Karl Marx/Friedrich Engels

[La fortificación de Constantinopla -

La neutralidad danesa -

La composición del Parlamento británico -

La mala cosecha en Europa]

Escrito del 26 al 27 de enero de 1854.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 4004 del 16 de febrero de 1854]

Londres, viernes, 27 de enero de 1854.

La fortificación de Constantinopla sería, como ya expliqué en uno de los últimos artículos, el paso más importante que podrían dar los turcos. Una vez fortificada Constantinopla y convenientemente reforzados los fuertes del Bósforo y los Dardanelos, ni Turquía ni ninguna otra potencia que estuviera en posesión de esta capital necesitarían garantías extrañas para su independencia. No hay ciudad que se pueda fortificar con más facilidad que Constantinopla. Sólo uno de los lados del triángulo –el que da a tierra– necesitaría una muralla continua; el segundo, que mira al mar de Mármara, y el tercero, al Cuerno de Oro, no precisan fortificaciones. Una línea de fuertes destacados, a la distancia adecuada de la muralla y prolongada hacia el este de tal modo que protegiera Pera y Gálata y la costa noreste del Cuerno de Oro, reforzaría la muralla e impediría al mismo tiempo que el enemigo la rodeara y levantara obras de sitio en las colinas que dominan la ciudad por detrás de Pera y Gálata.

Una plaza de este tipo sería casi inconquistable. Sus comunicaciones sólo podrían ser cortadas si se tomaban los Dardanelos o el Bósforo, y en ese caso la ciudad se perdería de inmediato. Pero dos pasajes tan estrechos pueden fortificarse con facilidad y tanta fuerza que ninguna flota enemiga sea capaz de franquearlos. Un ejército ruso que se acercara por el lado de tierra tendría que confiar en la peligrosa comunicación marítima con Sebastopol y Odesa y difícilmente podría resistir el tiempo necesario para tomar la ciudad; y con sus continuas pérdidas numéricas se vería expuesto a derrotas tanto por parte de la guarnición de la ciudad como por las reservas de Asia.

La respuesta de Rusia a la declaración de neutralidad de Dinamarca llegó a Copenhague el 20 del corriente. Se dice que Rusia se niega a aceptar la neutralidad y exige que Dinamarca se decida por uno u otro bando. Se afirma que inmediatamente después de esta comunicación los ministros daneses habrían celebrado una entrevista con los representantes de Francia, Inglaterra y Rusia. Ahora bien, me entero por fuente muy fidedigna –aunque naturalmente no puedo salir garante de la exactitud de la noticia– de que la protesta del gabinete de Petersburgo no es más que una finta, destinada a empujar a las otras potencias a reconocer formalmente, y con mayor rapidez, las condiciones en que se ofrece la neutralidad danesa. Se me asegura que últimamente tuvieron lugar negociaciones entre Dinamarca, por un lado, y Francia e Inglaterra, por otro, según las cuales, en caso de guerra, Inglaterra ocuparía el Sund con sus buques de guerra y Francia ocuparía el ducado de Schleswig con un corps d’armée (cuerpo de ejército). Para frustrar esta combinación, que Nesselrode habría comunicado al gabinete de Copenhague por intermedio del ministro Ørstedt, Rusia habría sugerido al gabinete danés que propusiera una declaración de neutralidad. Ahora aparenta oponerse a ella, y esto, si Francia e Inglaterra la aceptan, no sólo desbaratará sus planes originarios, sino que garantizará la exportación rusa por el mar Báltico, ya que las mercancías en buques neutrales no están sujetas al derecho de guerra.

La protesta del zar contra la adquisición por Prusia de un puerto de Oldenburg en el mar del Norte es una protesta bona fide (una protesta seria), por muy asombrado que pueda haberse quedado en Berlín ante esta nueva muestra de la omnipresente injerencia del sucesor de Timur-Tamerlán.

La gran «reunión reformista de Manchester» «se ha desarrollado y ha sido un gran timo», como certeramente comenta el periódico «Englishman». Los pocos lugares comunes que, en lo tocante a la política exterior, constituyen el fondo de la escuela de Manchester –la alabanza de la política de Aberdeen, la difamación de Turquía, la exaltación de Rusia y el rechazo de toda injerencia en los asuntos entre Estados ajenos– fueron manoseados por los señores Cobden, Bright y demás «hombres sencillos y llanos», que quisieran tener un «hombre de paz» en las «Horse Guards» y un «lock-out» (un «cierre patronal») en la Cámara de los Lores, para vender a la nación inglesa y liquidar a todas las demás naciones a precios bajos.

