Karl Marx

[Las opiniones del zar - El príncipe Alberto]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 4000 del 11 de febrero de 1854]

Londres, martes 24 de enero de 1854.

Los intentos del ejército ruso de cruzar el Danubio simultáneamente en toda la línea de operaciones —en Matschin, Giurgewo y Kalafat— deben considerarse más bien como tentativas de reconocimiento que como ataques serios, en los que el general Gortschakow difícilmente podría aventurarse con sus actuales efectivos.

El órgano de Disraeli, la "Press", del sábado pasado publicó una nota sobre una conversación sostenida recientemente en Gatchina entre el zar y un inglés "prominente". Casi toda la prensa diaria londinense reproduce esa nota, la cual, además de los consabidos y machacados lugares comunes de la diplomacia rusa, contiene algunos datos interesantes.

"El zar afirmó expresamente que el ultimátum de Menschikow no fue desaprobado en Londres, sino que el ministerio inglés, tras serle comunicado que la Puerta probablemente aceptaría el ultimátum, lo consideró una solución satisfactoria."

Esto probaría simplemente que el pobre John Russell fue mal informado por el barón Brunnow acerca de las "probables" intenciones de la Sublime Puerta, y que en modo alguno fue culpa del gabinete de coalición que la Puerta se negara a aceptar de inmediato el ultimátum de Menschikow. El zar prosigue y comunica a la persona "prominente" que

"tras conocerse la victoria de Sinope, el general Castelbajac (el enviado francés) le dirigió una carta que comenzaba aproximadamente así: 'Como cristiano y soldado, me permito felicitar a Vuestra Majestad Imperial por la gloriosa victoria de la flota de Su Majestad.'

Quisiera señalar aquí que el general Castelbajac, un viejo legitimista y pariente de La Rochejaquelein, no obtuvo su grado de general en el servicio de campaña, sino mediante el servicio menos peligroso en las antecámaras de la corte y mediante la ardiente profesión de sublimes principios realistas. Bonaparte lo nombró enviado ante la corte de San Petersburgo para dar así al zar una prueba de su subordinación a sus deseos personales, aunque sabía perfectamente que Castelbajac conspiraría con el zar con miras a la restauración de los Borbones mucho antes que promover los intereses de su soberano nominal. Así pues, este Castelbajac es precisamente el hombre indicado para, 'como soldado y cristiano', felicitar al zar por la estéril carnicería de Sinope. Se dice que el zar declaró que 'no creía que Inglaterra, bajo un parlamento burgués, pudiera sostener una guerra con honor'. Sin duda, el zar conoce a sus Cobden y a sus Bright y valora en su justa medida las almas bajas y vulgares de la burguesía europea. Finalmente, el zar tiene toda la razón cuando, por un lado, afirma no haber estado preparado para la guerra —pues estaba plenamente convencido de que todo cuanto quería alcanzar lo obtendría mediante simples amenazas— y, por otro lado, sostiene que, si hubiera guerra, sería una 'guerra de los incapaces', quienes, en su angustioso afán por impedirla, la hacen inevitable para terminar arrojándose a ella, con el fin de encubrir sus errores y salvar sus posiciones.

"La opinión pública está casi dispuesta a sacrificar al príncipe Alberto a ciertos rumores. El susurro que al principio se había puesto en circulación con fines partidistas se ha convertido en un rugido, e insinuaciones cargadas de significado lo han hecho crecer hasta convertirse en una mentira real y monstruosa. Que todos los que solicitaban audiencia a la reina se encontraban al príncipe Alberto con Su Majestad es un hecho que más bien le granjeó la simpatía y el respeto del público inglés; pero después se dijo que asistía a las reuniones de la reina con sus ministros; luego, que se llamaba la atención de los ministros sobre su presencia, que, a pesar de su renuencia a tratar los asuntos ante una tercera persona, se veían obligados a hacerlo, que incluso tenían que defender sus opiniones ante el príncipe, que el príncipe se inmiscuía realmente en sus deliberaciones con la soberana, que no sólo influía en las opiniones de la reina, sino que, por tener el poder de relacionarse libremente con cortes extranjeras, había establecido un canal de información incontrolado entre el Consejo Privado de la Reina y los gabinetes de poderosos extranjeros, quizá enemigos de Inglaterra; en resumen, que el príncipe Alberto era un traidor a su reina, que se le acusaba de alta traición y que, finalmente, había sido arrestado y encerrado en la Torre a causa de la acusación de alta traición. Esta historia no sólo se contó en todas las partes de Inglaterra hace uno o dos días, sino que en algunas fue creída."

