Friedrich Engels

El sitio de Silistria

Escrito el 10 de junio de 1854.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" N.° 4115 del 26 de junio de 1854, artículo de fondo]

Tras un período intermedio de movimientos militares que estaban por debajo de toda crítica, porque no se emprendieron por consideraciones estratégicas y tácticas, sino diplomáticas y parlamentarias, el sitio de Silistria y el ataque a esta plaza ofrecen por fin un acontecimiento de interés militar.

Este ataque muestra que los rusos siguen teniendo la iniciativa y que los turcos, los ejércitos aliados y las flotas aliadas hasta este momento van a remolque de la presión del enemigo. La flota rusa, en su seguro refugio de Sewastopol, atrae involuntaria e irresistiblemente a las flotas aliadas, y como estas últimas no están en condiciones de atacar ese baluarte sin tropas terrestres, se ven mantenidas en jaque y paralizadas por una flota que les es muy inferior en calidad y número de buques. Incluso la evacuación de los fuertes de la costa caucásica, llevada a cabo a su debido tiempo y ante las narices de los vapores británicos y franceses, demuestra la resolución de los rusos de conservar la iniciativa todo lo posible. Esto desempeña un gran papel en la guerra. Constituye una prueba de superioridad, tanto en número y calidad de las tropas como en lo tocante a la dirección. Mantiene la moral del soldado a pesar de todos los reveses y retiradas, salvo en caso de derrota en una batalla decisiva. Esta iniciativa fue la que mantuvo cohesionado al pequeño ejército de Wellington en medio de centenares de miles de soldados franceses en España y la que lo convirtió en el centro en torno al cual se agruparon todos los acontecimientos de aquella guerra de cinco años. Se puede uno ver obligado a retirarse, se puede

sufrir un revés, pero mientras se esté en condiciones de ejercer una presión sobre el enemigo en lugar de estar sometido a la presión del enemigo, se le sigue siendo superior hasta cierto punto y, lo que es más, los propios soldados, individual y colectivamente, se sentirán superiores al adversario. El ataque a Silistria es, además, el primer movimiento de avance real de los rusos desde que completaron la ocupación de la región del Danubio. La entrada en la Dobruja fue defensiva en grado sumo; significó un acortamiento de la línea del frente rusa y un paso para asegurar la desembocadura del Danubio. Pero el ataque a Silistria no es solo una empresa audaz, sino también extraordinariamente bien planeada.

En los años 1828 y 1829, los rusos, entonces dueños del mar Negro, descuidaron realmente mucho a Silistria para asegurarse primero Varna, ya que Varna les abría una nueva línea de comunicación por mar con su propio país. Sin embargo, Silistria era lo bastante importante como para inducir a los rusos a tomarla antes de cruzar los Balcanes. En la actualidad, Varna pierde en gran parte su importancia para los rusos, puesto que las flotas aliadas dominan el mar Negro, y Silistria y Schumla son los principales puntos de ataque. Para ellos, Varna solo puede tener ahora un valor negativo; si la toman, no ganan una base de operaciones mejor, sino que simplemente arrebatan al enemigo una llamada cabeza de puente marítima, bajo cuya protección este puede concentrar rápidamente con sus barcos un número de tropas para una operación especial. Así, en 1849, los daneses, después de haber atraído al ejército prusiano a Jutlandia, trasladaron de repente un fuerte cuerpo de tropas a su cabeza de puente marítima de Fredericia y aniquilaron en una salida al excelente pero mucho más débil cuerpo de Schleswig-Holstein, que había sido dejado allí para el asedio. Por consiguiente, si los rusos, expulsados del mar Negro, no pueden en ningún caso pasar los Balcanes antes de haberse asegurado Varna, no pueden avanzar contra Varna antes de haberse convertido al menos en dueños de Silistria.

