Karl Marx

[El tratado entre Austria y Prusia –

El debate parlamentario del 29 de mayo]

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” nº 4103 del 12 de junio de 1854]

Londres, martes 30 de mayo de 1854.

El “Times” está muy indignado porque el general británico ha dictado una orden que prohíbe a su “propio corresponsal” acompañar al ejército británico. Si la guerra fuera una guerra bona fide <una guerra seria>, sería absurdo objetar algo contra esta medida, pues ya el duque de Wellington se quejó repetidas veces en sus despachos de que las informaciones sobre sus movimientos y posiciones proyectadas, que Napoleón transmitía a sus generales en España, eran tomadas de las columnas de los periódicos ingleses. Tal como están las cosas, la orden no puede perseguir otro fin que el de mantener al público inglés a oscuras sobre las intenciones traicioneras de sus tropas expedicionarias. Una pieza digna de esto es la orden, impuesta hace un momento por los héroes del 2 de diciembre al sultán, de leer en todas las mezquitas un decreto que prohíbe a los turcos toda conversación política. Pero ¿por qué han de estar los turcos mejor parados en este aspecto que incluso la opinión pública inglesa?

En la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes preguntó el señor Blackett a lord J. Russell si Gran Bretaña, en el último protocolo de Viena, había otorgado algún reconocimiento o sanción al primer artículo del tratado del 20 de abril de 1854 entre Austria y Prusia. Este artículo estipula que las potencias contratantes

“se garantizan recíprocamente la posesión de sus territorios alemanes y no alemanes, de modo que cualquier ataque dirigido contra el territorio de una de ellas, venga de donde venga, será considerado como una empresa hostil dirigida contra el territorio de la otra”.

Lord John Russell contestó que “el protocolo no contiene ningún reconocimiento
expreso
ni sanción de este primer artículo del tratado entre Austria y Prusia”. Tanto si es expreso como si no, en el “Moniteur” francés de ayer leemos que

“el último protocolo de Viena enlaza el acuerdo anglo-francés para la guerra actual con el tratado austro-prusiano para la guerra eventual”,

es decir, enlaza la actual guerra anglo-francesa contra Rusia con la eventual guerra austro-prusiana por Rusia y constituye, en todo caso, una garantía que las potencias occidentales dan a Prusia y Austria por la posesión inalterada de Posen, Galitzia, Hungría e Italia. Lord John Russell confiesa además que este protocolo

“tiene una tendencia a consolidar y mantener los principios establecidos por los protocolos de Viena — a saber, la integridad del Imperio Turco y la evacuación de los Principados por las fuerzas rusas”.

Esto es, en efecto, una nueva obligación de mantener el statu quo ante bellum <estado anterior a la guerra>. Las potencias occidentales no pueden jactarse de haber obtenido, mediante este protocolo, ventaja alguna sobre Rusia; pues el tratado austro-prusiano fija expresamente:

“Una intervención ofensiva o defensiva por parte de las dos potencias contratantes quedaría condicionada, en primer lugar, por la incorporación de los Principados y, en segundo lugar, por un ataque o paso de los Balcanes por parte de Rusia.”

Es evidente que estas dos condiciones han sido dictadas por Rusia misma. Desde un principio ha declarado que no tenía la intención de incorporarse los Principados, que sólo quería retenerlos como “garantía material” para la satisfacción de sus reivindicaciones. Cruzar los Balcanes ante 80.000 hombres de tropas francesas nunca entró en el plan de campaña de Rusia, cuyo único objetivo es asegurarse algunas fortalezas en la orilla derecha del Danubio como cabezas de puente para su ejército y tener así la posibilidad permanente de invadir Bulgaria. Digamos de paso que el “Times”, al mencionar este nuevo protocolo, ya se muestra satisfecho con la esperanza de que las potencias occidentales hayan logrado ganarse a Austria, pues Prusia, según dice, es ya “notoriamente” dominada por “agentes rusos”; el “Morning Chronicle”, en cambio, duda incluso de una adhesión sincera de Austria. El gran Napoleón habría obligado a Austria

y Prusia a una alianza abierta con Rusia; el pequeño Napoleón se deja imponer por Rusia una alianza con las potencias alemanas que asigna a su ejército la mayor distancia imaginable de su base de operaciones.

