Karl Marx

El artículo que Marx envió a Nueva York, al parecer el 31 de marzo de 1854, sufrió importantes modificaciones por parte de la redacción del "New-York Daily Times". La primera parte del artículo está manifiestamente desfigurada y contiene tesis que contradicen la concepción de Marx. A ello pertenece, en particular, la afirmación de que es necesario considerar la política de la burguesía no desde el punto de vista de clase, sino desde un punto de vista humanitario global. Por otra parte, el artículo contiene, sin lugar a dudas, ideas y formulaciones que proceden de Marx. Sobre todo, la caracterización de los escritores realistas ingleses y el apartado sobre la huelga de Preston de 1853-1854, que Marx menciona en varios artículos.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 4145 del 1 de agosto de 1854, artículo de fondo]

Ante el creciente poder del elemento burgués en Inglaterra, se supone naturalmente que su antigua posición frente a la aristocracia se modifica poco a poco de acuerdo con las cambiantes circunstancias, y que las relaciones tradicionales entre las dos clases empiezan a convertirse en un obstáculo práctico. En el curso de los últimos cinco años han tenido lugar algunos acontecimientos notables que concuerdan con esta hipótesis. Hace aproximadamente cinco años, el rico banquero Jones Loyd fue elevado a la dignidad de par con el título de Lord Overstone; había empleado parte de su enorme fortuna en comprar una gran propiedad en el condado de Northampton, y la aristocracia, fiel a su vieja política, decidió acogerlo en sus filas, no porque fuera millonario, sino porque era "dueño de extensas tierras". Ahora bien, ¿qué condiciones le impuso a Jones Loyd? Que renunciase a toda relación con el negocio bancario y con el comercio. Y Jones Loyd se sometió a esta condición. Es, pues, evidente que la aristocracia no se ha apartado en modo alguno de su concepción tradicional acerca de las condiciones exigidas para la dignidad de par. ¿Será, sin embargo, cada miembro de la haute bourgeoisie <alta burguesía> tan complaciente como Jones Loyd? Probablemente no. Es más, conocemos incluso un ejemplo documentado de una alta personalidad que, en vida, rechazó una dignidad de par y prohibió a sus hijos que la aceptaran después de la muerte del padre. Nos referimos al memorable caso de Sir Robert Peel. Hijo y nieto de un propietario de hilanderías y fabricante de Lancashire, se esforzó en los últimos años de su vida por conducir a la gran burguesía, y aunque la dignidad de par estuvo a su alcance durante mucho tiempo, prefirió seguir siendo el primer

miembro de la Cámara de los Comunes de Inglaterra, y rehuyó retirarse de la esfera de la actividad pública para pasar a la Cámara de los Lores. Tenemos el penetrante testimonio de su vida, según el cual el centro de atracción del poder político descansa en el seno de la burguesía. Y si se interpreta aquella cláusula de su testamento por la que prohibió a sus hijos, para siempre jamás, aceptar la dignidad de par en recompensa a sus méritos públicos, a la luz de los acontecimientos de 1848 —todavía frescos en la memoria del público—, ¡qué ejemplo revolucionario y qué precedente! Así, aún en su lecho de muerte, ejerció una terrible venganza contra la nobleza de cuna por las muchas ofensas que se infligieron a su sensible ánimo desde los días en que, siendo muchacho, llegó por primera vez a Harrow, a causa de su origen plebeyo. Lord John Russell siguió el ejemplo de Sir Robert Peel. La dignidad de par estuvo durante mucho tiempo al alcance de su poder, pero aunque era hijo y hermano de un duque de Bedford, también él rehusó retirarse. Hace apenas unos días, su determinación habrá sido puesta a dura prueba. El cargo de presidente del Consejo Privado lo ocupa casi siempre un par. Cuando aceptó ese cargo en el reciente cambio ministerial, se creyó generalmente que sería elevado a la dignidad de par. ¡De ningún modo! Prefirió seguir siendo miembro de la Cámara de los Comunes, renunciar a su escaño, dirigirse a los electores de la City de Londres y ser reelegido por aclamación. De igual modo, Sir William Molesworth vio en el rumor de que había estado a punto de ser promovido a la Cámara de los Lores una difamación de su personalidad política, y se ocupó de que se difundiera un categórico desmentido de que jamás hubiera tenido la intención de aceptar una dignidad de par.