El discurso del señor Cobden fue una mera repetición, y además desabrida, del que pronunció al clausurarse el Parlamento. El único lujo de novedades que se permitió fueron dos argumentos: uno dirigido contra Francia, el otro contra Estados Unidos. Resulta bastante sospechoso que el mismo hombre que desempeñó un papel tan destacado en la creación de la alianza con Francia en una época en que las hazañas de los decembristas habían provocado un grito de indignación en Inglaterra, se afane ahora en destruir su propia obra ridiculizando esta alianza y estigmatizándola de «irreflexiva» e «inoportuna». En cuanto a los Estados Unidos, el señor Cobden declaró que su desarrollo industrial y comercial –y no la política guerrera de Rusia– amenazaba la grandeza de la prosperidad comercial y nacional de Inglaterra. ¿Cómo se concilia esto con sus manidas frases sobre el libre comercio, según las cuales la prosperidad comercial de un pueblo depende del desarrollo comercial e industrial de todos los demás pueblos y la idea de cualquier rivalidad peligrosa entre dos pueblos industriales se presenta como una falacia de los «curanderos» proteccionistas? ¿Cómo se compagina esto con la frase de que

«Inglaterra, con la magia de su maquinaria, ha unido para siempre dos hemisferios lejanos mediante los lazos de la paz, haciendo a Europa y a América total e indisolublemente interdependientes»?

No es la primera vez que el señor Cobden, para desviar el recelo y el odio del pueblo inglés respecto de Rusia, se afana en dirigirlos contra los Estados Unidos de América. Cuando en 1836 el apresamiento de un buque inglés por un navío de guerra ruso frente a la costa circasiana, las disposiciones fiscales del gabinete de San Petersburgo sobre la navegación del Danubio y las revelaciones del «Portfolio» suscitaron la ira del pueblo inglés y, en particular, de los comerciantes contra Rusia, el señor Cobden, a la sazón todavía «un niño en la vida literaria y poco avezado a la oratoria pública», publicó un pequeño folleto anónimo titulado «Russia: A Cure for Russophobia. By a Manchester Manufacturer» («Rusia. Un remedio contra la rusofobia. Por un fabricante de Mánchester»). En ese folleto se demuestra que

«ese sentimiento» (a saber, el temor a la creciente prosperidad de los Estados Unidos, y no a la expansión de Rusia) «habrá prendido en toda la nación inglesa en menos de veinte años, y que el gobierno del país se verá obligado a tenerlo en cuenta».

En el mismo folleto confesaba que,

«al examinar las diversas razones de la actitud antirrusa de quienes discuten este asunto, hemos descubierto con infinita estupefacción y profunda, verdadera convicción, que un siglo de gobierno aristocrático en Inglaterra ha impregnado a todas las clases con el espíritu altanero y arrogante de sus gobernantes» (frente a la apacible Rusia). «Si el gobierno de San Petersburgo se trasladara a las orillas del Bósforo, en menos de veinte años aquellas chozas que hoy forman la capital de Turquía darían paso a una espléndida y próspera ciudad europea; surgirían suntuosos edificios, prosperarían las sociedades científicas y florecerían las artes. Si el gobierno de Rusia alcanzara realmente tal poder, envainaría la espada de la guerra y emprendería la lucha contra la naturaleza salvaje, construiría ferrocarriles y puentes, fomentaría la acumulación de capital, así como el crecimiento de las ciudades y el avance de la civilización y la libertad… La esclavitud que mancilla a Constantinopla desaparecería al instante, y en su lugar entrarían el comercio y las leyes que protegen la vida y la propiedad» (como ahora se demuestra con el ejemplo de Moldavia y Valaquia).

Como prueba de la civilización rusa y, en consecuencia, de su derecho a la apropiación de Turquía, el señor Cobden contaba a sus asombrados lectores que el comerciante ruso que poseyera de 10.000 a 15.000 rublos no sólo participaba en el comercio exterior, sino que
«estaba exento de castigos corporales y tenía derecho a pasearse en un coche de dos caballos».
¿Puede extrañarnos, pues, que el emperador ruso expresara recientemente la convicción de que «Inglaterra, bajo un parlamento burgués, no podría librar honrosamente una guerra»? Tan profundamente imbuido estaba en 1836 el señor Cobden de la «maldad de los escritores y oradores públicos» que osaban censurar al soberano de todas las Rusias, que concluía su folleto con la pregunta:

«¿Y quiénes y qué son esos escritores y oradores? ¿Por cuánto tiempo más se permitirá a curanderos políticos caldear impunemente los ánimos de toda una nación y trastornar su entendimiento?»

