[La nota de Reschid Pascha – Un periódico italiano sobre la cuestión oriental]

[New-York Daily Tribune, núm. 4068, del 2 de mayo de 1854]

Londres, martes 18 de abril de 1854.

Los gobiernos de Inglaterra y Francia habrían intercambiado por fin ejemplares de un convenio ofensivo y defensivo, compuesto de cinco artículos. Nada se sabe aún sobre su contenido.

El tratado entre Austria y Prusia aún no ha sido concluido; el punto en disputa es la ocupación de las fronteras con la Polonia rusa, rechazada por una parte de la corte prusiana.

El 6 de abril se celebró en Atenas un Te Deum en honor del aniversario de la independencia griega. Los enviados de las potencias occidentales no tomaron parte en él. El mismo día, el Beobachter de Atenas publicó dieciséis reales ordenanzas (disposiciones), en las que se aceptaba la dimisión de veintiún generales, coroneles y otros oficiales que deseaban unirse a los insurrectos. Al día siguiente llegó a Atenas la noticia de que los insurrectos habían sufrido una terrible derrota en Arta. Ya el lugar mismo donde se libró la batalla demuestra que la insurrección no ha hecho el más mínimo progreso y que sus únicas víctimas, hasta ahora, han sido los propios campesinos griegos que habitan los distritos fronterizos del reino de Grecia.

Se recordará que en 1827 los enviados de Rusia, Inglaterra y Francia exigieron a la Sublime Puerta que retirase de Grecia a todos los turcos, residieran o no allí. Al negarse los turcos, fueron obligados a obedecer en la batalla de Navarino. Ahora la Sublime Puerta ha promulgado una orden semejante respecto a los griegos; y como ni la carta de Reschid Pascha al señor Metaxas, el enviado griego, ni la circular de Lord Stratford de Redcliffe a los cónsules británicos han sido publicadas hasta ahora en los periódicos londinenses, ofrezco una traducción de ambas, tomada del Journal de Constantinople del 5 de abril:

«Respuesta de Reschid Pascha, ministro de Asuntos Exteriores,
a la nota del señor Metaxas

Constantinopla, 3 de redscheb de 1270 (1 de abril de 1854).

He tomado conocimiento de la nota que usted me dirigió el 26 de marzo, relativa a su decisión de abandonar esta capital. Puesto que el gobierno de la Sublime Puerta no ha obtenido del gobierno griego la satisfacción debida por sus justas reclamaciones en relación con los presentes acontecimientos, y puesto que el encargado de negocios de la Sublime Puerta se ha visto obligado, conforme a las instrucciones recibidas, a abandonar Atenas, es procedente, señor mío, que también usted abandone esta ciudad. Por consiguiente, le remito, de acuerdo con su deseo, sus pasaportes. Al romperse a partir de hoy las relaciones tanto diplomáticas como mercantiles entre ambos países, hemos llegado a la decisión de que las cancillerías helénicas establecidas en las diversas provincias de nuestro imperio, así como los cónsules griegos, deben regresar sin demora a su país. Los comerciantes y demás súbditos helénicos que residen en Turquía deben igualmente abandonar Constantinopla; no obstante, a fin de proteger los intereses del comercio griego, les concedemos un plazo de quince días. Para aquellos que residen en las provincias, este plazo se contará únicamente a partir del día en que reciban la orden de partida. Está irrefutablemente probado que nuestras provincias fronterizas no han sido invadidas por negligencia, sino más bien por tolerancia por parte del gobierno griego. Aunque el gobierno imperial tiene indiscutiblemente el derecho de retener y confiscar, como prenda por las muy cuantiosas pérdidas que se nos han causado, todos los buques que se hallan en nuestros puertos, mi augusto soberano considera que se aviene mejor con su sentido de la moderación no causar perjuicio a los súbditos griegos en una cuestión que atañe únicamente al gobierno griego. Cuando ese gobierno haya vuelto a un espíritu de mayor justicia y tenga en cuenta los derechos internacionales y las reglas del jus gentium (derecho de gentes), habrá llegado la ocasión de examinar la cuestión de los costos originados por esta insurrección. Por ello, se permite a todos los buques helénicos regresar sin impedimento a su país dentro del plazo que se les ha fijado. Las autoridades competentes han recibido instrucciones de facilitar la partida de los súbditos griegos particularmente necesitados y de tratar a los enfermos y a los débiles con la mayor consideración posible.»

