De la edición inglesa.

["New-York Daily Tribune" N.° 4114, del 24 de junio de 1854]

Londres, viernes 9 de junio de 1854.

El discurso que Kossuth pronunció en Sheffield es el más sustancioso que le hemos oído durante toda su estancia en Inglaterra. No obstante, no puede uno dejar de ponerle varios reparos, pues las disertaciones históricas son en parte imprecisas. Así, por ejemplo, no hay absolutamente motivo alguno para derivar la decadencia de Turquía del hecho de que Sobieski prestase en su día auxilio a la capital austriaca. Las investigaciones de Hammer demuestran irrefutablemente que ya en aquella época la organización del Imperio turco había entrado en disolución y que la época del rápido declive de la grandeza y el poder otomanos se había iniciado ya antes. Igualmente inexacta es la afirmación de que no fue la falta de una flota y la exclusión que la potencia británica le imponía del dominio del océano, sino otras razones, lo que indujo a Napoleón a abandonar la idea de atacar a Rusia por mar. La amenaza de que Hungría se aliaría con Rusia si Inglaterra concluye una alianza con Austria fue muy desconsiderada. En primer lugar, ofreció a los periódicos ministeriales un arma bienvenida, y la "Times" no vaciló un instante en hacer abundante uso de ella, señalando a todos los revolucionarios como agentes de Rusia. En segundo lugar, sonaba extraña en labios de un hombre cuyo gabinete había ofrecido ya en 1849 la corona húngara a un zarevitz. Y, por último, ¿cómo podría negar que la existencia nacional de los magiares quedaría librada a la aniquilación si alguna vez se realizase su amenaza, ya fuese por iniciativa propia o ajena, cuando la mayor parte de la población de Hungría está compuesta de eslavos? De igual modo fue un error calificar la guerra contra Rusia de lucha entre la libertad y el despotismo. Aparte de que en este caso la libertad estaría representada por un Bonaparte, el objetivo declarado de la guerra es exclusivamente el mantenimiento del equilibrio de las potencias y de los tratados de Viena — precisamente aquellos tratados que anulan la libertad y la independencia de las naciones.

Más enérgicamente que de costumbre ha hablado también el señor Urquhart en Birmingham, donde volvió a acusar a la coalición de la traición. Pero como el señor Urquhart se halla en estricta oposición al único partido que estaría en condiciones de eliminar la carcomida base parlamentaria sobre la que descansa este ministerio de coalición oligárquico, todos sus discursos resultan tan ineficaces para cumplir su fin como si los dirigiese a las nubes.

En la Cámara de los Comunes anunció anoche lord John Russell la formación de un ministerio de Guerra especial, que, no obstante, no ha de abarcar los diversos departamentos que componen actualmente la administración militar, sino que tan sólo ejercerá una superintendencia nominal sobre todos ellos. La única ventaja que traerá consigo este cambio es la creación de un nuevo puesto ministerial. En relación con esto comunicaba ayer el "Morning Post" que la fracción de los peelistas ha obtenido la victoria en el gabinete, que el duque de Newcastle será el nuevo ministro de la Guerra y que se ofrecería el ministerio de Colonias a lord John Russell. El "Globe" de anoche confirmaba esta comunicación y añadía que, puesto que probablemente lord John no aceptará, sería nombrado sir George Grey ministro de Colonias. Aunque los periódicos de los peelistas todavía intentan aparentar que ignoran cualquier decisión definitiva, el periódico de Palmerston anunciaba hoy en términos muy concretos que han sido nombrados el duque de Newcastle y sir George Grey.

El "Morning Post" tiene que decir lo siguiente acerca de la "intimación definitiva" austriaca:

"Tenemos motivos para suponer que Rusia no tratará la comunicación austriaca con silencio ni replicará con una negativa, y no nos sorprenderá saber de un momento a otro que Rusia está dispuesta a aceptar la propuesta austriaca de una completa evacuación del territorio turco, bajo la condición de que Austria concierte un armisticio con perspectivas de negociaciones."