Hasta aquí, la dignidad de par; sin embargo, da la impresión de que la dignidad de caballero, como no confiere poder político, ha sido prodigada para satisfacer a los advenedizos de la burguesía. Solo así podemos explicar la elevación a ese rango del jardinero mayor del duque de Devonshire, Sir Joseph Paxton, y de un proveedor, Sir John Fox. Pero ¿bastará esto en todos los casos a la autoestima de la burguesía? Evidentemente no; pues el ingeniero Stephenson rechazó despectivamente la pedigüeña dignidad, y recientemente siguió su ejemplo el empresario ferroviario Dargan, quien sin duda creyó situarse en una falsa posición al aceptar el título. En vano corteja Su Majestad a este último, le visita en su señorial mansión, un honor que antes solo se dignaba conceder a la más alta aristocracia; pero el esquivo burgués retrocede ante la mano tendida de Su Real Alteza, mientras la reina Victoria, al tomar el brazo del remiso burgués, expresa la necesidad del feudalismo de ser apoyado, hoy en día, por los capitanes de industria de la época.

Mientras la burguesía va arrebatando así, gradualmente, el poder a la aristocracia, surge naturalmente la pregunta: ¿cómo utilizará la burguesía su recién adquirida

influencia? Este asunto no debe considerarse desde un punto de vista de clase, sino solo desde un punto de vista humanitario global; y la cuestión que todo lo eclipsa es esta: ¿qué efectos podrá tener esta transformación sobre el destino y la situación social de los millones de masas trabajadoras de Inglaterra?

Algunos políticos de la llamada escuela liberal parlotean mucho sobre la "unión de la burguesía y la clase obrera", pero la idea es un absurdo engendro del cerebro. Una ancha sima separa al empresario del obrero, al amo del sirviente. Por lo que respecta al personal de servicio, las últimas y críticas palabras de Talfourd hablan por sí mismas:

"Cuán doloroso es pensar", dice, "que a nuestro alrededor crecen hombres y mujeres que sirven a nuestra comodidad y a nuestras necesidades, habitantes perpetuos de nuestras moradas, con cuyas inclinaciones y carácter estamos tan poco familiarizados como si fueran
habitantes de otra esfera
."

Para que no surja confusión alguna acerca de los respectivos habitantes de las "dos esferas", las damas de la burguesía obligan a sus sirvientas —olvidando su propia y relativamente fresca emancipación de la servidumbre— a llevar "cofias" como signo de la esfera inferior, y rara vez permiten que sus doncellas vistan con elegancia, por temor a que desaparezcan los distintivos no de la
tierra
, sino del
dinero
.

Y en cuanto al oficial de todo género, ¿en qué relación se halla con su amo? Todos saben qué resistencia opusieron los empresarios a la ley de "las diez horas". Por despecho ante la reciente pérdida de las leyes de cereales, los tories ayudaron a la clase obrera a conquistarla; pero cuando entró en vigor, los informes de los inspectores de distrito muestran con qué desvergonzada astucia y mezquina y solapada bajeza se la eludió. A cada intento posterior en el Parlamento de crear condiciones más humanas para la clase trabajadora, ¡los representantes de la burguesía respondieron con el tópico del comunismo! El señor Cobden lo hizo muy a menudo. Durante años, los empresarios se propusieron prolongar la jornada laboral en los talleres más allá de lo humanamente soportable y rebajar el salario del obrero cualificado al del no cualificado mediante la aplicación sin escrúpulos del sistema de contratas, jugando a un obrero contra otro. Este sistema empujó finalmente a los Amalgamated Engineers <Ingenieros Amalgamados> a sublevarse contra él, y las brutales expresiones que entonces corrían de boca en boca entre los señores mostraron cuán poco sentimiento noble o humano cabía esperar de ellos. Su grosera ignorancia la pusieron además de manifiesto contratando, a través de la Asociación de Empresarios, a un "literato" de tercera fila,

un tal Sidney Smith, para que los defendiera en la prensa y llevara la guerra de palabras contra sus indignados obreros. El estilo del escribiente a sueldo se adecuaba bien a la tarea encomendada, y cuando la lucha hubo terminado y los señores ya no necesitaron ni de la literatura ni de la prensa, despacharon a su mercenario. Aunque la burguesía no aspire a la erudición de la vieja escuela, no por ello cultiva, desde luego, la ciencia y la literatura modernas. El libro mayor, el escritorio, el negocio: he ahí suficiente cultura. En la medida en que sus hijas disfrutan de una educación costosa, se las pertrecha superficialmente con algunas "habilidades"; pero en una verdadera formación del espíritu y en su dotación de un tesoro de saber, ni siquiera se sueña.

