Karl Marx

[Los debates parlamentarios del 22 de febrero -

El despacho de Pozzo di Borgo -

La política de las potencias occidentales]

["New-York Daily Tribune" Nr. 4025 vom 13. März 1854]

Londres, viernes, 24 de febrero de 1854.

La prensa se vio inquietada por una gran cantidad de palabrería inútil sobre los «preparativos bélicos» de Kossuth y sus probables «empresas». Me entero ahora, por casualidad, por un oficial polaco que se dirige a Constantinopla y que preguntó al ex gobernador sobre el camino a seguir, que Kossuth le desaconsejó abandonar Londres y se manifestó en modo alguno favorable a la participación de oficiales húngaros y polacos en la actual guerra turca, ya que tendrían que agruparse bajo la bandera de Czartoryski o abjurar de su fe cristiana: el primer paso contradiría su política, el segundo sus principios.

La impresión que causó la magistral denuncia de la política del ministerio por parte de Disraeli fue tan profunda que, para disimularla, el gabinete de todos los talentos consideró oportuno emprender el intento tardío de una pequeña comedia, concertada entre los ministros y el señor Hume y representada en la sesión del miércoles por la mañana de la Cámara de los Comunes. Lord Palmerston había concluido su coja réplica a la alternativa epigramática de Disraeli – «credulidad» enfermiza o «favoritismo» traicionero – apelando de los partidos al juicio imparcial del país, y el señor Hume estaba destinado a responder en nombre del país, exactamente igual que Schnock, el carpintero, fue escogido para hacer el papel del león en «la cruelísima muerte de Píramo y Tisbe». El señor Hume ha pasado toda su vida parlamentaria haciendo oposición por diversión, presentando enmiendas para retirarlas después – constituyendo, en realidad, la llamada oposición independiente, la retaguardia de todo ministerio whig, destinada a acudir en su auxilio cuando el peligro amenaza, en caso de que sus propios partidarios inscritos dieran muestras de vacilación. Es el gran «ofuscador» parlamentario por excelencia. Es no solo el miembro más antiguo, sino también un diputado independiente; y no solo un diputado independiente, sino también un radical; y no solo un radical, sino también el pedante y bien conocido cancerbero de la bolsa pública, que tiene la misión de dejar desaparecer libras enteras sin reparar en ellas, mientras arma un altercado por la más pequeña fracción de un penique. Por primera vez en su vida parlamentaria, como el mismo señor Hume subrayó enfáticamente, se levantaba no para condenar los presupuestos del Estado, sino para otorgarles su aprobación. Este acontecimiento extraordinario era, como no dejó de señalar, la prueba más incontestable de que el ministerio, tras las calumnias inmerecidas de los partidos, no había apelado en vano al sano juicio del país y quedaba solemnemente absuelto de la acusación de credulidad y favoritismo. Sus argumentos fueron característicos. Para salvar a los ministros de la alternativa de la credulidad o el favoritismo, demostró la credulidad de los ministros en sus negociaciones con Rusia. Había comprendido, pues, el verdadero sentido del llamamiento de Lord Palmerston. Todo lo que el ministerio pedía era la absolución de la acusación de traición deliberada. Y en cuanto a la credulidad, ¿no había declarado ya el excelente Sir James Graham que «un espíritu magnánimo se resuelve difícilmente a la sospecha»? Puesto que la guerra que amenazaba era culpa de los propios errores diplomáticos del ministerio, se trataba sin duda de su propia guerra, y por lo tanto, pensaba el señor Hume, eran ellos, mejor que ningún otro hombre, los indicados para dirigirla con destreza. En opinión del señor Hume, la relativa insignificancia del presupuesto de guerra propuesto constituía la prueba más convincente de la extensión de la guerra proyectada. Lord Palmerston dio, naturalmente, las gracias al señor Hume por el veredicto emitido en nombre del pueblo y, como recompensa, obsequió a los oyentes con su propia doctrina sobre los documentos de Estado, los cuales, a su juicio, jamás deben presentarse a la Cámara y al país antes de que las cosas estén tan enmarañadas que su publicación resulte completamente inútil. Esta fue toda la sabiduría retrospectiva que la coalición, tras madura reflexión, pudo ofrecer. A su jefe, Lord Palmerston, le correspondió no solo atenuar la impresión del discurso de su adversario, sino también privar de todo efecto a su propio llamamiento teatral de la Cámara al pueblo.