Sospechamos que estos «escritores y oradores públicos» que poseen de 10.000 a 15.000 rublos pueden pasearse en un coche de dos caballos y están, cuando menos, exentos de «castigos corporales». Hasta ahora, unos han considerado la manía rusófila del señor Cobden como una de las numerosas ideas peregrinas con que suele buhonear, y otros como el resultado inevitable de su doctrina pacifista. Sin embargo, recientemente, un tal <Alexander Somerville>, que con razón se denomina «el caballo literario o, si se quiere, el asno literario» de la difunta Liga Contra las Leyes de Cereales, ha informado al público que el señor Cobden, antes de escribir su primer folleto, «había viajado por negocios propios a Rusia, con buen éxito, entre 1834 y 1835», y que «su corazón, como sus panas, estaban en Rusia en 1836»; que su irritación «contra los escritores, oradores, autores y críticos ingleses» procedía, por tanto, de la circunstancia de que estos criticasen a su nuevo cliente, Nicolás de Rusia.

Puesto que la Cámara de los Comunes volverá a reunirse dentro de pocos días, parece oportuno dar, en forma condensada, un resumen estadístico de la representación británica:

| Escaños | en porcentaje |
| :--- | :--- |
| Parientes de los pares } 17,0 |
| Pares irlandeses |
| Terratenientes 41,3 |
| Literatos y científicos 3,0 |
| Ejército y Armada 4,6 |
| Representantes de los intereses comerciales y monetarios 17,1 |
| Juristas 17,0 |
| Representantes de los intereses obreros | ninguno | - |
| Total de escaños ocupados |

Los pares irlandeses en la Cámara de los Comunes son: vizconde Palmerston por Tiverton; vizconde Barrington por Berkshire; conde Annesley por Grimsby; vizconde Monck por Portsmouth; vizconde Galway por Retford y lord Hotham por Yorkshire Oriental. Los literatos y científicos son: Benjamin Disraeli por Buckinghamshire; Thomas Macaulay, el historiador, por Edimburgo; MacGregor, el estadístico del comercio, por Glasgow; William Stirling, autor de «Annals of the Artists of Spain», etc., por Perthshire; William Gladstone, autor de «The State in its Relations with the Church» y de otras obras, por la Universidad de Oxford; el Dr. Austen H. Layard, autor de «Nineveh and its Remains», etc., por Aylesbury; James Wilson, editor del «Economist», por Westbury; sir William Molesworth, editor de las obras de Hobbes, etc., por Southwark; sir E. L. Bulwer-

Lytton, poeta, dramaturgo, novelista, por Hertfordshire; William Johnson Fox, escritor de la Liga contra las Leyes de Cereales, por Oldham; W. A. Mackinnon, autor de una (muy lamentable) «History of Civilisation», etc., por Rye; R. Monckton Milnes, autor de los «Memorials of Travel», etc., y Benjamin Oliveira, autor de una «Tour in the East», ambos por Pontefract; Edward Miall, autor de diversos trabajos teológicos y políticos, por Rochdale; William Mure, autor de una «History of Grecian Literature», por Renfrewshire, en Escocia; W. P. Urquhart, autor de «The Life of Francisco Sforza», por el condado de Westmeath, en Irlanda; Robert Stephenson, el célebre ingeniero ferroviario, por Whitby; William Michell, médico, por Bodmin; John Brady, cirujano, por Leitrim. Si cabe también incluir a lord John Russell en la categoría de los escritores, es cosa que no me atrevo a decidir.

Hay por lo menos 100 escaños cuyos representantes, elegidos nominalmente por los distritos electorales, son en realidad designados por duques, condes, marqueses, damas y otras personas que sacan partido político de su influencia local. Por ejemplo, el marqués de Westminster dispone de dos escaños por Chester, ciudad de 2.524 electores; el duque de Norfolk, de un escaño por Arundel; el duque de Sutherland, de dos escaños por Newcastle-under-Lyme; el marqués de Lansdowne, de un escaño por Calne; el conde Fitzwilliam, de dos escaños por Malton; el duque de Richmond, de dos escaños por Chichester; la señorita Pierse, de un escaño por Northallerton, etc.

