Friedrich Engels

La última batalla en Europa

Escrito el 19 de enero de 1854.

["New-York Daily Tribune" núm. 3997 del 8 de febrero de 1854, artículo de fondo]

Los informes de nuestros corresponsales londinenses y de los periódicos europeos nos permiten al fin valorar en toda su amplitud el prolongado combate entre turcos y rusos, cuyo teatro fue Cetate, una pequeña aldea nueve millas al norte de Kalafat. Junto al hecho de que en una serie de sangrientos choques, de los que se da noticia, se demostró gran valentía y de que los turcos se alzaron con la victoria, lo más llamativo de todo el combate es que, en lo que respecta a la expulsión de los rusos de Valaquia, no produjo ningún resultado práctico. Ello se debe a un error de los turcos, sobre el cual hemos podido llamar la atención de nuestros lectores repetidas veces. Nos referimos al envío de un solo ejército a Kalafat, con el que pretendían cerrar el paso hacia Serbia, mientras que la mejor garantía contra un avance ruso hacia esa provincia la habría ofrecido la presencia de fuerzas fuertes y concentradas en las cercanías de Rustschuk y Hirsowa. Una fuerza de este tipo habría amenazado las comunicaciones de cualquier ejército ruso que marchara hacia el oeste, siempre que mantuviera un punto de apoyo en la margen izquierda del Danubio mediante un puente y una cabeza de puente en Oltenitza o en algún lugar próximo, fortificado de modo similar al de Kalafat. Pero incluso sin ese punto de apoyo, los rusos no podrían cruzar el alto Danubio e invadir Serbia a menos que quisieran dar a los turcos la oportunidad de cruzar el bajo Danubio y marchar sobre Bucarest. Naturalmente, en esta afirmación partimos de la relación real de fuerzas entre las partes y atribuimos al ejército turco de Rumelia una decisiva superioridad numérica sobre el ejército ruso en Valaquia.

Pero, de hecho, los turcos utilizaron su superioridad precisamente de una manera que la hizo ineficaz y preparó su derrota final. No concentraron sus fuerzas en el bajo Danubio, sino que las dividieron. Mientras 30.000 o 35.000 hombres ocupaban Widdin y Kalafat, el resto del ejército permanecía en el Danubio medio y bajo. Han ocupado el arco de un círculo, mientras que los rusos, por el contrario, ocupan la cuerda de ese arco. Por ello, estos últimos solo necesitan recorrer un espacio menor para concentrar todas sus tropas en un punto dado. Además, los caminos más cortos de los rusos discurren por terreno llano, mientras que los más largos de los turcos pasan por montañas y cruzan numerosos torrentes de montaña. Por consiguiente, la posición turca es lo más desventajosa posible y, sin embargo, se adoptó para satisfacer el viejo prejuicio de que no hay mejor medio para cerrar el paso al enemigo que situarse transversalmente ante él.

El 20 de diciembre, Omer Pachá sabía en Schumla que los rusos preparaban para el 13 de enero un gran ataque contra Kalafat. Disponía de veintidós días; sin embargo, Kalafat está situado respecto a los otros puntos de apoyo del ejército turco de tal manera que, al parecer, no podía hacer llegar refuerzos, salvo unas pocas reservas procedentes de Sofía. El hecho de que los rusos, por otra parte, sin haber recibido refuerzos dignos de mención de Rusia —el omnipresente cuerpo de Osten-Sacken todavía no había llegado a Bucarest el 3 de enero—, se atrevieran a concentrarse tan al oeste, muestra que o bien el tiempo y el estado del Danubio no permitían a los turcos cruzar el río más abajo, o bien Gortschakow, por otras razones, estaba seguro de su inactividad en ese sector. Los turcos en Kalafat tenían la orden de atacar a los rusos mientras estos aún estaban concentrando sus fuerzas. Esto se lograba mejor repitiendo el experimento de Oltenitza. ¿Por qué no se hizo? El puente de Kalafat resiste a pesar del invierno y de los hielos flotantes, y más abajo no había ningún punto donde se pudiera tender un puente similar y formar una cabeza de puente. ¿O acaso Omer Pachá tenía órdenes de permanecer en la margen derecha del río? En la actuación de los turcos hay tantas contradicciones, a medidas audaces e inteligentes siguen tan regularmente los pecados de omisión y los desaciertos más evidentes, que detrás tiene que estar la diplomacia. En todo caso, Gortschakow no se habría movido ni una pulgada en dirección a Kalafat de no haber estado seguro de que los turcos no repetirían la maniobra de Oltenitza.

Los rusos debieron de emplear en total unos 30.000 hombres contra Kalafat, pues con fuerzas inferiores difícilmente se habrían atrevido a atacar una posición fortificada defendida por una guarnición de diez mil hombres con, al menos, otros diez mil como reserva o para salidas. Allí estaba concentrada, por tanto, la mitad por lo menos del ejército activo ruso en Valaquia. ¿Dónde y cómo habría podido entonces la otra mitad, dispersa en un vasto espacio, impedir que las fuerzas turcas cruzaran el río en Oltenitza, Silistria o Hirsowa? Pero si la comunicación entre Widdin y Kalafat podía mantenerse sin dificultad, también era posible cruzar en otros puntos. Así, los rusos, gracias a su posición en la cuerda del arco cuya periferia ocupaban los turcos, pudieron llevar fuerzas superiores al campo de batalla de Cetate, mientras que los turcos no pudieron reforzar su destacamento de Kalafat, aun sabiendo con mucha antelación del ataque planeado. Privados los turcos de la posibilidad de efectuar ese movimiento de diversión que habría impedido toda la batalla, privados de la perspectiva de ser socorridos, quedaron reducidos únicamente a su valentía y solo podían esperar ir batiendo a las fuerzas enemigas por separado antes de que estas lograran concentrarse. Pero incluso esa esperanza era escasa, pues no podían alejarse mucho de Kalafat y cualquier destacamento enemigo, aunque fuera inferior en número, podía sustraerse a su zona de operaciones. Así combatieron durante cinco días, por lo general con éxito, y sin embargo se vieron obligados a replegarse a sus atrincheramientos en las aldeas alrededor de Kalafat, porque al final las tropas rusas eran claramente superiores tras recibir nuevos refuerzos. El resultado es que el ataque ruso a Kalafat fue probablemente rechazado o aplazado y que los turcos han demostrado que saben batirse en campo abierto no menos bien que tras muros y fosos. Lo sangrientos que fueron estos choques puede deducirse de una carta de Bucarest que informa de que en los combates un regimiento ruso de tiradores quedó completamente destruido y de un regimiento de ulanos solo quedaron 465 hombres.

En Oltenitza los rusos atacaron las posiciones atrincheradas de los turcos; en Cetate los turcos atacaron las posiciones atrincheradas de los rusos. En ambos casos los turcos resultaron vencedores, sin obtener, empero, fruto alguno de su victoria. La batalla de Oltenitza tuvo lugar justo en el momento en que la proclamación de un armisticio estaba en camino desde Constantinopla hacia el Danubio. Y, cosa extraña, la batalla de Cetate coincide con la noticia de que el Diván ha aceptado las últimas propuestas de paz que le han sido dictadas por sus aliados occidentales. En un caso, las intrigas de la diplomacia quedan desbaratadas en medio del estruendo de las armas, mientras que en el otro la sangrienta obra de la guerra es frustrada al mismo tiempo por la acción secreta de la diplomacia.