El sistema de operaciones anglofrancés

Friedrich Engels

Las hazañas bélicas en el Báltico y en el mar Negro —  
El sistema de operaciones anglofrancés

Escrito el 22 de mayo de 1854.  
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 4101 del 9 de junio de 1854]

Londres, martes 23 de mayo de 1854.

Por fin tenemos que informar de una hazaña de los «marineros británicos».

La flota del almirante Napier, tras un bombardeo de ocho horas, ha destruido el fuerte Gustavsvärn (traducido del sueco «Defensa o fortaleza de Gustavo», «Gustavswehr») y ha hecho prisionera a la guarnición, de 1.500 hombres. Éste es el primer ataque serio contra una posesión imperial rusa y demuestra por lo menos, en comparación con el soporífero e ineficaz asunto de Odesa, que Charles Napier no está dispuesto a sacrificar su propia reputación y la de su familia si puede evitarlo. El fuerte Gustavsvärn se halla en la punta extrema de la península que forma el ángulo sudoeste de Finlandia, cerca del faro de Hangöudd, conocido como punto de referencia por todos los navegantes que ascienden por el golfo de Finlandia. La importancia militar del fuerte no es muy grande; asegura un tramo muy pequeño de tierra y mar, y la flota atacante habría podido dejarlo atrás sin riesgo alguno. El fuerte mismo no puede haber sido grande, como se desprende del número de su guarnición. Perdónesenos, sin embargo, que aplacemos la valoración táctica del asunto hasta que dispongamos de detalles más minuciosos, ya que incluso en el Almirantazgo y en el Ministerio de la Guerra británicos reina una bendita ignorancia sobre la verdadera fuerza y significado de las defensas costeras rusas del Báltico.

Por el momento, sólo podemos decir lo siguiente: el bombardeo de ocho horas demuestra una defensa valerosa, aunque no muy hábil, por parte de los rusos, y anuncia una tenacidad mayor de la prevista en la defensa de las fortalezas de primer orden situadas en este golfo. Por otra parte, los 1.500 prisioneros de guerra no representan para Rusia una pérdida digna de mención (equivalen aproximadamente a la pérdida media de dos días por enfermedad en el Danubio), mientras que a Napier han de causarle serios aprietos. ¿Qué diablos va a hacer con ellos? No puede dejarlos en libertad ni bajo palabra de honor ni sin ella, y no puede llevarlos a ningún lugar más cercano que Inglaterra. Para transportar con seguridad a estos 1.500 hombres necesitaría al menos tres navíos de línea o el doble de fragatas de vapor. Precisamente las consecuencias de su victoria lo dejarían inmovilizado durante dos o tres semanas. Finalmente, ¿cómo puede, careciendo de tropas de desembarco, ocupar el territorio conquistado? No veo manera de hacerlo sin volver a inutilizar su flota, de tripulación escasa, destacando marineros e infantes de marina de cada dotación. Esta circunstancia nos lleva a un tema que en estos momentos se debate con gran vehemencia en la prensa británica, aunque, como de costumbre, con demasiado retraso.

De repente, la prensa británica ha descubierto que una flota, por poderosa que sea, resulta bastante inútil si no lleva a bordo tropas lo bastante fuertes para desembarcar y completar en tierra la victoria que los cañones navales, incluso en el caso más favorable, sólo pueden conseguir de manera incompleta sobre las fortificaciones terrestres. Parece como si hasta finales del mes pasado a nadie en Inglaterra, ni en los círculos militares oficiales ni en los círculos oficiales que guían la opinión pública, se le hubiera ocurrido jamás esta idea. Ahora todas las tropas y medios de transporte disponibles han sido dirigidos al mar Negro, y la totalidad de las fuerzas terrestres que tienen orden de ir al Báltico consiste en una brigada de 2.500 hombres, de los cuales ni uno solo ha sido embarcado aún, y ni siquiera el estado mayor se ha organizado hasta la fecha.