El martes por la noche, el señor Horsfall, representante de Liverpool, formuló la pregunta:

«¿Impedirán efectivamente los tratados con naciones extranjeras o las medidas que el gobierno de Su Majestad se propone adoptar en caso de guerra, que se armen barcos corsarios en puertos neutrales para atacar a los buques británicos?»

La respuesta de Lord Palmerston fue:

«El honorable señor y la Cámara habrían de comprender que se trata de una cuestión sobre la cual, en el estado actual de las cosas, no se puede dar una respuesta clarificadora.»

La «Morning Post», monitor privado de Palmerston, comenta acerca de esta respuesta de su señor:

«El noble lord no habría podido dar otra respuesta (cualquiera que sea lo que el gobierno sepa sobre el asunto) sin entrar en una discusión de las cuestiones más delicadas y difíciles, que quizás en el momento actual constituyen el objeto de negociaciones. Pero si se quiere llevarlas a un resultado satisfactorio, debería confiárselas al natural sentido de justicia de las potencias, que no desean resucitar en esta época civilizada un sistema de piratería legalizada.»

Por una parte, el órgano de Lord Palmerston declara que las «cuestiones difíciles» constituyen el objeto de negociaciones en curso; por otra, que hay que confiarlas al «natural sentido de justicia» de las potencias implicadas. Si el tan celebrado tratado de neutralidad entre Dinamarca y Suecia no fue dictado por el gabinete de San Petersburgo, ha de contener, naturalmente, la prohibición de armar barcos corsarios en sus puertos. Pero, en realidad, toda la cuestión solo puede referirse a los Estados Unidos de América, ya que el mar Báltico será ocupado por navíos de línea ingleses y Holanda, Bélgica, España, Portugal y los puertos italianos del Mediterráneo están por completo en manos inglesas y francesas. ¿Qué papel deberían desempeñar, en opinión del gabinete de San Petersburgo, los Estados Unidos, en caso de que la guerra turca condujera a una guerra entre Inglaterra y Rusia? Podemos responder a esta pregunta de manera auténtica a partir de un despacho que Pozzo di Borgo dirigió al conde Nesselrode en el otoño de 1825. Rusia había decidido por aquel entonces invadir Turquía. Como ahora, también entonces quería comenzar con una ocupación pacífica de los Principados.

«Supuesto que se adopte este plan», dice Pozzo di Borgo, «sería necesario entrar con la Puerta en explicaciones en el tono más moderado y asegurarle que, si no quiere precipitarse en una guerra, el emperador está dispuesto a resolver estas diferencias de manera conciliadora.»

Después de enumerar todos los pasos que habrían de darse, prosigue Pozzo di Borgo:

«Sería aconsejable comunicar todos estos actos a los Estados Unidos de América, como prueba de la consideración del gabinete imperial y del valor que otorga a ilustrar a la opinión pública americana y, tal vez incluso, a obtener su consentimiento.»

En caso de que Inglaterra se una a Turquía y haga la guerra a Rusia, observa Pozzo di Borgo,

«(Inglaterra) bloquearía nuestros puertos y ejercería así sus pretendidos derechos marítimos contra los neutrales. ¡Esto no lo tolerarían los Estados Unidos! De ahí surgirían violentas querellas y situaciones peligrosas.»

Ahora bien, como observa acertadamente el historiador ruso Karamzín, «nada cambia en nuestra (de Rusia) política exterior», estamos autorizados a suponer que Rusia, en el momento actual o quizás ya desde febrero de 1853, ha «comunicado todos sus actos a los Estados Unidos» y ha hecho todo lo posible para convencer con su palabrería al gabinete de Washington de que adopte una actitud al menos neutral. Al mismo tiempo, en caso de guerra con Inglaterra, funda sus esperanzas en eventuales disputas sobre los «derechos marítimos de los neutrales», que conducirían a «violentas querellas y situaciones peligrosas» y envolverían a los Estados Unidos en una alianza más o menos confesada con San Petersburgo.

