Karl Marx

[El debate sobre la guerra en el Parlamento]

["New-York Daily Tribune" Nº 4055 del 17 de abril de 1854]

Londres, martes 4 de abril de 1854.

Una de las particularidades de la tragedia inglesa, que tanto repele el sentimiento del francés que Voltaire llegó a tachar a Shakespeare de salvaje borracho, consiste en esa mezcla peculiar de lo sublime y lo mezquino, lo espantoso y lo ridículo, lo heroico y lo burlesco. Pero en ninguna parte pone Shakespeare en boca del bufón el prólogo de un drama heroico. Semejante invención estaba reservada al ministerio de coalición. Milord Aberdeen ha desempeñado el papel, si no del bufón inglés, sí del Pantalone italiano. Al observador superficial le parece como si, en última instancia, todos los grandes movimientos históricos degeneraran en farsa o, cuando menos, en lugar común. Pero el haber comenzado así constituye el rasgo característico de la tragedia titulada

Guerra con Rusia,

cuyo prólogo se recitó el viernes por la noche en ambas Cámaras del Parlamento, donde se discutió y aprobó al mismo tiempo y por unanimidad el mensaje de respuesta del Ministerio al mensaje de la Reina, de modo que ayer tarde se pudo entregar a la Reina, sentada en su trono en Buckingham Palace. Lo ocurrido en la Cámara de los Lores se puede narrar muy brevemente. Lord Clarendon expuso la posición del Ministerio, y Lord Derby la de la oposición. El uno habló como hombre que está en el cargo, y el otro como quien está fuera. Lord Aberdeen, el noble Earl al frente del Gobierno, el "perspicaz" confidente del zar, el "querido, bueno, excelente" Aberdeen de Luis Felipe, el "apreciable caballero" de Pío IX, terminó ciertamente su sermón con el acostumbrado lamento plañidero por la paz, pero durante la mayor parte de su discurso provocó carcajadas

entre los Lores, porque declaró la guerra no a Rusia, sino a la "Press", un semanario londinense. Lord Malmesbury replicó al noble Earl; Lord Brougham –esa "vieja chocha y chiflada", como lo apodó William Cobbett– reveló que la lucha que se pretendía librar no sería "fácil". Earl Grey, que por caridad cristiana ha logrado convertir las colonias británicas en la estancia más miserable del mundo, recordó al pueblo británico que el tono y la disposición de ánimo con que se hablaba de la guerra, así como el sentimiento de hostilidad hacia el zar y sus cosacos, no se correspondían con el espíritu con que una nación cristiana debía iniciar una guerra. El Earl de Hardwicke opinó que los medios de que disponía Inglaterra eran demasiado escasos para luchar contra la flota rusa. El poderío bélico de Inglaterra en el Báltico no debía ser inferior a veinte navíos de línea bien armados y tripulados, con una dotación bien disciplinada; no se debía, como había sucedido, empezar con un montón de hombres recién reclutados, pues semejante populacho a bordo de un navío de línea, durante un combate, era el peor de todos los populachos. El marqués de Lansdowne defendió al Gobierno y expresó la esperanza de que la guerra fuese breve y victoriosa, pues "(y esto es significativo para la capacidad de comprensión del noble lord) no era una guerra dinástica, la cual suele acarrear las más graves consecuencias y ser la más difícil de terminar".

Tras esta amena conversazione (tertulia vespertina), en la que cada cual recitó su lección, se aprobó el mensaje nemine contradicente (sin oposición).

Todo lo nuevo que de esta conversazione se supo se reduce a unas cuantas declaraciones oficiales de Lord Clarendon y a la historia del memorándum secreto de 1844.

Lord Clarendon declaró que "en la actualidad el

acuerdo con Francia

consiste única y exclusivamente en un

intercambio de notas

que contienen acuerdos sobre operaciones militares". Por consiguiente, en este momento no existe

ningún tratado

entre Inglaterra y Francia. Acerca de Austria y Prusia, señaló que la primera mantendría una neutralidad armada y la segunda una neutralidad simple, pero que

"en una guerra como la que ahora va a librarse en las fronteras de ambos países, será imposible para ambas potencias conservar la neutralidad".

