["New-York Daily Tribune" núm. 4008 del 21 de febrero de 1854]

Londres, martes, 7 de febrero de 1854.

He sometido a un minucioso examen los “Rights and Privileges of the Greek and Latin Churches”, como se ha bautizado con ingenio al libro azul del ministerio sobre la cuestión oriental, y me propongo ofrecer a los lectores en breve una visión comprimida de este laberinto diplomático. Por el momento me limitaré a la simple constatación de que jamás un gobierno ha legado a la historia un monumento más grande de bajeza y estupidez. Recordemos lo que el señor Baillie dijo en la Cámara de los Comunes acerca del valor de estos libros azules:

“Dan información, tanta como se quiera — admitámoslo, no información oficial —, pero justo la que cabe esperar de un libro azul que
ha sido cuidadosamente preparado
y que
silencia todo lo que un gobierno desea silenciar
. Hablo por experiencia” (“¡Oíd, oíd!” y risas de los bancos del gobierno) “y sé cómo se preparaban los libros azules sobre asuntos exteriores para esta Cámara.”

Sé muy bien que lord Palmerston, cuando cierta vez se le acusó de haber desfigurado los documentos sobre la guerra afgana, de haber suprimido los pasajes más importantes de los informes y de haber falsificado otros incluso arbitrariamente, dio la siguiente aguda respuesta:

“Si algo semejante hubiera ocurrido, ¿qué habría podido impedir
a los dos gobiernos de nuestros adversarios que nos sucedieron, uno de los cuales estuvo cinco años en el cargo, revelar ese hecho y presentar los documentos correctos?”

Pero sé igualmente bien que el secreto de esas argucias de los libros azules reside precisamente en el secreto de la alternancia en el gobierno de whigs y tories, un secreto que a cada partido, en su propio interés, le ordena dejar antes al adversario la posibilidad de ocupar su puesto que arruinar su “reputación” política común y poner así en completo peligro el sistema de las clases dominantes. Y eso es lo que a los británicos les gusta llamar el funcionamiento de su gloriosa constitución.

Lord Clanricarde había anunciado para la sesión de ayer de la Cámara de los Lores que pediría un debate sobre la cuestión oriental. En consecuencia, la expectación era grande y la cámara estaba casi atestada. El señor Urquhart llegó incluso a señalar sin reparos en el “Morning Advertiser” de ayer a lord Clanricarde como el futuro líder del partido nacional y recordó que éste, en 1829, había sido el único en oponerse a que los rusos cruzaran los Balcanes, olvidando sin duda que el mismo noble marqués, en la importante época de 1839-1840, fue embajador de lord Palmerston en la corte de San Petersburgo y su principal instrumento para llevar a cabo el tratado separado de 1840, así como para la ruptura con Francia.

El público quedó decididamente decepcionado con los debates, pues el marqués de Clanricarde declaró, según se desprende de los informes de prensa,

“le sabría extraordinariamente mal, dado que en Viena parecía haber aún algo así como negociaciones en curso, haber provocado una discusión que podría impedir un desenlace pacífico de esas negociaciones”.

Anunció por ello que tenía la intención de presentar una moción sobre el mismo asunto dentro de ocho días. El noble marqués se contentó con preguntar a lord Clarendon “si ya se había recibido una respuesta del emperador de Rusia a las propuestas de Viena” y “qué instrucciones se habían dado al ministro británico en San Petersburgo”.

Lord Clarendon contestó que “sólo había recibido esta tarde de Viena un informe oficial sobre el estado de las cosas”. El emperador de Rusia había rechazado la nota de Viena y presentado en su lugar un contraproyecto. El día 2 del mes en curso la conferencia se reunió y rechazó a su vez el contraproyecto.

“Las nuevas propuestas de Rusia eran completamente inaceptables — no podían ser remitidas a Constantinopla, y con eso quedaban despachadas. No tenía ningún motivo para
suponer que se celebrarían nuevas negociaciones sobre ellas. En cuanto al mantenimiento de la paz, ya no abrigaba ninguna esperanza.”