El "Morning Chronicle" de hoy confiesa también que "la comunicación puede ser de máxima importancia". No obstante, añade que no ha de considerarse un ultimátum, que está redactada en el acostumbrado tono cortés y que sólo cabe esperar una ruptura en caso de que Rusia ignorase por completo la comunicación. Si Rusia diese una respuesta evasiva o hiciese una concesión parcial, podrían seguir nuevas propuestas y negociaciones.

Supongamos por un momento que la opinión del "Post" estuviera justificada y se realizase; se verá que el servicio prestado por Austria sólo conduciría a que se lograse un nuevo armisticio en beneficio de Rusia. Es muy probable que se haya planeado algo similar, basándose en la suposición de que Silistria caería entretanto y quedarían a salvo "la dignidad y el honor del zar". Pero todo el plan tiene que venirse abajo si Silistria resiste y la bravura de los turcos obligase finalmente a las tropas aliadas a intervenir en la campaña, por mucho que esto repugne a sus mandos y gobiernos.

Si hay algo capaz de hacer más soportables las lagunas y omisiones que con frecuencia aparecen en esta gran guerra, es la divertida incertidumbre de la prensa y la opinión pública inglesas acerca del valor y la realidad de la alianza entre las potencias occidentales y las alemanas. Apenas se ha hecho pública la "intimación definitiva" de Austria para satisfacción del mundo entero, cuando ya todo el mundo está preocupado por las noticias de un encuentro de los monarcas austriaco y prusiano, un encuentro que, en palabras de la "Times", "no deja presagiar nada bueno para las potencias occidentales".

Se han publicado las estadísticas del Board of Trade <Junta de Comercio y Transportes> correspondientes al mes pasado. Los resultados son más desfavorables que los de los meses precedentes. El valor declarado de la exportación ha descendido en 747.527 libras esterlinas en comparación con el mes correspondiente de 1853. Están especialmente afectadas aquellas mercancías que se vinculan con los mercados de Manchester; pero las manufacturas de lino, lana y seda muestran asimismo un descenso.

En la acostumbrada circular mensual de los señores Sturge, de Birmingham, leemos que el trigo no se encuentra en buen estado, y este hecho se explica del siguiente modo:

"Los elevados precios de la simiente dieron lugar a que se empleara una cantidad menor por acre que en años normales, y la siembra de trigo de calidad inferior proveniente de la última cosecha puede no haber arrojado resultados tan buenos como habría sido el caso con trigo de mejor cosecha."

En relación con esta explicación, el "Mark Lane Express" observa:

"Esta conclusión nos parece extraordinariamente plausible y merece atención, ya que difícilmente cabe esperar plantas tan sanas de semilla mala como de aquella que se obtuvo bajo circunstancias mucho más favorables. Se sigue el crecimiento de la mies con más que usual interés, pues consta que, a causa de la cosecha extraordinariamente mala de 1853, las existencias no sólo en este país, sino en casi todas las partes del mundo, han quedado reducidas a muy poca cosa. La futura formación de precios dependerá principalmente del clima; el precio actual del trigo es demasiado alto para fomentar especulaciones, y aunque es más que probable que los suministros del extranjero durante los próximos tres meses serán con mucho inferiores a los de hasta ahora, aquellos que tengan algo que vender se esforzarán naturalmente por desprenderse de las viejas existencias —a no ser que acaezca algo que dé motivo a la incertidumbre acerca del posible resultado de la cosecha venidera—, mientras que los molineros y otros procederán muy probablemente según el sistema de 'al día' ... Al mismo tiempo hay que considerar que, en general, el país no tiene trigo."

Ahora no puede uno caminar por las calles de Londres sin verse estorbado por muchedumbres que se aglomeran delante de cuadros patrióticos que representan al interesante grupo de "los tres salvadores de la civilización": el sultán, Bonaparte y Victoria. Para posibilitarles la plena apreciación del carácter de estas tres personalidades que ahora pretenden salvar la civilización, después de haber "salvado a la sociedad", reanudo mi esbozo de su generalísimo, el mariscal Saint-Arnaud.