Por último, declaró que la paz que pusiera fin a la guerra amenazante sólo sería una paz gloriosa "cuando se aseguraran iguales derechos y libertades a los súbditos cristianos de Turquía".

Ahora bien, ya sabemos que el jeque el-Islam ha sido ya destituido por haberse negado a sancionar con una fetua el tratado que garantiza esa igualdad de derechos; que la vieja población turca de Constantinopla se halla excitada al máximo; y hoy nos enteramos por un despacho telegráfico de que el zar ha declarado a Prusia su disposición a retirar sus tropas de los Principados si las potencias occidentales lograsen imponer al Puerto semejante tratado. Todo lo que él quiere es derrocar el dominio otomano. Si las potencias occidentales se proponen hacerlo en su lugar, no es él, naturalmente, tan necio como para hacerles la guerra.

Ahora, a la historia del memorándum secreto, tal como yo la reconstruyo a partir de los discursos de Derby, Aberdeen, Malmesbury y Granville. El memorándum

"debía ser un acuerdo provisional, condicional y secreto entre Rusia, Austria e Inglaterra, para concertar diversos arreglos respecto a Turquía, en los cuales Francia, aun sin haber dado su consentimiento, debía participar".

Este memorándum, así descrito en palabras de Lord Malmesbury, fue el resultado de conversaciones secretas entre el zar, el Earl de Aberdeen, el duque de Wellington y Sir Robert Peel. Fue precisamente por consejo de Aberdeen que el zar se dirigió al duque y a Sir Robert Peel. Sigue siendo objeto de controversia entre Lord Aberdeen y sus adversarios si el memorándum fue redactado por el conde de Nesselrode al regresar el zar a San Petersburgo después de su visita a Inglaterra en 1844, o si fueron los propios ministros ingleses quienes lo redactaron como protocolo de las comunicaciones del emperador.

La relación del Earl de Aberdeen con este documento se distinguía de la relación ordinaria de un ministro con un documento oficial, según la afirmación de Malmesbury,
lo cual queda probado mediante otro escrito que no fue presentado a la Cámara
. El documento fue considerado de suma importancia, como un documento que no se debía comunicar a las otras potencias, aun cuando Aberdeen aseguró que había comunicado a Francia el "contenido esencial". En todo caso, el zar no supo nada de que tal comunicación hubiera tenido lugar. El documento fue sancionado y aprobado por el duque de Wellington y por Sir Robert Peel. Sin embargo, no fue dado a conocer al gabinete Peel, del que entonces era miembro Lord Derby, ni se le presentó para su dictamen. No se guardó con los documentos corrientes del Ministerio de Asuntos Exteriores, sino que se transmitió a cada sucesivo ministro

de Asuntos Exteriores para su custodia secreta, y en el Ministerio de Asuntos Exteriores no existía copia alguna del mismo. Ahora bien, aunque Lord Derby era ya en 1844 miembro del gabinete Peel, al entrar en funciones no supo nada del documento. Al salir del cargo el Earl de Aberdeen, lo entregó en un estuche a Lord Palmerston, quien pasó la caja de Pandora a su sucesor, el Earl Granville, el cual, a su vez, según él mismo relata, la entregó a requerimiento del barón Brunnow, el enviado ruso, al Earl de Malmesbury cuando éste entró en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero entre tanto parece que se efectuó una modificación, o mejor dicho, una falsificación en la intitulación original del documento, pues el Earl de Granville lo remitió al Earl de Malmesbury con la observación de que se trataba de un memorándum que el barón Brunnow había redactado como resultado de las conferencias entre el emperador de Rusia, Sir Robert Peel y Lord Aberdeen, sin mencionarse para nada el nombre del duque de Wellington. No cabe suponer otro motivo para esta falsa designación que el celoso empeño por velar la importancia del memorándum, presentándolo como mera anotación del enviado y no como documento oficial de la cancillería de la corte de San Petersburgo.