A la otra pregunta de lord Clanricarde respondió:

“El barón Brunnow le había visitado el sábado por la tarde en el Ministerio de Asuntos Exteriores y le había entregado una nota en la que declaraba que la respuesta a su consulta, dada por orden de su gobierno, no le permitía mantener por más tiempo las relaciones diplomáticas, y que por tanto las relaciones diplomáticas entre Rusia e Inglaterra habían quedado rotas. El barón Brunnow se había despedido de él el sábado por la tarde, pero ya era demasiado tarde para salir de Londres; suponía, sin embargo, que partiría esta mañana.”

El señor Kisselew, según una comunicación telegráfica, abandonó ayer París y se dirigió a Bruselas. Los periódicos oficiales o gubernamentales informan que la legación de Londres se disuelve y todos los rusos abandonan Inglaterra. Pero por casualidad sé de fuente excelente que, por el contrario, el número de rusos en Inglaterra se reducirá únicamente en la persona del ministro y que todo el personal permanece en Londres bajo la dirección del primer secretario de legación, el señor Berg. Sobre la situación del ministro británico en la corte de San Petersburgo, lord Clarendon declaró:

“Como el barón Brunnow no le había visitado el sábado hasta las seis y media y era necesario ponerse previamente en comunicación con el gobierno francés, no había sido posible instruir inmediatamente al ministro británico en San Petersburgo; pero ya se habían puesto en contacto con el ministro francés sobre esta cuestión, y tanto Sir G. Seymour como el general de Castelbajac recibirían mañana instrucciones que les pondrían allí en la misma situación en que aquí se encuentra el ministro ruso, de modo que las relaciones diplomáticas entre los dos países y Rusia quedarían rotas.”

Lord John Russell repitió en la Cámara de los Comunes la declaración de lord Clarendon hecha en la Cámara de los Lores, y lord Palmerston anunció que

“presentaría un proyecto de ley para unificar las leyes sobre la milicia, en el que se proponía organizar una fuerza de milicia para Escocia e Irlanda, dependiendo el plazo de reclutamiento del voto de la Cámara”.

El ejército inglés será reforzado de inmediato con 11.000 hombres; además, serán embarcados sin demora 1.500 hombres de la guardia costera,
para formar con ellos una reserva para las tripulaciones de los buques que se pongan nuevamente en servicio. Se ha promulgado una real orden que prohíbe la exportación a Rusia de toda clase de buques de guerra, pertrechos militares y municiones. Las autoridades navales, tras un registro de los astilleros privados del Támesis, han confiscado dos barcos que se construían por encargo ruso. En Copenhague, el gobierno británico ha cerrado un contrato para el suministro de carbón para buques de vapor, con una potencia total de 11.000 caballos de fuerza. Se dice que el almirante Sir Charles Napier recibirá el mando supremo de la flota del Báltico que va a formarse.

La “Wiener Zeitung” oficial comunica:

“el gobierno ha recibido noticia de que Rusia ha declarado expresamente a las cuatro potencias que se considera desligada de la promesa de Olmütz de permanecer a la defensiva en los Principados”.

Sobre el objetivo de la misión del conde Orlow en Viena circulan los rumores más contradictorios, de los cuales el más verosímil lo trae la correspondencia berlinesa del “Times” de hoy:

“Rusia — escribe el corresponsal — invita a Austria y Prusia a concertar un convenio de neutralidad válido para todos los casos; les propone dar a su declaración de neutralidad el carácter de una declaración de neutralidad de toda la Confederación Germánica, y garantiza a la Confederación su ayuda en caso de que alguno de sus miembros sea atacado; para el caso de que al final de la guerra hayan de realizarse modificaciones territoriales, se compromete a no concertar paz alguna sin tener debidamente en cuenta los intereses de las potencias alemanas en esas modificaciones territoriales. En esta propuesta de un convenio de neutralidad se hace expresa referencia a los principios y disposiciones de la Santa Alianza de 1815.”