Las famosas jornadas de julio liberaron a Jacques Leroy (al estilo antiguo), o Jacques Achille Leroy de Saint-Arnaud (al nuevo estilo), de las garras de sus acreedores. Entonces se le planteó la difícil cuestión de explotar las condiciones de la sociedad francesa, completamente perturbadas por el súbito derrumbe del viejo régimen. Achille no había tomado parte en la batalla de los tres días, y ni siquiera podía pretender haber participado en ella, pues era demasiado sabido que en aquella memorable ocasión se hallaba bajo la segura custodia de una celda de Sainte-Pélagie. Le estaba, pues, vedado, como a tantos otros aventureros, obtener fraudulentamente una recompensa bajo el pretexto de ser un combatiente de julio. Pero, por otra parte, el éxito de la dominación burguesa no parecía en modo alguno favorable para este paria de la bohemia parisina, que siempre había jurado por la legitimidad y nunca había pertenecido a la sociedad Aide-toi (esta falta de previsión la reparó haciéndose uno de los primeros miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre), y que tampoco había representado absolutamente ningún papel en la gran "Comedia de los quince años". Sin embargo, Achille había sacado algún provecho del arte de la improvisación que le enseñara su viejo maestro, el señor E. de P. Se presentó con todo descaro en el ministerio de la Guerra, alegando que era un suboficial que, por razones políticas, había solicitado su retiro durante la Restauración. Su expulsión de la guardia de corps, su exclusión de la legión corsa y su ausencia del 51.° Regimiento en la época en que éste partió para las colonias logró reinterpretarlas sin esfuerzo como otras tantas pruebas de su desenfrenado patriotismo y de la persecución por parte de los Borbones. La hoja de servicios desmentía bien a las claras sus afirmaciones, pero el ministerio de la Guerra fingió creerlo. Numerosos oficiales habían preferido solicitar el retiro antes que prestar juramento bajo Luis Felipe, y con ello se había creado un gran vacío que necesitaba ser cubierto; y el gobierno del usurpador acogía, pues, de buen grado a todo apóstata público de la legitimidad, fuera cual fuese el motivo de aquella defección. En consecuencia, Achille fue también admitido en el 64.° Regimiento de línea, si bien no sin la humillación de ser rehabilitado sólo como suboficial, en lugar de ascenderlo a un puesto superior como a los otros oficiales que habían abandonado el servicio durante la Restauración.

El tiempo y su patente de oficial le proporcionaron por fin el grado de teniente. Al mismo tiempo se le ofreció la ocasión de confirmar sus especiales talentos como apóstata servil. Su regimiento estaba estacionado en 1832 en Parthenay, en plena Vendée, teatro del levantamiento legitimista. Su anterior relación con algunos antiguos gardes du corps <Leibgardisten> que se habían agrupado en torno a la duquesa de Berry le permitió desempeñar a la vez las funciones de soldado y de espía de policía —combinación que se adecuaba de manera extraordinaria a su genio, madurado en los garitos de Londres y los cafés de mala nota de París. La duquesa de Berry, vendida por el judío Deutz al señor Thiers, fue detenida en Nantes, y Achille recibió la misión de escoltarla hasta Blaye, donde debía actuar como uno de sus carceleros bajo el mando del general Bugeaud. Lleno de alegría por tener la oportunidad de desplegar abiertamente el mayor celo por los intereses dinásticos, se pasó de la raya, repugnó incluso al propio Bugeaud con los bajos servicios que se dejó encargar

por la policía, y lo indignó con el trato brutal que dispensó a la duquesa. Bugeaud, sin embargo, no tenía poder para destituir a un ayudante al que la policía había destinado especialmente a la vigilancia de la duquesa, que además se hallaba bajo la custodia particular del señor comisario de policía Joly y que, en fin, pertenecía más bien a la competencia del Ministerio del Interior que a la de Guerra. El futuro generalísimo de las tropas anglo-francesas desempeñó el papel de comadrona, pues entre sus misiones especiales estaba la de hacer constatar y probar mediante testigos el embarazo de la duquesa, cuyo descubrimiento asestó el golpe mortal a los partidarios del antiguo régimen. En esta especial condición aparece mencionado por primera vez el nombre del señor de Saint-Arnaud en el _Moniteur_. En mayo de 1833 leemos en sus columnas:

