Las operaciones en el Danubio —

La situación económica]

Karl Marx

["New-York Daily Tribune" N.º 4105 del 14 de junio de 1854]

Londres, viernes 2 de junio de 1854.

Después de que se ha decidido la formación de un ministerio de la Guerra especial, la gran cuestión por el momento es quién será elegido para ocupar ese cargo. El duque de Newcastle, que hasta ahora ha sido ministro tanto de Colonias como de la Guerra, ha demostrado desde hace tiempo que no está dispuesto a abandonar ninguno de los dos puestos, y a juzgar por el tono del “Morning Chronicle”, parece en todo caso decidido a aferrarse a la dirección del Departamento de la Guerra. El “Times” de hoy recomienda por tercera vez el nombramiento de lord Palmerston.

“Lord Palmerston estaría sin duda en mejor lugar si, como ministro de la Guerra, acaudillara las fuerzas de este país contra su viejo enemigo, al que bien podemos calificar de Rusia, que metiéndose en una serie de disputas con representantes parroquiales y comisiones de saneamiento.”

El “Daily News” recomienda asimismo a lord Palmerston. El “Morning Herald” de ayer publicó una descripción de esta intriga salida de la pluma del señor Urquhart. En todo caso, estos sucesos en Downing Street tienen mayor importancia para la “guerra” que todas las demostraciones militares cerca de Galípoli o Scútari.

Quizá recuerde usted que se hicieron concebir grandes esperanzas a la opinión pública sobre medidas inmediatas y enérgicas tan pronto como los comandantes de las fuerzas expedicionarias hubiesen llegado a Constantinopla. El 18 de mayo, el mariscal Saint-Arnaud, lord Raglan y el seraskier turco (ministro de la Guerra) se dirigieron a Varna, donde el día 20 debía celebrarse un consejo de guerra con Omer Pachá y los almirantes. Ayer llegó a Londres un despacho telegráfico en el que se dice que “el consejo de guerra de Varna ha decidido que las tropas aliadas avancen de Galípoli a Adrianópolis”. Al mismo tiempo, el “Times” publicaba un artículo de fondo en el que se revelaba todo el plan de campaña tal como se ha acordado, así como la conferencia de Varna.

“Esta conferencia —dice el “Times”— debe haberse celebrado justo en el momento en que los rusos, al mando del príncipe Paskévich, dirigían sus más violentos ataques contra la fortaleza de Silistria. Por consiguiente, los principales oficiales del ejército aliado estaban en la mejor posición para decidir sobre las medidas que podían adoptarse para el socorro de esa fortaleza.”

Así pues, dispusieron que sus tropas marcharan de Galípoli a Adrianópolis —¡para socorrer Silistria!—; y de ahí llegaron también a la siguiente heroica resolución:

“Que no era conveniente exponer al ejército turco al riesgo de una batalla general para rechazar el ataque ruso contra las fortalezas que cubren la margen derecha del Danubio... ni lanzar a la costa una parte considerable de los ejércitos aliados para chocar así directamente con los actuales puestos avanzados de los rusos.”

Dicho de otro modo, los generales aliados han decidido no oponer nada a los esfuerzos de los rusos encaminados a tomar las fortalezas de la margen derecha del Danubio. El “Times” reconoce que este plan de operaciones “puede defraudar la natural impaciencia del público”; pero, por otra parte, descubre que “esas plazas fortificadas son en realidad las obras exteriores de la posición turca y no representan su fuerza principal”. Antes se nos contaba que Moldavia y Valaquia eran las obras exteriores de Turquía y que Turquía no perdía mucho si las abandonaba a la ocupación rusa. Ahora oímos que Turquía debe entregar Bulgaria a los rusos con la misma flema.

“Los Balcanes son el verdadero baluarte del Imperio otomano, y de nada les servirá a los rusos tomar, a costa de graves pérdidas, la línea exterior de la fortificación si al avanzar se les presentan nuevos obstáculos de una magnitud incalculablemente mayor. Cuanto más avancen en ese territorio al norte de los Balcanes, tanto más difícil se volverá su situación... El ejército invasor agota su fuerza contra las plazas fortificadas del río y los destacamentos dispersos del enemigo; entretanto, sin embargo, las fuerzas defensoras de la posición principal permanecen relativamente frescas y sin debilitarse.”

Mientras los aliados comedores de carne de vaca puedan evitar un encuentro con el enemigo, sus fuerzas permanecerán, sin duda, muy frescas. Pero ¿y si los rusos no avanzan más en el territorio al norte de los Balcanes y se contentan con la posesión de las fortalezas, las llaves de Bulgaria, y con los Principados? ¿Cómo se logrará su evacuación?

“Detrás de las líneas de los Balcanes, el ejército europeo se prepara para el avance —en el momento oportuno, con fuerza irresistible—, y los últimos meses de la campaña deberían acarrear la aniquilación del enemigo.”