Ya que cito el más importante despacho de Pozzo di Borgo, puedo también aducir de pasada el pasaje sobre Austria, el cual, por los acontecimientos ocurridos desde 1825 en Galitzia, Italia y Hungría, ciertamente no ha perdido nada de actualidad.

«Nuestra política», dice Pozzo, «exige que adoptemos frente a este Estado un semblante aterrador y que, mediante nuestros preparativos, le hagamos creer que, si emprende algo en contra nuestra, se desencadenará sobre él la tormenta más furiosa que jamás haya experimentado. O bien el príncipe Metternich explica a los turcos que nuestra entrada en los Principados es una medida provocada por ellos mismos, o bien se arroja sobre otras provincias del Imperio Otomano que le convengan más. En el primer caso, estaremos de acuerdo; en el segundo, llegaremos a un acuerdo. Lo único que habríamos de temer sería una declaración abierta contra nosotros. Si el príncipe Metternich es sensato, evitará la guerra; si es violento, será castigado. Ante un ministerio colocado en semejante situación, un gabinete como el nuestro encontrará, llegado el caso, mil maneras de poner fin a las dificultades.»

El discurso de agitación de Lord John <Russell>, el gran redoble de tambores del honor inglés, el teatro de la gran indignación moral contra la perfidia rusa, la visión de las baterías flotantes de Inglaterra desfilando a lo largo de los muros de Sebastopol y Kronstadt, el estruendo de las armas y el jactancioso embarque de tropas: todas estas circunstancias dramáticas extravían por completo a la opinión pública y le nublan los ojos de tal modo que ya no es capaz de ver más que sus propias quimeras. ¿Puede existir mayor autoengaño que creer que este ministerio se ha transformado de repente, tras las revelaciones de los libros azules, no solo en un ministerio belicoso, sino en un ministerio capaz de librar contra Rusia otra guerra que no sea una guerra fingida o una que esté precisamente en interés del enemigo contra el cual se dice hacerla? Examinemos, por una vez, las circunstancias en que se realizan los preparativos de guerra.

No se produce una declaración formal de guerra a Rusia. El ministerio no puede confesar el verdadero objetivo de la guerra. Se embarcan tropas sin que se designe con precisión su lugar de destino. Las estimaciones solicitadas son demasiado pequeñas para una guerra grande y demasiado grandes para una guerra pequeña. La coalición, que se ha hecho tristemente célebre por su habilidad para inventar excusas para sus más solemnes promesas incumplidas y pretextos para aplazar las reformas más urgentes, se siente de pronto obligada a cumplir con la más escrupulosa puntualidad compromisos dados precipitadamente, y complica esta grave crisis sorprendiendo al país con un nuevo proyecto de ley de reforma que parece inoportuno a los reformistas más fervientes, pues no ha sido impuesto por ninguna presión exterior, y es recibido por todas partes con la mayor indiferencia y desconfianza. ¿Qué otra cosa puede ser, pues, su plan, sino desviar la atención pública de su política exterior suscitando una cuestión de abrumador interés interior?

Los esfuerzos por extraviar a la opinión pública acerca de la posición de Inglaterra frente a otros Estados son bastante transparentes. Con Francia no se ha concertado aún ningún tratado vinculante, pero se ha creado un sustituto mediante un «intercambio de notas». Ahora bien, ya en 1839 se intercambiaron notas de este género con el gabinete de Luis Felipe, en virtud de las cuales las flotas aliadas debían entrar en los Dardanelos e impedir que Rusia

– sola o conjuntamente con otras potencias –

se inmiscuyera en los asuntos orientales; y todos nosotros sabemos lo que resultó de aquel intercambio de notas: una Santa Alianza contra Francia y el Tratado de los Dardanelos. La sinceridad y la seriedad con que se entiende la alianza anglo-francesa lo demuestra un incidente en la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes. Bonaparte amenaza, como se ha podido ver en el «Moniteur», a los insurgentes griegos y ha hecho las correspondientes representaciones al gobierno del rey Otón. Cuando Sir J. Walsh preguntó al gabinete sobre este asunto, Lord John Russell declaró que

«no tenía conocimiento de ningún acuerdo entre los gobiernos francés e inglés sobre la cuestión mencionada, y que no había podido hablar con el ministro de Asuntos Exteriores acerca de este objeto. Sin embargo, tenía la impresión de que al gobierno de Francia no se le habían hecho semejantes representaciones, y desde luego no con la aprobación o en acuerdo con el gobierno de este país.»

