Karl Marx

Los debates sobre la guerra en el Parlamento

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" N.º 4150 del 7 de agosto de 1854]

Londres, martes 25 de julio de 1854.

En la sesión de la Cámara de los Comunes del pasado viernes por la noche, Lord John Russell, en respuesta a una pregunta del señor Disraeli, comunicó que Su Majestad se había dignado disponer el envío de un mensaje a la Cámara, según el cual se proponía presentar el lunes un proyecto de crédito por 3.000.000 de libras esterlinas. No era necesaria una comisión de presupuesto. A la pregunta del señor Disraeli de si este año habría sesión de otoño, Lord John no respondió. En consecuencia, el proyecto de crédito fue aprobado en la sesión de ayer de ambas Cámaras sin votación.

Al presentar el proyecto en la Cámara de los Lores, Lord Aberdeen pronunció el discurso más breve, más seco y más trivial con que nos ha honrado desde que asumió la presidencia del Gobierno. Debía pedir tres millones, y estaba seguro de que Sus Señorías no pondrían objeción. Podían tener opiniones diversas, pero todos debían estar de acuerdo acerca de «la necesidad de adoptar todas las medidas más adecuadas para llevar la guerra a una conclusión rápida y exitosa». Este objetivo había de alcanzarse en primer lugar «mediante los esfuerzos eficaces y enérgicos de Inglaterra y Francia, con la cooperación de las otras potencias». No dijo si se refería a los esfuerzos que debían realizarse en la guerra o a los que debían emprenderse en las negociaciones; ni siquiera excluyó a Rusia de las «otras potencias» con las que Inglaterra y Francia deben colaborar. Ante la inminente suspensión del Parlamento, había tanto más motivo para dotar de dinero al Gobierno. Tal vez

algunos de los nobles Lores preferirían confiar el dinero a otras manos que a las suyas, pero tan extraños deseos no deberían perturbar el asunto. Este asunto, ahora el más urgente, era conceder tres millones de libras.

El conde de Ellenborough, que posee el don especial de no hablar nunca del asunto, «consideró ésta la mejor ocasión para recomendar al Gobierno que en todos aquellos departamentos que no guardan relación con la guerra se practicase la más estricta economía».

El conde de Hardwicke opinaba que había una fuerza naval muy grande en el Báltico lista para toda eventualidad, una fuerza similar en el Mar Negro, así como el mayor ejército que jamás haya salido de este país. No sabía qué se proponía el Gobierno con ellos, y por tanto apelaba a todos los nobles Lores para que aprobasen el crédito solicitado.

El conde Fitzwilliam, un whig fuera de servicio, protestó contra el hecho de que «se califique a este país como el más gravado de impuestos de Europa; habría que calificarlo como el país en que los impuestos son soportados por el pueblo con más ligereza que en cualquier otro sector de la familia de los pueblos europeos». Si el noble Lord hubiera hablado de los Lores en lugar del pueblo, habría tenido razón. «En lo que respecta al discurso de su noble amigo que está al frente del Gobierno», jamás en semejante ocasión se había pronunciado uno «del que con mayor razón pudiera decirse que apenas ha aportado un pensamiento nuevo a la Cámara»; seguramente el noble Lord sería quien mejor conociera las necesidades de la Cámara en cuanto a pensamientos. El conde Fitzwilliam deseaba saber de Lord Aberdeen quiénes eran «las otras potencias» en cuya cooperación ponía tanto empeño. ¿Acaso Austria? Temía que esa potencia pudiera inducirles a considerar ciertas cuestiones insignificantes, como la evacuación de los Principados y la libre navegación por el Danubio, como justificación para concertar la paz. (Ridículo temor, pues ciertamente a Lord Aberdeen nadie le persuadirá de que pida tanto.) Deseaba saber también qué se entendía por integridad de Turquía: ¿lo que el tratado de Adrianópolis entendía por tal, u otra cosa? Para terminar, observó que se hallaban en una situación muy extraña, pues el Parlamento no tenía el menor conocimiento de las intenciones del Gobierno. En consecuencia, votaría a favor del crédito.

