Friedrich Engels

La toma de Bomarsund

[Primer artículo]

Escrito el 21 de agosto de 1854.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune» núm. 4174 del 4 de septiembre de 1854, artículo de fondo]

Por fin han comenzado a actuar los ejércitos aliados. Han tomado Bomarsund. Tropas francesas y soldados de marina británicos desembarcaron el 3 o el 4 del mes pasado en la isla de Aland; el 10 fue cercada la plaza; en los tres días siguientes se levantaron y artillaron las baterías; el 14 se abrió el fuego; el 15 fueron tomadas al asalto las dos torres redondas, una por los franceses, la otra por los ingleses; el 16 se rindió el gran fuerte acasamatado tras un breve combate en el que los aliados sufrieron muy pocas pérdidas.

Sin duda, este rápido proceder parece bastante audaz. Según todas nuestras informaciones, era de esperar que para tomar la plaza se necesitara un sitio formal, con al menos una paralela y unos catorce días de trincheras abiertas. Incluso el «Times» de Londres, que durante mucho tiempo habló como si a la infantería aliada le bastara con atacar los muros de piedra a la bayoneta para hacerlos desplomarse, tuvo que admitir que un sitio sería finalmente inevitable y que esta prolongada empresa duraría probablemente dos semanas.

Si el ataque ha tenido éxito aproximadamente una semana después del cerco y al sexto día de abrir las trincheras, hay que sacar la conclusión natural de que los sitiadores han tropezado con muchas menos dificultades de las que esperaban. Qué es lo que facilitó el ataque solo podemos conjeturarlo, naturalmente, hasta que lleguen los informes sobre los detalles del sitio, pero hay muchas circunstancias que pueden haber obrado en su favor. La guarnición se componía en gran parte de finlandeses y en parte incluso de habitantes de Aland. Ciertamente no estaban muy imbuidos de patriotismo ruso, y si se puede dar crédito a los informes de desertores, estaban incluso decididos a no combatir, en la medida de lo posible. Los habitantes de la isla parecen haber recibido a los aliados, cuando vieron que estos se disponían a atacar seriamente Bomarsund, como libertadores del yugo ruso, y deben de haberles proporcionado todo tipo de informaciones y prestado apoyo. Pero la causa principal debe de haber sido, en última instancia, un gravísimo defecto en la construcción de la fortaleza misma. Ya que no se pueden obtener planos de ella y todos nuestros conocimientos al respecto provienen de vistas y croquis y de descripciones de profanos (al menos en lo que se refiere a la ingeniería militar), que son por naturaleza muy imprecisas, y como las vistas y descripciones se contradicen en cuanto a los detalles, no podemos arrogarnos una explicación de en qué consiste el defecto.

A juzgar por los croquis, las dos torres redondas se flanquean mutuamente con su fuego hasta cierto punto; pero como en toda fortificación redonda los cañones han de tener una posición radial y su fuego ha de ser sumamente excéntrico, cuanto menor sea el fuerte y, por consiguiente, el número de cañones, tanto mayor será la dispersión y tanto menor la eficacia del fuego. Por eso Montalembert se guardó mucho de proponer el emplazamiento de tales torres mientras no se contrarrestara esa dispersión mediante el fuerte apoyo que cada torre recibe de sus vecinas a derecha e izquierda y de la fortaleza principal a la espalda. Si cinco o seis de estas torres pudieran concentrar su fuego sobre un punto, entonces el fuego sería tan concéntrico y eficaz como antes era excéntrico y débil. Además, Montalembert sabía muy bien que en la última fase de un sitio, cuando se llega al asalto, el fuego de la infantería es lo más eficaz que se puede emplear contra los atacantes. Por eso, además de las disposiciones para la defensa por infantería en sus torres, unía por lo general las distintas torres mediante una especie de camino cubierto o trinchera, no solo para una comunicación segura, sino también para el fuego de infantería. Lo que una trinchera así puede lograr lo acabamos de ver en Arab-Tabia, donde la defensa de flanco enmascarada se limitaba a una trinchera semejante y donde los rusos fueron rechazados una y otra vez por un puñado de arnautas. Por último, Montalembert trataba de asegurar completamente sus torres contra un coup de main <golpe de mano>. Las rodeaba con un foso, con un camino cubierto, y a veces las consideraba solo como réduit o última posición de reserva dentro de un gran y fuerte reducto. Ese era su plan más maduro y evidentemente el mejor. Fue aplicado, con más o menos modificaciones, en casi todas las fortificaciones más modernas donde se emplearon las pequeñas torres de Montalembert. Además de estas dificultades de acceso, dispuso todo el piso inferior o sótano de la torre de manera muy ingeniosa para la defensa por infantería.