Pero estas son, por el momento, consideraciones de importancia secundaria. Sin el apoyo de Austria, Rusia no puede pensar en cruzar los Balcanes ante los ojos de sus actuales enemigos. Como posición defensiva, Silistria tiene para los rusos, en este momento, una importancia extraordinaria; es tan grande que los rusos pueden considerar perdida su campaña de este año si no la conquistan. Silistria se encuentra exactamente delante del centro de la posición rusa, que se extiende desde Giurgewo, pasando por Kalarasch y Cernavoda, hasta Kustendje. El fuerte sistema de fortificaciones delante de esta posición, Omer Pascha en Schumla, que como una araña en medio de su tela observa cada movimiento de su víctima elegida, las tropas aliadas que se esperan en el Kamtschyk y en el lago Devna, dejan muy pocas perspectivas de que las fuerzas que Rusia puede reservar para la guerra del Danubio lleguen jamás a echar una mirada a aquellos valles tracios cuyo verdor alegró a los cansados soldados de Diebitsch desde las alturas de los Balcanes. Rusia, al menos para este año, solo puede contar con la defensa de sus conquistas anteriores, hasta que Austria se le una o hasta que algunas circunstancias dejen fuera de combate a su adversario más temible, el ejército anglo-francés, o lo obliguen a retirarse. Una guerra defensiva presupone un sistema de fortificaciones de campaña o, si es posible, permanentes. Estando Silistria ahora en manos del enemigo, los rusos no disponen de fortificaciones permanentes salvo los pequeños fuertes de la Dobruja, que se vuelven completamente inútiles en cuanto se pierde la Valaquia. Pueden haber reconstruido algunas de las fortificaciones de Braila y Rustschuk y haber formado un campamento atrincherado en Bucarest; mas, mientras no ocupen Silistria, su primera línea de defensa seria se encuentra muy atrás, en el Sereth, cerca de Fokschani, Galatz e Ismail.

Pero supuesto que Silistria esté en manos de los rusos, la perspectiva de la guerra cambia inmediatamente. Silistria es un punto excelente para una cabeza de puente rusa sobre el Danubio. Se encuentra en un ángulo entrante formado por un recodo del Danubio, en una situación inmejorable para este fin. Al norte y al oeste hay una gran isla, atravesada por un dique hacia Kalarasch, que domina la llanura al oeste de la fortaleza a una distancia de 1.000 yardas, lo bastante cerca como para enfilar las trincheras o bombardear columnas. Al este se encuentran además dos pequeñas islas, dentro de cuyo radio de fuego está el acceso oriental; y baterías temporales, levantadas allí con bajo nivel de agua, molestarían sensiblemente a un sitiador. De este modo, la parte del terreno que los turcos, atacados desde el norte, no pueden aprovechar para la defensa y que, por lo tanto, deben abandonar al enemigo, ofrecería a los rusos excelentes posiciones para sus baterías, que flanquearían un ataque llevado desde el sur. Con ello, el frente abierto a un ataque quedaría limitado a la base del triángulo en cuyo vértice, o, dicho en otras palabras, en cuyo frente sur o frente de tierra se encuentra Silistria; y un ejército turco o aliado no podría pensar en atacar seriamente Silistria sin haber arrebatado antes, al menos, la Valaquia a los rusos.