Rusia atribuía tal importancia a este documento que el barón Brunnow se presentó a las 48 horas de haber tomado posesión Lord Malmesbury y le preguntó si ya lo había leído; pero Malmesbury no lo había leído aún, pues le fue entregado tan solo unos días más tarde. El barón Brunnow le indicó enfáticamente que era necesario leer aquel documento que, según afirmó,
constituía la clave de todas las negociaciones con Rusia
. Sin embargo, a partir de aquel momento no volvió a mencionar el documento ante los derbytistas, pues evidentemente consideraba al gobierno tory demasiado impotente o demasiado efímero como para llevar a cabo la política rusa. En diciembre de 1852 dimitió el gobierno Derby, y poco después de que la noticia de la formación del ministerio de coalición llegara a San Petersburgo, el 11 de enero, el zar planteó de nuevo la cuestión; prueba suficiente de que confiaba en que el gabinete de todos los talentos obraría sobre la base de este memorándum.

Aquí tenemos, pues, las revelaciones más comprometedoras, hechas en la Cámara de los Lores por los testigos más irrefutables, cada uno de los cuales ha sido primer ministro o ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. Un "acuerdo eventual" –según reza el memorándum– es concertado en secreto por un ministro de Asuntos Exteriores inglés con Rusia, y esto no sólo sin el consentimiento del Parlamento, sino a espaldas

de sus propios colegas, de los cuales sólo dos son iniciados en el secreto. El documento se sustrae al Ministerio de Asuntos Exteriores durante diez años y es conservado en custodia secreta, uno tras otro, por cada ministro de Asuntos Exteriores. Cada vez que un ministerio abandona la escena, el enviado ruso comparece en Downing Street y comunica al recién llegado que debe examinar con atención el tratado, el tratado secreto, que no ha concertado la representación legal de la nación, sino algún ministro del gabinete con el zar, y que debe atenerse exactamente a lo que le prescribe un memorándum ruso redactado en la cancillería de la corte de San Petersburgo.

Si esto no es violación manifiesta de la Constitución, conspiración y alta traición, y no significa un entendimiento secreto con Rusia, entonces no sabemos lo que debe entenderse bajo semejantes expresiones.

Al mismo tiempo, estas revelaciones nos muestran por qué los culpables, que se sienten completamente seguros, pueden permanecer al timón del Estado, y precisamente en una época de guerra manifiesta con Rusia, con la que —según se les ha probado— no han cesado de conspirar; y por qué la oposición parlamentaria no es más que un mero fraude, puesto en escena tan sólo para inquietar a los culpables, pero no para acusarlos. Todos los ministros de Asuntos Exteriores y, por consiguiente, todos los sucesivos Gobiernos desde 1844 son cómplices; cada uno se convirtió en cómplice desde el momento en que omitió acusar a su predecesor y se hizo cargo, en silencio, de la misteriosa arqueta. Ya por el mero afán de ocultamiento, cada uno de ellos se tornó culpable. Cada uno de ellos se convirtió en partícipe de la conspiración al ocultarla ante el Parlamento. La ley considera al encubridor del objeto robado tan criminal como al propio ladrón. Todo procedimiento judicial hundiría no sólo a la coalición, sino también a sus rivales; no sólo a estos ministros, sino también a los partidos parlamentarios que representan; y no sólo a estos partidos, sino también a las clases dominantes de Inglaterra.

De paso quiero hacer notar que el único discurso digno de mención en la Cámara de los Lores fue pronunciado por el conde de Derby. Sin embargo, su crítica del memorándum y de la correspondencia secreta —y lo mismo puedo decir del debate en la Cámara de los Comunes— no contiene nada que no hubiera dicho yo ya en la detallada exposición que les hice de ese funesto memorándum y de esa extraordinaria correspondencia.

«El derecho a declarar la guerra es prerrogativa de la Corona; y cuando Su Majestad convoca a su Parlamento y le comunica que ha juzgado necesario embarcarse en una guerra, no es ocasión para que la Cámara de los Comunes se pronuncie sobre si la guerra es prudente o imprudente. En tales circunstancias, su deber es agruparse en torno al trono y, en una ocasión constitucional ulterior y adecuada, discutir la política que haya podido conducir a la guerra.»

