Karl Marx/Friedrich Engels

El desarrollo de la guerra

Escrito el 14 de diciembre de 1854.

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” núm. 4276 del 1 de enero de 1855, artículo de fondo]

El sol de Austerlitz se ha puesto. Como se comunicó confidencialmente y se creyó en París, debía librarse una gran batalla ante Sebastopol para celebrar el dos de diciembre; pero de un despacho del general Canrobert del 3 de diciembre se desprende que

«ha llovido a cántaros, las carreteras han quedado cortadas, las trincheras llenas de agua y los trabajos de asedio —como todos los demás trabajos— interrumpidos».

Hasta ahora, los rusos habían tenido la superioridad ofensiva y los aliados la defensiva en el Chornaya; ante los muros de Sebastopol ocurría lo contrario. En otras palabras, los rusos eran bastante fuertes en el Chornaya para dominar el campo, mientras que los aliados no lo eran, aun cuando pudieran mantener su posición; en tanto que, delante de Sebastopol, los aliados, que disponían de fuerzas suficientes para llevar a cabo el asedio, tenían en la guarnición un adversario casi equivalente, de suerte que las operaciones apenas producían efectos visibles, pese a no ser detenidas desde fuera. La relación de fuerzas parece estar cambiando ahora, y los aliados parecen haber llegado al punto en que se vuelven bastante fuertes para expulsar a los rusos del Chornaya. En este caso, después de haber perdido su posición ante Inkerman, a los rusos les quedan dos posibilidades de actuación. Pueden, o bien dar el rodeo y ocupar el campamento atrincherado del fuerte del Norte, o retirarse con sus fuerzas principales al interior, a donde los aliados no pueden seguirlos muy lejos. Difícilmente podrán los aliados ser bastante fuertes antes de febrero para cercar el campamento del Norte o para seguir a un ejército en retirada mucho más allá de Bajchisarái. Apenas estarán en condiciones de librar una segunda batalla contra un ejército atrincherado en cualquier punto cerca de Simferópol. En ambos casos tendrían que retroceder hacia el Chornaya, y este juego de avance y retirada se jugará probablemente durante todo el invierno, a no ser que Sebastopol sucumba efectivamente a un ataque por el lado sur. Pero como las noticias sobre el asedio que recibimos por el “Atlantic” son muy pobres, no podemos añadir a esto más que es sumamente improbable. Sin embargo, por un despacho del 7 de diciembre, publicado en el “Moniteur” de París y reproducido por los periódicos londinenses, supimos que los ejércitos aliados habían tomado repentinamente la delantera y que, tan sólo dos días después de la inundación, «debían de haber casi completado el cerco de la ciudad». Este falso despacho había sido inventado manifiestamente con el fin de compensar la profecía frustrada del 2 de diciembre.

Hace poco dimos una visión de conjunto de la fuerza total del ejército ruso y de su despliegue. Mostramos entonces que, de esos casi tres cuartos de millón de soldados, apenas un tercio había sido empleado hasta hoy en operaciones activas, y que la parte con mucho mayor de los dos tercios restantes se utilizaba para amenazar a Austria. Pese a los refuerzos enviados a Crimea, las cosas no han cambiado mucho desde entonces; el 4.º cuerpo, el cuerpo de Dannenberg, que acudió para socorrer a Sebastopol, fue retirado del ejército del Danubio, donde había sido previamente completado. La única alteración esencial en la posición del gran ejército occidental de Rusia, como podemos denominar al cuerpo de unos 300.000 hombres concentrado en la frontera austriaca, es una ligera extensión de su ala izquierda hacia Besarabia y el Dniéster medio; en esta posición puede, en caso necesario, acoger los restos del ejército del Danubio, si éste se retirase de Besarabia. Además, el gran ejército occidental puede haber destacado unas cuantas divisiones hacia Crimea y refuerzos insignificantes hacia el Danubio, pero su fuerza total ha permanecido invariable, y la marcha de la tercera división de la guardia desde Reval y algunas otras reservas compensarán de nuevo estos destacamentos.