Pero las principales ventajas no serían tanto de orden táctico como estratégico. Con la Dobruja y con Silistria, Rusia domina el Danubio y, según las circunstancias, puede lanzar ofensivas temporales tanto desde el muro de Trajano como desde Silistria. El enemigo, sin desguarnecer Schumla, no podría cruzar el río por ningún punto situado aguas arriba, a menos que fuese el doble de fuerte que los rusos. Ni siquiera se plantea la posibilidad de un paso por un punto más abajo de Silistria; no hay ningún vado más cercano que Hirsowa, y para llegar a él hay que tomar primero la posición de Karasu y luego la propia Hirsowa, que es tan fuerte frente a un ataque desde tierra como débil frente a un ataque desde el río. Así, con la posesión de Silistria, los fuertes de la Dobruja adquieren gran importancia para los rusos. Su ejército obtiene un doble pivote en torno al cual puede maniobrar libremente sin poner en peligro sus líneas de comunicación; y aun cuando una doble superioridad numérica permitiera al enemigo cruzar por Oltenitza o Giurgewo, tomar Bucarest y hacer retroceder a los rusos más allá del Jalomitza, el sitio de Silistria sería inevitable antes de que pudiera asegurarse un avance decisivo hacia Besarabia. Por consiguiente, mientras Silistria no haya caído realmente, los rusos pueden considerarse dueños de la Valaquia, aunque no tuvieran un solo soldado en esa provincia. En resumen, Silistria significaría para los rusos la posesión de la Valaquia durante seis meses, y seis meses que nos llevan hasta el invierno, época en que en este país no es posible ningún asedio, equivaldrían a ganar otros cuatro meses. La toma de Silistria sería sinónimo de victoria, y un fracaso ante Silistria equivaldría casi a la derrota en esta campaña.

A pesar de la diplomacia, el soborno, la cobardía y la indecisión, hemos llegado aquí, pues, una vez más, impulsados por las necesidades inherentes a la guerra, a un punto de inflexión decisivo. O bien se abandona a Silistria a su suerte, y entonces su caída es segura con más que matemática certeza, o bien los aliados avanzan en su socorro, y entonces tendrá lugar allí una batalla decisiva; porque sin desmoralizar a su ejército y perder todo su prestigio, los rusos no pueden retirarse del terreno delante de Silistria sin combatir, y no parecen tampoco dispuestos a hacerlo.

Silistria ha estado sometida a destinos más cambiantes que ninguna otra

otra fortaleza. En 1810 la tomaron los rusos tras un asedio de nueve días y cinco días de duro ataque. En 1828, hallándose la fortaleza exactamente en el mismo estado que antes, los rusos la cercaron el 21 de junio con sus fuerzas terrestres, y el 10 de agosto se sumaron aún treinta y seis cañoneras. Pero su artillería de asedio no llegó hasta septiembre y además no llevaba munición consigo, de modo que un ataque en regla resultó imposible. El 10 de noviembre los rusos tuvieron que levantar el asedio, pues el invierno había comenzado y el Danubio empezaba a arrastrar hielo. Los rusos, desorganizados y desalentados, fueron perseguidos muy enérgicamente por la guarnición durante su retirada; una parte de la artillería de asedio rusa fue abandonada en las posiciones, y el resto lo capturaron los turcos durante la persecución en dirección a Rassova. Al año siguiente, Diebitsch renovó el ataque, cercó la fortaleza el 7 de mayo, arrojando a los turcos de las líneas y reductos que los rusos habían construido el año anterior, y abrió fuego con treinta y un cañones pesados que, al parecer sin preparación alguna, se habían emplazado en una altura a unas 900 yardas de la ciudad. El 26 se emplazaron baterías de desmontar a unas 600 yardas de la muralla. Al mismo tiempo se abrió el segundo paralelo, el 4 de junio el tercero, y el 12 se empezó a avanzar hacia la corona del glacis. El glacis fue coronado en un punto el 17, pero esta operación no se concluyó hasta el 26, al emplazarse cinco baterías directamente al borde del foso, a treinta yardas de la muralla principal. Al mismo tiempo, el general Schilder, el mismo que ahora dirige las operaciones de ingeniería en el asedio, había proseguido sus extensas operaciones de minado, que tanto prefería. Grandes minas, colocadas bajo la contraescarpa y bajo la muralla de la fortaleza, fueron hechas estallar el 21 (produciéndose de inmediato una brecha practicable para el asalto), el 25, 27, 28 y 29, tras lo cual la fortaleza se rindió finalmente. Incluso entonces, probablemente no existía aún una necesidad imperiosa de entregar la fortaleza, aparte del terror que las explosiones subterráneas produjeron entre los soldados irregulares supersticiosos. Detrás de todo el frente atacado y de la segunda muralla se había levantado una coupure o nueva línea de atrincheramiento, que naturalmente habría requerido renovadas operaciones de minado o de artillería antes de poder ser tomada. De este modo, esta fortaleza excepcional, que no había sido reforzada en modo alguno desde 1810, resistió durante treinta y cinco días después de la apertura de las trincheras, y nueve días después de haberse abierto una brecha practicable en la muralla principal; obligó a los rusos a consumir 30.000 balas y granadas en el ataque de artillería y 336 quintales de pólvora en el ataque de minas.

