Karl Marx

[La misión del conde Orlov -

Las finanzas de guerra rusas]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4007, del 20 de febrero de 1854]

Londres, viernes, 3 de febrero de 1854.

Tuve ocasión de ver la procesión de Estado de la reina cuando pasó por delante de los Horse Guards para abrir el Parlamento. El enviado turco fue recibido con grandes vítores y hurras. El príncipe Albert, cuyo rostro estaba pálido como un cadáver, fue furiosamente abucheado por la multitud a ambos lados de la calle, mientras la reina fue muy parca en sus saludos habituales y sonreía de manera forzada ante las inusitadas manifestaciones de descontento público. En una carta anterior he reducido el movimiento anti-Albert a sus verdaderas proporciones y he demostrado que no es más que una artimaña partidista. No obstante, la manifestación pública ha de tomarse muy en serio, pues demuestra que la lealtad ostentada por el pueblo británico no es más que una formalidad convencional, una ceremonia artificiosa que no puede resistir el más leve golpe. Posiblemente pueda inducir a la Corona a destituir a un ministerio cuya política antinacional amenaza con poner en peligro su propia seguridad.

Cuando se conoció la reciente misión del conde Orlov ante el gabinete de Viena, The Times informó a sus crédulos lectores de que precisamente Orlov era el hombre que el zar solía emplear para misiones de paz. Huelga decirle que ese mismo Orlov apareció en Constantinopla en la primavera de 1833 para arrancar a la Puerta el tratado de Hunkiar-Iskelessi. Lo que ahora exige al gabinete de Viena es el permiso para enviar un cuerpo de ejército ruso desde Varsovia, a través de Hungría, al teatro de guerra del Danubio. Como primer resultado de su presencia en Viena cabe considerar que Austria exige ahora a la Puerta que destituya a sus actuales comandantes en el Danubio —Selim Pascha, Ismail Pascha y Omer Pascha— bajo el pretexto de que son renegados y revolucionarios. Quien conozca la historia anterior de Turquía sabe que, desde los inicios del Estado otomano, todos sus grandes generales, almirantes, diplomáticos y ministros fueron siempre renegados cristianos —serbios, griegos, albaneses, etc.—. ¿Por qué no se exige a Rusia que despida a los cuarenta o cincuenta hombres que ha comprado por toda Europa y que constituyen todo su tesoro de sagacidad diplomática y política y de capacidad militar? Entretanto, Austria ha concentrado 80.000 hombres en la frontera turca, en Transilvania y Hungría, y ha ordenado a un cuerpo bohemio de unos 30.000 hombres que acuda a unirse con ellos. Se dice que el gobierno prusiano, por su parte, se ha negado a obedecer la orden del zar, que mandó a Friedrich Wilhelm IV que enviara un cuerpo de 100.000 hombres para ocupar Polonia en nombre e interés de Rusia, dejando así libres a las guarniciones allí estacionadas para marchar hacia el sur, donde serían empleadas en la campaña de los Principados.

En una carta anterior llamé su atención sobre el expediente financiero al que recurrió recientemente el gobierno austriaco, a saber, decretar una depreciación de su propio papel moneda del 15 por ciento en el pago de los impuestos. Este ingenioso “impuesto sobre el pago de impuestos” se ha extendido ahora también a Italia. La Gazzetta di Milano del 22 de enero publica un decreto del ministro de Finanzas austriaco, en el que se anuncia que “el papel moneda, a consecuencia de su depreciación, sólo será aceptado en la aduana con un descuento del 17 por ciento”.

En una ocasión anterior, al comienzo de las llamadas complicaciones orientales, tuve que prevenir a sus lectores, en lo tocante al tesoro público ruso, contra la afirmación insistentemente difundida de los “secretos” tesoros que se dice dormitan en las bóvedas del Banco de San Petersburgo, y señalé la ridícula exageración del enorme poder monetario del que Rusia podría disponer en un momento dado. Mis opiniones han sido plenamente confirmadas por los acontecimientos. El zar no sólo se ha visto obligado a retirar sus depósitos metálicos de los bancos de Inglaterra y Francia, sino que ha tenido que llevar a cabo, además, una fraudulenta confiscación. El príncipe Paskewitsch ha comunicado al Banco Hipotecario y de Descuento de Varsovia que su capital será tomado como empréstito forzoso, pese a que los estatutos de dicho banco le prohiben prestar dinero sobre otras garantías que no sean la propiedad inmobiliaria. También se nos informa de que el gobierno ruso quiere emitir sesenta millones de rublos en papel moneda no convertible para cubrir los gastos de guerra. El gabinete de Petersburgo no recurre a este artificio por primera vez. A finales de 1768, Katharina II, para cubrir los gastos de la guerra con Turquía, fundó un banco de asignados que, al parecer, se basaba en el principio de emitir billetes convertibles, pagaderos al portador. Sin embargo, por un hábil descuido, olvidó decir al público en qué moneda serían pagaderos esos billetes, y unos meses más tarde los pagos sólo se efectuaban en moneda de cobre. Por otro desfavorable «azar», estas monedas de cobre resultaron sobrevaloradas en un cincuenta por ciento en comparación con el metal sin acuñar, y sólo circulaban a su valor nominal debido a su gran escasez y a la falta de moneda menuda para el comercio al por menor. La convertibilidad de los billetes no era, pues, más que un truco.