(El muy cristiano y civilizado gobierno de Austria maneja estas cosas de otro modo; basta pensar en la expulsión de los tesineses.) «Considero oportuno repetir una vez más que únicamente el gobierno helénico nos ha impuesto esta decisión y que toda la responsabilidad por las consecuencias que de ella se deriven ha de recaer exclusivamente sobre Grecia.

Reschid Pascha»

Conforme a esta orden, el 5 de abril se embarcaron en Constantinopla 3.000 griegos, y el pachá de Esmirna, según hemos oído, ya ha publicado la orden para los habitantes griegos de esa ciudad.

La circular de Lord Stratford de Redcliffe a los cónsules británicos en Turquía y Grecia dice como sigue:

«Constantinopla, sábado 1 de abril de 1854.

Ha llegado a mi conocimiento que los helenos que han invadido las provincias fronterizas de Turquía inducen a la rebelión a los súbditos griegos del sultán, declarando que los gobiernos de Francia e Inglaterra están dispuestos a ayudarles en el derrocamiento del dominio del sultán. También se me informa de que se emplean artificios semejantes para difundir la creencia de que los enviados francés e inglés otorgarían su protección a todos los súbditos helénicos en Turquía tan pronto como la Puerta —a raíz de la ruptura de las relaciones diplomáticas y mercantiles con Grecia— manifestase su intención de desterrarlos de los estados del sultán. Como invenciones de esta especie alientan falsas esperanzas, seducen a personas bienintencionadas y tienden a aumentar delictivamente los sufrimientos de la guerra, me apresuro a dar a usted la seguridad de que esas afirmaciones carecen por completo de fundamento. En verdad, se requiere gran ignorancia y credulidad para fundar, aunque solo sea por un instante, esperanzas en una quimera que contradice tanto al sano sentido común como a los hechos. Pero, por desgracia, cosas semejantes se encuentran en todas partes donde los caminos y los medios están aún tan imperfectamente desarrollados. Usted sabe tan bien como yo que Inglaterra y Francia se han unido por completo a la noble resistencia que el sultán opone a un ataque violento y contrario a derecho. De ello se sigue necesariamente que los dos gobiernos aliados solo pueden contemplar con el penoso sentimiento de la indignación y la reprobación un movimiento que, emprendido únicamente en beneficio de Rusia, ni siquiera posee el mérito de la espontaneidad, que a la postre ha de estorbar la actividad de la Puerta y de sus aliados, y que no ofrece otra perspectiva que la miseria para quienes exponen su vida por una quimera aventurera. Cierto es que uno se siente movido a compasión por las familias inocentes que se ven desgraciadamente envueltas en las consecuencias de una política brutal y sin principios; pero, por nuestra parte, no debe existir relación alguna con los instigadores, y es preciso reprimir los sentimientos que no puede menos de suscitar la conducta de un partido insensato. He de recomendarle que no deje pasar ninguna oportunidad

de dar a conocer el contenido de esta circular a todos aquellos que se mostrasen inclinados a dejarse seducir por falaces seguridades, tales como las que aquí se denuncian.

Stratford de Redcliffe»

Los más directamente interesados en el desenlace de las complicaciones orientales, junto a los alemanes, son los húngaros y los italianos. Por eso no carece de interés conocer las intenciones de los distintos partidos de estas naciones con respecto a sus relaciones mutuas. El siguiente artículo del periódico turinés L’Unione, que traduzco con este fin, les mostrará las opiniones del partido constitucional en Italia, el cual parece estar completamente dispuesto a sacrificar a Hungría para recuperar la independencia de Italia. El secreto de la longevidad del Imperio austríaco es precisamente ese egoísmo provinciano que deslumbra a cada pueblo con la ilusión de que podría conquistar su libertad sacrificando la independencia del otro pueblo.

