Karl Marx

[Las potencias occidentales y Turquía]

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 3988, del 28 de enero de 1854]

Londres, martes, 10 de enero de 1854.

La acusación contra Szemere, de que habría revelado el lugar donde se hallaba oculta la corona húngara, fue lanzada por primera vez por el vienés *Soldatenfreund*, órgano reconocido de la policía austríaca, y esto por sí solo debería bastar para probar la falsedad de la imputación. No es costumbre de la policía denunciar voluntariamente a sus propios cómplices; más bien forma parte de sus habituales subterfugios desviar la sospecha hacia los inocentes para encubrir a los verdaderos culpables. Un hombre de la reputación e influencia de Szemere sería seguramente el último al que la policía austríaca sacrificara por propia iniciativa, si hubiera logrado asegurarse su colaboración. Si —lo que no es en modo alguno improbable— el secreto no fue revelado por la indiscreción de uno de los partidarios de Kossuth, no puedo sino considerar sospechoso de la traición al conde K. Batthyány, que reside actualmente en París. Fue uno de los poquísimos que sabían del escondite donde se guardaban las insignias reales, y es el único de entre ellos que ha solicitado la
amnistía
a la corte de Viena. Esto último, y lo supongo con buenos fundamentos, no lo negará.

Lord Hardinge, el comandante en jefe británico, ha sido inducido a retirar su solicitud de dimisión. Sobre el duque de Norfolk, según nos informa el corresponsal del *Dublin Evening Mail*,

«ha circulado algún chismorreo cortesano. Cierto noble duque, que ocupa un cargo en la corte y posee la más alta dignidad feudal hereditaria del Estado, hizo, según se dice, un uso demasiado libre del champán en la mesa real, a consecuencia de lo cual perdió su nobilísimo equilibrio en el comedor y envolvió a Su Majestad misma en la catástrofe. Este perturbador *contretemps* <escándalo> condujo a la dimisión del noble duque y al nombramiento de Earl Spencer como mayordomo mayor de la reina».

El señor Sadleir, el agente de la Brigada Irlandesa, ha vuelto a solicitar la dimisión de su cargo ministerial, la cual ha sido aceptada esta vez por Lord Aberdeen. Su posición se había vuelto insostenible tras las revelaciones públicas ante un tribunal irlandés sobre los escandalosos medios con los que había logrado entrar en el Parlamento. La influencia del gabinete de todos los talentos sobre la Brigada Irlandesa no sale precisamente reforzada de este penoso incidente.

Los motines del pan del viernes y sábado en Crediton, Devonshire, fueron como una respuesta del pueblo a las entusiastas descripciones de la prosperidad con que los periódicos ministeriales y librecambistas habían creído poder entretener a sus lectores al final del año 1853.

*La Patrie* informa desde Trebisonda que, cuando el encargado de negocios ruso en Teherán exigió la destitución de dos de los ministros más populares del sha de Persia, el pueblo se agitó y el comandante de la guardia declaró que no podía responder del mantenimiento del orden público si se cedía a tal exigencia. Según este informe, el temor a un estallido de la cólera popular contra Rusia movió al sha a reanudar sus relaciones con el encargado de negocios de Inglaterra.