Dificultades financieras y las guerras egipcias obligaron a los turcos a descuidar este punto importante después de la paz de Adrianópolis, en tal medida que incluso en 1836 no sólo no se habían reparado en absoluto las brechas de 1829 ni se habían limpiado los fosos, sino que todavía eran visibles las huellas del ataque de 1810. El sultán tenía la intención, ciertamente, de construir fuertes destacados, pero durante un tiempo nada se hizo de aquel propósito. Hoy Silistria se halla en un estado completamente distinto, en gran parte gracias a los esfuerzos de un oficial prusiano al servicio de Turquía, el coronel Grach. La construcción originalmente defectuosa de la fortaleza apenas permite tal vez mejoras esenciales, pero los fuertes destacados que se levantaron sobre las alturas ya han dado prueba de su eficacia. La fortaleza forma un semicírculo cuyo diámetro, de unas 1.800 yardas, corre a lo largo de la orilla del Danubio. Tiene diez frentes abaluartados con una longitud media de 500 yardas. La construcción rebosa, como todas las fortificaciones turcas de los siglos XVI y XVII, de todas las deficiencias de las antiguas fortalezas italianas: largas cortinas, baluartes pequeños y estrechos, flancos cortos que apenas ofrecen protección al foso, el foso mismo poco profundo (no más de ocho pies de hondo), carencia de camino cubierto, tan sólo un glacis cuya cresta, o parte más elevada, era apenas cuatro pies más alta que la cima de la contraescarpa. La muralla tenía ocho pies de altura y un espesor de veinte pies, y estaba construida de tierra; escarpa y contraescarpa estaban revestidas hasta la altura del foso, esto es, ocho pies. El foso mismo es forzosamente seco a causa del alto nivel freático. No había siquiera lunetas ante las cortinas. Tal era Silistria hasta 1836; y estas debilidades en su defensa hallaban su coronación en que la fortaleza, contando desde la muralla, está dominada en un radio de 600 yardas por una cadena de alturas que se extiende al sur de ella. Estas alturas son las estribaciones de la meseta búlgara, que, completamente llana, se acerca a la ciudad hasta 1.500 yardas y luego desciende hacia el río; aquí se ofrece un terreno excelente para baterías en terrazas, para fuego frontal y de enfilada, con el estrecho brazo del río por un lado y las alturas por el otro. El mayor Moltke, que inspeccionó dicho lugar en 1836 y a cuya obra sobre la campaña de 1829 debemos los anteriores pormenores, sostiene la opinión

«de que Silistria no puede ser acondicionada para una defensa seria sin cuatro fuertes destacados sobre las alturas y una cabeza de puente en la gran isla de enfrente».

Crear la cabeza de puente era imposible, porque la isla pertenecía a Valaquia, cerrada a los turcos por tratado; pero los fuertes existen y, si estamos bien informados, casi en los mismos emplazamientos que señaló el mayor Moltke.