Los franceses, por su parte, cojean lamentablemente a la zaga. Su flota del Báltico —recuérdese el jactancioso informe del ministro Ducos: «Vuestra Majestad ha ordenado el equipamiento de una tercera flota; las órdenes de Vuestra Majestad han sido cumplidas»—, esa grandiosa armada que debía estar lista para hacerse a la mar a mediados de marzo y contar con diez navíos de línea, nunca ha comprendido más de cinco navíos de línea, los cuales, junto con una fragata y cierto número de buques menores, avanzan lentamente a lo largo del Gran Belt; necesitaron tres semanas enteras para alcanzarlo desde Brest, aunque soplaban continuamente vientos del oeste. El gran campamento de Saint Omer, que debía acoger a 150.000 hombres, e incluso a 200.000 en caso necesario, para una expedición al Báltico, estaba formado sobre el papel desde hace tres o cuatro semanas; sin embargo, hasta hoy no se ha concentrado ni una sola brigada. Y eso que los franceses podrían prescindir con facilidad de 10.000 a 15.000 hombres de infantería y artillería de campaña de sus guarniciones costeras, sin necesidad de armar un gran revuelo con exageradas y teatrales demostraciones de campamentos; pero ¿dónde están los medios de transporte? Habría que fletar buques mercantes británicos, y éstos, a la velocidad de la flota francesa, necesitarían de cuatro a seis semanas para alcanzar uno tras otro el teatro de guerra; y ¿dónde podrían desembarcar las tropas, dónde concentrarse las brigadas y divisiones, dónde organizarse los estados mayores y las intendencias? En este círculo vicioso se mueven los aliados. Para poder desembarcar en el Báltico, tienen primero que conquistar una isla o península donde puedan concentrar y organizar las tropas para el ataque; y para crear esta condición previa indispensable, necesitan tener ya sobre el terreno una fuerza terrestre. En cuanto tengan un buen almirante que entienda lo suficiente de la guerra continental como para mandar una fuerza terrestre, podrán salir fácilmente del apuro; Charles Napier está sin duda a la altura de estas cosas, pues ya ha combatido mucho en tierra. Pero ¿cómo esperar algo así como unidad de acción allí donde un Aberdeen y un Palmerston tienen el poder en sus manos, donde cuatro ministerios distintos se entrometen en los asuntos del ejército, donde el ejército y la marina están en perpetua disputa y donde las fuerzas francesas e inglesas, aliadas, se envidian mutuamente la gloria y el éxito? Tampoco puede llevarse ahora ninguna fuerza terrestre operativa al Báltico antes de finales de junio; y si dentro de cuatro meses la guerra no está decidida y no se ha concertado la paz, habrá que abandonar todas las conquistas; tropas, cañones, buques, provisiones, todo tendrá que ser retirado o dejado atrás, y durante los siete meses de invierno los rusos volverán a estar en posesión de todo su territorio báltico. De ello se desprende con suficiente claridad que para el año en curso no caben ataques serios y decisivos contra la Rusia báltica; es demasiado tarde. Sólo si Suecia se une a las potencias occidentales tendrán éstas una base de operaciones en el Báltico que les permita llevar a cabo una campaña de invierno en Finlandia. Aquí tenemos, pues, otro círculo vicioso, vicioso como el anterior, aunque sólo para los pusilánimes. ¿Cómo puede esperarse que Suecia se una a las potencias si no se la convence de sus serias intenciones enviando una fuerza terrestre y ocupando una parte de Finlandia? Pero, por otra parte, ¿cómo enviar allá esas fuerzas si no se ha asegurado uno de Suecia como base de operaciones?

Ciertamente, Napoleón el Grande, el «carnicero» de tantos millones de hombres, con su audaz, resuelta y fulminante conducción de la guerra, fue un modelo de humanidad comparado con los irresolutos directores «estadistas» de esta guerra rusa, a quienes finalmente no les quedará otra cosa que sacrificar vidas humanas y dinero contante en una escala aún mucho mayor, si continúan procediendo como hasta ahora.