A la ingente cantidad de documentos diplomáticos publicados se suma ahora una
nota de las cuatro potencias
del 12 de diciembre, dirigida conjuntamente a la Puerta por los respectivos embajadores en Constantinopla, así como una nueva circular de Drouyn de Lhuys a los representantes diplomáticos franceses, fechada en París el 30 de diciembre. Al examinar atentamente la nota de las cuatro potencias comprendemos por qué reinaba en Constantinopla una agitación tan extraordinaria cuando se conoció la aceptación de la nota por la Puerta, por qué estalló el movimiento insurreccional del 21 y por qué el ministerio turco tuvo que proclamar solemnemente que las operaciones bélicas no serían interrumpidas ni entorpecidas por las renovadas negociaciones de paz. Exactamente nueve días después de que la noticia de la traicionera y cobarde carnicería de Sinope llegara a Constantinopla y provocara en todo el Imperio Otomano un único y terrible grito de venganza, las cuatro potencias piden a sangre fría a la Puerta —y los embajadores de Gran Bretaña y Francia la obligan incluso a ello— que entable negociaciones con el zar sobre la base de que
todos los antiguos tratados deben ser renovados
; que los firmanes sobre los privilegios religiosos que el sultán había concedido a sus súbditos cristianos vayan acompañados de nuevas seguridades que habrán de darse a cada
una
de esas potencias, y por tanto también al zar; que la Puerta nombre un plenipotenciario para concertar un armisticio; que permita a Rusia erigir una iglesia y un hospital en Jerusalén, y que se comprometa ante las potencias, y por tanto también ante el zar, a mejorar su sistema administrativo interno. La Puerta no sólo no ha de recibir compensación alguna por las graves pérdidas que le han infligido las piraterías del moscovita; no sólo han de forjarse de nuevo todas las cadenas con las que Rusia ha hecho bailar a Turquía durante un cuarto de siglo, sino que el prisionero ha de ser sujetado con más rigor aún que antes; la Puerta ha de ponerse en poder del autócrata, garantizándole humildemente los firmanes sobre los privilegios religiosos de sus súbditos cristianos y comprometiéndose ante él en lo que respecta a su sistema administrativo interno. Con ello entregaría al zar, a la vez, el protectorado religioso y el control sobre su administración civil. Como compensación por semejante capitulación se promete a la Puerta «la evacuación de los principados del Danubio lo más rápidamente posible», ocupación que Lord Clanricarde calificó de «piratería», y se le asegura que el preámbulo del tratado del 13 de julio de 1841, que tan fiable protección contra Rusia ha demostrado ser, será solemnemente confirmado.

Aunque la bajeza abismal de estas lamentables «potencias» alcanzó su punto culminante cuando, pocos días después de Sinope, obligaron a la Puerta a negociar sobre tal base, no saldrán de su apurada situación por este medio pérfido. El zar ha ido ya demasiado lejos para permitir siquiera la apariencia de que el protectorado exclusivo sobre los súbditos cristianos de Turquía que él reclama sea sustituido por uno europeo, y ya nos informa el corresponsal vienés del *Times* de que

«Austria ha preguntado si la corte rusa pondría objeciones a un protectorado europeo sobre los cristianos de Turquía. La respuesta, dada en el tono más categórico, decía que Rusia no permitiría a ninguna otra potencia inmiscuirse en cuestiones de la Iglesia greco-ortodoxa. Rusia tiene tratados con la Puerta y arreglará esta cuestión con ella sola».

También en el *Standard* leemos que

«Nicolás no está dispuesto a aceptar una propuesta que no provenga directamente del soberano turco; con ello rechaza todo derecho de las potencias europeas a la mediación o a la injerencia e inflige a esas potencias un insulto que nadie puede considerar inmerecido».

El único pasaje importante de la circular del señor Drouyn de Lhuys es el anuncio de que las flotas combinadas se harán a la mar hacia el Mar Negro con la intención

«de combinar sus movimientos de manera que impidan que el territorio o la bandera de Turquía vuelvan a quedar expuestos a los ataques de las fuerzas navales rusas».

*Non bis in idem.* <No se juzga dos veces el mismo delito.> *La moutarde après la viande.* <La mostaza después de la comida.> El *Morning Chronicle* de ayer publicaba un despacho de su corresponsal en Constantinopla, fechado el 30 de diciembre, en el que se comunica que las flotas combinadas han entrado en el Mar Negro.

«Es de suponer que las flotas sólo entran en el Mar Negro», escribe el *Daily News*, «para hacer lo que han hecho en el Bósforo: a saber, nada.»

Según *The Press*,

«ya se han impartido órdenes a un buque de la flota inglesa y a otro de la francesa para que entren en el Mar Negro y se dirijan bajo bandera blanca a Sebastopol. Allí deben comunicar al almirante ruso que se abrirá fuego inmediatamente contra él si sale del puerto de Sebastopol».

Aunque la flota rusa, en esta estación del año no precisamente muy favorable y después de su gloriosa hazaña de Sinope, no tiene absolutamente ningún motivo para adentrarse en el Mar Negro, el zar no permitirá que Inglaterra y Francia lo desalojen, siquiera temporalmente, de las aguas de las que ha logrado mantenerlos alejados desde 1833. Su prestigio se perdería si no respondiera a esta noticia con una declaración de guerra.

«Una declaración de guerra rusa a Francia e Inglaterra», dice la *Neue Preußische Zeitung*, «es más probable que una paz próxima entre Rusia y Turquía».