Este avance incontenible se ve, naturalmente, facilitado en sumo grado por la posesión rusa de las fortalezas del Danubio, y lo que los ejércitos aliados no alcancen, lo completará la estación sin dificultad.

Es cierto que el “Moniteur” anuncia que Omer Pachá ha hecho preparativos para socorrer Silistria; el “Morning Chronicle” critica el artículo mencionado del “Times” y observa:

“El autor de este plan espera probablemente que, entretanto, la diplomacia austriaca induzca al zar a retirar sus tropas, con la satisfacción de haber obtenido un éxito ininterrumpido sin resistencia; por otra parte, quizá se cree que, en caso de que los rusos avancen sobre los Balcanes, la remota posibilidad prevista en el tratado austro-prusiano entraría en vigor de inmediato.”

La noticia del “Moniteur” está manifiestamente calculada para mantener de buen humor a los parisienses, y la manera en que el “Chronicle” comenta el plan del “Times” no hace más que acrecentar la probabilidad de que se trate del plan de la coalición. Otras fuentes de información confirman aún más esta suposición. El corresponsal en Constantinopla del “Chronicle” anota, con fecha 18 de mayo:

“En pleno verano difícilmente se emprenderá una campaña en el Danubio, ya que se perderían más soldados por fiebres y enfermedades que por otras causas.”

Además, el ministerial “Globe” de ayer por la tarde publica un artículo redactado enteramente en el mismo sentido que el del “Times”. Nos cuenta, en primer lugar, que en este momento hay en Turquía sólo 45.000 soldados aliados —29.000 franceses y 16.000 ingleses—. El mismo “Globe” declara en otro lugar que los rusos cuentan frente a Silistria y en sus alrededores con sólo 90.000 hombres, y que el ejército de campaña regular turco suma 104.000. Sin embargo, esa concentración de casi 150.000 soldados turcos, franceses e ingleses no es considerada suficiente por el “Globe” para impedir que 90.000 rusos conquisten las fortalezas búlgaras, por no hablar del apoyo que podrían prestar tres poderosas flotas. El “Globe” considera completamente superfluo que los turcos o los aliados luchen contra los rusos, porque “el tiempo lucha contra ellos”. Al revelar el plan de campaña urdido por los jefes aliados, el “Globe” va incluso un paso más allá que el “Times”, pues dice:

“Cualquiera que sea la suerte de las fortalezas del Danubio, es preciso traer fuerzas suficientes para impedir un ulterior avance del invasor y castigar su audaz marcha.”

Aquí tenemos la prueba clara de que Inglaterra y Francia, en el último protocolo de Viena, se han adherido al tratado austro-prusiano. Las fortalezas del Danubio y de Bulgaria han de ser entregadas a Rusia; un caso de guerra sólo se produciría por su avance ulterior.

Cuando los 15.000 rusos que invadieron primero Moldavia cruzaron el Pruth, se aconsejó a Turquía que no se moviera, ya que con una fuerza tan colosal de 15.000 hombres no podía impedir que también ocuparan Valaquia. A continuación, los rusos ocuparon Valaquia. Cuando la Puerta declaró la guerra, no se podían emprender operaciones contra los rusos debido al invierno. Luego, al llegar la primavera, Omer Pachá recibió la orden de abstenerse de toda acción ofensiva, pues las fuerzas aliadas aún no habían llegado. Una vez que llegaron, nada se pudo hacer, porque ya era verano, y el verano es una estación insalubre. Dejad que llegue el otoño, y será “demasiado tarde para abrir una campaña”. Este proceder lo califica el “Times” como una combinación de estrategia y táctica; la esencia de la táctica, en su opinión, consiste en sacrificar el ejército para mantener “frescas” las reservas. Nótese además que, durante todo el tiempo en que estos embustes se urden directamente ante los ojos y las narices de los periódicos de la oposición y del público británico, el “Morning Advertiser” y el “Times” pugnan por superarse mutuamente en expresiones de amenazadora acusación contra Prusia, Dinamarca y Suecia, por no sumarse a las potencias occidentales. Que los motivos que determinan la inclinación de todas las cortes menores a tomar partido por Rusia no carecen de buenas razones se desprende, por ejemplo, del tono de los periódicos gubernamentales daneses. Así escribe el corresponsal en Copenhague del “Morning Chronicle”:

“Inglaterra se ha comportado siempre con deslealtad hacia Dinamarca, y si ésta se uniera ahora a las potencias occidentales, 100.000 prusianos, posiblemente con un cuerpo de austriacos, devastarían Jutlandia hasta el Eider y ocuparían toda la tierra firme danesa; con ayuda de esta amenaza, el partido gubernamental logra mantener tranquilo y amedrentar al partido nacional.”