El ejército del Danubio, no obstante, puede considerarse como completamente disuelto, reducido a un mero cuerpo de demostración estacionado en Besarabia para mantener la apariencia de una ocupación rusa todo el tiempo posible. Con la retirada de Liprandi y más tarde de Dannenberg, este ejército fue despojado de todo su 4.º cuerpo (divisiones 10.ª, 11.ª y 12.ª); si se descuentan de las cinco divisiones restantes —7.ª, 8.ª, 9.ª, 14.ª y 15.ª— las tropas necesarias para la ocupación de la costa y de las guarniciones de Bender e Ismail hasta Jersón y Nikoláiev, y se toman en consideración las enormes pérdidas en las dos campañas del Danubio, esas cinco divisiones no pueden reunir más de 15.000 hombres para operaciones de campaña. Están estacionadas cerca de la costa, y donde hay costa, la defensa rusa, tan eficaz en el interior del país, es extraordinariamente débil. Tienen que proteger numerosas fortalezas y depósitos de los ataques de la flota enemiga, y por eso es explicable que, de los 30.000 o 35.000 hombres que componen esas cinco divisiones, no esté disponible en campaña ni la mitad.

La disolución del ejército del Danubio es, como la mayoría de las grandes medidas estratégicas iniciadas por Rusia (pues los errores comienzan generalmente en su ejecución), un paso muy bien elegido. Dado que los ingleses y franceses se han empeñado hasta las orejas en Crimea, los rusos no se enfrentan a ningún enemigo en el Danubio. El ejército de Omer Pachá, que tras las penalidades de dos campañas apenas cuenta con 40.000 hombres, que nunca fueron completados, está, gracias a la diplomacia occidental, tan desmembrado que apenas alcanza para cercar Ismail, cuanto menos para destacar un cuerpo que cubra el asedio o rechace a los rusos en el campo de batalla. Además, un ataque a Besarabia, que hace unos meses habría ofrecido una diversión eficaz, carecería ahora de un objetivo militar directo; en consecuencia, el ejército de Omer Pachá es enviado ahora a Crimea. Así pues, la única fuerza que significa una amenaza para los rusos en el suroeste es actualmente el ejército austriaco, que en un efectivo de unos 270.000 hombres ocupa Galitzia, Transilvania y Moldavia. Esta fuerza debe ante todo ser mantenida en jaque. Si adoptase una actitud hostil hacia Rusia, entonces Besarabia, e incluso el territorio hasta el Bug, tendrían que ser abandonados y las operaciones tendrían que realizarse, ya sea desde las bases ofensivas de las fortalezas polacas, ya desde las bases defensivas de Kiev y el Dniéper. En ambos casos, un ejército del Danubio quedaría aislado y tendría que buscarse una base propia en algún lugar de las estepas del sur, lo que en un país que puede alimentar muchos caballos y ovejas, pero muy pocos hombres, no es tarea fácil. Por otra parte, si Austria se declarase por Rusia o dirigiese las puntas de sus bayonetas neutrales hacia los Alpes y el Rin, el ejército de Polonia podría, o bien entrar en Alemania como reserva de los austriacos después de haber enviado un fuerte cuerpo hacia el Danubio, o bien los austriacos podrían cruzar el Danubio en masa y arriesgar una marcha sobre Constantinopla. En ambos casos, un ejército separado en el Danubio más fuerte que un cuerpo de demostración sería superfluo.

Acerca de la cooperación de Austria en esta guerra, naturalmente sólo podemos hablar de manera muy hipotética. El tratado de alianza estruendosamente trompeteado, que se dice concertado por Austria con Francia e Inglaterra el 2 de diciembre, resulta no ser otra cosa que una trampa tendida al Parlamento, como anunciamos en seguida a nuestros lectores cuando se hizo público dicho tratado.

En el discurso de la Reina se menciona el tratado con estas palabras:

«Os comunico con satisfacción que, junto con el Emperador de los Franceses, he concertado un tratado con el Emperador de Austria, del que espero ventajas importantes para la causa común.»

Pero, duramente acosado por Lord Derby, Aberdeen se dejó arrastrar a la declaración:

«Sólo proponemos que la Cámara tome nota con satisfacción de que Su Majestad ha concertado un tratado del que ella» (a saber, el viejo Aberdeen) «espera ventajas importantes.»