En Newry (Úlster) se celebró un gran mitin sobre el ataque absolutamente inmotivado de Rusia contra Turquía. Me complace, gracias al amable envío por parte del señor Urquhart del informe de Newry, poder transmitir a los lectores de ustedes los pasajes más notables del discurso de este señor. Habiendo expuesto ya en diversas ocasiones mis propias opiniones sobre la cuestión oriental, no necesito subrayar
una vez más
aquellos puntos en los que no puedo coincidir con el señor Urquhart. Sólo quiero señalar que la siguiente noticia confirma sus opiniones:

«Los campesinos de la Pequeña Valaquia se han sublevado contra los rusos con apoyo de la milicia valaca. Todo el país en los alrededores de Kalafat y a lo largo de la orilla izquierda del Danubio está en movimiento. Los funcionarios rusos han abandonado Turnu Măgurele».

Tras algunas observaciones introductorias, Urquhart expuso:

En las cuestiones que afectan a nuestros intereses más graves frente a otros Estados y a nuestras relaciones con ellos, no hay ni una limitación legal ni una dirección sistemática, no hay responsabilidad ante la nación, no hay castigos por la omisión de un deber o por la comisión de un crimen; estáis completamente despojados de toda posibilidad de influencia constitucional, ya que se os mantiene o en la ignorancia o se os informa falsamente. Este sistema está, pues, destinado a extraviar a la nación, corromper al gobierno y poner en peligro al Estado. Entre tanto, estáis frente a un gobierno que procede con sumo refinamiento y método, que actúa con extrema hostilidad y carece de escrúpulos, y que se ha abierto el camino hacia esa posición de preponderancia que amenaza al mundo justamente con la ayuda de aquellos gobiernos a cuya caída trabaja ahora —y en esto reside la peculiaridad de nuestra situación, como antaño ocurrió también en Atenas—, a saber, que Rusia ha encontrado o creado los principales medios de su grandeza en el corazón mismo de aquel Estado cuyos órganos públicos más se oponían a su política. Ésta es una razón esencial de que Inglaterra represente en semejantes asuntos un estigma de ignorancia. Los Estados Unidos tienen un presidente que ejerce los derechos de soberanía propios de la corona, un senado que controla el poder ejecutivo y está informado de antemano de sus actos. (¡Oíd, oíd! Aplausos.) En Francia ha habido repetidas veces comisiones parlamentarias para investigar los asuntos de Estado, las cuales se han hecho presentar documentos y han citado al ministro de Asuntos Exteriores para interrogarlo. Allí la nación, al menos en la medida de la información que posee, está alerta, y otro tanto ocurre con el gobierno; pues de tales cosas dependen la existencia de ministerios y dinastías. En Austria hay al menos un monarca que está enterado del proceder de sus subordinados. En Turquía y en Rusia veis cómo, en el primer país, la opinión del pueblo presiona al gobierno, y en el segundo, el gobierno encarna la voluntad de la nación. Así, queda Inglaterra sola, con una corona sin autoridad, un gobierno sin sistema, un parlamento sin control y una nación en la ignorancia. (¡Oíd, oíd!)

Si volvemos ahora nuestra atención a la situación presente, a los hechos que tenemos ante nosotros, debo señalar en primer lugar —y éste es el punto decisivo— que Rusia no tiene el poder para hacer realidad sus amenazas, y que ha contado únicamente con la posibilidad de manteneros sumidos en un temor infundado, que no tenía en absoluto la intención de hacer la guerra contra Turquía, que no dispone en modo alguno de los medios para ello, que ni siquiera está preparada para semejante empresa, que ha contado con que vosotros mantendríais a Turquía en jaque para así poder ocupar sus provincias, y que espera además que obligaréis a ese Estado a ceder a las arrogantes exigencias de Rusia, que han de provocar la disolución del Imperio otomano. (¡Oíd, oíd!)