Según parece, los rusos han descuidado en todos los aspectos puntos importantes. La duración del fuego de brecha, de veinte a treinta horas, no basta evidentemente para que incluso cañones de a treinta y dos libras puedan abrir una brecha practicable al asalto, a menos que la obra de mampostería sea realmente distinta de la que se emplea por lo común en las fortificaciones. Hay que suponer, por tanto, que las torres fueron tomadas con escalas de asalto, que los soldados penetraron por las aspilleras y forzaron las puertas. Esto presupone un fuego de flanco muy ineficaz, y como el gran fuerte no parecía tener a su espalda baterías que apoyaran a las torres, cada torre quedaba flanqueada únicamente por el fuego de la otra. Este error es tanto mayor cuanto que, según parece deducirse de los croquis, el terreno era muy accidentado y permitía a las columnas de asalto arrastrarse bastante cerca, cubiertas por los pliegues del terreno. A juzgar por los croquis y los acontecimientos, por consiguiente, las precauciones contra un coup de main deben de haber sido completamente desatendidas. No hay traza alguna de reductos en torno a las torres, y los reductos que los rusos habían levantado delante de ellas fueron abandonados casi sin resistencia. Se dice que alrededor de cada torre corría un foso, pero debió de ser muy poco profundo, sin disposición alguna para la defensa por infantería. Una vez tomadas las torres, el fuerte mayor, que las domina, quedó forzosamente a merced de los aliados. Por eso cayó, al parecer, con una resistencia solo fingida.

Si se juzgan estas fortificaciones por lo que parecen ser después de este breve sitio, casi parece como si sus constructores nunca hubieran contado con un ataque serio por el lado de tierra. Deben de haber construido las torres solo como defensa contra ataques de soldados de marina, los cuales, a lo sumo, no pasan de dos mil hombres y no podían concentrar fuerzas suficientes para arriesgar un asalto o llevar a cabo con éxito un sitio formal. En consecuencia, el frente que daba al mar era el más fuerte, y el frente de tierra, formado por las torres, era más apariencia que realidad. No obstante, el resultado demuestra casi que un destacamento de 1.000 soldados de marina hubiera podido tomar al asalto las torres ya hace muchos meses y, de ese modo, rendir el fuerte principal.

En cuanto al asalto mismo, debe de haber sido ejecutado muy bien tanto por franceses como por ingleses. Los ingleses son conocidos como asaltantes; el ataque a la bayoneta es su maniobra favorita, que rara vez les falla. Los franceses prefieren un ataque en campo abierto; en los sitios, de acuerdo con su mentalidad matemática, prefieren el camino metódico de esta ciencia netamente francesa elaborada por Vauban. Pero el ardor de un veterano británico parece haberlos arrastrado. En Bomarsund había un viejo general Jones, el hombre que mejoró a Vauban cuando, en la lucha contra las bravas y decididas guarniciones de Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, logró acortar un sitio en cerca de un tercio del tiempo fijado para él, con medios insuficientes. El general Jones no es un oficial de ingenieros corriente. No ve en un sitio, como todos los demás de su profesión, una mera ceremonia escolar en la que el jefe de ingenieros rinde su examen y debe demostrar ante los ojos del ejército hasta qué punto ha retenido en su memoria y ordenado correctamente todas las reglas y prescripciones de los sitios formales y del «attaque des places fortes» de Vauban. No opina que todo el ejército esté allí por causa de los oficiales de ingenieros, para protegerlos mientras estos ejecutan sus numeritos. El general Jones es ante todo soldado, y solo después oficial de ingenieros. Conoce bien al soldado británico y sabe de lo que es capaz. La manera rápida, resuelta y sin alardes con que Bomarsund fue tomado en la mitad del tiempo estipulado se asemeja tanto al batir la brecha y al asalto de las fortalezas españolas, que no puede haber otro detrás que el viejo Jones. Los franceses jamás habrían podido idear esta manera de tomar una fortaleza. Ello contradice su carácter, es demasiado primitivo, sin modales ni cortesía alguna. Pero no podían impugnar la autoridad del hombre que había ensayado contra ellos mismos, cincuenta años atrás, esta manera de tomar fortalezas no ajustada a las reglas y que en todos los casos había resultado victoriosa. Cuando llegó el asalto, parece que no se quedaron atrás de los ingleses en resolución.

