Friedrich Engels

La cuestión de la guerra en Europa

Escrito el 13 de febrero de 1854.

[“New-York Daily Tribune” núm. 4019 del 6 de marzo de 1854, artículo de fondo]

Aunque la llegada del “Nashville” no nos pone en posesión de noticias esencialmente nuevas del teatro de guerra, sí nos informa de un hecho que es de gran importancia para el estado actual de las cosas. Ahora, en efecto, a última hora, cuando los embajadores rusos han abandonado París y Londres, cuando los embajadores británico y francés han sido llamados de San Petersburgo, cuando las fuerzas navales y terrestres de Francia e Inglaterra están ya siendo concentradas para acciones bélicas directas: en este último momento, los dos gobiernos occidentales someten nuevas propuestas de negociación, en las que acceden a casi todo lo que Rusia quiere. Se recordará que la principal exigencia de Rusia era que se le reconociese el derecho a resolver la disputa, que, según afirmaba, solo concernía a Rusia y Turquía, directamente con la Puerta, sin la injerencia de otras potencias. Este derecho les ha sido ahora concedido a los rusos. Las propuestas contenidas en la carta de Napoleón, que reproducimos en otro lugar, dicen que Rusia negociará directamente con Turquía, pero que el tratado que se concluya entre ambas partes será garantizado por las cuatro potencias. Esta garantía es la otra cara de la concesión, ya que brinda a las potencias occidentales un cómodo pretexto para inmiscuirse en cualquier futura disputa del mismo género. Mas con ello la situación de Rusia no puede empeorar respecto a la que tiene ahora, pues el emperador Nicolás debe comprender que no puede emprender tentativa alguna de desmembramiento de Turquía sin arriesgarse a una guerra con Inglaterra y Francia. Y además, la ganancia real de Rusia dependerá del carácter del tratado, que aún no se ha concluido; Rusia, que ha visto ahora con cuánta cobardía retroceden las potencias occidentales ante una guerra, solo necesita mantener a sus ejércitos en pie de guerra y proseguir su sistema de intimidación para ganar todos los puntos de la negociación. Además, la diplomacia rusa difícilmente ha de temer la lucha con los excelentes enviados que zurcieron la famosa primera nota de Viena.

Sin embargo, está por ver si el zar aceptará esta propuesta o confiará en su ejército. No puede permitirse llevar a cabo cada cinco años semejantes armamentos y desplazamientos de tropas en su gigantesco imperio. Los preparativos se han hecho a una escala tan grande que solo una ganancia material muy sustancial puede cubrir los costos. La población rusa ha sido puesta a fondo en un estado de entusiasmo bélico. Hemos visto la copia de una carta escrita por un comerciante ruso —no uno de los muchos comerciantes alemanes, ingleses o franceses que se han establecido en Moscú, sino realmente un viejo moscovita, un auténtico hijo de la Santa Rus (Heiligen Rus), que tiene algunas mercancías en comisión por cuenta inglesa y al que se le había preguntado si, en caso de guerra, existiría el peligro de que estas mercancías fuesen confiscadas. El viejo ruso, completamente indignado de que se le atribuyese tal cosa a su gobierno, y muy versado en la fraseología oficial según la cual Rusia, en contraste con los países revolucionarios y socialistas de Occidente, es el gran paladín del “orden, la propiedad, la familia y la religión”, responde que

“aquí en Rusia, loado sea Dios, la distinción entre lo mío y lo tuyo conserva aún toda su fuerza, y su propiedad está aquí tan segura como en ninguna otra parte. Hasta le aconsejaría que enviase aquí la mayor cantidad posible de su propiedad, porque aquí estará quizá más segura que donde ahora se encuentra. Podría quizá tener motivos de temor por sus compatriotas, pero de ningún modo por su propiedad.”

Entretanto, los preparativos bélicos en Inglaterra y Francia han alcanzado una escala sumamente grande. La escuadra francesa del océano ha sido destacada de Brest a Tolón para transportar tropas al Levante. Según diversos informes, serán transportados cuarenta o sesenta mil hombres, de los cuales una gran parte procede del ejército de África. La expedición contará con regimientos de fusileros particularmente fuertes y estará comandada o bien por Baraguay d'Hilliers o por Saint-Arnaud. El gobierno británico enviará aproximadamente 18.000 hombres (22 regimientos de 850 hombres cada uno), y el día en que recibimos nuestras últimas noticias, una parte de ellos ya había sido embarcada hacia Malta, donde se supone que estará el punto general de reunión. La infantería es transportada en vapores, y para el transporte de la caballería se han empleado barcos de vela. La flota del Báltico, que deberá ser concentrada el 6 de marzo en el Támesis, cerca de Sheerness, constará de quince navíos de línea, ocho fragatas y diecisiete buques menores. Es la mayor flota que los británicos han reunido desde la última guerra, y como la mitad de ella estará compuesta por vapores de ruedas o de hélice, y la capacidad de combate y el desplazamiento de estos son actualmente alrededor de un 50 por ciento mayores que hace cincuenta años, la flota del Báltico es posiblemente la fuerza naval más poderosa que haya creado país alguno. Sir Charles Napier la comandará; si llegase a haber guerra, es el hombre que apuntará sus cañones inmediatamente al punto decisivo.