Así habló el señor Disraeli en la sesión de la Cámara de los Comunes, y así hablaron todos los miembros de la Cámara de los Comunes, y sin embargo el «Times» llenó diecisiete columnas con declaraciones sobre aquella política. ¿A qué se debe esto? Precisamente a que no era la «ocasión» y su palabrería había de quedar sin consecuencias. No obstante, hay que exceptuar al señor Layard, quien declaró sin rodeos:

«Si la Cámara, después de lo que él le dijera, estimara que la conducta de los ministros da lugar a una interpelación parlamentaria, no retrocedería ante el deber que ello le impone y estaría dispuesto a pedir a los ministros que fijaran pronto un día en el que la cuestión pudiera ser presentada.»

Ahora se comprenderá por qué el «Times» empieza a dudar de la exactitud de los descubrimientos asirios del señor Layard.

Lord J. Russell, que presentó la alocución en la Cámara de los Comunes, se diferenció de Lord Clarendon sólo por el énfasis en las palabras integridad, libertad, independencia, civilización, lo que le valió los aplausos de su público más vulgar.

El señor Layard, que se levantó para replicarle, cometió dos groseros desatinos que desfiguraron su discurso, por lo demás notable. En primer lugar, trató de demostrar la existencia de elementos contrapuestos en el ministerio de coalición —el elemento ruso y el elemento inglés, la fracción Aberdeen y la fracción Palmerston—, cuando en realidad estas dos fracciones no se distinguen en nada más que por su lenguaje y por la modalidad de su servilismo hacia Rusia. Uno es partidario de Rusia porque no la comprende, y el otro, aunque la comprende. El primero es, por tanto, un partidario abierto, y el segundo, un agente secreto. El primero le sirve gratuitamente; el segundo cobra por ello. El primero es menos peligroso, ya que está en abierta contradicción con los sentimientos del pueblo inglés; el segundo es funesto, porque se hace pasar por la encarnación de la exasperación nacional contra Rusia. Cabe suponer que el señor Layard no conoce al hombre a quien contrapone a Aberdeen. Para el señor Disraeli, que construyó esa misma contraposición, no hay excusa. Nadie conoce a Lord Palmerston mejor que este jefe de la oposición, que ya en 1844 declaró que jamás política exterior alguna de un ministro había sido tan funesta para los intereses británicos como la del noble lord.

El segundo desatino que cometió el señor Layard fue la afirmación de que el «Times» es el órgano directo del partido de Aberdeen, pues la correspondencia secreta y confidencial ya, a los dos o tres días de ser recibida, suministraba el material para los artículos de fondo de ese periódico. Con esos artículos se intentaba mover al país a aprobar el vergonzoso acuerdo que se buscaba en San Petersburgo, como habría sido particularmente el caso en los artículos de febrero y marzo del año pasado. Layard habría hecho mejor en deducir, al igual que Lord Palmerston, que aquel material había sido suministrado por la legación rusa en Londres; eso le habría permitido acusar tanto al «Times» como al Ministerio de Asuntos Exteriores de ser órganos del gabinete de San Petersburgo.

Puesto que opino que el «Times» es, en realidad, un poder más grande que la coalición, no por sus opiniones, sino por los hechos que revelan el carácter traicionero de esta correspondencia secreta, añado a continuación la declaración completa del señor Layard contra ese periódico:

«El primero de estos despachos secretos llegó a Inglaterra el 23 de enero de 1853, y el 26 del mismo mes apareció en el “Times” el primero de aquellos artículos a los que él se ha referido. El despacho siguiente llegó el 6 de febrero de 1853, y el 11 del mismo mes, cuatro días después, apareció en el “Times” un artículo extraordinario del que ahora va a citar. En una parte del artículo se declara: “No creemos que el fin de la política de Rusia sea precipitar una catástrofe en Oriente; se recurrirá de nuevo a los buenos oficios de este país para atenuar los peligros de una situación que comienza a hacerse crítica. Pero no debemos olvidar que el intento de prolongar el poder brutal y frágil de los turcos en Europa se compra con la entrega de provincias fértiles y de una gran población cristiana a un bárbaro desgobierno, y nos alegraremos cuando la civilización y el cristianismo estén en condiciones de eliminar la injusticia sufrida a causa de la conquista otomana.”»