Es curioso que los rusos, que tanto se han jactado de su capacidad para el asalto desde Perekop y Ochákov hasta Varsovia y Bistritz, hayan sido rechazados en todos los asaltos a obras de campaña y que ante Silistria no hayan sido siquiera capaces de rendir una obra de campaña por medio de un sitio formal, viéndose obligados a retirarse sin que la plaza fuera socorrida; por otra parte, el primer acto de los turcos en esta guerra fue el asalto a una fortificación permanente rusa –San Nicolás– y la gloriosa fortaleza de Bomarsund fue tomada al asalto casi sin el honor de una trinchera abierta. No debemos olvidar mencionar que las flotas, al parecer, no han contribuido en modo alguno eficaz a esta victoria. Por lo demás, parecen seguir rehuyendo la vecindad de las baterías acasamatadas lo mismo que antes.

Sin embargo, este éxito de los aliados reviste un carácter tal que probablemente los inducirá a no emprender ya nada en el próximo otoño. En todo caso, la gran expedición a Sebastopol aún no ha zarpado, y ya se ha anunciado un nuevo retraso de algunas semanas. Luego será demasiado tarde, y a los héroes de las fuerzas aliadas se les asegura con ello esa tranquilidad y descanso durante el invierno que tan necesario es después de las penalidades del campamento de Varna.

[Segundo artículo]

Escrito el 28 de agosto de 1854.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune» núm. 4182 del 13 de septiembre de 1854, artículo de fondo]

Los detalles sobre la toma de Bomarsund, en lo que se han publicado, son aún imprecisos y están redactados de manera poco ajustada a la materia. De hecho, no se nos informa a qué distancia de los fuertes se emplazaron las baterías de brecha ni dónde fondearon los buques durante el ataque desde el mar. No se nos comunican más detalles sobre la disposición de los fuertes, como cabría esperar, dado que las tropas aliadas se encuentran ahora en posesión de ellos. En realidad, casi todos los puntos importantes se pasan por alto para entretener al público con la parte pintoresca y menos técnica del asunto. Incluso los informes oficiales están redactados con tal negligencia que nadie puede discernir con claridad si el fuerte I'zee (como lo llaman), al ser tomado por los franceses, tuvo que ser asaltado o no, ya que, al parecer, apenas nadie, salvo el oficial al mando, opuso resistencia.

Lo poco que podemos extraer de ello es, como ya sospechábamos por los croquis, que ambas torres se construyeron sobre un terreno tan accidentado que barrancos, declives y rocas formaban aproches naturales, los cuales conducían incluso hasta sus propios fosos. En estos barrancos pudieron instalarse cómodamente los aliados, a salvo de los proyectiles rusos que silbaban sobre sus cabezas; como, por consiguiente, tuvieron la posibilidad de emplazar sus baterías en las cercanías de la plaza, iniciaron el asedio de inmediato con baterías de brecha, las cuales, en otros casos semejantes, no suelen emplearse sino hasta el final. El que los rusos construyeran sus fuertes sobre semejante terreno, sin al menos allanarlo de inmediato en seiscientas u ochocientas yardas ante ellos, demuestra que jamás contaron con un ataque serio desde tierra.

