Karl Marx

[Los planes de guerra de Francia e Inglaterra —

La insurrección griega —

España —

China]

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune» nº 4030 del 18 de marzo de 1854]

Londres, viernes, 3 de marzo de 1854.

En mi última carta mencioné que Sir Charles Napier debe su nombramiento como comandante en jefe de la flota del Báltico a la desconfianza que expresó públicamente hacia la alianza francesa y a su acusación de que Francia había traicionado a Inglaterra en 1840, mientras que en realidad el gobierno inglés conspiraba entonces con Nicolás contra Luis Felipe. Habría debido añadir que el segundo almirante en el Mar Negro, Sir Edmund Lyons, durante su estancia como enviado inglés en Grecia se mostró declarado enemigo de Francia y fue destituido de ese cargo a instancias de Lord Stratford de Redcliffe. El ministerio hacía, pues, cuanto estaba en su mano para sembrar la discordia, mediante esos nombramientos, no sólo entre los comandantes francés e inglés, sino también entre los almirantes y el enviado inglés en Constantinopla.

Estos hechos no se niegan y, ciertamente, no quedan refutados porque Bonaparte, en su discurso de apertura ante los diputados, se felicite de su estrecha alianza con Inglaterra. La _Entente cordiale_ es ciertamente algo más antigua que la restauración de la etiqueta imperial. Lo más notable del discurso de Bonaparte no es ni esa reminiscencia de las alocuciones de Luis Felipe, ni que ponga al descubierto los ambiciosos planes del zar, sino más bien que se erija públicamente en protector de Alemania y, sobre todo, de Austria frente al enemigo interior y exterior.

Los instrumentos de ratificación del tratado de la Puerta con las potencias occidentales, que contiene la cláusula de que la Puerta no concertará la paz con Rusia sin su concurso, apenas se habían canjeado el 5 de febrero en Constantinopla, cuando ya se iniciaron negociaciones entre los representantes de las cuatro potencias y la Puerta sobre la futura situación de los cristianos en Turquía. «The Times» del miércoles revela el verdadero propósito de esas negociaciones:

«Las condiciones existentes en diversas partes del Imperio otomano, a las que ya por firmanes y tratados se les ha concedido la administración interior completa de sus asuntos, sin dejar de reconocer la soberanía de la Puerta, constituyen precedentes que pueden extenderse sin perjuicio para ambas partes y ofrecen quizá la mejor salida para proveer a las provincias en su situación actual.»

En otras palabras, el gabinete de coalición se propone salvar la integridad del Imperio otomano en Europa convirtiendo Bosnia, Croacia, Herzegovina, Bulgaria, Albania, Rumelia y Tesalia en otros tantos principados danubianos. Si la Puerta acepta esas condiciones, ello conducirá infaliblemente a la guerra civil entre los propios turcos, en caso de que los ejércitos turcos resulten victoriosos.

Ahora se sabe que el descubrimiento de la conjura en Vidin no hizo sino precipitar la explosión griega, que en Bucarest ya se consideraba como un hecho consumado antes de que estallara. El bajá de Escútari concentra todas sus tropas para impedir que los montenegrinos se unan a los griegos sublevados.

En lo que atañe a las intenciones actuales del gobierno británico, la expedición anglo-francesa puede considerarse una nueva superchería. Se ha designado Rodosto como lugar de desembarco para los franceses, y Enos para los británicos. Esta última ciudad se halla en una pequeña península a la entrada de una bahía pantanosa, cuyo fondo lo forman los extensos pantanos del valle del Maritsa, que sin duda contribuirán notablemente a la salubridad del campamento. No está sólo fuera del Bósforo, sino también de los Dardanelos, y las tropas, para llegar al Mar Negro, tienen que o bien embarcarse de nuevo y hacer una travesía marítima de unas 250 millas contra las corrientes de los estrechos, o bien marchar 160 millas por terreno sin caminos, una marcha que sin duda podría realizarse en 14 días. Los franceses, en Rodosto, se hallan por lo menos en el Mar de Mármara y a solo siete jornadas de Constantinopla.