El «Times» declaró de nuevo el 23 de febrero de 1853, tras diversas observaciones sobre el agotamiento de Turquía:

«“Extrema decadencia política, ausencia de toda capacidad y honradez en los hombres que aún gobiernan la Puerta, disminución de la población musulmana y un tesoro público exhausto se combinan en la Puerta, como en un sarcástico contraste, con el dominio sobre algunos de los territorios más fértiles, los mejores puertos y el pueblo más audaz y talentoso del sur de Europa… Es difícil comprender cómo un mal tan indudablemente grande ha podido ser defendido durante tanto tiempo por los políticos como un bien relativo; y aunque somos conscientes de las dificultades que acompañan todo cambio en el territorio de un imperio tan vasto, nos inclinamos a prever la proximidad de una época con satisfacción más que con inquietud” —¿cómo sabía el “Times” que esa época se acercaba?— “en que será imposible prolongar el dominio de un gobierno como el de la Puerta sobre un país como el que ahora está sometido a su poder. Tal vez ese momento esté menos lejos de lo que comúnmente se supone, y puede que sea asunto de estadistas prudentes tomar disposiciones para el caso de un desenlace semejante, cuyo aplazamiento por tiempo indefinido escapa ya a su poder. No creemos, ni pretendemos insinuar, que existan en la actualidad planes de Austria y Rusia —o que se elaboren tal vez sin conocimiento de las demás potencias europeas— que sean hostiles a las reivindicaciones territoriales del Imperio Otomano. Tenemos suficientes razones para suponer” —cuando el “Times” dice esto, sabemos lo que significa— “que el príncipe Ménshikov ha sido enviado como embajador extraordinario de San Petersburgo a Constantinopla con el propósito expreso de declarar, en nombre del emperador Nicolás, que éste, como jefe de la Iglesia ortodoxa, no puede declararse conforme con las condiciones del firmán recientemente obtenido por el embajador francés respecto a los Santos Lugares en Tierra Santa, ni tampoco puede permitir que lo hagan las iglesias orientales.”»

Ahora bien, la primera noticia de la misión del príncipe Ménshikov se hallaba en los despachos recibidos de sir H. Seymour los días 14 y 21 de febrero. Es importante señalar que el 6 de marzo de 1853 llegó el despacho que reproducía el plan completo del emperador de Rusia para el reparto de Turquía. La respuesta, como ya se ha dicho, no se envió hasta el 23 de marzo, y hasta el 13 de marzo no tuvo lugar deliberación alguna del gabinete, si bien algunos miembros del gobierno habían recibido la propuesta del emperador siete días antes. Esta propuesta no fue presentada a sus colegas hasta el 13 de marzo; pero antes ya había sido comunicada al «Times», pues el 7 de marzo, en la mañana siguiente a la recepción del despacho —que en aquel momento no podía ser conocido por más de dos o tres miembros del gabinete y no había podido ser visto por ningún funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores—, apareció un extenso artículo en el «Times» (¡Oíd, oíd!) en el que, entre otras cosas, se decía:

«“El estado del Imperio Turco y las relaciones de las potencias europeas con Oriente son temas sobre los cuales podría ser útil que los políticos y la prensa independiente se formaran y expresaran una opinión, por más que la realización de los planes a que estas opiniones apuntan sea aún prematura y lejana. Los estadistas, obligados a despachar los asuntos cotidianos y a reconocer en cada caso las exigencias de la llamada necesidad de Estado, se hallan confinados a esferas más estrechas y probablemente no estarían en condiciones de hacer valer ninguna idea nueva u original si ésta no hubiera sido antes objeto de la atención y las reflexiones del público.”»

Pide al noble lord que preste atención a las palabras que siguen, pues se refieren a las objeciones planteadas por él.

«“Por consiguiente, no nos sorprendería en absoluto que Lord John Russell, aludiendo a las diferencias surgidas últimamente en Turquía y especialmente en sus fronteras europeas, hubiera expresado su rechazo a las opiniones vertidas recientemente sobre este asunto y, por su parte, hubiera repetido en el Parlamento, con todo el peso de la responsabilidad oficial, la vieja historia de la integridad e independencia del Imperio Otomano. Nosotros, sin embargo, no estamos influidos por consideraciones semejantes.”»