Esa es toda la satisfacción que transmitió. En la Cámara de los Comunes, Lord John Russell fue forzado por el señor Disraeli a dar un paso más y a confesar abiertamente que el cacareado tratado de alianza no es ni un tratado ni una alianza. Admite francamente que dicho tratado no obliga en absoluto a Austria, mientras que fuerza a las potencias occidentales a una alianza ofensiva y defensiva con Austria, si a ésta se le ocurre declarar la guerra a Rusia, y las obliga además a proponer a Rusia, antes de fin de año, condiciones de paz sobre la base de los famosos cuatro puntos. Finalmente, Austria podría, por tanto, «sin faltar a la fe jurada», desligarse incluso de la alianza declarando «en el último momento» que no está de acuerdo con la interpretación de los cuatro puntos por las potencias occidentales. El resultado de la interpretación del glorioso tratado del 2 de diciembre por Lord John Russell fue una caída inmediata de los fondos públicos en Londres y París.

Hace un año, la coalición fingió haber permitido la matanza de Sinope a fin de lograr la alianza con las potencias alemanas. Ahora se ofrece un tratado simulado con una de esas dos potencias como equivalente de la pérdida no de una flota turca, sino de un ejército británico. Incluso los más recientes periódicos alemanes nos aseguran que la apertura del Parlamento británico ha dado la señal para la reaparición del fantasma de la Conferencia de Viena, la cual estaría dispuesta a poner de nuevo en marcha su pesada maquinaria.

Sin embargo, como Austria, según las palabras de Lord John Russell, considera posible que pueda verse arrastrada a una guerra con Rusia, y como el despliegue del ejército ruso en la frontera austriaca apunta asimismo en esa dirección, podemos suponer por un momento que Austria y el resto de Alemania, incluso Prusia inclusive, se proponen unirse a las potencias occidentales. ¿En qué medida estaría Rusia preparada para semejante eventualidad?

Aunque el ejército continental empleado contra Rusia en 1812 era mucho más débil que el que quizás vea en sus fronteras en abril o mayo; aunque Inglaterra era entonces su aliada y no su enemiga, Rusia puede consolarse con el pensamiento de que, cuanto más numerosos sean los ejércitos que penetren en el interior de su país, tanto mayores serán allí las perspectivas de su rápida aniquilación, y de que, por otra parte, cuenta ahora con el triple de tropas bajo las armas que entonces.

No es que consideremos inatacable a la «Santa Rusia». Por el contrario, consideramos que, en cuanto a recursos militares, Austria por sí sola es del todo equivalente, mientras que Austria y Prusia juntos, si se atiende sólo a las perspectivas militares, están ciertamente en condiciones de imponerle una paz vergonzosa. Cuarenta millones de hombres, concentrados en un país del tamaño de la Alemania propiamente dicha, serán capaces de vérselas con éxito con los dispersos sesenta millones de súbditos rusos. La estrategia de un ataque contra Rusia desde el oeste fue trazada con toda claridad por Napoleón, y si éste no se hubiera visto obligado a apartarse de su plan por circunstancias que no eran de índole estratégica, el predominio y la integridad de Rusia habrían estado seriamente amenazados en 1812. Dicho plan prescribía: avanzar hasta el Dvina y el Dniéper, organizar una línea defensiva para las fortificaciones, depósitos y comunicaciones, tomar las plazas fuertes rusas del Dvina y posponer la marcha sobre Moscú hasta la primavera de 1813. Se vio obligado a abandonar este plan a finales de año por razones políticas, a causa del clamor de sus oficiales contra los cuarteles de invierno en Lituania y de una fe ciega en su propia invencibilidad. Marchó sobre Moscú, y el resultado es conocido. El desastre se agravó extraordinariamente por la mala administración de la intendencia francesa y por la falta de ropa de abrigo para los soldados. Si se hubiera prestado más atención a estos aspectos, a su regreso Napoleón se habría hallado en Wilna al frente de un

ejército que numéricamente habría sido el doble de fuerte que el que Rusia podía oponerle. Sus errores nos son claros; ninguno es de tal índole que no hubiera podido evitarse. El hecho de su penetración en Moscú, como la marcha de Carlos XII a Poltava, prueba que el país es accesible, aunque el acceso sea difícil, y que para el mantenimiento de un ejército victorioso en su interior, todo depende de la longitud de la línea de operaciones, de la distancia y de la seguridad de las bases. La línea de operaciones de Napoleón desde el Rin hasta Eylau y Friedland, si consideramos las largas líneas de operaciones desde el punto de vista de los inconvenientes para la actividad de un ejército, equivale aproximadamente a una línea de operaciones de Brest-Litovsk (a condición de que las fortalezas polacas sean tomadas en el primer año) a Moscú. Y en esta hipótesis no se ha tenido en cuenta la circunstancia de que la base directa de operaciones se adelantaría hacia Vitebsk, Moguíliov y Smolensk, ya que una marcha sobre Moscú sin estos preparativos sería sin duda demasiado arriesgada.