¿Se propone realmente el gobierno británico una guerra con Rusia? Entonces, ¿por qué evita tan obstinadamente las formas internacionales de la declaración de guerra? ¿Pretende realmente una alianza con Francia? ¿Por qué rehúye entonces tan cuidadosamente las formas reconocidas de las alianzas internacionales? En cuanto a las potencias alemanas, Sir James Graham declara que han concertado una alianza con Inglaterra, y Lord John Russell le contradice esa misma tarde, afirmando que las relaciones con esas potencias son más bien las mismas que al comienzo de los disturbios orientales. Los ministros afirman categóricamente que precisamente ahora están a punto de ponerse de acuerdo con Turquía y de proponerle un tratado. Embarcan tropas para ocupar Constantinopla sin haber concertado previamente un tratado con Turquía. Por eso no nos sorprende en absoluto saber, por una carta desde Constantinopla, que un agente secreto de la Puerta ha sido enviado de Viena a San Petersburgo para ofrecer al zar un convenio secreto. El corresponsal escribe:

«Después de que Turquía ha comprendido la traición y la insensatez de sus pretendidos amigos, sólo sería razonable que intentara vengarse de ellos concertando una alianza con un enemigo sabio. Las condiciones del tratado que los primeros quieren imponer a Turquía son diez veces más perniciosas que las exigencias de Ménshikov.»

De qué acciones, al menos en opinión del ministerio inglés, están destinadas a ser capaces las tropas embarcadas, se puede deducir de lo que las escuadras combinadas han hecho y en este mismo momento todavía hacen. Veinte días después de haber entrado en el Mar Negro, regresaron al Bósforo. Unos días antes, se nos comunica,

«los ministros de la Puerta, por consideración a las representaciones del enviado británico, tuvieron que encarcelar al editor del periódico griego “Télégraphe du Bosphore”, porque había declarado en su hoja que tanto la flota inglesa como la francesa regresarían en breve del Mar Negro al Bósforo. Al redactor del “Journal de Constantinople” se le encargó que declarara que las dos flotas permanecían también en adelante en el Mar Negro.»

Para mostrar su reconocimiento por la señal recibida de los almirantes inglés y francés, el almirante ruso despachó el 19 del mes pasado dos vapores para bombardear a los turcos en Shefkatil; buques rusos cruzan también a la vista de Trebisonda, mientras la escuadra combinada no tiene buques en el Mar Negro, excepto un vapor inglés y uno francés frente a Sebastopol. Sinope y el bombardeo de Shefkatil por vapores rusos son, pues, las únicas hazañas de las que pueden enorgullecerse las escuadras combinadas. La disputa entre los enviados y los almirantes, que han roto por completo toda relación entre sí –Lord Stratford de Redcliffe se negó a recibir al almirante Dundas, y Baraguay d’Hilliers ha excluido al almirante francés y a sus oficiales de un baile oficial–, esta disputa tiene una importancia secundaria, puesto que los charlatanes diplomáticos, comprometidos por la publicación de sus despachos en Londres y París, probablemente se esfuerzan en restaurar a toda costa su reputación perdida, por muchos barcos y tripulaciones que cueste.

Pero el aspecto serio de la cuestión es que se anularon las instrucciones abiertas a los enviados mediante una serie de instrucciones secretas a los almirantes, y que estos últimos realmente no están en condiciones de ejecutar instrucciones contradictorias entre sí. ¿Y cómo podrían ser de otro modo las instrucciones, si no las ha precedido ninguna declaración de guerra? Por un lado se les ordena atacar a los buques rusos para forzar su retirada del Mar Negro hacia Sebastopol, y por otro lado no deben salir de la mera defensiva. Por último, si se pretendía una guerra seria, ¿cómo podía el enviado británico en Constantinopla considerar como un triunfo significativo el haber logrado desplazar al jefe del partido de la guerra en el ministerio turco, Mechmed Ali Pachá, de su cargo de ministro de la Guerra y sustituirlo por el chalán de la paz Riza Pachá, al tiempo que encargaba a Mechmed Pachá, criatura de Reschid Pachá, con el cargo de gran almirante!

