Karl Marx

[La inauguración del Parlamento Obrero -

El presupuesto de guerra inglés]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 4035 del 24 de marzo de 1854]

Londres, martes, 7 de marzo de 1854.

Los delegados del Parlamento Obrero se reunieron ayer a las 10 de la mañana en el People's Institute <Casa del Pueblo> de Manchester. La primera sesión se consagró, naturalmente, a los trabajos preparatorios. James Williams, de Stockport, presentó la moción, apoyada por James Bligh, de Londres, y Ernest Jones, de que se invitara al Dr. Marx como delegado de honor al Parlamento Obrero; la moción fue aprobada por unanimidad. Se adoptaron acuerdos semejantes respecto a los señores Blanc y Nadaud. Cualesquiera que sean los resultados inmediatos que un parlamento semejante pueda alcanzar, su sola reunión da ya testimonio de una nueva época en la historia de los obreros. Acaso pueda considerarse la asamblea del Palacio de Luxemburgo en París, después de la revolución de febrero, como un precursor en esta vía; pero ya a primera vista se advierte la gran diferencia: a saber, que la Comisión del Luxemburgo partió del gobierno, mientras que el Parlamento Obrero parte del pueblo mismo; que la Comisión del Luxemburgo fue ideada para mantener a los miembros socialistas del Gobierno Provisional alejados del centro de la lucha y de toda participación seria en las tareas propiamente dichas del país; y, finalmente, que los delegados de la Comisión del Luxemburgo sólo estaban constituidos por miembros de los diferentes llamados corps d'états, corporaciones que corresponden más o menos a los gremios medievales y a las actuales trade unions, mientras que el Parlamento Obrero es una verdadera representación de todas las ramas y sectores de los obreros a

escala nacional. El éxito del Parlamento Obrero dependerá principal, si no exclusivamente, de que parta del principio de que ahora la tarea no consiste en la llamada organización del trabajo, sino en la organización de la clase obrera.

Los privilegios de las clases actualmente dominantes, así como la esclavitud de la clase obrera, se fundan por igual en la organización del trabajo existente, la cual es, naturalmente, defendida y mantenida por las clases dominantes con todos los medios a su disposición, y uno de esos medios es la maquinaria estatal actual. Para cambiar, pues, la organización del trabajo existente y sustituirla por una nueva, se necesita poder —poder social y político—, poder no sólo para resistir, sino también para atacar; pero para alcanzar tal poder hay que organizarse en un ejército que sea moral y físicamente bastante fuerte para hacer frente a la fuerza armada enemiga. Si el Parlamento Obrero malgasta su tiempo en discusiones puramente teóricas, en vez de preparar el camino para la formación real de un partido nacional, resultará un fracaso, como la Comisión del Luxemburgo.

Conforme a los estatutos de la Asociación Nacional Cartista, ha tenido lugar una nueva elección del Comité Ejecutivo de los cartistas. Se anunció que Ernest Jones, James Finlen (Londres) y John Shaw (Leeds) han sido elegidos en debida forma para el Ejecutivo de la ANC durante los próximos seis meses.

Como el propósito de Bonaparte de concertar un empréstito en la Bolsa ha fracasado ante la resistencia pasiva de los capitalistas parisinos, su ministro de Hacienda ha presentado al Senado un presupuesto que contiene el artículo siguiente:

«El ministro de Hacienda queda autorizado a emitir, en beneficio de la Tesorería y para las transacciones con el Banco de Francia, bonos del Tesoro que devengan interés, pagaderos en plazos determinados. Los bonos del Tesoro en circulación no podrán exceder la suma de 250 millones de francos (10 millones de libras esterlinas); no obstante, conforme a la ley del 10 de junio de 1833, los bonos transferidos al fondo de amortización quedan exceptuados de esta limitación, y los bonos del Tesoro tampoco podrán ser depositados como garantías en el Banco de Francia y en la casa de descuento.»