La brillante cofradía actual de novelistas de Inglaterra —cuyas páginas plásticas y elocuentes han transmitido al mundo más verdades políticas y sociales que todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas juntos han proferido— ha descrito cada capa de la burguesía, desde el "distinguidísimo" rentista y tenedor de títulos de Estado, que considera todas las formas de negocio como vulgares, hasta el pequeño tendero y el pasante de abogado. ¡Y cómo los han pintado Dickens y Thackeray, la señorita Brontë y la señora Gaskell! Llenos de presunción, hipocresía, mezquina tiranía e ignorancia; y su juicio fue corroborado por el mundo civilizado con el condenatorio epigrama que fijó a esta clase: "servil hacia arriba y tiránico hacia abajo".

La limitada y estrecha esfera en que se mueve la burguesía se debe, hasta cierto punto, al sistema social del que forma parte. Así como la nobleza rusa vive inquieta entre la presión del zar sobre ella y el temor a las masas esclavizadas debajo de ella, la burguesía inglesa se halla entre la aristocracia, por un lado, y la clase obrera, por el otro. Cada vez que la burguesía ha querido proceder contra la aristocracia desde la paz de 1815, ha contado a la clase obrera que algún privilegio y monopolio aristocrático tenía la culpa de su miseria. De este modo, la burguesía pudo mover a la clase obrera a ayudarla en 1832, cuando quería el proyecto de reforma. Pero después de haber obtenido un proyecto de reforma
para sí
, rehusó dárselo a la clase obrera; es más, en 1848 salió a su encuentro incluso con los garrotes de los agentes especiales. Lo siguiente era la abolición de las leyes de cereales, la panacea para la clase obrera. Pues bien, esto le fue arrancado a la aristocracia, pero el "buen tiempo" seguía sin llegar; y el año pasado, como si con ello quisiera eliminarse la última posibilidad de una política semejante en el futuro, la aristocracia se vio obligada a aceptar un impuesto de sucesiones sobre la propiedad territorial, un impuesto del que esa misma aristocracia se había liberado egoístamente en 1793.

mientras gravaba con impuestos la herencia de la propiedad mobiliaria. Con este retazo de agravio se desvaneció la última posibilidad de inducir a la clase obrera a creer que su penosa situación se debía única y exclusivamente a la legislación aristocrática. Ahora se le han abierto por completo los ojos a la clase obrera, y empieza a clamar:

«¡Nuestro San Petersburgo está en Preston!» Y en efecto, durante los últimos ocho meses esta ciudad ha presenciado un extraño espectáculo: respaldado financieramente por los sindicatos y los talleres de todas las partes del Reino Unido, un ejército permanente de 14.000 hombres y mujeres se ha alzado para librar con los capitalistas una gigantesca lucha social por el poder, mientras los capitalistas de Preston, por su parte, recibían el apoyo de los capitalistas de Lancashire.

Cualesquiera que sean las formas que esta lucha social revista en el porvenir, apenas hemos visto su comienzo. Parece estar destinada a abarcar a toda la nación y a recorrer fases que la historia no ha conocido hasta ahora; pues hay que tener presente que, aunque la clase obrera aún deba contar con derrotas temporales, actúan grandes leyes sociales y económicas que, a la postre, han de garantizar su triunfo. La misma ola industrial que ha inducido a la burguesía a alzarse contra la aristocracia, fuerza ahora a la clase obrera —apoyada hoy y en el futuro por la emigración— a alzarse contra la burguesía. De la misma manera que la burguesía asesta golpes a la aristocracia, recibirá los mismos de la clase obrera. El mero reconocimiento instintivo de este hecho pone trabas a la acción de aquella clase contra la aristocracia. La actuación política de la clase obrera en los últimos tiempos ha enseñado a la burguesía a odiar y temer los movimientos políticos abiertos. Su muletilla reza: «Las personas honorables no se mezclan con ésos, caballero.» La gran burguesía imita de forma grotesca el modo de vida de la aristocracia y se empeña en unirse a ella. Por consiguiente, el feudalismo en Inglaterra no perecerá a causa de los procesos de disolución apenas perceptibles por parte de la burguesía; el honor de semejante victoria está reservado a la clase obrera. Cuando llegue el momento oportuno y la clase obrera entre con reconocido derecho en la arena de la acción política, se enfrentarán tres poderosas clases: la primera representa la propiedad territorial, la segunda el dinero, la tercera el trabajo. Y del mismo modo que la segunda triunfa sobre la primera, así habrá de ceder, cuando le llegue el turno, el paso a su sucesora en el campo de la confrontación política y social.