Cito este pasaje del "Spectator" para mostrar a sus lectores cómo la opinión pública fue inducida por la prensa palmerstoniana a convertir a un pobre joven cándido en chivo expiatorio de los ministros responsables. El príncipe Alberto es un príncipe alemán emparentado con la mayoría de los gobiernos absolutos y despóticos del continente. Desde que fue elevado al rango de príncipe consorte en Gran Bretaña, ha ocupado su tiempo en parte cebando cerdos, en parte inventando ridículos tocados para el ejército, proyectando casas modelo curiosamente diáfanas e incómodas, en la Exposición de Hyde Park y en juegos de soldados. Se veía en él a un hombre afable e inofensivo, intelectualmente por debajo del promedio general de los seres humanos, un padre prolífico y un esposo dócil. Últimamente, sin embargo, se le ha elevado premeditadamente al hombre más influyente, a uno de los caracteres más peligrosos del Reino Unido, que supuestamente dirige toda la maquinaria estatal según secretas instrucciones de Rusia. No cabe apenas duda de que el príncipe ejerce influencia directa en los asuntos cortesanos y, naturalmente, en el sentido del despotismo. El príncipe no puede actuar sino como príncipe, ¿y quién sería tan insensato como para suponer que no lo hace? Pero no necesito, por supuesto, llamar la atención de sus lectores sobre la total impotencia a la que la oligarquía británica ha reducido a la realeza británica, de modo que, por ejemplo, el rey Guillermo IV, enemigo declarado de Rusia, se vio obligado por su ministro de Asuntos Exteriores —Palmerston—, miembro de la oligarquía whig, a actuar como enemigo de Turquía. ¡Qué absurdo sería, pues, suponer que el príncipe Alberto pudiera imponer lo más mínimo contra la voluntad del ministerio, salvo insignificancias cortesanas, una mísera cinta de condecoración o una brillante estrella! Sus inclinaciones absolutistas se utilizan para engañar al pueblo acerca de las intrigas y la traición de los ministros responsables. Si el clamor y el ataque persiguen algún fin, ése no es otro que un ataque contra las instituciones monárquicas. Si no hubiera reina, no habría príncipe; si no hubiera trono, no habría influencias cortesanas. Los príncipes perderían su poder si no hubiera tronos que los sostuvieran y en los que pudieran apoyarse. Pero obsérvese: esos periódicos que llegan más lejos en su 'temeraria audacia', que más gritan y que intentan hacer, por así decirlo, capital político del príncipe Alberto, son los más fervientes en las protestas de lealtad al trono y en sus repugnantes panegíricos de la reina. En los periódicos tories esto se sobreentiende. El radical "Morning Advertiser" es el mismo periódico que saludó el golpe de Estado de Bonaparte y que recientemente atacó a un periódico irlandés por haberse atrevido a criticar a la reina a propósito de su visita a Dublín; que censura a los revolucionarios franceses por su profesión de republicanismo y que continuamente presenta a lord Palmerston como el salvador de Inglaterra. Todo esto es una artimaña de Palmerston. Palmerston se ha vuelto impopular por las revelaciones sobre su rusofilia y por su resistencia al nuevo proyecto de reforma. Con esta última acción, el dorado liberal se desprendió de su enmohecida galleta de pimienta. Pero ahora quiere ser popular para llegar a primer ministro o, al menos, a ministro de Asuntos Exteriores. ¡Qué maravillosa ocasión para volver a hacerse pasar por liberal y desempeñar el papel de Bruto, perseguido por secretas intrigas palaciegas! Atacar a un príncipe consorte: eso le gusta al pueblo. Se convertirá en el estadista más popular del siglo. ¡Qué maravillosa ocasión para calumniar a sus actuales colegas, estigmatizarlos como instrumentos del príncipe Alberto y persuadir a la corte de que hay que aceptar a Palmerston en las condiciones fijadas por él mismo! Los tories se suman naturalmente al clamor, porque la Iglesia y la Corona significan poco para ellos en comparación con el dinero y las propiedades, y éstas se las están arrebatando rápidamente los lores del algodón. Y si los tories, en nombre de la 'Constitución' y de la 'Libertad', apuñalan con discursos a un príncipe, ¿qué liberal ilustrado no habría de postrarse adorante a sus pies!

En la asamblea anual de la Asociación Comercial de Manchester, el presidente, el Sr. Aspinall Turner, declaró a propósito de las huelgas, los cierres patronales y la agitación general de los obreros —que calificó acertadamente como "guerra civil entre los señores y los trabajadores de Lancashire"—, que "Manchester derribará la tiranía de la democracia tal como lo ha hecho con la tiranía de la corona y la tiranía de la aristocracia".

"'He ahí —exclama la "Press"— una confesión involuntaria de la política de la escuela de Manchester.' La corona es, en Inglaterra, el poder supremo: ¡debilitemos el poder real! La aristocracia nos estorba: ¡barriámosla! Los obreros se agitan: ¡pisoteémoslos!"

Karl Marx