¿Cómo sabía el articulista que el noble lord se oponía? (¡Oíd!) El artículo prosigue:

«“No compartimos, pues, la opinión de lord J. Russell de que en la actualidad no podría sobrevenir en Europa desgracia mayor que la necesidad de reflexionar sobre lo que habría que hacer en un caso como el de la desmembración de aquel imperio.”»

Que la Cámara tome nota de las siguientes palabras, casi idénticas a las del Emperador de Rusia:

«Creemos que sería una desgracia mucho mayor si el desmembramiento comenzara antes de que se hubieran hecho consideraciones de esta índole.»

(¡Oíd, oíd!) «Ésas fueron las mismas palabras. El articulista continúa:

»Y permítasenos aquí expresar nuestro asombro de que un hombre de Estado pudiera por un momento confundir la política que habría de seguirse correctamente en caso de disolución del Imperio Turco con aquella que condujo al reparto de Polonia. No hay duda de que el argumento de la razón de Estado subsiste aún en apoyo de la integridad e independencia del Imperio Turco; pero este argumento se halla solo frente a una multitud de inconvenientes, y en realidad no significa otra cosa que el temor de ocuparse de una cuestión grave e incierta. Los prejuicios contra este asunto, alimentados especialmente en años pasados, están en verdad tan arraigados, que cualquier intento de discutir esta cuestión según su verdadera importancia es considerado en ciertos círculos como un acto de perversidad política y como una violación de todas las leyes que unen a las naciones entre sí.»

El siguiente artículo apareció el 10 de marzo. Tal vez la Cámara pudiera opinar que hasta ahora no se ha demostrado que el articulista de la 'Times' empleara las mismas palabras que se usaron en los despachos; pero el artículo que ahora cita disipará todas las dudas al respecto. El 10 de marzo apareció en la 'Times' un artículo que comenzaba con estas palabras:

«El príncipe Ménshikov llega con un encargo diplomático más preciso, y tenemos razones para suponer que sus instrucciones revisten un carácter más conciliador que las del conde Leiningen.» Una similitud de expresión se puede constatar en el despacho de Sir H. Seymour del 21 de febrero: «Su Excelencia (el conde Nesselrode) deseaba asegurarme que las instrucciones de que está provisto el príncipe Ménshikov son de naturaleza conciliadora.»

El artículo continúa:

«Nos atrevemos a decir que los estadistas modernos muestran una pobreza de medios cuando tienen que ocuparse de una cuestión que implica la civilización de grandes provincias, el restablecimiento del propio cristianismo a aquella preponderancia de la que antaño gozó en todas las partes de Europa y el bienestar progresivo de millones de seres humanos. El único expediente que se les ocurre es adornar una cabeza de turco con un turbante y tratarla como si todavía fuera un símbolo de fuerza y poder.»

El 19 de marzo tuvo lugar una reunión del gabinete, en la que se debatió el despacho recibido el día 6 de este mes, y el 23 de marzo se envió una respuesta que contenía el siguiente pasaje:

«Aunque el Gobierno de Su Majestad se siente obligado a atenerse a los principios y a la política expuestos en el despacho de Lord John Russell del 9 de febrero, accede con gusto al deseo del Emperador de que el asunto sea discutido aún más y con franqueza.»

El mismo día apareció un artículo en la 'Times' en el que podían encontrarse algunas de las frases empleadas en el despacho de Lord Clarendon. El artículo empezaba así:

«Nuestra opinión sobre la situación actual y las perspectivas futuras del Imperio Otomano no coincide con el punto de vista que sostiene Lord J. Russell y que ha expuesto a la Cámara de los Comunes. Se aparta considerablemente de la política que este país ha seguido en épocas anteriores y en diversas ocasiones; y se aparta por completo del sistema que una parte numéricamente importante de la prensa londinense no defiende ni con mucha brillantez ni con éxito.»

Honor a la prensa británica que, aunque carecía de la pluma brillante e incisiva que había sacudido a un ministro de Colonias y casi derribado un gabinete, no apoyó las opiniones de la 'Times'. La 'Times' añadió además, hacia el final de su artículo:

«“Él” (el Emperador) “ha dicho que es objeto de su empeño mantener buenas relaciones con este país y ganarse su confianza. Su proceder en esta cuestión demostrará si sus seguridades son sinceras, y no puede darnos mayor prueba de moderación y benevolencia hacia Turquía y el resto de Europa que la disposición a seguir colaborando con el gobierno británico en estos asuntos.”»