No podemos decir lo que el coronel Grach haya podido lograr con la imperfecta muralla principal. Sin embargo, apenas existe duda de que al menos construyó un camino cubierto y para enfilar el foso practicó troneras en medio de la cortina, en cada uno de los sectores de frente más amenazados y menos protegidos. En cuanto a los cuatro fuertes destacados, nada sabemos aún de su trazado, pero como el coronel Grach es prusiano y los gastos reducidos desempeñan un gran papel en la Puerta, podemos suponer que con toda probabilidad están construidos según el sistema que hoy se ha introducido casi en todas partes del continente y particularmente en Prusia, es decir, simples reductos cuadrados u octogonales con troneras en cada segunda esquina. Los fuertes se hallan sobre las cuatro estribaciones de las alturas que limitan la meseta hacia la ciudad y que están separadas entre sí por tres barrancos. Su distancia a la muralla de la fortaleza ha de ser por término medio de 1.500 yardas, de manera que no pueden estar muy eficazmente protegidos por el fuego de la fortaleza. Pero esto no es imperiosamente necesario; parece que no hay, más cerca de la ciudad sobre la pendiente, ningún punto desde el que un fuerte pudiera quedar bien protegido contra un fuego de enfilada dirigido desde el borde dominante de la meseta.

Además de estas obras permanentes, el coronel Grach ha levantado directamente sobre la meseta una obra de campaña temporal, llamada Arab-Tabia (Fuerte Arabia), situada a una distancia de alrededor de 1.000 yardas delante de los dos fuertes centrales. Algunos informes podrían llevar a la conclusión de que se han erigido más reductos de campaña para constituir una línea exterior de fuertes, con lo que se obtiene una defensa de tres líneas de profundidad. Sin embargo, Arab-Tabia sigue siendo la llave de esta posición y debe ser tomada antes de que se pueda uno acercar a la línea interior de fuertes. Esta disposición de las obras fortificadas confiere a Silistria una gran fuerza defensiva y ofensiva. Dado que sólo en su frente sur el ataque en regla conduce a resultados decisivos, si la guarnición es de 15.000 a 18.000 hombres puede dedicarse una gran parte de ella a salidas. Las tropas que efectúan la salida encuentran en la pendiente, detrás de los fuertes destacados, una excelente posición cubierta, desde la cual pueden avanzar invisibles barranco arriba hasta muy cerca del enemigo. En un asalto a Arab-Tabia decidirían la batalla, por tanto, menos la guarnición de este fuerte que precisamente las tropas de salida de Silistria. Pasemos ahora al asedio mismo.

Desde finales de abril, los rusos han cañoneado ocasionalmente Silistria desde el Danubio. En mayo empezaron a abrir aproches regulares en la gran isla frente a la ciudad, cerca del dique que conduce a Kalarasch, y el 10 habían completado sus baterías a lo largo de la orilla del río. El 11 la ciudad fue bombardeada intensamente y cañoneado directamente el frente norte. Esto se repitió el 12; el teniente Nasmyth, de la artillería bengalí, recién llegado, lo confirma e informa de ello en el «London Times». El blanco principal era el bastión nororiental o de Tschengel, desde el que los turcos respondieron al fuego con la mayor violencia y gran precisión. El tiro de los rusos, por el contrario, es calificado de muy mediano. Dentro de la ciudad se halló una gran cantidad de granadas que habían sido disparadas sin quitar la cofia de la espoleta, de modo que no llegaron a inflamarse ni a estallar. Un descuido semejante suele acontecer en la artillería de campaña con la prisa del comienzo de un combate, pero en los asedios, donde se hace fuego siempre con relativa lentitud, era hasta ahora desconocido. Ello demuestra cuánta prisa han debido de tener los rusos por deshacerse de su munición. Los rusos, además, durante la noche habían emplazado baterías en la isla de Schiblak, al este de Silistria. (En 1829 habían tenido en el mismo lugar dos baterías.) Los cuatro cañones de esta batería han debido de estar destinados a enfilar todo el frente norte.

Del 13 al 16 no parece que se hiciera gran cosa; al menos los informes guardan sobre ello completo silencio. No es inverosímil que los generales rusos, después de haber advertido que el bombardeo de una fortaleza turca es inútil, como bien podían haber supuesto, prepararan un ataque sobre la orilla derecha del río. En consecuencia, el día 16 se tendió un puente aguas abajo de Silistria; 20.000 hombres, a los que al poco tiempo se dice que se sumaron otros 20.000 llegados de la Dobrudja, cruzaron por allí. En general, los rusos se movieron para concentrarse sobre Silistria y Turtukai, pues tan pronto como el ataque debía realizarse en la orilla derecha, se necesitaban fuerzas para cubrirse contra Omer Pachá en Schumla y contra tropas anglofrancesas que pudieran desembarcar cerca de Varna.