Pasemos ahora a otro punto sumamente importante. El embarque de las tropas británicas y francesas no se ha continuado hasta que llegó a Londres y París la noticia de que en Albania había estallado una sublevación griega y se había extendido por Tesalia y Macedonia. Como demuestran los despachos de Russell, Clarendon y Lord Stratford de Redcliffe, esta insurrección era esperada con impaciencia desde un principio por el gabinete inglés. Le ofrece el mejor pretexto para inmiscuirse en los asuntos entre el sultán y sus propios súbditos cristianos, bajo el pretexto de intervenir entre rusos y turcos. Desde el momento en que los católicos se inmiscuyen en los asuntos de los griegos (empleo aquí la palabra sólo en el sentido religioso), se puede contar con seguridad con un entendimiento de los 11 millones de habitantes de la Turquía europea con el zar, quien entonces aparecerá realmente como su protector religioso. Entre los musulmanes y sus súbditos griegos no existe ninguna disputa religiosa, sino que el odio religioso contra los católicos, puede decirse, constituye el único vínculo común entre las distintas tribus que habitan en Turquía y profesan la fe griega. En este aspecto nada ha cambiado desde que Mehmed II sitió Constantinopla, desde que el almirante griego Lucas Notaras, el hombre más influyente del Imperio Bizantino, declaró públicamente que preferiría ver triunfar en la capital el turbante turco antes que el sombrero romano, mientras que, por otra parte, circulaba una profecía húngara según la cual los cristianos no serían felices hasta que los malditos griegos heréticos fueran exterminados y los turcos destruyeran Constantinopla. Toda injerencia de las potencias occidentales en los asuntos entre el sultán y sus súbditos griegos tenía que favorecer, pues, los planes del zar. Un resultado similar se produciría si a Austria se le ocurriera, como en 1791, ocupar Servia bajo el pretexto de frustrar los propósitos traicioneros del partido ruso en ese principado. Quiero añadir aún que en Londres corre el rumor de que griegos de las Islas Jónicas, a los que las autoridades inglesas no se habrían opuesto, apoyan a los insurrectos epirotas y se unen a ellos, y que la noticia de la sublevación griega fue anunciada en la edición del sábado del «Times», el órgano de la coalición, como un acontecimiento muy bienvenido.

Por mi parte, no dudo en absoluto de que detrás de los ruidosos preparativos bélicos de la coalición acecha la traición. Bonaparte, naturalmente, se lanza a esta guerra con toda seriedad. No le queda otra alternativa que la revolución en el interior o la guerra en el exterior. No puede seguir combinando el cruel despotismo de Napoleón I con la corrupta política de paz de Luis Felipe. Tiene que dejar de enviar continuamente nuevos contingentes de prisioneros a Cayena, si no se atreve al mismo tiempo a enviar ejércitos franceses más allá de las fronteras. Pero el conflicto entre las intenciones confesadas de Bonaparte y los planes secretos de la coalición no puede sino contribuir a complicar aún más las cosas. De todo esto no deduzco, ni mucho menos, que no habrá guerra, sino que, por el contrario, tomará proporciones tan terribles y revolucionarias que los hombrecillos de la coalición ni siquiera sospechan. Precisamente su traición es el medio de convertir un conflicto local en una conflagración europea.

Aun cuando el ministerio británico fuese tan sincero como falso es, su injerencia no haría sino acelerar el derrumbamiento del Imperio Otomano. No puede intervenir sin exigir garantías para los súbditos cristianos de la Puerta, y no puede arrancarle esas garantías sin condenarla a la ruina. Incluso el corresponsal en Constantinopla que antes citaba, y que es un declarado amigo de los turcos, tiene que reconocer que

«la propuesta de las potencias occidentales de poner a todos los súbditos de la Puerta en un pie de completa igualdad en sus derechos civiles y religiosos conduciría de inmediato a la anarquía, a guerras civiles y a la definitiva y rápida ruina del Imperio».

Karl Marx