El mismo día en que la 'Times' anunció que sus esfuerzos por ganar a la opinión pública británica para el reparto de Turquía habían fracasado, se envió a San Petersburgo la respuesta al despacho que se había demorado 16 días. (¡Oíd, oíd!) No necesitaba importunar a la Cámara con más extractos de la 'Times'.

El señor Bright apoyó al señor Cobden para dar de nuevo a Lord Palmerston la oportunidad de hacerse popular mediante una diatriba contra Rusia y una defensa hipócritamente enérgica de la política de guerra. Entre otras cosas, Palmerston declaró:

«Pues bien, creo que quienes han seguido atentamente los asuntos europeos durante un tiempo considerable saben que las miras de Rusia sobre Turquía no datan de ayer ni, mucho menos, de los últimos tiempos. (¡Oíd!) Es sabido que Rusia viene persiguiendo desde hace mucho, de manera constante e incesante, la política de apoderarse al menos de la parte europea de Turquía y, después, de la Turquía asiática. Esta política ha sido seguida con una perseverancia inquebrantable y sistemática. Siempre la ha tenido presente. Cuando las circunstancias eran favorables, se daba un paso adelante, y si surgían obstáculos, se retrocedía ese paso, pero sólo para aprovechar la siguiente ocasión que se presentase. (¡Oíd, oíd!) La demora nunca ha sido un medio para aplacar a Rusia o para inducirla a abandonar sus planes. Su política ha consistido en no perder de vista su objetivo —no precipitarse, no perder el objeto de su empeño por una presa prematura, sino observar el curso de los demás gobiernos de Europa y aprovechar cuanta ocasión le permitiera el menor avance hacia el fin último de sus aspiraciones.»

Si se compara ahora esta declaración de Lord Palmerston con las de los años 1829, 1830, 1831, 1833, 1836, 1840, 1841, 1842, 1843, 1846, 1848 y 1849, resulta que lo anterior constituye menos una respuesta al señor Bright que a su propia política anterior. Pero mientras este enemigo astuto busca ganarse las simpatías del público mediante tales ataques a Rusia, se asegura por otra parte el favor del zar con la siguiente observación:

«¿Acaso censuro al gobierno ruso por seguir semejante política? Una política de expansión, llevada a cabo con medios legítimos, es una política que uno puede rechazar por peligrosa para sí mismo, a la que uno puede oponerse por nefasta para la independencia y la libertad de otros Estados, pero que no es en absoluto motivo de condena del gobierno que la practica, siempre que la lleve a cabo con medios abiertos, sinceros y generalmente reconocidos, sin secretismo, sin pretexto y sin fraude. Sin embargo, lamento tener que constatar que el camino que el gobierno ruso ha seguido en el curso de los últimos acontecimientos no ha sido el camino abierto y recto que podría justificar la política que ha admitido abiertamente y proclamado con audacia.»

Pero el único reproche que habría de hacerse al gobierno ruso era, como lo expresó el señor Disraeli, el de la fatal franqueza. Así, pues, si Palmerston censura lo que Rusia no hizo, justifica plenamente lo que realmente ha hecho.

La crítica de los documentos secretos por parte del señor Disraeli fue, como siempre, hábil, pero no surtió efecto debido a su declaración de que no era el momento de hacer críticas y de que su única intención al dirigirse a la Cámara era apoyar el Mensaje. Es lamentable ver cómo un hombre de tanto talento adula a un Palmerston no sólo en el Parlamento, sino también en su acreditado órgano "The Press", por mezquina política de cargos y de partido.

En la sesión de ayer de la Cámara, Sir J. Graham comunicó que había recibido noticia de que la flota había entrado en el Mar Negro y se encontraba cerca de Varna.

En la Cámara de los Lores, Lord Aberdeen comunicó que el martes 11 propondría el aplazamiento de la Cámara hasta el jueves 27 del corriente.