Con la ayuda de vuestro enviado en Constantinopla y de vuestra escuadra en el Bósforo, Rusia está realizando sus propósitos. Y aquí debo señalar una afirmación de mi valiente amigo, el coronel Chesney, y al mismo tiempo completar algo que él omitió. Manifestó que Turquía —a juzgar por la situación antes de cruzar el Prut— era más que sobrada para Rusia; pero nada dijo de la alta estima que profesa por las capacidades militares de los turcos y que ya ha expresado. Dijo que incluso en el momento actual y a pesar de todas las grandes ventajas que Rusia ha podido obtener por medio vuestro, aún se preguntaba si Turquía no estaría a la altura de Rusia. Sobre este punto no abrigo la menor duda, siempre que se den dos condiciones: primera, que vuestro enviado y vuestra escuadra sean retirados, y segunda, que Turquía deje de debilitarse por su confianza en los extranjeros. Pero luego vino otra afirmación, no exenta ciertamente de reservas, que sin embargo, sobre la base de su elevada autoridad —y en este terreno no hay autoridad más alta— podría cobrar una importancia desmedida o dar pie a una interpretación injustificable. Declaró que el momento presente podría ser favorable para Rusia, porque el Danubio estaba helado y podría avanzar con sus tropas a través del Danubio hacia Bulgaria. Pero ¿qué tropas puede enviar a Bulgaria? Europa ha escuchado durante muchos meses noticias exageradas; se nos ha informado diligentemente sobre las enormes concentraciones de tropas rusas listas para entrar en acción. Se las estimaba generalmente en 150.000 hombres, y el pueblo bien podía creer que 150.000 hombres bastaban para conquistar Turquía. Hace algún tiempo recibí un informe oficial en el que el número total de tropas que habían cruzado el Prut se rebajaba a 80.000 hombres, de los cuales ya habían perecido por enfermedad o habían sido ingresados en el hospital entre 20.000 y 30.000. Envié este informe a un periódico; pero no se publicó, pues se lo consideró poco fidedigno. Rusia ha publicado ahora ella misma datos que reducen la cifra total a 70.000 hombres. (Aplausos.)

Si dejamos ahora a un lado la relación de fuerzas entre ambos imperios una vez movilizadas todas sus fuerzas, debería resultar claro que Rusia no tenía la intención de hacer la guerra con semejante contingente de tropas. Pero ¿qué fuerza podía oponer, en realidad, Turquía? En el momento de que se trata había entre los Balcanes y el Danubio no menos de 180.000 hombres, que ahora han aumentado a 200.000 en sólidas posiciones fortificadas, frente a un ejército ruso que se ha reducido a 50.000 hombres como mínimo y que está, además, desmoralizado por las derrotas y descompuesto por la deserción. En cuanto a las capacidades de las tropas turcas y a su superioridad sobre los rusos, ya habéis escuchado el testimonio del general Bem; tenéis la prueba viviente del coronel Chesney, confirmada por los acontecimientos que han llenado a Europa de asombro y admiración. Tened en cuenta que ahora no nos interesa la relación de fuerzas de los dos imperios, sino el propósito y el modo de proceder de uno de ellos —a saber, Rusia. Soy de la opinión de que no se proponía hacer la guerra, pues, por un lado, no tenía las fuerzas necesarias sobre el terreno y, por otro, podía confiar en el gabinete inglés. Rusia no tenía la intención de hacer la guerra, y no la tiene tampoco ahora. Ya lo dije antes de la guerra: invadiría los principados danubianos y los ocuparía con ayuda de Inglaterra. ¿Cómo me fue posible predecirlo? Sin duda, no porque yo conociera los planes rusos —que miles de personas conocen tan bien o mejor que yo—, sino porque conocía el carácter de Inglaterra. Pero volvamos a reconsiderar la cuestión, pues es demasiado importante para pasarla por alto. El coronel Chesney opinaba que todo el problema era la reserva que Rusia tenía detrás del Prut. De esta reserva ha oído hablar mucho últimamente. Osten-Sacken marchó con sus 50.000 hombres en pleno orden de marcha hacia el Danubio para reparar la catástrofe de Oltenitza. Esos 50.000 hombres se fundieron hasta quedar en 18.000, y lo mejor del caso es que ni siquiera éstos han llegado. (Risas y aclamaciones.)