El día 19 se emprendió el primer reconocimiento contra Arab-Tabia; grandes masas de tropas se concentraron justo fuera del alcance de los cañones, mientras una línea de tiradores avanzaba. Tras un breve cañoneo, Mussa Pachá envió a algunos bashi-bozuks al

la meseta de la que los tiradores fueron rechazados. El 20 emprendieron los rusos un nuevo avance; para un simple reconocimiento parecía demasiado serio, para un ataque real no lo bastante serio. El 21 tuvo lugar el primer ataque contra Arab-Tabia; aún faltan detalles, pero los rusos fueron rechazados con grandes pérdidas. Dos oficiales rusos se pasaron a los turcos e informaron de que el enemigo contaba con 90.000 hombres y se componía de tres cuerpos de ejército (lo que es correcto: el 3.°, el 4.° y el 5.°) y estaba al mando del gran duque Constantino. Esta última afirmación es evidentemente un error, pues Constantino, como es sabido, manda la flota, las tropas y las defensas costeras en Finlandia. La comunicación de que se proyectaba repetir el ataque al día siguiente no ha sido confirmada por los hechos. Los rusos estuvieron sobre las armas, pero no se aproximaron al fuerte. Así, volvemos a carecer de noticias de lo ocurrido hasta el 26; pero al amanecer del 27 atacaron de nuevo los rusos Arab-Tabia con fuerzas muy considerables. El ataque se repitió tres veces, y otras tantas fueron rechazados los asaltantes con pérdidas ingentes. Los partes turcos hablan de 1.500 rusos muertos y 3.000 heridos, lo que tal vez sea algo exagerado, pero se acerca bastante a la verdad. Resuelto a tomar el fuerte a lo Suvórov, Paskévich había formado de nuevo a la mañana siguiente sus columnas para un asalto. La carnicería debió de ser espantosa. El general Silván resultó muerto. El coronel conde Orlov, joven, recibió un balazo en un ojo y murió más tarde. Otro coronel fue gravemente herido. Los propios rusos admiten una pérdida de 186 muertos y 379 heridos, pero esto no llega evidentemente ni a un tercio de sus pérdidas reales; dadas las masas que lanzaron al ataque, deben de haber perdido por lo menos 2.000 hombres.

En la noche siguiente, los turcos emprendieron una salida en masa, cayeron de improviso sobre las líneas rusas y rechazaron a los rusos con grandes pérdidas (de 1.500 a 1.800, según dicen los partes). Esta salida victoriosa y el hecho de que en el último ataque no se consiguiera llevar a las tropas rusas al combate cuerpo a cuerpo, a pesar de que se empleó a la caballería para empujarlas y cortarles la retirada, llevaron al príncipe Paskévich a renunciar al intento de tomar el fuerte a bayoneta. Sin duda, la defensa de este reducto constituye una de las hazañas de armas más gloriosas no solo del presente combate, sino incluso de todas las campañas ruso-turcas. El terreno permitía un ataque de masas de tropas muy grandes, y los rusos no son de los que omiten emplear cuantas tropas sea posible para un asalto. Su superioridad numérica debió de ser, por tanto, muy grande, y se necesitó no solo mucho valor, sino también operaciones de salida bien planeadas y ejecutadas coordinadamente por parte de los turcos para rechazarlos. Apenas cabe duda de que, contra los turcos de 1829, los rusos habrían tomado la fortaleza. Sus reiteradas derrotas actuales demuestran que los turcos, al menos una parte de ellos, han ganado en habilidad táctica y conocimientos militares sin haber perdido nada de su valor. A este respecto, la defensa de Arab-Tabia y el encuentro de Cetate son los acontecimientos más notables de la campaña.

