los periódicos traen diversos rumores sobre la detención de Mazzini en Basilea. De un amigo he recibido la siguiente comunicación: Mazzini fue efectivamente detenido por dos gendarmes en Zúrich, pero sólo por unas horas; después se fugó. Esta fuga fue facilitada por otro italiano que en el mismo momento se hizo detener en otro lugar, fingiendo ser Mazzini. Con este golpe las autoridades fueron despistadas, y el señor Druey telegrafió personalmente desde Berna a Ginebra que no eran necesarias más investigaciones, ya que Mazzini se encontraba en la cárcel. Se supone que la persona detenida en lugar de Mazzini es Saffi, mientras que algunos dicen que sería un oficial húngaro llamado Türr.

La *Gazzetta di Milano* del 31 de agosto comprueba con satisfacción que el ayuntamiento de Pavía ha decidido en su sesión del 28 de agosto participar en el empréstito nacional suscribiendo 200.000 florines. En contraposición a este informe, un periódico oficioso publica lo siguiente como la verdadera resolución de este ayuntamiento:

«La administración municipal de Pavía suscribe la parte del empréstito
impuesta
y
fijada
para la ciudad de Pavía, pero no lo hace en representación del municipio ni en su calidad de contribuyente, sino sólo como órgano del gobierno y porque depende del poder ejecutivo, al que debe obediencia absoluta según la circular de 1830, en cumplimiento de las órdenes que le fueron transmitidas por el gobernador el 7 de agosto.»

En Treviso, la suscripción voluntaria tampoco tuvo lugar sino a consecuencia de amenazas directas. Del informe del ayuntamiento de Trieste se desprende que incluso

en aquella ciudad archiaustriaca y leal el empréstito no fue tomado ni voluntaria ni tan generalmente como lo presentan los periódicos austriacos:

«Nuestro municipio ha suscrito otro millón para el empréstito nacional. El magistrado comunica por la presente que dicha suma se repartirá entre los contribuyentes que hasta ahora no han participado en el empréstito o no lo han hecho en proporción a su fortuna. Al mismo tiempo se fija el 6 de septiembre como plazo último para la suscripción voluntaria. El ayuntamiento confía en que todos se apresurarán a aprovechar las ventajas que ofrece el empréstito, tanto más cuanto que, vencido este plazo, el ayuntamiento se verá ante la amarga necesidad de proceder por la fuerza.»

La prensa reaccionaria aún no está satisfecha con las últimas medidas del gobierno español; murmura de que se haya realizado un nuevo compromiso con la revolución. Así leemos en el *Journal des Débats*:

«Ya el 7 de agosto Espartero había declarado que, “conforme a los deseos de la población de Madrid, la duquesa de Riansares no podría abandonar la capital ni de día ni de noche ni de manera clandestina”. Ya el 28 de agosto, tras una detención de veintiún días, se permitió a la reina Cristina que partiera a plena luz del día, con cierta pompa. Pero el gobierno fue tan débil como para decretar al mismo tiempo la confiscación de sus bienes.»

Los *Débats* esperan ahora que esta disposición sea derogada. Pero las esperanzas de los *Débats* están quizás en este caso todavía más condenadas al fracaso que cuando abrigaban la débil esperanza de que Bonaparte no llevaría a cabo la confiscación de los bienes de los Orleans. El jefe político (gobernador) de Oviedo ya ha comenzado a confiscar las minas de carbón que pertenecían a Cristina en la provincia de Asturias. Los directores de las minas de Siero, Langreo y Piero Gorril han recibido la orden de hacer inventario y poner su administración bajo la autoridad del gobierno.

Por lo que se refiere a la “plena luz del día” en la que los *Débats* sitúan la partida de Cristina, están completamente mal informados. Cuando la reina Cristina abandonó sus habitaciones, atravesó los corredores en medio de un silencio sepulcral: todo el mundo fue mantenido a raya rigurosamente. La guardia nacional, que se hallaba acuartelada en el patio del palacio, ni siquiera se percató de su partida. Todo el plan se ejecutó de manera tan secreta que incluso Carrigò, encargado de su escolta, no recibió sus órdenes hasta el momento mismo de la partida.