El marqués de Clanricarde, cuyo humor empeora con cada día que le aleja más del cargo, reclamó, como reconocimiento por su generosidad sin ejemplo con que hasta ahora ha tratado al ministerio,

al menos una explicación; una explicación acerca de los progresos conseguidos y del rumbo adoptado desde que se pidieron los últimos fondos. Deseaba saber algo sobre la situación y las perspectivas de la guerra, y sobre la posición del país respecto de sus aliados. Se habían registrado éxitos por parte de los turcos, mas no por parte del gobierno británico ni de las armas británicas, lo cual, sin embargo, no le impedía elogiar a los marineros del Báltico y del Mar Negro por su valentía. En cuanto a las relaciones con sus aliados, fijaría un día para solicitar la presentación del tratado recientemente concertado entre Turquía y Austria, así como otros documentos que podrían arrojar luz sobre la postura actual.

«De rumores generalmente difundidos se desprende que, por la presión y la persuasión del gobierno británico, el Diván y los ministros turcos, muy reacios a ello, han concertado recientemente un acuerdo con Austria, según el cual las tropas austriacas entrarían en las provincias danubianas y ocuparían una parte del Imperio Turco.»

¿Cómo es que Austria, en la hora del peligro, en vez de salir a la palestra, se mantuvo al margen y entabló nuevas negociaciones? Deseaba saber también si la Conferencia de Viena proseguía y sobre qué deliberaba. En conjunto, confiaban demasiado en las potencias alemanas.

Para demostrar que Austria «debía» ser el mejor aliado posible, Lord Clarendon mostró cómo está cercada por Rusia y sus territorios amenazados por todos lados. El tratado austro-turco no había podido ser presentado a la Cámara porque aún no se había recibido un ejemplar ratificado. Creía poder asegurarles que no estaba lejano el tiempo en que Austria cooperaría con Inglaterra; mas él «no respondía de nada». Con todo, Sus Señorías podían extraer de la índole general de Austria y de su propia gestión del Ministerio de Asuntos Exteriores las más gratas conclusiones. Lord Clarendon, a quien ya en dos ocasiones se había pillado en las mentiras más desvergonzadas, espera ahora naturalmente una fe incondicional en su afirmación de

«que no se tiene la intención de volver al statu quo, y que no existe el propósito de contentarse con una paz remendada que no sería más que una tregua sin valor y haría inevitable la vuelta a la guerra».

Después de esta brillante exhibición de su propia alta cultura, los Lores pasaron naturalmente al problema de la educación nacional, y nosotros nos separamos ahora de ellos.

Mientras en la Cámara de los Lores tenía lugar el debate, la Cámara de los Comunes se ocupaba de algunas cuestiones insignificantes, hasta que se le transmitió el discurso de Lord Aberdeen, el cual causó «una impresión desagradable». Lord John Russell percibió de inmediato que era necesario producir una impresión contraria.

Cuando hubo de pedirse la primera suma extraordinaria, el Gobierno puso en marcha la «magnífica» flota del Báltico; para la segunda tuvo que servir el famoso bombardeo de Odesa; ahora la consigna elegida era Sebastopol.

Lord John comenzó por certificar el espíritu «patriótico» de la Cámara, que tan generosamente había otorgado su apoyo en las primeras concesiones, y dio las gracias a la Cámara por haberse abstenido hasta ahora, con tanta comprensión, de dirigir preguntas desagradables al Gobierno. Con ello se habían logrado grandes, muy grandes cosas, es decir, se había procurado un número muy considerable de barcos y de tripulaciones. De vapores de primera, segunda y tercera clase tenían ahora 17, frente a uno solo el 1 de enero de 1853; de navíos de línea a vela, 17 frente a 11, y una fuerza marítima de 57.200 hombres, frente a 33.910. En la costa turca tenían también una fuerza de más de 30.000 soldados, «de la que una gran parte se hallaba hace poco en Varna». Hasta aquí el material de guerra. Sobre las operaciones bélicas podía decirse que

«acababan de empezar, y todo lo que él podía añadir era que el ejército turco había realizado proezas. Ya nadie diría que bastaba un sopapo del zar de Rusia para derribar todo el Imperio Otomano. Junto a las valerosas hazañas de los turcos, la gloria de esta guerra residía en la completa unidad y armonía entre los ejércitos francés e inglés».

Sin embargo, respecto a la suma que pedía, no podía decirles para qué se necesitaba en detalle el dinero. Unos dos millones podían ser absorbidos por la intendencia, la maestranza y el transporte; además, una unidad turca de cierta importancia podría incorporarse al ejército británico y recibir la soldada del Gobierno británico. En conjunto, pedía el dinero no sobre la base de presupuestos detallados, sino para que el Gobierno lo empleara «como considere necesario».