Lord John Russell contestó a una interpelación del señor Milnes

que “una fuerza de unos 6.000 hombres ha sido enviada por Francia con la instrucción de ocupar el Pireo. Un regimiento inglés de infantería, que partió de Inglaterra hace alrededor de una semana, deberá emplearse igualmente para la ocupación del Pireo.”

Esta medida fue provocada por la conspiración del gobierno griego con Rusia. Las tropas no ocuparán Atenas más que si se producen determinados acontecimientos. En las hojas francesas de hoy leemos que

“el rey Otón ha aceptado el ultimátum y ha prometido el retorno del ministerio Mavrocordatos si se aplaza la ocupación. En caso contrario, está decidido a trasladar la sede de su gobierno al interior del país y a concentrar allí sus tropas.”

Que esta alternativa no será una propuesta completamente vacía se sigue de otra declaración de lord J. Russell:

“Si el rey de Grecia desaprueba las tentativas de su pueblo por violar los deberes de una potencia neutral, hallará protección en las fuerzas destacadas y en ellas los medios para obligar a su pueblo a observar esos deberes. Pero si, en cambio, las seguridades que nos ha dado el gobierno griego se revelaran como no sinceras, esas tropas serán tal vez de utilidad de otra manera.”

El gobierno griego puede, por consiguiente, hacer lo que le plazca: Grecia será ocupada.

El “Times” comunica con cierto disgusto que

“las tropas francesas forman en este momento la mayor parte de las guarniciones de Roma, Atenas y Constantinopla, las tres grandes capitales del mundo antiguo”.

El viejo Napoleón solía ocupar las capitales del mundo moderno. Napoleón el pequeño, contento con la apariencia teatral de grandeza, desparrama sus ejércitos por países insignificantes y encierra la mejor parte de sus tropas en un cúmulo de callejones sin salida.

La retirada del proyecto de ley para la prevención del soborno electoral en la sesión parlamentaria de anoche dio ocasión a una escaramuza sumamente divertida

entre el pequeño Johnny <John Russell>, Disraeli y Bright. El señor Disraeli observó que

“el gobierno, en el curso de la sesión, ha presentado siete proyectos de ley importantes. En tres de los siete ha sufrido una derrota; tres han sido retirados, y en el séptimo ha padecido una derrota que, si bien sólo parcial, ha sido considerable. Ha sido derrotado también con un proyecto para modificar por completo la ley de asentamiento, con un proyecto sobre la instrucción pública en Escocia y con otro para la revisión completa del juramento parlamentario. Ha retirado el presente proyecto de ley para la prevención del soborno electoral; ha retirado el importantísimo proyecto de una completa reforma del servicio civil, así como el proyecto de reforma parlamentaria. El proyecto de ley para la reforma de la Universidad de Oxford saldrá de la Cámara en una forma sumamente mutilada.”

Si ya no podía esperar sacar adelante estos proyectos, no debería haberlos presentado siquiera en el Parlamento … Se diría que el gobierno no tiene principios, pero sí “todos los talentos”, y como cada ministro ha sacrificado su propia opinión, cabía esperar que al menos algún provecho para el público brotara de tal heroísmo.

La respuesta de lord John no resultó menos endeble por su gran indignación. Ensalza las excelencias tanto de los proyectos rechazados como de los retirados. En ningún caso, añade, está la Cámara al lado del señor Disraeli y de sus amigos. Éste último ha acusado al gobierno de candidez o de favoritismo en la conducción de la política exterior, pero nunca se ha atrevido a recabar la opinión de la Cámara al respecto. Ha dicho que no quería estorbar al gobierno en sus disposiciones para la guerra; a pesar de ello ha presentado una moción destinada a despojar al gobierno de los medios para hacer la guerra. Esta moción ha sido rechazada por una mayoría de más de 100 votos. En cuanto al proyecto sobre los judíos, del que dice que él aboga por su emancipación, le ha dado su aprobación o se la ha negado, según le pareciera oportuno.