En un principio, Katharina limitó la emisión total a 40.000.000 de rublos en billetes de 25 rublos; el rublo representaba una moneda de plata de unos 38 a 40 peniques en moneda inglesa y, según el tipo de cambio, valía algo más de 100 kopeks de cobre. A la muerte de Katharina, en 1796, la cantidad de este papel moneda había aumentado a 157.000.000 de rublos, es decir, casi el cuádruple de la suma original. El tipo de cambio en Londres había bajado de 41 peniques en 1787 a 31 peniques en 1796. Durante los dos reinados siguientes, los gastos aumentaron rápidamente; en 1810 la circulación de papel moneda alcanzó los 577.000.000 de rublos, y el rublo en papel sólo valía 25
2
/
5
kopeks, es decir, una cuarta parte de su valor de 1788, y el tipo de cambio en Londres bajó en otoño de 1810 a 11
1
/
2
peniques por rublo, en lugar de los 38 a 40 peniques anteriores. En 1817, según el informe del conde Gurjew, el importe de los billetes en circulación era de 836.000.000 de rublos. Puesto que los derechos de aduana y otros impuestos se calculaban en rublos de plata, el gobierno declaró entonces que los asignados se aceptarían en pago en la proporción de 4 por 1, lo que equivale a una depreciación del 75 por ciento. Mientras esta depreciación proseguía, en la misma proporción subían los precios de las mercancías y estaban sometidos a fluctuaciones tan grandes que el propio gabinete empezó a inquietarse y se vio obligado a realizar empréstitos en el exterior para retirar de la circulación una parte de los billetes. El 1 de enero de 1821 se declaró que su importe se había reducido a 640.000.000. Las guerras que siguieron con Turquía, Persia, Polonia, China, etc., hicieron que la masa de asignados bancarios volviera a hincharse, que los tipos de cambio bajaran de nuevo y que todas las mercancías estuvieran sometidas a amplias e irregulares fluctuaciones de precios. Sólo el 1 de julio de 1839, cuando el tipo de cambio se hubo recuperado a causa de una enorme exportación de cereales a Inglaterra, promulgó el zar un manifiesto según el cual, a partir del 1 de julio de 1840, la ingente cantidad de asignados bancarios se canjearía por billetes de banco pagaderos a la vista también en rublos de plata al precio completo de 38 peniques. El zar Alejandro había declarado que los asignados serían aceptados por los recaudadores de impuestos en la proporción de 4 por 1; del zar Nikolaus, sin embargo, se dice que los restableció a su valor original íntegro mediante su conversión. Pero a ello se adjuntaba una curiosa cláusula que ordenaba que por cada
uno
de esos nuevos billetes hubiera que entregar tres y medio viejos. No se declaraba que el billete viejo estuviera depreciado en un 28 por ciento de su importe original, sino que tres y medio billetes viejos equivalían a un
nuevo
billete. De aquí podemos deducir que, por un lado, el gabinete ruso es en cuestiones financieras tan escrupuloso y meticuloso como en las diplomáticas, y que, por otro, el mero peligro de una guerra inminente basta para devolverlo a todas las dificultades financieras de las que Nikolaus viene intentando salir desde hace unos veinte años.

Un gobierno europeo tras otro se presenta y apela a los bolsillos de sus amados súbditos. Incluso el rey de los sobrios holandeses <Wilhelm III> exige a los Estados Generales 600.000 rijksdaalders para fines de fortificación y defensa, y añade que «las circunstancias podrían determinarle a movilizar una parte del ejército y a enviar su flota».

Si existiera alguna posibilidad de remediar la verdadera escasez de dinero mediante una hábil contabilidad y de llenar las cajas vacías, el autor del presupuesto francés publicado hace unos días en el Moniteur la habría realizado. Pero ni siquiera el más pequeño tendero de París se engaña acerca del hecho de que, ni aun con la más hábil agrupación de cifras, puede uno desaparecer del libro de deudas de los acreedores, y de que el héroe del 2 de diciembre <Napoleón III>, que creyó inagotables los bolsillos del pueblo, ha precipitado despreocupadamente a la nación en las deudas.

No cabe imaginar nada más ingenuo que la declaración del ministerio danés en la sesión del Folketing del día 17 del corriente, de que el gobierno se propone aplazar para un momento más oportuno la ejecución de su plan de modificar las instituciones fundamentales de Dinamarca e introducir su tan ansiada constitución del Estado integral.

Karl Marx