Una cláusula adicional determina que «el Emperador se reserva el derecho de ordenar emisiones adicionales por simple decreto», con sanción subsiguiente por el Senado. Según se me comunica en una carta de París, esta propuesta ha sumido en el pánico a toda la burguesía, ya que, por una parte, los bonos del Tesoro no deben exceder

la suma de 250 millones de francos y, por otra, esa misma suma puede aumentarse en cualquier cantidad que el Emperador tenga a bien fijar, y los bonos del Tesoro emitidos de tal modo ni siquiera serán aceptados como garantías en el Banco de Francia y las otras casas de descuento. Saben que el Banco ya ha anticipado bonos del Tesoro por el importe de 60 millones de francos que se tomaron de las caisses des dépôts et consignations <Cajas de depósitos y consignaciones>. Ya el espectro de una guerra es celosamente utilizado por los decembristas para suprimir las últimas débiles barreras que todavía los separan del erario público. Mientras esta perspectiva de una amenazante desorganización del crédito público, ya muy quebrantado, aterroriza a la burguesía, el propuesto aumento del impuesto sobre la sal y otros impuestos sumamente impopulares indignan a la masa del pueblo. Así pues, aunque esta guerra procura ciertamente a Bonaparte cierta popularidad en el extranjero, puede, con todo, acelerar su caída en Francia.

Que mi conjetura de que los actuales disturbios españoles eran probablemente ocasión de graves desavenencias entre Francia e Inglaterra era acertada lo confirma la siguiente comunicación de un periódico londinense:

«El Emperador de los franceses ha hecho averiguar, por medio del Sr. Walewski, ante Lord Clarendon, si el gobierno británico estaría dispuesto a ayudarle a llevar al pretendiente carlista al trono español, en caso de que la Reina Isabel fuera destronada. Se dice que Lord Clarendon ha respondido que la Reina Isabel está por suerte firmemente sentada en su trono y que la posibilidad de una revolución es solo escasa en un país tan consagrado a las instituciones monárquicas; pero que, incluso si estallara una revolución en España y la Reina resultara destronada, el gabinete británico debería abstenerse de hacer estipulaciones de ningún tipo.

La propuesta del Emperador de poner al Conde de Montemolín en el trono responde a su muy natural deseo de impedir que la Duquesa de Montpensier herede la diadema de su hermana; pues cree que sería incómodo para él tener por vecino a un hijo de Luis Felipe como consorte de la Reina de España.»

En la sesión del viernes de la Cámara de los Comunes, Lord John Russell declaró que se veía obligado a retirar por el momento su proyecto de reforma; el cual, sin embargo, se tratará el 24 de abril, siempre que para entonces la cuestión oriental quede zanjada mediante la aceptación de las propuestas nuevamente presentadas al Emperador ruso.

A decir verdad, tras la publicación del manifiesto del Zar a sus súbditos y de su carta a Bonaparte, tal arreglo es más improbable que nunca. No obstante, la declaración del ministerio prueba que el proyecto de reforma ha sido presentado únicamente para desviar y apaciguar a la opinión pública, en caso de que la diplomacia de la coalición lograra restablecer el statu quo ante bellum <estado anterior a la guerra> ruso. El relevante papel que Lord Palmerston ha desempeñado en esta intriga ministerial lo pinta el “Morning Advertiser”, uno de los más ardientes partidarios de Palmerston, del modo siguiente:

«Lord Aberdeen es Primer Ministro, sí, en cuanto al nombre, pero no en realidad. De hecho, Lord Palmerston es el primer ministro de la Corona. Es la cabeza dominante del gabinete. Desde que regresó al cargo, sus colegas han estado constantemente preocupados de que pudiera saltar de nuevo súbitamente y, en consecuencia, no se han atrevido a contradecir ni siquiera una de aquellas opiniones a las que se sabe que él concede especial importancia. Así pues, todo se hace según su voluntad. Un ejemplo palmario de la influencia determinante de Su Señoría en el consejo de Su Majestad se dio la semana pasada, cuando el nuevo proyecto de reforma fue formalmente sometido a deliberación del gabinete y surgió la cuestión de si debía tratarse en esta sesión o ser retirado. Lord Aberdeen, Lord John Russell, Sir James Graham y Sir William Molesworth se mostraron partidarios de debatir el proyecto. Lord Palmerston propuso retirarlo y, según informamos hace algunos días, dio a entender abiertamente que votaría por su abandono en el Parlamento en caso de que él fuera derrotado en el gabinete. El resultado de la discusión o conversación fue que Lord Palmerston impuso su punto de vista. Sus oponentes —entre ellos el líder del partido gubernamental en la Cámara de los Lores y el líder del mismo en la Cámara de los Comunes— cedieron finalmente. Otro triunfo de Lord Palmerston en los últimos ocho días fue el nombramiento de Sir Charles Napier como comandante de la flota del Báltico. No es ningún secreto que Lord John Russell, al igual que Sir James Graham, se oponían a este nombramiento, pero Lord Palmerston estaba a favor, y así se realizó. Por eso sería de lo más oportuno que el noble Lord asumiera esta noche la presidencia en el banquete que el Reform Club va a ofrecer en honor del valeroso almirante.»

