[La diplomacia rusa – 
El Libro Azul sobre la cuestión de Oriente – 
Montenegro]

[“New-York Daily Tribune” nº 4013, del 27 de febrero de 1854]

Londres, viernes, 10 de febrero de 1854.

En el momento en que se concluyó el tratado de neutralidad entre Dinamarca y Suecia,
expresé mi convicción
de que, en contra de la opinión difundida en Francia e Inglaterra, no debía considerarse en absoluto un triunfo de las potencias occidentales, y que la supuesta protesta de Rusia contra ese tratado era sólo una añagaza. Los periódicos escandinavos, así como el corresponsal del “Times” que cita de ellos, son ahora unánimemente de la misma opinión y declaran que todo el tratado es obra de Rusia.

Las propuestas que el conde Orlov sometió a la Conferencia de Viena y que ésta rechazó fueron las siguientes:

1. Renovación de los antiguos tratados;

2. Protectorado de Rusia sobre los cristianos griego-ortodoxos en Turquía;

3. Expulsión de todos los refugiados políticos del Imperio otomano;

4. Negativa de Rusia a aceptar la mediación de ninguna otra potencia y a negociar de otro modo que directamente con un plenipotenciario turco que debería ser enviado a San Petersburgo.

En este último punto, el conde Orlov declaró su disposición a un compromiso, pero la conferencia lo rechazó. ¿Por qué lo rechazó la conferencia? O ¿por qué rechazó el emperador de Rusia las últimas condiciones de la conferencia? Las propuestas son las mismas en ambos lados. Se había acordado la renovación de los antiguos tratados, admitido el protectorado ruso sólo con una modificación formal, y, puesto que Rusia misma abandonaba el último punto, la exigencia de Austria sobre la expulsión de los refugiados políticos no puede ser la causa de una ruptura entre Rusia y Occidente. El emperador de Rusia se halla, pues, manifiestamente en una situación tal que no puede
aceptar en absoluto
condiciones de Francia e Inglaterra, y que tiene que
doblegar
a Turquía, tenga o no como consecuencia una guerra europea.

En los círculos militares se considera ya la guerra como inevitable, y los preparativos para ella están en marcha en toda la línea. El almirante Bruat ha partido ya de Brest hacia Argel, donde ha de embarcar a 10 000 hombres, y 16 regimientos ingleses estacionados en Irlanda tienen orden de mantenerse listos para ser transportados a Constantinopla. La expedición no puede tener más que un doble propósito: o forzar a los turcos a someterse a Rusia, como lo anuncia el señor Urquhart, o hacer seriamente la guerra contra Rusia. En ambos casos, a los turcos les aguarda infaliblemente la misma suerte. Entregado de nuevo a Rusia, si no directamente, sí a su influencia disolvente, el poder del Imperio otomano, lo mismo que el del Imperio bizantino, se vería limitado a los alrededores de la capital. Y, del mismo modo, bajo la tutela absoluta de Francia e Inglaterra, el dominio de los otomanos sobre sus territorios europeos habría terminado de una vez para siempre.

“Si hemos de tomar la guerra en nuestras manos —dice el ‘Times’—, queremos también dirigir la totalidad de las operaciones.”

En este caso, el ministerio turco quedaría bajo la administración directa de los enviados occidentales, el ministerio de la Guerra turco bajo los ministerios de la Guerra de Inglaterra y Francia, y los ejércitos turcos bajo el mando de generales franceses e ingleses. El Imperio turco en su antigua forma habría entonces dejado de existir.

Después de su completo “fracaso” en Viena, el conde Orlov ha regresado a San Petersburgo y “se ha llevado consigo la garantía de que Austria y Prusia permanecerán neutrales en todas las circunstancias”. Por otra parte, se telegrafía desde Viena que ha tenido lugar un cambio en el ministerio turco, puesto que el Seraskier (Ministro de la Guerra) y el Kapudan-Pachá (Gran Almirante) han dimitido. El “Times” no puede comprender cómo el partido de la guerra ha podido sufrir una derrota precisamente en el momento en que Francia e Inglaterra se armaban para la guerra. Por mi parte, si la noticia es cierta, no puedo por menos de ver en este incidente “enviado por Dios” la obra del representante del gabinete de coalición inglés en Constantinopla, a quien vemos lamentarse tan a menudo en sus despachos del Libro Azul de que “no pueda ir tan lejos en su presión sobre el gabinete turco como sería deseable”.