¿Qué van a hacer entonces las tropas en esta posición incomprensible? Pues bien, o marchar sobre Adrianópolis para cubrir la capital, o, en el peor de los casos, reunirse en el istmo del Quersoneso tracio para defender los Dardanelos. Así lo escribe «The Times» «con autorización superior» y cita incluso las observaciones estratégicas del mariscal Marmont en apoyo de la sabiduría de este plan.

¡Cien mil hombres de tropas francesas e inglesas para defender una capital que no está amenazada y que, posiblemente, no pueda estarlo en los próximos doce meses! ¡Realmente, bien podrían haberse quedado en casa!

Si este plan llegara a ejecutarse, sería ciertamente el peor que hubiera podido concebirse. Se basa en la peor forma de la guerra defensiva, a saber, en aquella que busca su fuerza en la inacción absoluta. Aun suponiendo que la expedición tuviera un carácter predominantemente defensivo, es evidente que ese fin se alcanzaría del mejor modo si se diera a los turcos la posibilidad de pasar a la ofensiva apoyados en tal reserva, o al menos de ocupar una posición desde la cual se pudiera emprender una ofensiva ocasional y parcial donde las circunstancias lo permitieran. Pero en Enos y Rodosto las tropas francesas e inglesas son completamente inútiles.

Lo peor de todo es que un ejército de 100.000 hombres, con un abundante número de vapores de transporte y apoyado por una flota de veinte navíos de línea, representa en sí mismo una fuerza capaz de la acción ofensiva más decidida en cualquier punto del Mar Negro. Una fuerza de esa índole tiene que tomar Crimea y Sebastopol, Odessa y Jersón, bloquear el mar de Azov, destruir las fortificaciones rusas en la costa caucásica y traer intacta la flota rusa al Bósforo, o no tiene idea de su fuerza ni de su deber como ejército activo. Los partidarios del ministerio aseguran que se emprenderán esas operaciones una vez que los 100.000 hombres estén concentrados en Turquía, y que el desembarco de las primeras divisiones en Enos y Rodosto sólo tiene por objeto engañar al enemigo. Pero incluso en ese caso es un derroche innecesario de tiempo y energía no hacer desembarcar las tropas directamente en algún punto del Mar Negro. El enemigo no puede ser inducido a error. En cuanto el emperador Nicolás tenga noticia de esta expedición de 100.000 hombres, tan pomposamente anunciada, tendrá que enviar a Sebastopol, Caffa, Perekop y Yeni-Kale a todos los soldados de que pueda prescindir. No se puede primero aterrorizar al adversario con preparativos colosales y pretender luego hacerle creer que no se quiere hacer daño a nadie con ellos. La treta sería demasiado transparente, y si se cuenta con inducir a error a los rusos con tan miserables maniobras, la diplomacia británica no habrá hecho sino cometer un nuevo y mayúsculo desatino.

Creo, por tanto, que quienes han concebido esta expedición quieren sencillamente engañar al sultán, y que bajo el pretexto de aterrorizar a Rusia en todo lo posible, se afanarán por causarle en todo caso el menor daño posible.

Si Inglaterra y Francia ocupan Constantinopla y una parte de Rumelia, si Austria ocupa Serbia y acaso Bosnia y Montenegro, y si Rusia logra reforzar su posición en Moldavia y Valaquia, eso se parece extraordinariamente a una eventual partición de la Turquía europea. Turquía se halla hoy en una situación peor que en 1772. Para mover a la emperatriz Catalina a retirarse de los principados danubianos, cuya ocupación amenazaba con provocar un conflicto europeo, el rey de Prusia <Federico II> propuso entonces el primer reparto de Polonia, a fin de sufragar los costes de la guerra ruso-turca. Recuérdese que en aquella época la Puerta se lanzó originalmente a la guerra con Catalina para defender a Polonia del ataque ruso, y que, al final, Polonia fue sacrificada en el altar de la «independencia e integridad» del Imperio otomano.