Las baterías de brecha tienen que haber sido emplazadas a no más de quinientas o seiscientas yardas de los fuertes, puesto que los franceses las batieron con cañones de a dieciséis libras, los cuales no se consideran por lo común lo bastante pesados como para abrir brecha en una muralla, incluso a una distancia de cien o ciento cincuenta yardas. Un fuego de treinta y seis horas dañó, sin embargo, la torre de tal modo que doce horas más habrían echado abajo todo un frente. Los británicos batieron el fuerte Nottich con sesenta cañones de a treinta y dos libras, cada uno de los cuales pesaba 45 quintales.

Estas piezas, según la "Naval Gunnery" de sir Howard Douglas, se utilizan con una carga reglamentaria de siete libras de pólvora y, a una distancia de cuatrocientas a quinientas yardas, la bala debería penetrar de dos a dos pies y medio en roble macizo. Los cañones franceses de a dieciséis libras, con una carga de cinco libras y a una distancia de cuatrocientas a quinientas yardas, deberían tener una fuerza de penetración de un pie y medio a dos pies en roble. Si los británicos, como cabe suponer, aumentaron la carga reglamentaria al menos a ocho libras, no es de extrañar que, con el doble de piezas y el doble calibre, dejaran al descubierto un costado del fuerte en menos de doce horas.

Por lo que respecta al ataque desde el mar, este no fue más que un ataque de diversión. Solo el capitán Pelham aprovechó la ocasión para llevar a cabo un experimento científico. Utilizó su largo cañón pivotante de a ochenta kilos con toda la constancia y regularidad de un fuego de brecha, para dar de continuo, con la mayor precisión posible, en el mismo punto. Estos largos cañones de a ochenta kilos son los mejores de la marina británica. Su elevado peso en metal (noventa y cinco quintales) permite una carga de dieciséis libras de pólvora para un proyectil macizo de sesenta y ocho libras. El efecto de este proyectil es, incluso a una distancia de quinientas o seiscientas yardas, incomparablemente mayor que el de las balas de a dieciocho o veinticuatro libras habitualmente empleadas hasta ahora para las baterías de brecha; correctamente aplicado, tiene que lograr un efecto formidable. Por consiguiente, el fuego constante del capitán Pelham reveló muy pronto el secreto de las fortalezas rusas de granito. Unos pocos disparos hicieron saltar lo que hasta entonces parecía un gran bloque de granito macizo, pero que resultó ser solo un revestimiento, cuyo espesor en modo alguno guardaba proporción con su altura y anchura. Unos cuantos disparos más y las losas contiguas se derrumbaron, y luego siguió una avalancha de cascote que se precipitó estrepitosamente por los muros y dejó al descubierto de inmediato el interior de la fortaleza. Con ello quedó claro que el "granito" era solo una apariencia; que, tan pronto como se habían desprendido las losas relativamente delgadas

que formaban el forro de la escarpa, en el interior no existía obra de mampostería maciza alguna que pudiera oponer resistencia a los proyectiles penetrantes. En realidad, los muros consistían meramente en revestimientos cuyos huecos estaban rellenados con toda clase de trozos de piedra, arena, etc., que carecían de cohesión y estabilidad. Si la fortaleza principal estaba construida de este modo, la mampostería de las torres era sin duda igual de mala; y con esto queda plenamente explicada la rápida apertura de brecha. ¡Y estos muros de tan escasa solidez interior mantuvieron en jaque, con su imponente aspecto exterior, a casi toda la flota anglo-francesa durante cerca de cuatro meses! La decepción de sir Charles Napier al ver de qué estaban hechos en realidad no pudo ser, sin embargo, mayor que la del zar al enterarse de qué consistía el "granito" por el que tan caro había pagado. Por lo que respecta al ataque desde tierra, otro aspecto resulta notable. Ya hemos visto que los fuertes estaban rodeados de terreno accidentado, no solo al alcance de los cañones, sino también a tiro de fusil. De ello sacaron partido los cazadores de Vincennes, quienes se aproximaron a rastras, buscaron cobertura tras tocones de árboles, rocas de la orilla, peñascos, etc., y abrieron un fuego mortífero sobre las troneras de las casamatas. Dado que sus fusiles acertaban sin fallo a una distancia de cuatrocientas a quinientas yardas y que, además, los costados oblicuos de las troneras hacían, a modo de túnel, que cada bala que impactaba penetrara en la abertura posterior, bien cabe imaginarse cuánto se hostigó a los artilleros en la fortaleza durante el proceso de carga.