Con esta respuesta, el pobre jefe de la Cámara de los Comunes atrajo un nuevo ataque de su adversario, aún más violento que el primero.

“El noble lord cree, por lo visto”, dijo el señor Disraeli, “que estoy sorprendido de que no haya dimitido; yo, por el contrario, me habría quedado enormemente sorprendido si lo hubiera hecho.” (Grandes carcajadas.) “Hacen falta muchas más derrotas, y si es posible todavía más humillantes y completas, para que el noble lord

considere necesario dar semejante paso.” (Aplausos.) “Conozco demasiado bien al noble lord; he estado demasiado tiempo sentado en el lado de la oposición; le he visto demasiadas veces en la misma situación. Le he visto en muchas ocasiones sufrir las más notables derrotas y aferrarse a su cargo con un patriotismo y una obstinación que no se pueden admirar bastante.” (Aplausos y carcajadas.) “Con respecto a la guerra, el gobierno había comunicado al Parlamento que presentaría todos los documentos sobre esta cuestión a la Cámara, mientras que en realidad retuvo la parte más importante, y si no hubiese sido por las revelaciones del ‘Journal de Saint-Pétersbourg’, el país habría permanecido en completa ignorancia de todos los acontecimientos. Después de esas revelaciones, él no ha tenido que modificar su opinión sino en el sentido de que ahora cabe renunciar a toda hipótesis y afirmar con certeza que el gobierno se ha hecho culpable de favoritismo o de candidez. Él está plenamente convencido de que éste será pronto el juicio general del país.”

El señor Disraeli pasó luego a defender al gobierno de lord Derby y a demostrar que la oposición de lord John contra él había sido “sediciosa”. Lord John había hecho grandes sacrificios:

“Se separó de los compañeros de su vida, que le habían guardado lealtad, para estrechar contra su corazón a los enemigos seculares que toda su vida habían rebajado sus capacidades y calumniado su carrera. Renunció a la confianza — sí, casi se podría decir que puso en peligro la existencia de aquel histórico partido, cuya confianza en un hombre como el noble lord no habría debido ser menos valiosa que el favor de su soberano.” (Aplausos.) “¿Y por qué lo hizo? Porque estaba consagrado a grandes principios y decidido a llevar a cabo grandes medidas. Pero ahora que todas sus medidas han fracasado, sigue empero en el cargo. En cuanto a su conducta en la cuestión judía, el señor Disraeli contradijo de manera muy clara y terminante la afirmación del noble lord.”

No dejó en realidad a lord John Russell otra salida que la de defenderse con su “infortunio” y presentar la persistencia de la coalición como un mal inevitable.

El señor Bright opinó que …

que el noble lord no había salido del debate sin algunos rasguños. Que desde el primer día de su existencia no había sido muy probable que la composición del gobierno actuara en bien del país. Que recordaba la frase de un ingenioso caballero de la Cámara de los Comunes, gran amigo del noble lord y del gobierno, de que el gabinete avanzaría de manera excelente si pudiera evitar la política. Ese parece haber sido también, poco más o menos, el rumbo que el gobierno ha seguido. Con excepción del libre comercio, el gobierno parece completamente incapaz en todas las demás cuestiones de aconsejar a la Cámara, de conducirla o de controlarla. Es del todo evidente que el noble lord, a quien por cortesía se llama el líder de la Cámara, no dirige la Cámara, que la Cámara no sigue al noble lord y que las propuestas del gobierno han sido arrojadas por la borda sin muchos miramientos. ¡Ustedes nos han metido en una guerra, y ustedes deben sacarnos nuevamente de ella! ¡No queremos asumir la responsabilidad! Esta es la situación a la que nos ha llevado ahora el gobierno. Al minar y destruir el orden estatal de Turquía, contribuye al mismo tiempo a minar y destruir el sistema parlamentario de Inglaterra.

Cabría preguntarse qué fin tiene en realidad este sistema. Los asuntos internos no pueden discutirse, porque el país está en guerra. Como el país está en guerra, no se puede debatir la guerra. Entonces, ¿para qué se necesita aún un parlamento? El viejo Cobbett reveló el secreto: como válvula de seguridad para las pasiones desbordantes del país.