Si tomamos la cifra del coronel Chesney de 75.000 hombres, reducida por muertes y enfermedades a 50.000, y añadimos la reserva de 18.000 dispersos por todas partes, en el fondo sólo tenemos 70.000 hombres que habrían de avanzar contra 200.000 en sólidas fortificaciones, por añadidura en terreno montañoso y en una estación en la que los rusos se han retirado siempre hasta ahora. Permitidme que os recuerde ahora los acontecimientos de la última guerra de 1828/29. Turquía atravesaba entonces sacudidas políticas. Los musulmanes volvían la espada los unos contra los otros; las provincias estaban sublevadas, Grecia en insurrección, la antigua fuerza militar destruida, los nuevos reclutas —apenas 33.000 hombres— sin instrucción apenas. Las andanadas británicas disparadas con toda fuerza sobre el puerto de Navarino arrebataron a Turquía el dominio del Mar Negro; y entonces Rusia, apoyada por Inglaterra y Francia, atacó a Turquía y penetró hasta el centro de sus provincias antes de que ella advirtiera siquiera que se le había declarado la guerra. Pero ¿cuántos hombres creéis que juzgó entonces oportuno reclutar? ¡Doscientos dieciséis mil! (Aplausos.)

Y sin embargo, fue inducida a firmar el tratado de Adrianópolis, impuesto por el súbito ataque, sólo mediante el engaño y la influencia del enviado inglés, que desgraciadamente había regresado. (¡Oíd, oíd!)

Echad una mirada a la Turquía de ahora, unida de corazón y de cabeza, animada por un heroísmo alentado por igual por el amor a la patria y por el horror a la violencia, con un poder estatal unido, recursos inmensos; en condiciones de disponer de más de 300.000 voluntarios, llena de un ardor guerrero como no se vuelve a encontrar sobre la tierra, y con más de 250.000 soldados instruidos y victoriosos en Asia; con el dominio del Mar Negro —un Sinope, nótese bien, no perdido, como mostraré en seguida— y en posesión de buques de vapor para transportar sus tropas sin pérdidas de hombres ni de tiempo desde las provincias más remotas del imperio al teatro de la guerra.