Si nos volvemos hacia el mar Negro, vemos que las flotas unidas se entretienen frente a Sebastopol con un pequeño e inofensivo ejercicio de tiro a larga distancia contra unas cuantas obras exteriores miserables de esa fortaleza. Este juego inofensivo fue proseguido, según se nos informa, durante cuatro días por la mayoría de los buques, y como los rusos sólo tenían doce navíos de línea en condiciones de hacerse a la mar, no se dejaron ver fuera del puerto en todo ese tiempo, para gran asombro del almirante Hamelin (véanse sus informes del 1 y el 5 de mayo). Este heroico marino es, desde luego, lo bastante viejo para recordar la época en que escuadras francesas eran no sólo bloqueadas por otras inglesas mucho más débiles, sino incluso atacadas dentro de los puertos; y sería realmente pedir un poco demasiado que la escuadra rusa, más débil, abandonara Sebastopol para ser destruida y hundida por un número dos veces mayor de buques y sacrificarse así voluntariamente en expiación del «abominable crimen de Sinope».

Entretanto, dos navíos de línea (vapores de hélice) y siete fragatas de vapor se hallan en camino hacia Circasia. Debían reconocer minuciosamente las costas de Crimea y luego destruir los fuertes de la costa circasiana. Sin embargo, en este ataque debían participar sólo tres fragatas de vapor, mientras que las otras cuatro tenían la orden de regresar a la flota en cuanto Crimea hubiera sido reconocida a fondo. Ahora bien, por lo que sabemos, los tres fuertes que los rusos conservan ocupados en la costa circasiana —Anapa, Suchum Kale y Redut Kale— son de considerable fortaleza y están construidos en alturas que dominan el mar abierto (a excepción de Redut Kale), y es dudoso que las fuerzas enviadas basten para ejecutar sus propósitos, tanto más cuanto que no van acompañadas de tropas de desembarco. La escuadra, al mando del contralmirante Lyons, debe al mismo tiempo ponerse en contacto con los circasianos, particularmente con su jefe Schamil. Lo que Lyons ha de negociar con Schamil no se sabe; pero una cosa es cierta: no puede llevarle lo que más necesita, a saber, armas y municiones, pues los buques de guerra en operaciones no disponen de espacio libre para embarcar carga. Dos miserables bergantines o goletas mercantes cargados con tan valiosos bienes prestarían servicios mucho mejores que el apoyo moral, pero completamente inútil, de cinco buques de guerra. Al mismo tiempo nos enteramos de que la flota turca navega hacia el mismo objetivo y lleva consigo los objetos necesarios para armar a los circasianos. ¡Así que las dos flotas aliadas tienen la misma misión, pero la una no sabe nada de la otra! ¡Diablos, eso sí que es unidad de plan y de acción! ¡Al final, una de ellas tomará a la otra por rusos, y se convertirá en un famoso espectáculo para los circasianos cuando las dos escuadras se cañoneen mutuamente!

Las tropas terrestres aliadas fraternizan entretanto en Gallipoli y Scutari a su manera, consumiendo enormes cantidades del pesado y dulce vino de esa región. Los que accidentalmente se mantienen sobrios se ocupan en construir reductos de campaña situados y edificados de tal modo que jamás será posible atacarlos ni defenderlos. Si aún hiciera falta una prueba de que ni el gobierno británico ni el francés tenían la intención de perjudicar seriamente al amigo Nicolás, hasta el más ciego la recibe por la manera como las tropas pasan su tiempo. Para tener un pretexto que justifique mantener alejadas sus tropas del teatro de operaciones, los comandantes aliados les hacen erigir una línea continua de reductos de campaña a través del istmo del Quersoneso tracio. Todo el mundo sabe, y en particular cualquier ingeniero francés, que las líneas defensivas continuas en las fortificaciones de campaña son, en casi todas las circunstancias, completamente inadmisibles; pero estaba reservado al ejército anglo-francés de Gallipoli tender trincheras continuas sobre un terreno dominado en sus dos terceras partes por alturas que se alzan justo del lado por donde se espera al enemigo. Mas como, a pesar de todos los empeños por avanzar lo más despacio posible, incluso a ese paso de caracol es necesario hacer una especie de progreso, nos enteramos de que 15 000 franceses han de marchar a Varna — ¿en calidad de qué? — como guarnición de la fortaleza — ¿para hacer qué allí? — para morir de fiebres intermitentes y epidemias.