El Libro Azul comienza con los despachos relativos a las exigencias planteadas por Francia respecto a los Santos Lugares, exigencias que no estaban suficientemente apoyadas por las antiguas capitulaciones y que, manifiestamente, fueron formuladas con el propósito de otorgar a la Iglesia romana una preponderancia sobre la griego-ortodoxa. No comparto en absoluto la opinión de Urquhart según la cual el zar, mediante influencias secretas en París, habría inducido a Bonaparte a precipitarse en esta disputa para que Rusia tuviera un pretexto para intervenir en favor de los privilegios de los católicos griego-ortodoxos. Es bien sabido que Bonaparte intentaba comprar coûte que coûte (a toda costa) el apoyo del partido católico, que consideró desde el primer momento como la condición principal del éxito de su usurpación. Bonaparte conocía muy bien la influencia de la Iglesia católica sobre la población campesina de Francia; y los campesinos debían hacerlo emperador a pesar de la burguesía y del proletariado. El señor de Falloux, el jesuita, era el miembro más influyente del primer ministerio que Bonaparte formó y cuyo jefe era, nominalmente, Odilon Barrot, el así llamado volteriano. El primer acuerdo que este ministerio tomó, un día después de la instalación de Bonaparte como presidente, fue la célebre expedición contra la República Romana. El señor de Montalembert, jefe del partido jesuita, fue el instrumento más activo de Bonaparte en la preparación del derrocamiento del régimen parlamentario y del coup d’état del 2 de diciembre. En 1850, el “Univers”, órgano oficioso del partido jesuita, exigía día tras día al gobierno francés que diera pasos eficaces para proteger los intereses de la Iglesia romana en Oriente. Bonaparte, ansioso por halagar al Papa, ganárselo y ser coronado por él, tenía todas las razones para atender esa exigencia y dárselas de “el más católico” emperador de Francia.
La usurpación bonapartista es, pues, la verdadera fuente de la actual complicación oriental.
Ciertamente, Bonaparte retiró con habilidad sus pretensiones en cuanto advirtió que el emperador Nicolás quería tomarlas como pretexto para excluirlo del cónclave europeo, y Rusia ardía, como de costumbre, en deseos de sacar provecho de acontecimientos que no tenía el poder de crear por sí misma, por mucho que el señor Urquhart lo sospeche. No deja de ser, sin embargo, un fenómeno sumamente notable en la historia universal que la presente crisis del Imperio otomano haya sido provocada por el mismo conflicto entre la Iglesia romana y la griego-ortodoxa que en su día dio el impulso para la fundación de ese imperio en Europa.

No me propongo examinar todo el contenido de los “Rights and Privileges of the Latin and Greek Churches” antes de haber mencionado un incidente de la mayor importancia que este Libro Azul suprime por completo: la disputa austro-turca por Montenegro. Es tanto más urgente tratar este acontecimiento de antemano, cuanto que con él se demuestra que entre Austria y Rusia existía un plan concertado para el derrocamiento y el reparto del Imperio turco, y porque precisamente el hecho de que Inglaterra pusiera en manos de Austria las negociaciones ulteriores entre la corte de San Petersburgo y la Puerta arroja una luz singular sobre la conducta del gabinete inglés durante toda esta cuestión de Oriente. Puesto que faltan documentos oficiales sobre el incidente montenegrino, remito a un libro de L. F. Simpson sobre este asunto, que acaba de aparecer y lleva por título “Handbook of the Eastern Question”.

La fortaleza turca de Zabljak (en la frontera montenegrino-albanesa) fue tomada por asalto por un destacamento de montenegrinos en diciembre de 1852. Quizás se recuerde que la Puerta encargó a Omer Pachá rechazar a los atacantes. La Sublime Puerta declaró bloqueada toda la costa albanesa, medida que, manifiestamente, sólo podía dirigirse contra Austria y su flota, y que mostraba que el ministerio turco estaba convencido de que Austria había provocado la revuelta montenegrina.