«Monsieur Achille de Saint-Arnaud, de treinta y cuatro años de edad, con domicilio habitual en París, oficial de órdenes del general Bugeaud, fue requerido, con arreglo a su cargo oficial, para firmar el acta de nacimiento de la criatura que la duquesa dio a luz en prisión el 10 de mayo de 1833.»

El valeroso Saint-Arnaud se mantuvo fiel a su papel de carcelero y acompañó a la duquesa a bordo de la corbeta que debía llevarla a Palermo.

De regreso a Francia, Achille se convirtió en el hazmerreír y el chivo expiatorio de todo el regimiento. Malquistado con los oficiales, excluido de sus _réunions_ <Gesellschaften>, atormentado por pruebas manifiestas de su profundo desprecio, puesto en entredicho y proscrito por todo el regimiento, se vio finalmente obligado a buscar refugio en la Legión Extranjera de Argel, que se estaba formando entonces en París bajo la dirección del coronel Bedeau. Bien puede llamarse a esta Legión Extranjera la Sociedad del Diez de Diciembre de los ejércitos europeos. Bandidos notorios, aventureros con patrimonios arruinados, desertores de todos los países, la hez general de los ejércitos europeos formaban la tropa central de este _corps d’élite_ <Elitekorps>, al que con razón se llamó _refugium peccatorum_ <Verbrecherzuflucht>. En ninguna parte hubiera podido desplegarse mejor el genio de Aquiles que en la compañía de un cuerpo semejante, cuya misión oficial lo preservaba de las garras de la policía, mientras que el carácter de sus miembros suprimía todas aquellas barreras que suelen constreñir a los oficiales de los ejércitos regulares. Aunque derrochador en todo, Achille era

sumamente parco en pruebas de valor y capacidad militares, por lo que vegetó cuatro años más en la posición subalterna de teniente en el 1.er Batallón de la Legión Extranjera, hasta que por fin, el 13 de agosto de 1837, se le confirió el grado de capitán. Para su desgracia, en el ejército francés la caja de la compañía está bajo la inspección del capitán, que responde de la paga de la tropa y de su suministro de víveres. Pero precisamente las cajas eran el punto en que nuestro moderno Aquiles era muy vulnerable, y así, pocos meses después de su ascenso se descubrió en la suya un enorme déficit. El inspector general, el señor de Rulhières, que sacó a la luz esta malversación, exigió el castigo del capitán. El informe al Ministerio ya estaba escrito y a punto de ser remitido por correo; ello habría significado la ruina del señor de Saint-Arnaud si el señor Bedeau, su teniente coronel, conmovido por la desesperación de su subordinado, no hubiera intercedido y calmado la cólera del general Rulhières.

Saint-Arnaud tiene una manera muy singular de mostrarse agradecido por los favores recibidos. En vísperas del golpe de Estado fue nombrado ministro de la Guerra, hizo detener al general Bedeau y tachó el nombre del general Rulhières de la lista del cuerpo de oficiales. Rulhières le remitió entonces la siguiente carta, que difundió entre sus amigos en París y publicó en periódicos belgas:

«En 1837, el general Rulhières se negó a quebrar la espada del capitán Leroy de Saint-Arnaud, pues no quiso deshonrarlo. En 1851, el ministro de la Guerra Leroy de Saint-Arnaud quebró la espada del general Rulhières, sin poder, sin embargo, deshonrarlo.»

Karl Marx