Los rusos parecen haber descuidado por completo las más elementales medidas de precaución contra este fuego de fusilería. También ellos tenían fusiles. ¿Por qué no los apostaron tras el parapeto sobre el techo de la torre, desde donde habrían dominado a los tiradores enemigos? Pero los tiradores finlandeses en Bomarsund no parecen haber sentido inclinación alguna a luchar por la gloria de la Santa Rusia. Finalmente, los franceses emplearon, además de las tres piezas de brecha, algunos morteros y tres obuses. Los morteros lanzaban sus proyectiles en elevada parábola sobre el techo a prueba de bombas de la torre, para destruirlo mediante la fuerza combinada de la caída y la explosión. Esto, sin embargo, no parece haber surtido gran efecto. Los obuses franceses, en cambio, mantuvieron el fuego directo horizontal y apuntaron a las troneras. A la corta distancia de cuatrocientas a quinientas yardas, un largo obús de bronce de a veinticuatro libras, que dispara una granada de seis pulgadas de diámetro, probablemente acertaría en un blanco como la tronera una vez de cada tres disparos;

cada granada que acierte inutilizaría a los sirvientes de la pieza y, además, haría callar al cañón mismo. Por lo tanto, este fuego tiene que haber sido muy eficaz.

Por consiguiente, vemos que los muros de granito de Bomarsund resultaron ser solo un engaño de los rusos: montones de cascote, moldeados mediante delgados revestimientos de piedra, incapaces de resistir durante cierto tiempo un fuego seguro y constante. Si bien Nicolás fue engañado por sus constructores, no es menos cierto que, mediante estas fortalezas de apariencia, logró arrebatar a los aliados toda una campaña. En conjunto, la defensa de los rusos no fue particularmente destacada; ello quizá sea atribuible al descontento, expresado de manera bastante abierta, de las tropas finlandesas. El ataque de los aliados se distinguió por una determinación, desconocida hasta entonces en su proceder, que evidentemente hay que atribuir al general Jones. Las dificultades que debieron superarse para el transporte y emplazamiento de los cañones, si bien exageradas por sir Charles Napier, fueron ciertamente grandes. Los franceses atacaron con piezas de brecha de calibre demasiado pequeño y con morteros que, en las condiciones dadas, poco provecho podían reportar; su modalidad de fuego horizontal de granada y fusil sobre las troneras merece, sin embargo, grandes elogios. Los ingleses avanzaron, como de costumbre, con el calibre más pesado que pudieron trasladar, abrieron fuego directo, raso y eficaz, superaron dificultades y soportaron el fuego enemigo con la perseverancia que les es propia, hicieron lo suyo sin aspavientos, pero también sin particulares virtudes destacables.

Una vez tomado Bomarsund, se plantea ahora la cuestión de qué hacer con él. Según las últimas noticias de Hamburgo, los almirantes, los generales al mando de las tropas expedicionarias y los más altos jefes han acordado en un consejo de guerra destruir todas las fortificaciones y abandonar la isla, en caso de que Suecia no estuviese dispuesta a ocuparla y a adquirirla al precio de una declaración de guerra a Rusia. Si esta noticia se confirma, la expedición contra las islas Åland, lejos de ser una empresa militar, como la presentó el "Moniteur", resultaría una empresa puramente diplomática, emprendida con el fin de envolver a los suecos en una peligrosa alianza con las mismas potencias cuya amistad, por emplear las palabras del señor Bright,

"acarreó a Turquía en un solo año tanta desdicha como jamás se la figuró Rusia en sus más audaces sueños de futuro".

La corte sueca vacila, y la prensa sueca advierte al pueblo contra el Danaos et dona ferentes, pero los campesinos suecos ya han presentado una moción para que la cámara solicite al rey que emprenda gestiones para que Åland no vuelva a ser nunca rusa. Hay pocas perspectivas de que se preste oído a la petición de los campesinos, y es de suponer que pronto sabremos que la fortaleza ha sido volada.