El noble Lord dijo que Austria tenía incluso un interés mayor que Francia e Inglaterra en proteger a Turquía. Tan pronto como el zar dominara los Principados y ejerciera una influencia preponderante en Turquía, tendría al Gobierno austriaco completamente en su poder. Sin embargo, para juzgar a Austria con equidad, debían tenerse en cuenta las dificultades por las que se veía acosada. Por más de un lado, los ejércitos rusos podían acercarse hasta escasa distancia de la capital austriaca, y, por otra parte, en algunos de los reinos sometidos a Austria reinaba tal agitación que resultaría peligroso para ella lanzarse a hostilidades. Por eso su política había consistido en intentar, tanto como fuera posible, resolver estas cuestiones mediante negociaciones. Pero recientemente había enviado un mensaje al emperador de Rusia, cuya respuesta no podía calificarse de evasiva.

«En primer lugar, Rusia no se muestra dispuesta a fijar un plazo para la evacuación de los Principados. Asegura que, ahora que se ha declarado la guerra y que Inglaterra y Francia están envueltas en ella y superan a Rusia en el Mar Negro y en el Báltico, mientras que su flota no sale de los puertos, sólo quedan el teatro de guerra de los Principados y la navegación por el Danubio, donde Rusia puede esperar restablecer el equilibrio y, mediante los éxitos de sus armas, alcanzar una victoria para sí. Por consiguiente, en estas condiciones, rechaza la evacuación de los Principados.»

Se decía que Rusia estaba dispuesta a aceptar los principios contenidos en el protocolo del 9 de abril, a excepción del punto relativo a la admisión de Turquía en el sistema de Estados europeo. En cuanto a la actitud futura de Austria, lord John opina, por un lado, que ésta se equivoca en su política actual, pero, por otro, no podía creer que Austria no cumpliera las obligaciones contraídas. Por aquellas obligaciones frente a las potencias occidentales y Turquía, Austria estaría obligada a participar en los esfuerzos por hacer retroceder a Rusia. Sería posible que intentara de nuevo obtener de San Petersburgo mejores garantías, pero probablemente no lo conseguiría. La actitud de Prusia sería un factor de gran peso. Ella no habría permitido que sus tropas fueran utilizadas contra los aliados, y el ministro de Prusia ya había escrito desde Viena a Berlín que su gobierno consideraría un casus belli cualquier intento de Austria de actuar ofensivamente contra Rusia. Pero ni siquiera en el caso de que Austria quisiera atacar a los aliados, la cuestión no debía ser un motivo de vacilación. Los ingleses y franceses se proponían actuar en el Báltico a gran escala. Naturalmente, ellos no tenían control alguno sobre los órganos de gobierno de Austria, y Austria, a su vez, no tenía control alguno sobre el rey de Prusia. En consecuencia, todas las potencias se hallaban en la situación más favorable para hacer frente a Rusia conjuntamente.

Lord John pasó luego a una extensa y entusiasta exposición de lo que ellos —Inglaterra y Francia— proponían hacer. La integridad de Turquía sería incompatible con un retorno al statu quo en los Principados.

Dijo:

«Pero también en otro sentido amenaza la posición de Rusia la independencia y la integridad de Turquía. Me refiero a la construcción de una gran fortaleza, equipada según todas las reglas del arte, lo más inexpugnable que es posible con los recursos de la fortificación, con una escuadra muy grande de navíos de línea en su puerto, lista en todo momento para, con viento favorable, adentrarse en el Bósforo. Pienso que eso es para Turquía una posición tan amenazadora que ningún tratado de paz puede considerarse razonable que deje al emperador de Rusia en esa posición amenazante.» (Fuertes aplausos.) «Estamos dispuestos, como hasta ahora lo hemos estado, a ponernos en comunicación con el gobierno de Francia sobre esta cuestión, y tengo toda clase de razones para suponer que los puntos de vista del gobierno del emperador de los franceses coinciden en este aspecto con los nuestros.» (Aplausos.)

Respecto a la propuesta del señor Disraeli de una sesión de otoño, lord John declaró que «se negaba a aceptar de miembros de esta Cámara restricciones a la libertad de los ministros».

Sería tan fatigoso como superfluo reproducir las opiniones de los Hume, Bankes, Knight, Alcock y tutti quanti ‹sus semejantes› sobre esta cuestión.