Ciertamente, Rusia está poco poblada, pero no debemos olvidar que las provincias centrales —el verdadero corazón de la nación rusa y su fuerza— tienen una densidad de población igual a la de Europa central. En Polonia, es decir, en los cinco gobiernos que constituyen el reino ruso de Polonia, el promedio es aproximadamente el mismo. Las regiones más densamente pobladas de Rusia —Moscú, Tula, Riazán, Nízhni Nóvgorod, Kaluga, Yaroslavl, Smolensk, etc.— son el corazón de la Gran Rusia y forman un todo compacto; su prolongación hacia el sur la constituyen las provincias pequeñorrusas, igualmente densamente pobladas, de Kiev, Poltava, Chernígov, Vorónezh, etc. Hay en total veintinueve provincias o gobiernos que están poblados con la mitad de la densidad de Alemania. Sólo las provincias orientales y septentrionales y las regiones de estepa del sur están muy poco pobladas; en parte también las antiguas provincias polacas del oeste —Minsk, Moguíliov y Grodno— a causa de extensos pantanos entre el Bug (polaco) y el Dniéster. Pero un ejército que avanza teniendo a su espalda las llanuras ricas en cereales de Polonia, Volinia y Podolia, y ante sí, como teatro de operaciones, las llanuras de Rusia central, no tiene que preocuparse por su subsistencia si maneja las cosas medianamente bien y aprende de los propios rusos a utilizar los medios de transporte autóctonos. En cuanto a la destrucción de todos los recursos por un ejército en retirada, tal como ocurrió en 1812, semejante cosa sólo es posible en una línea de operaciones y en sus inmediaciones; y si Napoleón no se hubiera fijado un plazo tan breve para acabar su campaña con su precipitado avance desde Smolensk, habría

encontrado recursos en abundancia en sus alrededores. Pero como andaba con prisa, no pudo procurarse suficientes víveres en la comarca cercana a su línea de marcha, y sus destacamentos de forrajeo parecen haber tenido entonces verdadero miedo a adentrarse en los inmensos bosques de pinos que separan una aldea de otra. Un ejército que puede destacar fuertes unidades de caballería para buscar víveres y los numerosos carros y carretas del país puede abastecerse fácilmente de todos los alimentos necesarios, y Moscú difícilmente arderá por segunda vez. Pero aun en ese caso, no puede impedirse una retirada hasta Smolensk, y allí el ejército encontraría su bien preparada base de operaciones, abastecida con todo lo necesario.

Sin embargo, no son únicamente cuestiones militares las que hay que decidir. Una guerra así debe ser llevada a término también mediante acciones políticas. Es posible que la declaración de guerra de Alemania a Rusia constituya la señal para el restablecimiento de Polonia por la propia Rusia. Nicolás no se separaría en modo alguno de las provincias lituanas y de otras provincias de la Rusia occidental; pero el reino de Polonia, Galitzia, Posen y quizás Prusia Occidental y Oriental formarían un reino bastante extenso. ¿Quién puede decir si un tal renacimiento de Polonia sería duradero? Pero una cosa es segura: se pondría fin a todo el falso entusiasmo por Polonia que en los últimos cuarenta años ha sido fingido por todos y cada uno de los que se llamaron liberales o progresistas. Seguramente seguiría un llamamiento ruso a Hungría; y si los magiares vacilasen, no debemos olvidar que dos tercios de la población húngara están compuestos por eslavos, que consideran a los magiares como una aristocracia dominante y gravosa. Por otra parte, Austria, en un caso semejante, no titubearía en restablecer la antigua constitución húngara, con el fin de borrar a Hungría del mapa de la Europa revolucionaria.

Esto basta para mostrar las grandes perspectivas de significación militar y política que se abrirían con la adhesión de Austria a la alianza occidental y con las perspectivas de una guerra de toda Europa contra Rusia. En el caso contrario, en primavera se verá probablemente un millón y medio de soldados desplegados contra las potencias occidentales y un ejército austro-prusiano en marcha hacia la frontera francesa. Entonces, la dirección de la guerra será, sin duda alguna, arrebatada de las manos de sus actuales conductores.