Ahora bien, si esta manera de hacer la guerra ha de tener algún sentido, los comandantes tendrían que saber que los turcos carecen precisamente del arte de maniobrar en campo abierto, en el que las tropas anglo-francesas son maestras; pero que, en cambio, los turcos dominan con tal maestría la defensa de murallas, trincheras e incluso brechas contra tropas que asaltan, que ni ingleses ni franceses pueden medirse con ellos en esa tarea. Por eso, y porque Varna con una guarnición turca logró lo que jamás había conseguido fortaleza alguna con anterioridad, es decir, mantenerse veintinueve días después de haberse abierto tres brechas practicables en las murallas, por eso se retira de Varna a los turcos, a medio disciplinar, y se los envía contra los rusos a campo abierto, mientras se manda a los franceses, bien instruidos y excelentes para el ataque pero no bastante perseverantes para una defensa prolongada, a Varna a custodiar las murallas.

Por otros informes se desprende que todos estos movimientos no son más que maniobras de distracción. Se dice que se preparan grandes cosas. No se pretende en absoluto dejar operar a las tropas aliadas en el mar Báltico, sino que éstas, con ayuda de las flotas, han de llevar a cabo hazañas grandiosas a la espalda de los rusos. Deben desembarcar en Odessa, cortar la retirada del enemigo y unirse a su retaguardia con los austríacos en Transilvania. Además, enviarán destacamentos a Circasia. Por último, pondrán de 15 000 a 20 000 hombres para el ataque a Sebastopol por el lado de tierra, mientras las flotas fuerzan el puerto. Basta echar un vistazo al curso seguido hasta ahora por la guerra y a las negociaciones diplomáticas que la precedieron para que estos rumores queden liquidados para nosotros sin duda muy pronto. Llegaron de Constantinopla inmediatamente después de la llegada del mariscal Leroy, llamado comúnmente Saint-Arnaud. Quien conozca la historia anterior de este digno caballero (se la enviaré en los próximos días), reconocerá también en esta fanfarronada al hombre que se ha jactado hasta encumbrarse a su alto rango, a pesar de haber sido expulsado tres veces como oficial del ejército.

Resumamos brevemente la situación bélica: Inglaterra y sobre todo Francia se ven empujadas, «de manera inevitable aunque a regañadientes», a emplear la mayor parte de sus fuerzas en Oriente y en el mar Báltico, es decir, en dos alas adelantadas de una posición militar que no tiene un centro más cercano que Francia misma. Rusia entrega sus costas, su flota y una parte de sus tropas para inducir a las potencias occidentales a comprometerse por completo en esta medida, contradictoria con toda estrategia. En cuanto esto haya ocurrido, en cuanto el número necesario de tropas francesas haya sido enviado a países muy alejados, Austria y Prusia se declararán por Rusia y marcharán sobre París con fuerzas superiores. Si este plan triunfa, Luis Napoleón no dispondrá ya de tropas para resistir el golpe. Pero hay un poder que, ante cualquier acontecimiento súbito, «puede ponerse en movimiento», y que también puede «poner en movimiento» a Luis Bonaparte y a sus viles lacayos, como ya ha puesto en movimiento antes a más de un soberano. Este poder es capaz de desafiar todas esas invasiones, y así lo ha demostrado ya una vez a la Europa unida. Y este poder, la revolución, tenedlo por seguro, no faltará el día en que se necesite su acción.

Karl Marx