Sobre la cuestión de qué decisión tomarán probablemente Austria y Prusia ante esto, no puedo sino repetir mi convicción ya manifestada al respecto: Austria, mientras le sea permitido, procurará mantenerse con todos los medios en su posición neutral, y en el momento oportuno se declarará por Rusia. Prusia, por el contrario, probablemente dejará pasar otra vez el momento adecuado para abandonar su neutralidad y acabará preparándose a sí misma la suerte de un nuevo Jena.

Sabemos desde Constantinopla que la flota combinada ha regresado a su fondeadero de Beikos, pese a la siguiente orden que le fue transmitida en nombre de los ministros por el “Samson”:

“Los ministros están sorprendidos por la repentina decisión de los almirantes, sobre todo en el momento actual, en que una flotilla turca de vapor está a punto de zarpar con municiones y otros pertrechos para el ejército de Anatolia. Las órdenes de los gobiernos francés y británico hablaban en debida forma y con precisión” (así era en realidad, pero no las órdenes originales dirigidas a los almirantes, sino únicamente éstas que acaban de recibirse) “del amparo que ha de prestarse a la bandera otomana y a su territorio, y se vuelve a encarecer a ambos almirantes la más estricta observancia de esas instrucciones que les fueron impartidas en debida forma. Los almirantes parecen ser de la opinión de que las medidas que les han sido encomendadas pueden llevarse a cabo, tanto si las fuerzas bajo su mando se encuentran en Beikos como en Sinope.” (Otros, en este caso, podrían pensar que esas instrucciones también pueden ser ejecutadas si las flotas se quedan tranquilamente en Malta o Tolón.) “Este asunto depende enteramente de su discreción, y sobre ellos recae la responsabilidad.”

La flota rusa, como es sabido, se encuentra en Kaffa, cerca del estrecho de Yenikale, desde donde a Batum hay solo un tercio del camino que de Batum a Beikos. ¿Serán capaces los almirantes de evitar un Sinope en Batum, “tanto si se encuentran en Beikos como en cualquier otro lugar”?

Recordarán ustedes que el zar, en su primera declaración, acusó al sultán de reunir bajo su bandera a la hez revolucionaria de toda Europa. Ahora bien, mientras lord Stratford de Redcliffe declara a lord Dudley Stuart que no puede apoyarle en organizar nada de esa hez como legión de voluntarios, fue precisamente el zar el primero que formó una tropa revolucionaria, la llamada legión greco-eslava, con la intención directa de incitar a la revuelta a los súbditos del sultán. Esta tropa se está formando en Valaquia y, según informes rusos, cuenta ya con más de 3.000 hombres, a los que no se pagará, como a los valacos mismos, con bons à perpétuité <vales vitalicios>: a los coroneles se les prometen 5 ducados al día, a los comandantes 3, a los capitanes 2, a los subalternos un ducado y a los soldados 2 monedas de veinte; Rusia se encargará de proporcionar las armas.

Entretanto, los armamentos de Francia no parecen ya seguir existiendo solo sobre el papel. Como ustedes saben, los reservistas de 1851 han sido llamados a filas y, en los últimos días, se han transportado ingentes pertrechos militares de Arras a Metz y Estrasburgo. El general Pélissier se ha dirigido a Argelia con la orden de seleccionar los diversos cuerpos para la expedición a Constantinopla, adonde ya se han trasladado sir J. Burgoyne y el coronel Ardant para preparar los alojamientos.

El rumor sobre el movimiento de un gran ejército comandado por Omer Pachá requiere aún confirmación, si bien una empresa semejante difícilmente podría llevarse a cabo en un momento más favorable, ya que, como es sabido, los rusos se han concentrado cerca de Krajowa, entre Bucarest y Kalafat.