A raíz de esto apareció en la “Allgemeine Zeitung” de Augsburgo el siguiente artículo, fechado en Viena el 29 de diciembre de 1852:

“Si Austria quisiera apoyar a Montenegro, de poco serviría el bloqueo. Si los montenegrinos descendieran de sus peñascos, Austria podría venderles o regalarles armas y pertrechos de guerra en Cattaro, mientras toda la flota turca estuviera cruzando el mar Adriático. Austria, en el fondo, no se alegra ni de la presente incursión de los montenegrinos
ni de la revolución que se dice va a estallar entre los cristianos de Herzegovina y Bosnia
. Por razones de humanidad, siempre ha elevado protestas contra la opresión de los cristianos. Austria se ve obligada a la neutralidad frente a la Iglesia oriental. Los acontecimientos de Jerusalén habrán ilustrado a todo el mundo sobre la viveza con que el odio confesional separa a las poblaciones en Oriente. Los estadistas austríacos tienen, pues, que emplear todo su arte para mantener la paz en su propio país, donde cristianos griegos viven mezclados con cristianos romanos.”

Del artículo deducimos, en primer lugar, que se esperaban con
seguridad
revoluciones de los cristianos turcos; en segundo lugar, que fue Austria la que allanó el camino a las quejas rusas sobre la opresión de la Iglesia griego-ortodoxa; en tercer lugar, que se esperaba que en los disturbios religiosos por los Santos Lugares, Austria practicaría la “neutralidad”.

En ese mismo mes, Rusia dirigió una nota a la Puerta ofreciendo su mediación en Montenegro, la cual fue rechazada con el argumento de que el sultán sabría defender por sí mismo sus derechos. Vemos aquí a Rusia operar exactamente igual que en tiempos de la revolución griega: primero ofrece al sultán protección contra sus súbditos, con la intención de, más tarde, proteger a los súbditos del sultán contra éste mismo, en caso de que su ayuda no fuera aceptada.

El hecho de que ya en un momento tan temprano existía un entendimiento entre Rusia y Austria acerca de la ocupación de los Principados se desprende de otra cita de la “Allgemeine Zeitung” de Augsburgo del 30 de diciembre de 1852. Dice así:

“Rusia, que sólo recientemente ha reconocido la independencia de Montenegro, difícilmente puede permanecer como observador inactivo de los acontecimientos. Más aún. Cartas de comerciantes y viajeros de Moldavia y Valaquia refieren que el país, desde Volhynia hasta la desembocadura del Pruth, hormiguea de tropas rusas y que continuamente llegan refuerzos.”

Al mismo tiempo, los periódicos vieneses anunciaban que se estaba concentrando un ejército austríaco de observación en la frontera austro-turca.

Lord Stanley interpeló a Lord Malmesbury el 6 de diciembre de 1852 acerca de los asuntos de Montenegro, y el noble amigo de Bonaparte hizo la siguiente declaración:

El noble lord dio a entender que deseaba saber si, en las relaciones políticas de ese salvaje país limítrofe con Albania, llamado Montenegro, se habían producido últimamente cambios. Creo que nada ha cambiado en sus relaciones políticas. El jefe de ese país ostenta un doble título: es cabeza de la iglesia greco-ortodoxa en aquel país y también soberano temporal. En materia eclesiástica
está sometido a la jurisdicción del

emperador ruso, considerado cabeza de toda la iglesia grecocatólica
. El jefe de Montenegro solía (como, a mi entender, todos sus antepasados) recibir su jurisdicción y su título episcopal con sanción y reconocimiento del emperador. En lo que atañe a la independencia de aquel país, por más que diversas personas opinen sobre las ventajas de semejante situación, el hecho es que
Montenegro fue independiente casi ciento cincuenta años
y que todos los intentos de la Puerta de subyugarlo fracasaron uno tras otro, siendo hoy la posición del país la misma que hace doscientos años.

En este discurso, lord Malmesbury, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno tory, despedaza con toda calma el Imperio Otomano y desgaja de él un país que siempre le ha pertenecido, al tiempo que reconoce las pretensiones espirituales del emperador ruso sobre los súbditos de la Puerta. ¿Qué otra cosa cabe decir de estas dos camarillas oligárquicas, sino que ambas rivalizan en estupidez?