La escolta no supo de la misión que se le había confiado hasta doce millas más allá de Madrid, donde Carrigò tropezó con toda clase de dificultades para impedir que sus hombres insultaran a Cristina o regresaran directamente a Madrid. Los jefes de la guardia nacional se enteraron de este asunto sólo dos horas después de la partida de madame Muñoz. Según el periódico *España*, Cristina llegó a la frontera portuguesa en la mañana del 3 de septiembre. Se dice que durante el viaje estuvo de muy buen humor, pero su duque se mostraba algo triste. Las relaciones entre Cristina y ese mismo Muñoz sólo se pueden entender por la respuesta que Don Quijote da a la pregunta de Sancho Panza de por qué ama a una rústica campesina como su Dulcinea, pudiendo tener princesas a sus pies:

«Una dama —respondió el digno caballero— que se hallaba rodeada de un enjambre de pretendientes distinguidos, ricos e ingeniosos, fue interrogada acerca de por qué había tomado por amante a un rudo campesino. “Habéis de saber —dijo la dama— que para el fin para el que yo lo necesito posee más filosofía que el propio Aristóteles.”»

El punto de vista que la prensa reaccionaria en general adopta respecto a los asuntos españoles se puede juzgar por algunos extractos de la *Kölnische Zeitung* y de la *Indépendance Belge*. La primera dice:

«Según una carta de un hombre muy moderado, perteneciente al partido de O’Donnell, la situación es sumamente tensa, pues reina una profunda escisión entre los partidos. Las clases trabajadoras se mantienen en constante agitación, porque son trabajadas por agitadores.»

«El porvenir de la monarquía española —dice la *Indépendance*— está expuesto a grandes peligros. Todos los verdaderos patriotas españoles están de acuerdo en la necesidad de sofocar las orgías revolucionarias. La furia de los libelistas y de los levantadores de barricadas se desencadena contra Espartero y su gobierno con la misma violencia que contra San Luis y el banquero Salamanca. Pero en verdad no se puede hacer responsable a esta nación caballeresca de tales excesos. No hay que confundir al pueblo de Madrid con la chusma que gritaba “¡Muerte a Cristina!”, ni hacerlo responsable de los infames libelos titulados “Los robos de San Luis, Cristina y sus secuaces”, que se han difundido entre la población. Las 1.800 barricadas de Madrid y las manifestaciones ultracomunistas de Barcelona revelan la injerencia de la democracia extranjera en las saturnales españolas. Es un hecho cierto que un gran número de refugiados de Francia, Alemania e Italia ha participado en los lamentables acontecimientos que ahora

agitan la península. Es un hecho cierto que España se halla al borde de una conflagración social; el resultado inmediato será la pérdida de la perla de las Antillas, la rica isla de Cuba, porque hará imposible que España pueda hacer frente a las ambiciones americanas o al patriotismo de un Soulé o un Sanders. Ya es hora de que España abra los ojos y de que todas las personas honestas de la Europa civilizada se unan para dar la señal de alarma.»

Ciertamente no hacen falta intervenciones de la democracia extranjera para sublevar a la población de Madrid cuando ésta ve que su gobierno, el 28, falta a la palabra que había dado el 7, deroga el derecho de reunión y restablece la ley de imprenta de 1837, que exige a cada editor un *cautionnement* (fianza) de 40.000 reales y 300 reales de contribución directa. Si las provincias siguen siendo perturbadas por movimientos indeterminados e indecisos, ¿qué otra causa podemos encontrar para este hecho que la falta de un centro de acción revolucionaria? Desde que el llamado gobierno revolucionario cayó en manos de Espartero, no ha aparecido un solo decreto en beneficio de las provincias. Las provincias ven que están igualmente rodeadas de adulación, intrigas y caza de puestos que bajo San Luis. Al gobierno sigue pegado el mismo enjambre, la plaga que azota a España desde la época de Felipe.

