Friedrich Engels

Escrito el 15 de mayo de 1854.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune» n.º 4098, del 6 de junio de 1854, editorial]

Los periódicos ingleses se desatan en desenfrenados arrebatos de burla ante el hecho de que el general Osten-Sacken haya sido condecorado por el zar por su participación en el último combate entre las flotas aliadas y las fortificaciones que defendían el puerto de Odesa. Reclaman para los aliados, sin discusión, la victoria en este combate y presentan la algazara de su enemigo simplemente como una nueva variedad de fanfarronería moscovita y de mendacidad imperial. Puesto que no sentimos especial simpatía ni por el zar ni por Osten-Sacken —aunque este último es, sin duda, un hombre inteligente y resuelto (es hermano del general del mismo nombre que manda un cuerpo de ejército en los Principados)—, tal vez valga la pena examinar con más detenimiento los méritos de su victoria en Odesa y cerciorarse, en la medida de lo posible, de qué lado se hallan realmente la fanfarronería y el engaño, sobre todo porque este es el primer y único combate entre los aliados y los rusos del que hasta ahora tenemos noticia alguna.

Según se desprende de los documentos oficiales de ambas partes, el objetivo de la comparecencia de la flota aliada ante Odesa era exigir al gobernador, como satisfacción por la salva disparada contra una bandera parlamentaria británica, que entregara todos los buques británicos, franceses y rusos que se hallaban en el puerto. Sin embargo, tendrían que haber sabido que el gobernador no haría caso de semejante exigencia y, por tanto, tendrían que haberse preparado para tomar por la fuerza lo que en vano habían exigido; si no lo conseguían, sufrirían una verdadera derrota, cualesquiera que fuesen las pérdidas que infligieran al enemigo.

¿De qué se trataba, pues? Ya el decreto del gobierno ruso que nombraba a Osten-Sacken comandante del vasto territorio dominado por él, situado directamente a la retaguardia del ejército del Danubio, y el hecho de que eligiera la ciudad de Odesa como su lugar de residencia, muestra la importancia que los rusos, de manera natural y acertada, atribuían a este punto. Odesa es el lugar donde un desembarco enemigo podría causarles el mayor daño. Allí encontraría el enemigo no solo todos los recursos de una gran ciudad, sino también los del granero de toda Europa; allí se hallaría también más próximo a la línea de comunicaciones y retirada del ejército ruso en Turquía. En estas circunstancias, los dos almirantes debían saber que la ciudad estaba defendida por una fuerte guarnición y que cualquier intento de desembarco, por muchos marineros y soldados de marina que pudieran reunir para tal fin, sería rechazado de inmediato. Pero sin un desembarco y la ocupación, al menos temporal, del puerto, si no de la ciudad, no podían esperar liberar los buques británicos y franceses que se hallaban allí retenidos. La única perspectiva que les quedaba para alcanzar su objetivo habría sido bombardear la propia ciudad con la mayor violencia, a fin de hacer sumamente insegura la permanencia de cualquier cuerpo de tropas, e intentar luego la liberación de los buques. Pero es dudoso que este objetivo se hubiera logrado mediante el bombardeo de una gran ciudad de calles muy anchas y extensas plazas, donde un espacio relativamente reducido está ocupado por edificios inflamables. Por consiguiente, los almirantes tenían que haber sabido que, si su exigencia a Osten-Sacken era rechazada, no dispondrían de medios para imponerla. No obstante, creyeron que después de haber sido tiroteada una bandera parlamentaria, algo había que emprender contra Odesa, y así ejecutaron su misión.

El acceso a Odesa por la parte del mar estaba defendido por seis baterías que debían de estar artilladas con cuarenta o cincuenta piezas del calibre de 24 y 48 libras. De estas baterías, solo dos o tres entraron en combate, pues los atacantes se mantuvieron fuera del alcance de las demás. Contra estas baterías se emplearon ocho fragatas de vapor con aproximadamente 100 cañones; sin embargo, como en este tipo de maniobra los cañones solo podían utilizarse en una banda de los buques, la superioridad numérica de la artillería aliada se redujo de manera considerable. En cuanto al calibre, debían de ser aproximadamente iguales, pues si un cañón de a 24 es inferior a un largo de a 32, un cañón de a 48 de metal pesado seguramente equivaldría a los cañones-bomba de 56 u 68 que no pueden resistir cargas completas de pólvora. Por último, la vulnerabilidad de los buques comparada con la de los parapetos y la imprecisión del tiro causada por el movimiento del barco son tales que, incluso una superioridad numérica aún mayor de la artillería de una flota sobre la de las baterías de costa, deja algunas ventajas a favor de estas últimas. Así lo prueba el combate de Eckernförde en Schleswig (1849), donde dos baterías con 20 cañones destruyeron un navío de 84 cañones, dejaron fuera de combate y capturaron una fragata de 44 cañones y rechazaron a dos vapores fuertemente armados.