»… desde las cumbres nevadas del Cáucaso hasta los desiertos estériles de Arabia, desde las vastas soledades de África hasta el golfo Pérsico, por doquier reina un espíritu de indignación, ha despertado un espíritu de valentía». («¡Escuchad!» Aplausos.) «Pero, así como en la guerra anterior una Navarino empujó a los cosacos más allá de los Balcanes, así pueden ahora los barcos a hélice de Britania, incluso sin guerra, llevar los viejos navíos rusos a los Dardanelos. Pero yo hablo de las intenciones rusas; ése es el punto crucial. Esta victoria ha de conquistarse en Downing Street y no en Oriente. Pero entretanto, ¿quedáis vosotros indemnes? ¿Hay aquí alguien que, en el fondo, no sufra; alguien cuyo precio del pan no suba; para quien la posibilidad de trabajar o de invertir su capital no se vea restringida?» («¡Escuchad, escuchad!») «¿A quién no le aumentan los impuestos? ¿Acaso no se conmueve Change Alley? ¿No hemos visto cómo este movimiento de las tropas rusas ha provocado una perturbación del mercado monetario que equivale a dos tercios de la de 1847..., y eso que Rusia jamás ha querido la guerra? ¿No hemos visto cómo los gobiernos de Europa han sido humillados y cómo se ha preparado el terreno para alzamientos y sacudidas..., y eso que Rusia jamás ha querido la guerra? ¿No hemos visto cómo el Imperio Otomano se ha agotado con un ejército gigantesco de medio millón de hombres, porque Rusia desplazó a 70.000 para que se alimentaran a costa de Turquía y a costa de los trabajadores de Gran Bretaña? Y todo ello porque vosotros, gentes crédulas, habéis creído que Rusia era tan fuerte que no se le podía oponer resistencia y que Turquía era tan débil que no se la podía apoyar. Vivimos verdaderamente en una era de sueños y fábulas; somos capaces no sólo de creer eso, sino también de que Rusia es más poderosa que todas las demás potencias del mundo coligadas contra ella. El Times se expresa con desdén sobre el ejército musulmán, así como sobre los ejércitos de Francia y las fuerzas navales de Inglaterra, y declara con toda seriedad que toda Europa, y Turquía por añadidura, podrían intentar con la misma facilidad mantener a los rusos lejos de Constantinopla que impedir que los vientos del norte soplasen sobre las llanuras sármatas. Y lo que vale para Europa, vale en igual medida para Turquía; mas, si vosotros perseveráis, Turquía caerá. Rusia ha desplazado 70.000 hombres, y en consecuencia Turquía está llena de terror e indignación, Inglaterra está presa del miedo y del pánico, y también Rusia se estremece... de risa.» (Risas y prolongados aplausos.) «Dije que volvería al asunto de Sinope o —como se le ha llamado con razón— la pequeña Navarino. Recuerdo aquel bochornoso incidente no en relación con nuestra conducta —pues nada hemos cometido más vergonzoso que en los demás casos—, sino únicamente para poner de relieve la relación de fuerzas de ambas partes. Considerada así, la cuestión no ha acrecentado en nada el poder de Rusia ni ha disminuido en nada el de Turquía; muy al contrario: ha puesto en una luz inequívoca el temor fundado que los rusos sienten ante la valentía de los turcos. Aquí nos hallamos ante un hecho que ni siquiera en nuestros anales de guerra naval tiene par: fragatas que se sitúan borda contra borda junto a navíos de línea, y capitanes que arrojan la antorcha en la santabárbara y se ofrecen como sacrificio ardiente en el altar de la patria. ¿Qué no podría alcanzarse contra un gobierno que a cada paso, y en especial en éste, es objeto de horror y espanto para todo hombre? Tened en cuenta que la fuerza naval de Turquía está intacta: ni un solo navío de línea, ni un solo vapor se ha perdido. Ahora, el dominio de Turquía sobre el mar Negro está doblemente asegurado, siempre y cuando se llame a los diplomáticos; y ellos, sólo ellos, han provocado la llamada catástrofe de Sinope. Pero esta catástrofe se había preparado con otro fin; estaba concebida como palo y fusta para aguijonear a las acémilas remolonas de París y Londres e inducirlas a imponer a las potencias beligerantes las condiciones de un arreglo. Antes de venir a esta asamblea oí cómo un caballero del comité declaraba que a Inglaterra y Francia les habría sido perfectamente lícito inmiscuirse si con ello esperaban asegurar la paz. Sé que ésta es la impresión general en el país; mas, no obstante, sólo pude escucharlo con horror. ¿Quién os ha dado derecho a recorrer el mundo e imponer la paz con las armas? Resistir a una agresión y cometer una agresión son dos cosas distintas.» («¡Escuchad, escuchad!») «Incluso para salvar a Turquía no podéis inmiscuiros sin declararle la guerra a Rusia. Pero vuestra injerencia será en provecho de Rusia: se produce a instancias suyas y con la intención de imponer a Turquía condiciones que habrán de acarrear su ruina… En vuestras negociaciones le propondréis a Turquía que se desprenda de los tratados anteriores con Rusia en beneficio de un acuerdo europeo. Esto ha sido ya puesto sobre el tapete y ha encontrado aplauso en una nación que aplaude toda clase de confusiones. ¡Por amor de Dios! ¡Un acuerdo europeo! ¡En eso ha de confiar Turquía! Sin duda, también vuestro Tratado de Viena fue un acuerdo europeo, mas ¿con qué resultado? Aquel convenio era importante por la creación de Polonia; y ¿qué fue de Polonia? ¿Qué os dijo vuestro ministro sobre aquel tratado cuando cayó Polonia? Pues bien, dijo “que el tratado concedía a Inglaterra el derecho a expresar una opinión sobre lo que ocurría en Polonia”. Y después de afirmar que ya había puesto objeciones antes del incidente, dijo: “Pero Rusia tenía otra opinión al respecto.” Lo mismo sucederá con vuestro actual acuerdo: Rusia tendrá también otra opinión.» (Grandes aplausos.) «Estas palabras se pronunciaron en la Cámara de los Comunes; fueron pronunciadas por el mismo ministro» (Lord Palmerston) «en cuyas manos está ahora el destino de Turquía, como en su día lo estuvo el de Polonia. Ahora estáis advertidos; entonces erais ignorantes… Quisiera referirme ahora a una comunicación publicada últimamente en el Times. En ella se dice que entre nuestro enviado en Persia y el gobierno del sah ha habido diferencias. Cuando el sah estaba ya a punto de ceder, intervino el enviado ruso y agravó aún más la disputa. De modo que Rusia expulsa a Inglaterra de Persia, al mismo tiempo que Inglaterra le impone a Rusia en Turquía. En la misma comunicación se menciona que ha llegado a Teherán una legación, que los afganos están extraordinariamente excitados y que Dost Muhammad Chan, ese enemigo irreconciliable de Rusia, espera de todo corazón que la legación logre persuadir a Persia a apoyar a Turquía. Recordaréis que hace dieciséis años Inglaterra llevó la guerra contra los afganos para destronar a Dost Muhammad Chan, porque era enemigo de Inglaterra y firme aliado de Rusia. Quizá vuestro gobierno lo creyó así. De ser cierto, resulta muy curioso por qué no hizo la guerra a Rusia sino a los afganos, lo que forzosamente tenía que arrojarlos en brazos de Rusia. Pero vuestro gobierno no pensaba creer eso; entonces sabía muy bien que Dost Muhammad Chan, como ahora se ve, era un enemigo irreconciliable de Rusia, y justamente por ese motivo lo atacó. Se ha comprobado, y se demostró en la Cámara de los Comunes, que los documentos que presentaban a Dost Muhammad Chan como aliado de Rusia eran falsificados. El propio embajador inglés envió el original a casa para su publicación.» («¡Qué vergüenza!») «Éste no es más que el resultado consecuente del secretismo del gobierno y de esa ignorancia de la nación a la que ya he aludido. En esta asamblea no veo a nadie que, por su tolerancia silenciosa, no sea cómplice de este crimen y que, por esa indiferencia hacia los actos y el honor de su país, no haya descendido a la condición de esclavo, aunque viva en el delirio de ser un ciudadano libre.» («¡Escuchad, escuchad!») «¿Puedo contaros un poco lo que los extranjeros piensan de vosotros? Últimamente se ha hablado mucho de influencias alemanas en la corte. ¿Acaso querríais saber algo sobre las opiniones de los primos alemanes de la reina? Pues bien, permitidme entonces que os explique por qué Alemania es rusófila: Inglaterra la ha hecho así. Escuchad, pues, estas palabras:

“Si Inglaterra y Francia no se inmiscuyen, Turquía vencerá. Pero si, por el contrario, las potencias occidentales, en su insensata sumisión, no pueden abstenerse de ‘mediar’ o inmiscuirse en los asuntos de Oriente, Turquía está perdida, ¡y el dominio universal de los cosacos moscovitas regirá pronto los destinos de este mundo! ¡Y cuán noble ha sido hasta ahora la posición y la actitud de la pobre Turquía… a pesar de todas las malversaciones diplomáticas y pese a tener a una banda de asesinos por amigos! ¡Ciertamente el panorama se presenta sombrío! A cada hora esperaba que las flotas aliadas bombardearan la capital de Turquía para quebrantar su espíritu heroico y obligarla a una sumisión deshonrosa. Los turcos pueden en verdad decir: ‘Longa est injuria, longae ambages, sed summa sequor fastigia rerum!’ <“Larga es la injusticia, largas las incertidumbres, pero yo aspiro a las más altas cumbres de las cosas” (Virgilio, Eneida, I, versos 341-342).> ¡Qué contraste forma su actual comportamiento con el de Inglaterra en situaciones parecidas! Ellos ‘hacen la guerra’; Inglaterra practica la piratería. Recuérdese tan sólo la ‘Declaración de Lima’, la invasión de Afganistán, el bombardeo de Copenhague y la batalla de Navarino, y piénsese luego en la situación en que Turquía se encuentra en este momento: humillada y amenazada, incluso atacada y provocada por el ‘mundo civilizado’; en medio de todas esas calamidades permanece tranquila y sensata, firme y resuelta, y a la vez serena.”

De ello podéis deducir que aquellas personas en las más altas posiciones suspirarán en vano por el privilegio que vuestra indulgencia me concede y que me permite desahogar mi indignación y darme ocasión de prevenir contra acontecimientos venideros. Permitidme, pues, describiros la situación en que os halláis. Britania muestra dos rostros: en casa es un imbécil y en el extranjero un demente: un demente armado que pone en peligro su propia vida y la de los demás. No lo sois individualmente, sino en conjunto. Sacudid, pues, vuestro entendimiento individual y reprimid la locura colectiva, hasta que podáis curar el cerebro desquiciado: ese sistema que es la causa de todo el mal.» (Grandes y prolongados aplausos.)

Quisiera añadir al discurso del señor Urquhart que el último coup d’éclat <golpe sensacional> de Lord Palmerston y el favor del pueblo lo han convertido en primer ministro, si no de nombre, sí de hecho.

Karl Marx