En el Danubio, la batalla de Cetate ha causado evidentemente una demora del ataque ruso sobre Calafat. Esta lucha de cinco días ha convencido a los rusos de que no será fácil tomar un campamento fortificado que puede efectuar semejantes salidas. Incluso la orden expresa del propio autócrata no parece ser suficiente para forzar a sus tropas, tras semejante anticipo, a un ataque precipitado. La presencia del general Schilder, el jefe del cuerpo de ingenieros, enviado ex profeso desde Varsovia, parece incluso haber producido un resultado contrario a la orden imperial, pues en lugar de acelerar el ataque, le bastó con inspeccionar las fortificaciones desde cierta distancia para convencerse de que se necesitaban más tropas y cañones pesados de los que podían reunirse de inmediato. Por eso los rusos, desde hace algún tiempo, están concentrando alrededor de Calafat tantas tropas como les es posible y trasladando sus cañones de asedio, de los cuales se dice que han llevado setenta y dos piezas a Valaquia. El “London Times” estima sus tropas en 65.000 hombres, lo cual es algo elevado si consideramos la fuerza total del ejército ruso en los principados. Este ejército se compone ahora de seis divisiones de infantería, tres divisiones de caballería y unas trescientas piezas de artillería de campaña, además de cosacos, fusileros y otras tropas especiales, con una fuerza total indicada, antes del comienzo de la guerra, de 120.000 hombres. Suponiendo que sus pérdidas por enfermedad y en el campo de batalla asciendan a 30.000 hombres, quedan aproximadamente 90.000 en condiciones de combatir. De estos, se necesitan al menos 35.000 para proteger la línea del Danubio, mantener ocupadas las ciudades más importantes y asegurar las comunicaciones. Para un ataque a Calafat quedarían, pues, a lo sumo 55.000 hombres.

Considere usted ahora las posiciones de los dos ejércitos. Los rusos descuidan toda la línea del Danubio, no hacen caso de la posición de Omer Pachá en Shumla y desvían sus fuerzas principales e incluso su artillería pesada hacia un punto en su ala extrema derecha, donde están más lejos de Bucarest, su base inmediata de operaciones, que los turcos. Su retaguardia está, por consiguiente, tan desguarnecida como quepa imaginar. Peor aún, para tener alguna cobertura de retaguardia, se ven obligados a dividir sus fuerzas y a presentarse ante Calafat con una fuerza que de ningún modo es tan evidentemente superior como para garantizar una victoria y justificar con ello semejante maniobra. Dejan entre el treinta y el cuarenta por ciento de su ejército disperso tras las fuerzas principales, y estas tropas no están ciertamente en condiciones de rechazar un ataque decidido. Por consiguiente, ni está asegurada la conquista de Calafat, ni están fuera de peligro las comunicaciones del ejército sitiador. El desatino es tan evidente, tan colosal, que solo la certeza absoluta del hecho puede obligar a un militar a creer que se ha cometido.

Si Omer Pachá, que todavía dispone de las fuerzas más numerosas, cruza el Danubio en un punto entre Rustchuk y Hirsova con, digamos, setenta mil hombres, el ejército ruso tendrá que ser aniquilado hasta el último hombre o buscar refugio en Austria. Ha tenido un mes entero para concentrar tal masa. ¿Por qué no cruza un río que ya no está vuelto intransitable por los témpanos de hielo? ¿Por qué ni siquiera vuelve a tomar su cabeza de puente en Oltenitza, para poder ponerse en marcha desde allí en cualquier momento? Es imposible que Omer Pachá no reconozca las posibilidades que los rusos le han brindado con su desatino sin precedentes. Según parece, debe de tener las manos atadas por la diplomacia. Su inacción ha de considerarse como una contraprestación por el paseo de recreo de las flotas unidas en el Mar Negro. El ejército ruso no debe ser aniquilado ni obligado a buscar refugio en Austria, porque de lo contrario se pondría en peligro una paz mediante nuevas complicaciones. Y en gracia a estas intrigas y a esta actividad sin escrúpulos de los especuladores diplomáticos, Omer Pachá debe permitir que los rusos bombardeen Calafat, que pongan a merced suya a todo su ejército, toda su artillería de asedio, mientras a él no le está permitido aprovechar esta oportunidad. En efecto, el comandante ruso jamás habría intentado marchar sobre Calafat si no hubiese tenido realmente la garantía cierta de que no sería atacado por los flancos y la retaguardia. De lo contrario, a pesar de todas las instrucciones terminantes, habría merecido ser condenado y fusilado en el acto. Y si no nos enteramos por el vapor que ahora debe llegar aquí, o a más tardar dentro de unos días, que Omer Pachá ha cruzado el Danubio y marcha sobre Bucarest, resulta difícil evitar la conclusión de que las potencias occidentales han hecho un acuerdo formal para sacrificar Calafat, con el fin de satisfacer la ambición militar de los rusos, sin permitir a los turcos que lo defiendan del único modo eficaz: mediante un movimiento ofensivo más abajo, en el Danubio.