La desproporción entre el número de electores, por un lado, y el de representantes elegidos, por otro, en relación con la población total puede mostrarse con unos pocos ejemplos:

La población total de Berkshire asciende a 170.065 habitantes, con 7.980 electores. Elige nueve representantes a la Cámara, mientras que Leicestershire, con 230.308 habitantes y 13.081 electores, sólo dispone de seis escaños; Lincolnshire, con 407.222 habitantes y 24.782 electores, dispone de trece escaños en la Cámara, mientras que Middlesex, con 1.886.576 habitantes y 113.490 electores, sólo cuenta con catorce diputados. Lancashire, con 2.031.236 habitantes, tiene apenas 81.786 electores, pero dispone de veintiséis escaños en la Cámara, al paso que Buckinghamshire, con 163.723 habitantes y 8.125 electores, está representado por once miembros. Sussex, con 336.844 habitantes y 18.054 electores, elige dieciocho miembros; Staffordshire, en cambio, con 608.716 habitantes y 29.607 electores, sólo diecisiete.

La relación entre el electorado y la población es la siguiente:

En Inglaterra, un elector del distrito rural representa a 20,7 habitantes del condado.

En Gales, un elector del distrito rural representa a 20 habitantes del condado.

En Escocia, un elector del distrito rural representa a 34,4 habitantes del condado.

En Inglaterra, un elector del distrito urbano representa a 18 personas de la población urbana.

En Gales, un elector del distrito urbano representa a 24,4 personas de la población urbana.

En Escocia, un elector del distrito urbano representa a 23,3 personas de la población urbana.

Los datos para Irlanda no son tan completos como para Inglaterra y Escocia; pero los que siguen pueden tomarse como valores aproximados para el mismo período, 1851-1852.

Un elector de un distrito rural irlandés representa a 36 habitantes del condado.

Un elector de un distrito urbano irlandés representa a 23 personas de la población urbana.

Sobre la situación, generalmente mala, de los mercados europeos de cereales cabe informar lo siguiente: En Francia, el déficit de cereales no asciende a diez millones de hectolitros, como afirma el «Moniteur» para calmar la inquietud, sino que supera con mucho los veinte millones, lo que equivale a más de ocho millones de quarters según la medida inglesa, y el déficit de patatas no es inferior a una cuarta parte del promedio de los últimos cinco años, mientras que el déficit de vino, aceite y castañas es aún mayor. En Bélgica y Holanda, el déficit en la producción de cereales asciende aproximadamente a cuatro millones de hectolitros; en las provincias renanas, en Prusia y en Suiza, según un cálculo prudente, a más de diez millones de hectolitros. Las pérdidas en Italia son, como es sabido, estimadas muy elevadas, pero es extraordinariamente difícil determinarlas siquiera de modo aproximado. Sin embargo, la estimación más baja arroja diez millones de hectolitros de cereales, resultando así en todos los grandes distritos cerealistas de Europa occidental un déficit no inferior a cuarenta y cuatro millones de hectolitros (diecisiete millones de quarters). El déficit en Inglaterra supera, como es sabido, los cinco millones de quarters de cereales, y cálculos muy serios atribuyen esa cantidad al déficit de trigo solamente. Resulta, pues, sólo para Europa occidental, un peligroso déficit en la última cosecha de no menos de veintidós millones de quarters, sin haber tenido en cuenta todavía la acusada inferioridad y las pérdidas de otras clases de cereales, ni tampoco la plaga de la patata generalizada; un déficit que, convertido en cereales, equivale a un valor de por lo menos cinco millones de quarters de trigo, o en total, a un déficit de veintisiete millones de quarters de cereales.

Sobre las perspectivas de suministros de los mercados extranjeros, se explica desde una fuente muy competente en cuestiones comerciales:

«En Polonia, las cosechas fueron muy escasas; en Rusia, completamente insuficientes, como se desprende de los elevados precios que se pedían por los cereales en los puertos del Báltico, incluso antes de que se conocieran nuestras pérdidas en las cosechas. Y aunque en las provincias del Danubio no ha habido malas cosechas, las existencias allí, al igual que en Odessa, han disminuido considerablemente debido a las enormes exportaciones a los países mediterráneos y a Francia. América, sin embargo, no puede suministrar dos millones de quarters. Todos los barcos del mundo no bastarían para realizar envíos tan cuantiosos que permitieran cubrir, ni siquiera aproximadamente o en parte, el déficit que actualmente se conoce en toda Inglaterra.»

Karl Marx