La pérfida política de vacilación del gabinete de coalición ha dado a los emisarios moscovitas la posibilidad de urdir y alimentar la insurrección griega que Lord Clarendon aguardaba tan anhelante. La insurrección había comenzado el 28 de enero y, según los últimos despachos de Viena, el 13 de febrero tomaba proporciones más amenazadoras. Los territorios de Acarnania y Etolia, y partes de Ilbessan y Delonia se hallan al parecer en insurrección. En Egripo, capital de Eubea, habría estallado un levantamiento que no cede en gravedad al de Albania. Que las ciudades de Arta y Janina hayan sido abandonadas por los turcos y ocupadas por los griegos tiene menor importancia, ya que las ciudadelas dominantes quedan en manos de tropas otomanas y, como sabemos por las numerosas guerras entre cristianos y turcos en Albania, la posesión definitiva de esas ciudades dependió siempre de la posesión de las ciudadelas. Se declarará el estado de sitio para los territorios de Contessa, Salónica y las costas albanesas. Señalé en mi última carta que uno de los resultados de la insurrección griega que más tenía que temer la Puerta es que ésta ofrezca a las potencias occidentales la ocasión de entrometerse en los asuntos entre el sultán y sus súbditos, en vez de combatir a los rusos, empujando así a los cristianos griegos a una alianza con el zar. Con qué avidez se apoderan las potencias de esta oportunidad puede verse por el hecho de que el mismo correo trae la noticia de que la Puerta ha aceptado el tratado propuesto por Francia e Inglaterra, y de que los representantes francés e inglés han enviado dos vapores en auxilio de los turcos, mientras el enviado británico en Atenas ha comunicado al gabinete del rey Otón que Inglaterra quiere intervenir en los territorios sublevados. El corresponsal de Viena en «The Times» describe con toda claridad el resultado inmediato de la insurrección desde el punto de vista militar en los siguientes términos:

«En los últimos días se ha hecho notar cierto desaliento en el cuartel general de Vidin, porque los refuerzos anunciados han recibido contraorden y se hallan ahora en camino hacia las comarcas sudoccidentales de Turquía. La noticia de la insurrección de los cristianos en Epiro ha causado una impresión inquietante en los arnautas y en los albaneses del Danubio, y éstos han reclamado en voz alta permiso para regresar a sus hogares. Los generales de brigada Hasan Bay y Suleimán Bajá han perdido toda influencia sobre sus salvajes tropas. Si se intentaba retenerlas por la fuerza, se temía un motín abierto; si se les permitía regresar, devastarían territorio cristiano a su paso hacia casa. Si el movimiento hostil de la población cristiana en el oeste tomase proporciones aún más amenazadoras, el ala occidental del ejército turco se vería obligada a emprender un movimiento retrógrado que más que compensaría el golpe que los rusos han sufrido con la entrada de las flotas aliadas en el Mar Negro.»

Estos son algunos de los primeros resultados de la política vacilante que los Graham, Russell, Clarendon y Palmerston ensalzan tan ampulosamente para justificar la política del ministerio en la cuestión oriental. Cuando el viernes por la noche se les comunicó que el zar había despedido a Sir Hamilton Seymour de la manera más áspera y descortés, sin esperar a que Inglaterra lo retirase, celebraron dos reuniones del gabinete, una el sábado y otra el domingo por la tarde. El resultado de sus deliberaciones consiste en conceder al zar una nueva prórroga de tres a cuatro semanas; esta prórroga se le otorgará bajo la forma de una intimación en la que

«se exige al zar que, dentro de los seis días siguientes a la recepción de esta comunicación, prometa solemnemente y se comprometa a hacer que sus tropas evacuen los Principados del Danubio a más tardar el 30 de abril».

Pero nótese que a esta intimación no sigue la amenaza de una declaración de guerra, en caso de que el zar la rechazara. Cierto es que puede decirse, y el «Times» lo hace, que, a pesar de esta prórroga concedida, los preparativos de guerra se prosiguen con celo. Pero es

de notar que, por un lado, la resolución que las potencias occidentales han puesto en perspectiva de intervenir directamente en la guerra impide toda acción decidida de la Puerta en el Danubio — y cada día de prórroga en esta región empeora la situación de los turcos, pues permite a los rusos reforzarse en el frente y hace que los rebeldes griegos en la retaguardia del ejército del Danubio sean cada vez más peligrosos —, mientras que, por otro lado, el embarque de tropas hacia Enos y Rodosto puede poner en aprietos al sultán, pero ciertamente no detendrá a los rusos.