Mientras el combate se limitó a la artillería y a los ocho vapores, puede calificarse de bastante igualado, incluso teniendo en cuenta la superioridad en alcance y precisión de los cañones anglo-franceses, puesta de manifiesto en la lucha. La consecuencia fue que la obra de destrucción avanzó muy lentamente. Dos cañones rusos desmontados fueron el único resultado de un fuego de varias horas. Por fin los aliados se acercaron y cambiaron de táctica. Abandonaron el sistema de batir los muros de piedra de las baterías y arrojaron bombas y cohetes contra los buques rusos y las instalaciones militares del puerto y sus alrededores. Esto surtió efecto. El blanco batido era tan extenso que cualquier bomba podía alcanzar alguna parte inflamable, y así todo empezó a arder pronto. El polvorín situado detrás de aquella batería del morro del muelle, que había opuesto la resistencia más eficaz y había sido atacada principalmente, saltó por los aires; esto y la extensión general del incendio obligaron finalmente a su dotación a retirarse. Los artilleros rusos demostraron en este punto, como de costumbre, muy poca destreza, pero un valor extraordinario. Sus cañones y proyectiles debían de ser muy deficientes y su pólvora sumamente floja.

Ese fue el único resultado de todo el combate. Cuatro cañones rusos de la batería del morro del muelle habían sido silenciados; todas las demás baterías apenas habían sufrido daños. La explosión del polvorín no puede haber sido muy violenta; de su situación inmediatamente detrás de la batería se deduce que era el polvorín únicamente de esa batería, el cual contenía solo la munición para un solo día, aproximadamente 60 o 100 proyectiles por cada uno de los cuatro cañones; si restamos ahora el número probable de proyectiles ya consumidos en el transcurso del día, apenas pueden haber quedado más de 3 quintales de pólvora. No podemos juzgar la magnitud de los daños causados a las demás instalaciones; los aliados, naturalmente, no pudieron comprobarlo, mientras que los rusos dan la cifra más baja posible. Según los informes rusos, sin embargo, los buques incendiados no parecen haber sido buques de guerra, como afirman los partes anglo-franceses; aparte de algunos mercantes, probablemente se trataba de transportes y vapores de pasajeros del gobierno. Por lo demás, nunca antes habíamos recibido noticia alguna de que hubiese buques de guerra rusos en Odesa.

Durante el combate, dos mercantes franceses y uno o dos ingleses lograron escapar del puerto; siete mercantes británicos permanecen retenidos allí hasta el día de hoy. Con esto, los «valientes» almirantes no lograron imponer su exigencia, y como tuvieron que emprender la retirada sin resultado positivo alguno, sin haber silenciado siquiera más de una de las seis baterías, pueden considerarse como debidamente rechazados. Perdieron muy pocos hombres, pero varios cascos resultaron averiados, y el vapor francés «Vauban» fue incendiado en una ocasión por una bala al rojo vivo y tuvo que retirarse del combate por un tiempo.

Este es el balance de lo que la prensa británica llama «gloriosas noticias de Odesa» y que, a los ojos de los británicos, ha compensado todas las debilidades anteriores del almirante Dundas. Este combate ha excitado hasta tal punto las expectativas del público inglés que se nos cuenta seriamente que los almirantes, convencidos de la extraordinaria superioridad de alcance de sus cañones sobre los rusos, se habrían decidido finalmente a intentar bombardear Sebastopol; que, en efecto, se habrían dirigido allí y habrían disparado unos cuantos cañonazos. Pero eso es el más puro humbug, pues quien haya mirado alguna vez un mapa de Sebastopol sabe que un ataque contra aquella ciudad y su puerto, bombardeo o no, a menos que se trate de un mero simulacro de combate fuera de la bahía, tendría que llevarse a cabo en aguas estrechas y dentro del alcance de cañones de campaña.

A esta sencilla exposición podríamos añadir con razón que la fanfarronería de nuestros amigos ingleses acerca de este combate —en el que fueron completamente rechazados y fracasaron por completo en su objetivo— no difiere mucho del tono general de sus anteriores discusiones y declaraciones sobre la guerra. Sea cual fuere el resultado del combate, un historiador imparcial, así lo pensamos, tendrá que registrar en sus relatos que sus primeras fases estuvieron marcadas por tanto humbug, tergiversación, engaño, trucos diplomáticos, jactancia militar y mentiras por parte de Inglaterra como por parte de Rusia.