«Los periódicos ingleses no escatiman esfuerzo para dar a la inminente guerra contra Rusia la apariencia de una lucha por la libertad y la independencia europea, cuando en realidad solo tienen presentes los intereses comerciales de Inglaterra; como prueba de ello, Lord John Russell nos aconseja a los italianos que permanezcamos tranquilos, dándonos a entender que Austria podría algún día volverse más humana. Con ello reconoce al menos que en la actualidad no tiene nada de humano. No obstante, la filantrópica Inglaterra intenta asegurarse la alianza de Austria para la “victoria de la libertad y de la independencia de Europa”. En cuanto a la prensa francesa, no es libre, y como ha de temer, primero, una advertencia, y, a la segunda, la prohibición, no le queda más remedio que repetir lo que conviene al gobierno. Además, los periódicos franceses no suelen tratar las cuestiones del día en gran escala y están demasiado sujetos al impulso de la moda. Las hojas liberales alemanas escriben bajo la presión de un miedo enorme que Rusia les inspira, y esto es comprensible si se considera la influencia que ya ha conseguido sobre las dos potencias más importantes de Alemania. Pero ¿qué queremos nosotros? La independencia de Italia. Sin embargo, mientras se hable de la integridad territorial de Turquía y del equilibrio europeo sobre la base del Tratado de Viena, es muy natural que sigamos “disfrutando” del mismo statu quo, que contradice por completo nuestros deseos. ¿A qué aspira Rusia? A acabar con el Imperio otomano y a alterar con ello el equilibrio del statu quo y el mapa de Europa. Eso es precisamente lo que nosotros queremos. Se dirá, no obstante, que Rusia quiere modificarlo a su manera. Pero precisamente esto puede sernos útil, porque ni Francia, ni Inglaterra, ni Alemania pueden tolerar este nuevo engrandecimiento del territorio o de la influencia de un imperio que ya posee demasiado de ambos; por lo tanto, se verán obligados a buscar un baluarte contra Rusia. Ese baluarte solo puede ser Austria, frente a la cual las potencias occidentales tendrán que mostrarse generosas,

otorgándole todo el valle del Danubio desde Orsova hasta el mar Negro y, en el bajo Danubio, la Dobrudja y las llaves de los Balcanes. Entonces Austria poseería:

1. Un territorio inmenso con una población de parentesco afín.

2. Todo el curso de un gran río, tan necesario para el comercio de Alemania.

En semejante caso, Austria, al menos en lo que respecta a su defensa, ya no necesitaría a Italia y concentraría aproximadamente seis millones de eslavos del sur y cuatro millones de daco-rumanos, a los que se sumarían otros tres millones de los primeros y alrededor de otros cuatro millones de los segundos, ya sometidos a su dominio.»

¡Integridad e independencia de Turquía! Dos altisonantes paradojas. Si por independencia se entiende la libertad de una nación para gobernarse a sí misma conforme a sus propios principios, sin que ningún extranjero tenga derecho a inmiscuirse, esa independencia quedó ya muy comprometida por el tratado de Kainardschi, y con el reciente tratado con las potencias occidentales recibió el golpe de gracia (colpo di grazia). Por consiguiente, ya no gobierna el sultán a Turquía, sino que la gobiernan las potencias europeas; y cuando musulmanes y cristianos, vencedores y vencidos, sean equiparados ante la ley, cuando los rayas —que constituyen las cuatro quintas partes de la población— puedan portar armas, Turquía dejará de existir y sobrevendrá una transformación que no puede realizarse sin violencia y sin las más graves turbulencias, sin choques abiertos entre las dos sectas que durante cuatro siglos se han acostumbrado a aborrecerse mutuamente. No oigamos, pues, de la independencia de Turquía sino que es una fábula.

¡Y la integridad territorial! ¿Acaso no fueron Francia e Inglaterra quienes, de acuerdo con Rusia, arrancaron a Turquía el reino griego, es decir, el Peloponeso, el Ática, Beocia, Fócide, Acarnania, Etolia, la isla de Negroponte, etc., con un millón de habitantes? ¿Acaso no lo fueron? ¿Acaso no fue Francia la que se apoderó de Argelia? ¿Acaso no fueron Francia, Inglaterra y Rusia quienes concedieron a Egipto una media independencia? ¿Acaso no fue el inglés quien, hace quince años, se apoderó de Adén, en el mar Rojo? ¿No son de nuevo los ingleses quienes codician Egipto? ¿Y no le apetecen a Austria Bosnia y Serbia? ¿Por qué entonces hablar de la conservación de un estado de cosas contra el cual todos conspiran y que por sí mismo ya no puede subsistir?

Llegamos, por tanto, a la conclusión de que el propósito de Rusia de aniquilar a Turquía es un buen propósito; de que también las potencias occidentales están plenamente en su derecho al proponerse oponerse a las usurpaciones de Rusia; pero si estas potencias quieren alcanzar su objetivo, deben abandonar la hipocresía diplomática en la que se han envuelto y decidirse a aniquilar a Turquía y a cambiar el mapa de Europa. A esta decisión tienen que llegar.

Karl Marx