Se acordó que el ejército expedicionario británico constara de unos 30 000 hombres y el francés de unos 80 000. Si en el curso de los acontecimientos resultara que Austria, mientras aparentemente está del lado de las potencias occidentales, solo intenta disimular su connivencia con Rusia, Bonaparte tendría que lamentar mucho esta dispersión tan imprudente de sus tropas.

Hay todavía una insurrección que puede considerarse como una diversión en favor de Rusia: la insurrección en España. Todo movimiento en España provoca con seguridad desavenencias entre Francia e Inglaterra. La intervención francesa en España de 1823 fue, como sabemos por el «Congreso de Verona» de Chateaubriand, instigada por Rusia. Que la intervención anglo-francesa de 1834, que condujo finalmente a la ruptura de la Entente cordiale entre ambos Estados, procedía de la misma fuente, podemos deducirlo del hecho de que Palmerston fue su autor. Los «matrimonios españoles» prepararon el camino para la caída de la dinastía de Orleans. En el momento actual, un destronamiento de la «inocente» Isabel ayudaría a un hijo de Luis Felipe, el duque de Montpensier, a hacer valer sus pretensiones al trono español, mientras que, por otra parte, a Bonaparte se le recordaría que antaño residió en Madrid uno de sus tíos. Los Orleans serían apoyados por los Coburgo y combatidos por los Bonaparte. Una insurrección española, que de ningún modo significa una revolución del pueblo, resultaría, por lo tanto, una fuerza motriz sumamente poderosa para disolver una alianza tan superficial como la anglo-francesa.

Se informa que se ha concluido un tratado de alianza entre Rusia, Jiva, Bujará y Kabul.

En cuanto a Dost Muhammad Khan, el emir de Kabul, sería de lo más natural que intentara ahora vengarse de Inglaterra, su aliado pérfido. Pues en 1838 había ofrecido a Inglaterra declarar enemistad eterna a Rusia, si así convenía al gobierno inglés, haciendo matar al agente que el zar le había enviado; y su cólera contra Inglaterra se encendió de nuevo a causa del papel que esta desempeñó en 1839 durante la expedición afgana, cuando fue derrocado del trono y su país devastado de la manera más cruel y desconsiderada. Pero, dado que la población de Jiva, Bujará y Kabul pertenece a la fe musulmana ortodoxa de los sunitas, mientras que los persas profesan las doctrinas cismáticas de los chiitas, no es de suponer que se alíen con Rusia, aliado de los persas a quienes aborrecen y odian, contra Inglaterra, el aparente aliado del padishá, a quien consideran el supremo jefe de todos los creyentes.

Con cierta verosimilitud, Rusia podría tener como aliados al Tíbet y al emperador tártaro de China, si este se viera obligado a retirarse a Manchuria y a renunciar al cetro de la China propiamente dicha. Los rebeldes chinos, como se sabe, han emprendido una verdadera cruzada contra el budismo, destruyendo sus templos y matando a sus bonzos. Sin embargo, la religión de los tártaros es el budismo, y el Tíbet, que reconoce la suzeranía de China, es la sede del gran lama y el lugar santísimo para la fe budista. Por consiguiente, si Taiping Tiän-wang logra expulsar a la dinastía manchú de China, se verá envuelto en una guerra religiosa con las fuerzas budistas de los tártaros. Puesto que a ambos lados del Himalaya se profesa el budismo, y que Inglaterra no puede dejar de apoyar a la nueva dinastía china, el zar se pondrá seguramente del lado de las tribus tártaras, las empujará contra Inglaterra y atizará insurrecciones religiosas en el propio Nepal. Por el último correo oriental nos enteramos de que

«el emperador de China, previendo la pérdida de Pekín, ha ordenado a los gobernadores de las diversas provincias que envíen los ingresos imperiales a Jehol, la antigua sede de la familia y actual residencia veraniega en Manchuria, a unas ochenta millas al nordeste de la Gran Muralla».

Por consiguiente, la gran guerra religiosa entre chinos y tártaros, que se extenderá más allá de las fronteras de la India, puede esperarse en un futuro próximo.

Karl Marx