El Sr. Gladstone presentó anoche a la Cámara una novedad desconocida para la generación actual: un presupuesto de guerra. De su discurso se desprendió que el gobierno exponía sus medidas financieras ante el Parlamento en este temprano momento para informar a tiempo de las sumamente funestas repercusiones de una guerra en los bolsillos privados y

para enfriar con ello las pasiones bélicas del país. Otro rasgo importante de su discurso fue que sólo solicitaba la suma que sería necesaria para hacer regresar a los 25.000 hombres que están a punto de abandonar las costas inglesas, en caso de que la guerra llegara ahora a su fin.

Empezó exponiendo el estado real de los ingresos y gastos del último año fiscal. Como éste aún no ha concluido, observó que los ingresos de un mes sólo podían estimarse. Los ingresos totales del año que comenzó el 18 de abril de 1853 fueron calculados en 52.990.000 libras esterlinas, mientras que los ingresos reales del año no han ascendido a menos de 54.025.000 libras; los ingresos reales superan, por tanto, los gastos presupuestados en 1.035.000 libras. Por otra parte, se han ahorrado 1.012.000 libras respecto a los gastos presupuestados. En consecuencia, según sus cálculos, este año tendría que arrojar, si no fuera por las circunstancias especiales en que se encuentra actualmente el país, un excedente de 2.854.000 libras respecto a los gastos.

El señor Gladstone señaló a continuación los resultados de las rebajas arancelarias por él introducidas. Los ingresos aduaneros de 1853/1854 habrían ascendido, pese a esas rebajas, a 20.600.000 libras esterlinas, mientras que en 1852/1853 sumaron solo 20.396.000 libras; esto significa un incremento de 204.000 libras esterlinas. La reducción del impuesto sobre el té arrojó una pérdida de solo 375.000 libras esterlinas. La reducción de los derechos de timbre, que iban de 3 peniques en adelante hasta 10 chelines, a un impuesto uniforme de 1 penique, produjo, en lugar de la pérdida esperada, un incremento de 36.000 libras esterlinas en dichos derechos. A continuación, el señor Gladstone informó sobre los resultados de las medidas adoptadas en el último período de sesiones para el
aumento de los impuestos
. La recaudación del impuesto sobre la renta en Irlanda se había visto retrasada por diversas circunstancias, mas reportará 20.000 libras esterlinas más de lo calculado. La extensión de la tributación sobre las rentas (de 150 a 100 libras esterlinas) en Gran Bretaña arrojará 100.000 libras esterlinas por encima de la suma presupuestada; a saber, 250.000 libras esterlinas. Los ingresos del impuesto adicional sobre bebidas espirituosas, de 1 chelín por galón en Escocia, los había calculado en 278.000 libras esterlinas; sin embargo, ascienden solo a 209.000 libras. En cambio, el impuesto sobre bebidas espirituosas en Irlanda arrojó un incremento de 213.000 libras esterlinas, mientras que él solo había contado con 198.000 libras. El impuesto sobre sucesiones no producirá en todo el año financiero más que medio millón. Hasta aquí el informe del señor Gladstone acerca de las finanzas de Gran Bretaña en el presente año, que termina el 5 de abril.

Los ingresos previstos para el año 1854/1855 se presupuestan del siguiente modo:

Aduanas

20.175.000 libras esterlinas

Impuestos internos

14.595.000 libras esterlinas

Timbre

7.090.000 libras esterlinas

Contribuciones

3.015.000 libras esterlinas

Impuesto sobre la renta

6.275.000 libras esterlinas

Ingresos de correos

1.200.000 libras esterlinas

Tierras de la Corona

259.000 libras esterlinas

Antiguos remanentes

420.000 libras esterlinas

Varios

320.000 libras esterlinas

Ingresos totales

53.349.000 libras esterlinas

Frente a ello, los gastos previstos se presupuestan como sigue:

Deuda consolidada

27.000.000 libras esterlinas

Deuda no consolidada

546.000 libras esterlinas

Fondo consolidado

2.460.000 libras esterlinas

Ejército

6.857.000 libras esterlinas

Marina

7.488.000 libras esterlinas

Cuerpo de artillería

3.846.000 libras esterlinas

Comisariato

645.000 libras esterlinas

Varios

4.775.000 libras esterlinas

Milicia

530.000 libras esterlinas

Servicio de paquebotes

792.000 libras esterlinas

Servicio de Oriente

1.250.000 libras esterlinas

Gastos totales

56.189.000 libras esterlinas

Déficit

2.840.000 libras esterlinas

Antes de abordar la cuestión de cómo cubrir este déficit, el señor Gladstone enumeró las medidas que el Gobierno no recomendaba a la Cámara adoptar. No recurriría a restablecer algunos de aquellos derechos arancelarios cuya reducción, por él propuesta el año pasado, había adquirido ya fuerza de ley. No quería consentir el restablecimiento innecesario de aquellos impuestos que gobiernos anteriores habían abolido. Sin embargo, caso de que la lucha en la que ahora entraban durase un año más, difícilmente estarían en condiciones de mantener esas rebajas fiscales. En general, no quería proponer ningún aumento de la imposición indirecta. No recurriría a empréstitos estatales, pues no hay país cuyos recursos estén ya tan gravosamente hipotecados como los de Inglaterra. Después de todos estos preámbulos, el señor Gladstone se avino por fin a anunciar lo que el Gobierno se proponía proponer. Esto era la duplicación del impuesto sobre la renta por seis meses y la supresión total de la actual separación entre letras de cambio giradas en el interior y en el extranjero. El tipo medio, aunque no uniformemente distribuido, del impuesto sobre las letras de cambio había sido hasta ahora de 1 chelín y 6 peniques por cada 100 libras esterlinas; él proponía fijarlo uniformemente en 1 chelín. Esta modificación, según calculaba, aumentaría los ingresos en 60.000 libras esterlinas. En cuanto al impuesto sobre la renta, se produciría un aumento de 7 a 10
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peniques por cada libra esterlina para las rentas a partir de 150 libras, y de 5 a 7
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peniques para las rentas comprendidas entre 100 y 150 libras. Al mismo tiempo, solicitó que la Cámara le autorizase a emitir, antes de la recaudación del impuesto, letras del Tesoro por valor de 1.750.000 libras esterlinas, las cuales serían amortizadas con las sumas que entrasen procedentes del impuesto sobre la renta. Por último, el señor Gladstone se esforzó, sin particular éxito, en justificar sus recientes medidas para reducir la deuda pública, medidas que, como se sabe, terminaron en un lamentable fracaso.

En la discusión que siguió a este informe participaron varios diputados. Sin embargo, solo merece mención el discurso del señor Disraeli. Declaró que no pondría objeción a ningún proyecto de ley que el Gobierno, bajo su propia responsabilidad, considerase necesario presentar a la Cámara a fin de conducir la guerra inminente con toda energía y, según esperaba, con éxito. Protestaba, empero, contra el hecho de que, si la guerra se prolongaba, se recurriese exclusivamente a los impuestos directos para costearla. La segunda parte del informe del señor Gladstone, en la que este se ocupaba de la situación financiera efectiva del país y de los fondos disponibles, le parecía, en cambio, tan poco transparente como no corresponde a un informe financiero, y menos a uno presentado en las actuales circunstancias. El presente saldo en la Tesorería no era ni suficiente ni tranquilizador. Cuando el actual Gobierno asumió el cargo, los saldos en la Tesorería ascendían el 3 de enero de 1853 a 9 millones de libras esterlinas, pero un año más tarde, en enero de 1854, se habían reducido a la mitad. Él calculaba el saldo en la Tesorería para el 5 de abril en 3 millones de libras esterlinas, mientras que los gastos para el pago de los dividendos a los acreedores del Estado y para la ejecución del plan de conversión de Gladstone exigían en total de 9 a 10 millones de libras. El muy honorable orador precedente dijo que no tenía sentido querer remediar esto con los saldos en la Tesorería, sino que pretendía allegar la suma faltante mediante anticipos del Banco de Inglaterra. Él afirmaba que era de la mayor importancia precisamente ahora disponer de un gran saldo; pero no se trataba aquí de si se terminaría con un saldo pequeño o grande, sino de si se tendría algún saldo o un gran déficit; y, en realidad, en vez de saldo alguno, tenían un déficit colosal, provocado por el Canciller del Tesoro de dos maneras. En primer lugar, por la reducción de los intereses de las letras del Tesoro al 1
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por ciento cuando el dinero estaba caro, y en segundo lugar, por su desdichada conversión de las acciones de la Mar del Sur, medida que no solo ha consumido sus saldos, sino que también le ha acarreado el actual déficit de 2 millones de libras esterlinas.

Tras algunas observaciones intranscendentes de otros diputados, se dio por terminado el debate sobre los presupuestos y se aprobó la resolución.

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