De la actividad del Parlamento británico, a la que queremos volver ahora, no hay, naturalmente, mucho que mencionar, salvo la presentación de un proyecto de ley para la participación de buques extranjeros en el comercio de cabotaje, propuesta que no ha tropezado con la menor protesta. Las protestas deben de haber caído decididamente en desuso, pues no pueden contrarrestar en lo más mínimo el avance ecuménico del moderno principio comercial: comprar todo lo que se necesita en el mercado más barato. Hasta qué punto la tripulación más barata es idónea para proteger vidas y propiedades lo ha mostrado hace poco la catástrofe del «Tayleur».

El señor I. Butt anunció en la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes

«que al día siguiente presentaría la moción de que el secretario de la mesa de la Cámara leyera un artículo publicado en el “Times” de hoy y las explicaciones precedentes del “Freeman’s Journal” de Dublín, en los que se acusaba a los miembros (irlandeses) de la Cámara de traficar con cargos públicos a cambio de dinero. Asimismo, solicitaría la creación de una comisión especial que investigara las afirmaciones de esos periódicos».

Por qué el señor Butt se indigna solamente de que ese tráfico se practique a cambio de dinero lo comprenderán quienes recuerden que la legalidad de cualquier otro tipo de comercio quedó establecida en la pasada sesión. Desde 1830, Downing Street está a merced de la Brigada Irlandesa. Los miembros irlandeses eran quienes, a su arbitrio, designaban a los ministros y los mantenían en el cargo. En 1834 expulsaron del gabinete a sir J. Graham y a lord Stanley. En 1835 obligaron a Guillermo IV a destituir al ministerio de Peel y a restablecer el gobierno de Melbourne. Desde las elecciones generales de 1837 hasta las de 1841, los votos de la Brigada Irlandesa, aunque en la Cámara de los Comunes había una mayoría británica contraria a ese gobierno, fueron lo bastante fuertes para inclinar la balanza y mantenerlo en el cargo. Fue de nuevo la Brigada Irlandesa la que instauró el gabinete de coalición. Con todo su poder, con el que crea gabinetes, la Brigada jamás ha impedido una infamia contra su propio país ni una injusticia contra el pueblo inglés. El período de su máximo poder fue la época de O’Connell, de 1834 a 1841. ¿En interés de quién se utilizó? La agitación irlandesa nunca fue más que clamor a favor de los whigs contra los tories, para extorsionar cargos a los whigs.

Será de esa opinión todo aquel que sepa algo del llamado Tratado de Lichfield House, aquel tratado según el cual O’Connell debía votar a favor de los whigs —aunque también se le concedía el derecho de declararse en contra de ellos—, a condición de que pudiera nombrar a sus propios funcionarios en Irlanda. Ya es hora de que la Brigada Irlandesa abandone su pose patriótica. Ya es hora de que el pueblo irlandés abandone su odio silencioso contra los ingleses y exija cuentas a sus propios representantes por sus fechorías.

La Sociedad de las Artes y los Trucos ha intentado últimamente escamotear el Parlamento Obrero con una maniobra con la que se pretendía «zanjar» la lucha reinante entre los capitalistas y los obreros de Inglaterra. Un noble lord presidió la asamblea convocada, y se había invitado a representantes de ambas partes para discutir sus quejas al estilo de las sesiones del Palacio de Luxemburgo bajo el señor Louis Blanc. Contra esa farsa protestó el señor Ernest Jones en nombre de la clase obrera, y el viejo Robert Owen dijo a los ilustrados gentlemen que ningún laudo arbitral, ningún invento, ninguna artimaña podría jamás salvar el abismo que separa a las dos grandes clases fundamentales, en este país como en cualquier otro. Huelga añadir que la asamblea se disolvió entre grandes carcajadas. Los cartistas de Londres y los delegados de las provincias celebraron al día siguiente un mitin en el que se adoptó por unanimidad la propuesta del Parlamento Obrero y se fijó su apertura para el 11 de marzo en Manchester.

Karl Marx