Echemos tan sólo una ojeada al último número de la *Gaceta* de Madrid del 6 de septiembre. Contiene un parte de O’Donnell que anuncia un número tan grande de graduaciones y honores militares que de cada tres generales sólo uno puede ser empleado en el servicio activo. Es el mismo mal que se ha convertido en plaga para España desde 1823: esa turba de generales excedentes. Se creería que seguiría un decreto para poner fin a este mal. Nada de eso. El decreto que sigue al parte convoca una junta consultiva de guerra compuesta por un cierto número de generales que el gobierno designa de entre los generales que actualmente no ocupan cargo alguno en el ejército. Además de su sueldo habitual, estos hombres recibirán: cada teniente general, 5.000 reales, y cada mariscal de campo, 6.000 reales. El general Manuel de la Concha fue nombrado presidente de esta junta militar de sinecuras. El mismo número de la *Gaceta* contiene otra lista de condecoraciones, nombramientos, etc., como si la primera gran distribución no hubiera alcanzado su propósito. San Miguel y Dulce han recibido la gran cruz de la orden de Carlos III;

todas las recompensas y distinciones provisionales acordadas
por la junta de Zaragoza son confirmadas y completadas. Pero la parte más notable de este número de la *Gaceta* es el anuncio de que los pagos a los acreedores públicos se reanudarán el día 11 del corriente. ¡Increíble necedad del pueblo español, no darse por satisfecho con estas conquistas de su gobierno revolucionario!

Viajeros llegados recientemente de Valaquia cuentan el estado lamentable de ese principado. Es sabido que Rusia gravó los principados con 14 millones de francos de deudas por la ocupación de 1848‑1849. Esta suma ha sido recaudada por los generales rusos durante la última ocupación. Los rusos se retiraron después de haber vaciado todas las cajas de las parroquias, los monasterios y los municipios; con el contenido de esas cajas pagaron las provisiones que, según el contrato, recibían de los propietarios y campesinos valacos. Pero los medios de transporte, que en un país agrario tienen un peso considerable, así como la madera, el carbón, la paja, etc., no se pagaron en absoluto, sino que fueron simplemente requisados. El tesoro de los principados está, por consiguiente, tan agotado que se espera la bancarrota de las parroquias. Y ello sin contar la utilización de las casas convertidas en hospitales y la multitud de fortunas que los boyardos, por miedo al saqueo turco, confiaron a manos rusas.

En una carta desde Atenas del 29 de agosto leemos:

«El rey seguía negándose a pagar a los turcos indemnización alguna. El odio contra las tropas occidentales crece, y ya varios soldados franceses han sido maltratados por el pueblo.»

Podría contar a sus lectores extrañas historias sobre cómo las comunidades griegas fueron disueltas por influencia británica, cómo se les impuso a Kapodistrias y cómo todo este pueblo ha sido desmoralizado por las maquinaciones de Lord Palmerston. Cuán sinceramente se toma el gobierno británico aún en este momento su intervención en Grecia lo revela de sobra el apoyo que dispensa al general Kalergis, un hombre que, al igual que Kapodistrias, ha nacido, se ha criado y reside en Rusia.

Lord Stratford de Redcliffe y el gobierno británico han conseguido finalmente lo que desde hace tiempo se habían esforzado por provocar: una revolución en Turquía, si no en la parte europea, sí al menos en Anatolia. Ya supimos por informes de Rodas que en la costa opuesta a esta isla se habían sublevado los zeybeks, un pueblo belicoso de las montañas otomanas,

El "Journal de Constantinople" del 20 de agosto informa ahora que la anarquía en esas regiones aumenta diariamente. Al no haber un ejército regular, los rebeldes descienden constantemente de las montañas, irrumpen en las aldeas, recaudan el diezmo, saquean a los habitantes y las caravanas, violan a las mujeres y asesinan a todo el que opone resistencia. Sus excesos son más graves en la provincia de Mentesche. El gobernador se vio obligado a huir de Aidin a Tire. Denizlü está en sus manos, y el muftí Sahib Efendi, que fue a avisar al gobernador general, fue apresado y decapitado junto con sus partidarios. Su fuerza asciende a miles. La fuente de estos disturbios son los bashi-bozuks que regresan de Kars y Bajazid, los cuales acusan a la Puerta de oprimir a los turcos y someterse a los rusos.

Si dirigimos una mirada a Europa, nos encontramos con síntomas de revolución en España, Italia, Dinamarca, los principados del Danubio, Grecia y la Turquía asiática; e incluso en las filas del ejército francés en Varna ha resonado nuevamente el grito: "A bas les singes!" <"¡Abajo los monos!">

Karl Marx