Del ataque ruso no podemos decir mucho bueno. Paskévich parece tener tanta prisa por tomar Silistria que no tiene siquiera tiempo para adoptar las medidas más indispensables para alcanzar su objetivo. Su indecisión es del todo manifiesta. Primero intentó un bombardeo, aun cuando debiera haber sabido lo inútil que resulta frente a una ciudad turca. Un bombardeo no puede conducir más que a un gran consumo de municiones por parte de los rusos, eventualmente a una brecha en el muro del lado del río, donde la proximidad del Danubio, foso natural de 1.000 yardas de anchura, excluye cualquier pensamiento de asalto. Luego se atacó el frente de tierra, pero probablemente nunca se logró acallar el fuego de Arab-Tabia, ni se intentó seriamente destruir sus obras de fortificación. Todo esto es demasiado engorroso para un sucesor de Suvórov. Este general archirruso dijo una vez: «La bala es una tonta; la bayoneta, un hombre entero», y si esto se aplica a la bayoneta rusa, que según un dicho de la misma valerosa autoridad traspasa los Alpes, seguramente vale mucho más para las balas rusas, que tienen una inclinación constante e irresistible a desviarse. Así se ordenó el asalto, se ejecutó, se repitió y se volvió a repetir, pero en vano. Parece que los parapetos de tierra de un pequeño fortín turco, pero sólidamente construido, son más duros que el granito alpino contra el que luchó Suvórov, y que los proyectiles y las balas de los turcos no son tan necios como los de los rusos. Finalmente, Paskévich tendrá que volver a la vieja máxima: no asaltes jamás una obra sin haber acallado antes su fuego y destruido sus fortificaciones. Así empieza el sitio formal aproximadamente el 30 o el 31 de mayo, y Paskévich recurre por fin a la «bala tonta».

¡Pero no! Incluso eso es mera apariencia. Aquí está el general Schilder, bien conocido desde 1829, que promete rendir la fortaleza mediante sus tan amadas minas, y además en pocos días. Las minas contra una obra de campaña son la última expresión de la desesperación militar, de la rabia simple en una situación sin salida. Si se han de emplear minas, la primera condición para aprovecharlas eficazmente es coronar el glacis. Y antes de poder coronar el glacis, hay que haber acallado el fuego enemigo, es decir, hay que construir una, dos o tres paralelas con sus baterías correspondientes. En realidad, las minas solo pueden ser la conclusión de un sitio, no su comienzo. Si Schilder no propone minar unas veinte millas cuadradas de terreno o cavar un túnel bajo el Danubio, no puede eludir la necesidad de un sitio formal. Pese a Suvórov, las balas son indispensables.

Ahora bien, un sitio formal de Arab-Tabia podría ciertamente terminarse en pocos días, pues la obra ha cumplido ya casi por completo su misión y una defensa más prolongada debilitaría demasiado a la guarnición. Pero eso supondría un sitio formal de al menos dos fuertes y, además, otro de la ciudad. Cinco semanas es, a buen seguro, el tiempo más corto en que los rusos, dado el modo negligente de sus sitios, pueden lograrlo. Si luego los turcos disponen de víveres y municiones suficientes y no sobrevienen imprevistos, la fortaleza puede considerarse asegurada hasta principios de julio. Damos por supuesto, naturalmente, que los fuertes son de resistencia media y que los muros no están demasiado necesitados de reparación. Pero si Silistria resistió en 1829, con atrincheramientos abiertos, durante 35 días, en 1854, con las nuevas obras, un comandante valeroso e inteligente, un jefe de artillería experimentado y una guarnición de primera clase, estará sin duda en condiciones de resistir al menos otro tanto. Si se pudiera confiar en los aliados, entonces también podríamos decir con seguridad que la campaña tiene que convertirse en un completo fracaso para los rusos, si no en algo peor.