El señor Cobden, que dio crédito a las palabras de lord John y opinó que éste había convertido la Cámara en un consejo de guerra, se esforzó muy afanosamente por demostrar por qué Sebastopol y Crimea no debían tomarse en ningún caso. Planteó un punto más interesante al preguntar si Inglaterra se hallaba en alianza con los gobiernos contra las nacionalidades. Imperaba un gran error en el pueblo, que imaginaba que la guerra se emprendía en interés de nacionalidades oprimidas. Por el contrario, se la libraba con el objetivo de apretar aún más las cadenas que forjaban a Hungría e Italia al poder de Austria. En la Cámara habría señores honorables y engañados que

«se quejaban de que el gobierno no llevaba la guerra como debía, que debía haber otro hombre al frente del departamento de guerra; a veces incluso decían, al frente del gobierno. Habían pedido a lord Palmerston. Todo ello se hacía en interés de Hungría y de los italianos. Él lo había oído de boca de dos de los más grandes dirigentes de Hungría e Italia, que estaban muy lejos de poner sus expectativas y esperanzas en aquel noble lord; sabían que, si ese noble lord tuviera la posibilidad de prestarles apoyo moral, no movería un dedo por ellos. Si en este momento hubiera en el actual gobierno un miembro en quien esos dirigentes estuvieran menos dispuestos a confiar que en otro, sería aquel noble lord. Él

no creía que el noble lord fuera consciente del gran engaño que se practicaba en su nombre, pero, felizmente, la ilusión ha estallado.»

El señor Layard y lord Dudley Stuart se limitaron a repetir sus viejos discursos, con la diferencia de que la convicción de lord Dudley sobre la fuerza mágica del nombre «Palmerston» era «más fuerte que nunca».

Quedó reservado al señor Disraeli hacer estallar de un solo soplo todo el discurso de pompas de jabón de lord John. Después de fundamentar brevemente su propuesta de una sesión de otoño con una alusión a Sinope y otras hazañas acaecidas durante las últimas vacaciones de otoño, confesó sentirse sorprendido, perplejo e inquieto ante el anuncio de la inminente destrucción de Sebastopol y la conquista de Crimea. Lord John discrepó aquí, pero no se levantó. Sin embargo, el señor Disraeli, que a su vez se sentó, obligó a lord John a una explicación. Finalmente, con voz humilde y confusa, se adelantó:

«Puedo decir igualmente que lo que dije significaba que yo era de la opinión de que no se debía permitir a Rusia seguir manteniendo la posición amenazante que había adoptado mediante el estacionamiento de una flota tan grande en Sebastopol.»

Después de que el señor Disraeli le arrancara esta confesión a lord John, pronunció uno de sus discursos más cortantes y sarcásticos que se hayan registrado, que bien merecería una lectura íntegra {se reproduce detalladamente más abajo, en la sección de Noticias de Gran Bretaña} y que concluye con las siguientes palabras:

«En verdad, a la vista de lo que hemos oído, parece muy injusto hacer una diferencia tan penosa entre la política de lord Aberdeen y la de algunos de sus colegas, como a veces ocurre. No soy admirador ni partidario de lord Aberdeen, pero tampoco soy admirador de esa política parlamentaria que absuelve a miembros de un gabinete a expensas de sus colegas. Tras la declaración que el noble lord aquí sentado frente a mí ha hecho sobre lo que él cree haber dicho, no me parece que su política hacia Rusia difiera sustancialmente de la de lord Aberdeen, y eso, por lo demás, constituye una cierta satisfacción para el pueblo inglés. Así que no tenemos un gabinete dividido, y la sesión termina finalmente con la unanimidad de los ministros en esta cuestión. En lo tocante a la conducción de la guerra por objetivos pequeños y a que los grandes objetivos de la política arrojen resultados miserables e insignificantes, parece reinar la unanimidad en el gobierno de coalición.»

Las bromas de lord Palmerston no lograron su objetivo. Tras el discurso del señor Disraeli y después de que varios otros miembros intervinieran para protestar que habían sido completamente desorientados por el primer discurso de lord John, los recursos solicitados fueron aprobados, pero solo con la condición de que el debate se reanudara esta noche, anunciando al mismo tiempo lord Dudley Stuart su propósito de presentar una moción a la reina,

«para pedirle que se dignase graciosamente no aplazar el Parlamento hasta que estuviera en condiciones de dar a la Cámara informaciones más precisas sobre las relaciones existentes con las potencias extranjeras y sobre sus opiniones y perspectivas en la lucha en que se halla empeñada Su Majestad».

Karl Marx