La Puerta, naturalmente, quedó seriamente inquietada por ese discurso de un ministro británico, y poco después apareció en un periódico inglés la siguiente carta desde Constantinopla, fechada el 5 de enero de 1853:

«La Puerta está sumamente irritada por la declaración de lord Malmesbury en la Cámara de los Lores, en la que califica a Montenegro de país independiente. Con ello ha hecho el juego a Rusia y a Austria, e Inglaterra perderá aquella influencia y aquella confianza de que gozaba hasta ahora. En el artículo primero del Tratado de Sistowo, concertado entre la Puerta y Austria (con mediación de Inglaterra, Rusia y Holanda) en 1791, se estipula expresamente que se concederá una amnistía a los súbditos de ambas potencias que se hubieran alzado contra sus
legítimos soberanos
, a saber: los serbios,
los montenegrinos,
los moldavos y los valacos. Los montenegrinos residentes en Constantinopla, unos 2.000 ó 3.000, pagan el Charadsch o impuesto de capitación, y en los procesos judiciales contra súbditos de otras potencias en Constantinopla, los montenegrinos son considerados y tratados siempre, y sin objeción alguna, como súbditos turcos.»

A principios de enero de 1853, el gobierno austríaco envió al barón Kellner von Köllenstein, edecán del emperador, a Cattaro, para seguir la marcha de los acontecimientos, mientras el señor Oserow, encargado de negocios ruso en Constantinopla, presentaba una protesta ante el Diván por las concesiones hechas a los católicos en la cuestión de los Santos Lugares. A fines de enero llegó a Constantinopla el conde Leiningen y el 3 de febrero se le concedió una audiencia privada con el sultán, a quien entregó una carta del emperador de Austria. La Puerta se negó a cumplir sus exigencias, y el conde Leiningen presentó entonces un
ultimátum
que concedía a la Puerta cuatro días para responder. La Puerta se puso de inmediato bajo la protección de Inglaterra y Francia, las cuales, sin embargo, no le brindaron protección, mientras el conde Leiningen rechazaba sus mediaciones. El 15 de febrero había alcanzado todo cuanto había reclamado (salvo el artículo III), y su ultimátum fue aceptado. Contenía los siguientes artículos:

«I. Evacuación inmediata de Montenegro y restablecimiento del status quo ante bellum <estado anterior a la guerra>.

II. Una declaración por la que la Puerta se obligue a mantener el statu quo de los territorios de Kleck y Sutorina y a reconocer el mare clausum <mar cerrado (en los Dardanelos)> en favor de Austria.

III. La apertura de una severa investigación sobre los hechos cometidos por fanatismo musulmán contra los cristianos en Bosnia y Herzegovina.

IV. La expulsión de todos los refugiados políticos y renegados que actualmente residan en las provincias colindantes con la frontera austríaca.

V. Una indemnización de 200.000 florines a aquellos comerciantes austríacos cuyos contratos fueron rescindidos arbitrariamente, así como la observancia de dichos contratos por todo el plazo para el cual fueron estipulados.

VI. Una indemnización de 50.000 florines a un comerciante cuyo barco y cargamento fueron confiscados injustamente.

VII. El establecimiento de numerosos consulados en Bosnia, Serbia, Herzegovina y en toda Rumelia.

VIII. La reprobación de la conducta observada en la cuestión de los refugiados en 1850.»

Según informa el señor Simpson, antes de acceder a este ultimátum, la Puerta Otomana dirigió una nota a los legados de Inglaterra y Francia, en la que les pedía la promesa de prestarle ayuda efectiva en caso de guerra con Austria. «Como los dos legados no se hallaban en condiciones de comprometerse en forma determinada», el gobierno turco cedió a la enérgica actuación del conde Leiningen.

El 28 de febrero llegaron el conde Leiningen a Viena y el príncipe Ménshikov a Constantinopla. El 3 de marzo, lord John Russell tuvo la desvergüenza de declarar, en respuesta a una interpelación de lord Dudley Stuart:

«que
a las gestiones realizadas ante el gobierno austríaco se había respondido con la seguridad de que éste sostenía sobre el particular los mismos puntos de vista que el gobierno inglés; y aunque él no pudiera indicar los puntos exactos del acuerdo alcanzado, la intervención de Francia e Ingla-

terra
había sido coronada por el éxito
, y él estaba convencido de que las recientes diferencias quedaban ya zanjadas. La línea de conducta seguida por Inglaterra había consistido en aconsejar a Turquía de modo tal que quedaran a salvo su honor y su independencia ... Por su parte, él opinaba que, por razones de justicia, de derecho internacional, de lealtad a nuestro aliado, así como de política general y de conveniencia,
lo que ante todo gobierna la política de Inglaterra es el mantenimiento de la integridad y la independencia de Turquía
.»