Cabría esperar, y ciertamente lo esperaba la coalición, que los delicados servicios militares, diplomáticos y de otro tipo que ha prestado a la “buena causa” de Rusia fueran recompensados al menos con una cierta delicada gratitud del autócrata. Lejos de ello, reciben de él una buena porción de insultos que sobrepasan todo entendimiento y exceden también las necesidades del caso. Para ilustrar el más profundo desprecio que la corte rusa expresa por sus aparentes adversarios, quisiera reproducir la traducción de una fábula de un anónimo Tirteo de Rusia, que la “Nordische Biene” publicó recientemente. Su cándida sencillez en el lenguaje y en la estructura ha de atribuirse a las necesidades de la inteligencia semibárbara a la que se dirige el poeta, del mismo modo que la irónica cortesía de la crítica a que el “Journal de Saint-Pétersbourg” sometió el último parte de Odesa del almirante Hamelin se explica por el hecho de que se dirige a los diplomáticos de Europa. La fábula lleva por título: “El águila, el bulldog, el gallo y la liebre”.

Un águila real, grande y fuerte, estaba posada en la cima de una roca, y desde su elevado lugar dominaba con la vista el mundo entero, allende el mar Báltico (Allende el Belt, el mundo entero <En la “N.-Y.D.T.”, en alemán>); allí estaba, quieta y satisfecha, saciada con su modesta comida, y consideraba indigno de ella acumular provisiones en el valle a sus pies, pues en todo momento disponía de todo. Una bulldog la miraba con mirada envidiosa y dijo al gallo: «Sé mi aliado; unámonos, tú por venganza, yo por envidia, para derribar a esa águila». Dicho y hecho. Se pusieron en marcha y por el camino deliberaron sobre la mejor manera de vencer al águila. El gallo dijo: «¡Alto! Mira sus garras, sus alas… ¡Dios asista a quien las ponga a prueba! ¡Cuántas veces oí las maldiciones de mis antepasados, que lamentaban su triste destino cuando habían sido alcanzados por el golpe de

sus alas!». «Es cierto —dijo la bulldog—, pero tracemos un plan para atrapar al águila. Enviemos a una liebre a su cercanía; el águila atrapará a la liebre. Mientras tanto, tú, con tus cacareos y saltos, que dominas magistralmente, desvías su atención hacia ti y finges querer entablar combate con ella. Una vez que hayamos distraído así su atención y sus garras, yo la atacaré por detrás, de modo que no pueda defenderse, y pronto mis afilados dientes la despedazarán.» El plan agradó al gallo, y este tomó un puesto de observación en las inmediaciones. La bulldog corre al bosque y, ladrando, conduce a una liebre hacia el águila, que observa tranquilamente. La liebre, torpe y ciega, cae rápidamente en las garras del águila. Fiel a lo convenido, el gallo abandona su puesto y se lanza tras la liebre. Mas, ¡he aquí la vergüenza! El águila desdeña atrapar a la liebre, y sin moverse de su asiento solo alza sus alas y ahuyenta a la liebre, primero con una, luego con la otra; apenas roza al gallo, que ya no se mueve ni cacarea. Bien se conoce la inclinación de las liebres a emprender la huida; así, la liebre, impotente y fuera de sí, corre al lago y se ahoga. El águila vio cómo la gorda bulldog, desde cierta distancia, dirigía la conspiración —pues ¿qué escapa al ojo del águila?—. Descubrió a la heroína oculta tras un arbusto. El águila extiende sus grandes y fuertes alas y se eleva majestuosamente. La bulldog ladra y huye a brincos apresurados. En vano, es demasiado tarde. El águila se precipita sobre ella y clava sus garras en la espalda de la traidora, y allí yace ahora, despedazada.

A consecuencia de las favorables perspectivas para la cosecha y de la ausencia de compradores especulativos, los precios del grano han bajado ligeramente en el curso de la semana. Sin embargo, un retroceso es inevitable, pues

«todos los indicios que a ello se vinculan llevan al convencimiento de que las existencias en poder de los labradores son mucho menores de lo que suele ser habitual en la correspondiente época del año». (Mark Lane Express.)

Los informes procedentes de Danzig, Stettin, Rostock, etc., coinciden en constatar que las existencias disponibles son muy reducidas, que los campesinos de los alrededores tendrían poco o nada más que entregar y que de estos distritos no cabía esperar ningún socorro, salvo a precios muy elevados. Tampoco parece que hayan aumentado las entregas de los labradores en Francia, y se califica de apenas suficiente el trigo ofrecido en los mercados interiores para cubrir la demanda destinada al consumo.

Por una fuente particular de información he sabido asimismo que las informaciones del Times sobre el estado del comercio en los distritos industriales de los alrededores de Mánchester presentan, por lo general, descripciones falsas, y que el

comercio se halla en decadencia en todas partes, a excepción de Birmingham. El Manchester Guardian lo confirma y añade que, ante la reanudación del trabajo por tan gran número de obreros fabriles en huelga, no cabía esperar otro efecto que una caída de los precios.

La medida anunciada el pasado lunes por Sir J. Graham en la Cámara de los Comunes, a saber, el no bloqueo del puerto de Archangelsk, la explica el Morning Herald con la siguiente lacónica frase: «En Archangelsk hay una casa que lleva el nombre del canciller del Exchequer».

Karl Marx