Karl Marx/Friedrich Engels

La situación de la guerra rusa

Escrito entre el 14 y el 16 de junio de 1854.

[New-York Daily Tribune, n.º 4125, del 8 de julio de 1854, artículo de fondo]

No solo la curiosa coincidencia de la evacuación de Valaquia por los rusos y su ocupación por los austriacos, sino también la manera en que el asedio de Silistria fue emprendido, proseguido y finalmente abandonado, indican que aquí actuaban fuerzas motrices situadas por completo fuera del ámbito de las consideraciones puramente militares. Del parte oficial ruso, que llega hasta la tarde del 28 de mayo y que solo discrepa de los boletines turcos en los datos de muertos y heridos, se desprende que las operaciones de combate tuvieron un carácter singularmente precipitado, que los más intensos esfuerzos para destruir las obras exteriores no se hicieron hasta que resultó imposible tomar la fortaleza por asalto, y que el ataque fue más carente de plan y menos científico de lo que hasta ahora se conocía incluso en los anales de los asedios rusos. Sobre las operaciones del 28 de mayo al 15 de junio disponemos de informes demasiado escasos para permitirnos una descripción exacta; sin embargo, el hecho de que, durante los repetidos y desesperados ataques, casi todos los oficiales al mando resultaran heridos e incapacitados para combatir —Paskiewitsch, Schilder, a quien después se le amputó la pierna, Gortschakow, Lüders y Orlow, que recibió un balazo en el ojo—, prueba de manera inequívoca que los rusos tenían órdenes de tomar la fortaleza no solo a toda costa, sino también dentro de un plazo determinado. Procedieron, en verdad, de una manera que nos recuerda más la bárbara conquista de ciudades en el Kurdistán por Timur Tamerlán que una guerra regular moderna. Por otra parte, es evidente que la heroica y hábil defensa de Silistria causó la misma sorpresa en las potencias aliadas que en el Diván otomano. Nuestros lectores recordarán que, hace unas seis semanas, los jefes militares aliados se reunieron en Varna y descubrieron que la línea de los Balcanes constituía la defensa natural de Turquía, y que ahora muchos periódicos británicos no solo confiesan, sino que incluso se regocijan de esa confesión, de que no se necesitó un solo soldado inglés o francés para socorrer Silistria. Finalmente, no puede negarse que Silistria es un punto de gran importancia militar, que la suerte de esta fortaleza decide la suerte de la campaña, y que los rusos, al abandonar el asedio y retirarse súbitamente hasta el Siret, han perdido todo el territorio conquistado en este año y en el pasado.

No obstante, hay que decir que muchos de nuestros periódicos ingleses exageran con mucho la magnitud del actual contratiempo moscovita. Se necesita, ciertamente, mucha credulidad para suponer que la salida de la guarnición de Silistria el 13 de junio y el refuerzo de 2.000 hombres que, según se dice, recibió de Omer Pachá, condujo a la completa derrota de los rusos y obligó a 90.000 o 100.000 hombres a huir ante 15.000. Hasta donde podemos juzgar, la repentina retirada de los rusos es tan enigmática como su repentino ataque. Solo se explica por un previo acuerdo con Austria sobre la ocupación de Valaquia por tropas austriacas. En estas circunstancias, resulta especialmente interesante el siguiente pasaje, que tomamos de la carta del corresponsal en Constantinopla del "Morning Chronicle", quien reveló este plan el 10 de junio, esto es, cuatro días antes de la conclusión del tratado austro-turco:

"Los turcos creen que la diplomacia juega con ellos y que su intención es dejar Silistria a los rusos. Esta sospecha se ve confirmada por la noticia llegada aquí de que en Viena se prepara un nuevo protocolo, en el cual, según oigo, se habla de la caída de Silistria como de un hecho consumado; una vez satisfecha la ambición militar de Rusia, Austria consideraría llegado el momento de su intervención armada para, mediante su cooperación, lograr un arreglo: ocuparía los Principados del Danubio, que los ejércitos rusos tendrían que evacuar."

Si los rusos hubieran tomado Silistria a tiempo, todo habría estado en orden. Pero ahora, conforme al acuerdo con Austria, han tenido que retirarse de manera un tanto ignominiosa, a pesar de no haber logrado satisfacer la ambición militar del zar. Mientras los rusos se retiran hacia el Siret, los austriacos avanzan hacia el Siret y el Danubio y se sitúan así entre los moscovitas y los turcos con sus aliados. En esta posición, son árbitros de la disputa e impiden el avance de ambas partes. Los rusos permanecen en Moldavia, mientras la Conferencia de Viena se ocupará más que nunca de la redacción de protocolos, y así se habrá ganado el invierno. Si la conferencia termina sin resultados —resultado cierto desde que el emperador de Rusia ha recibido el dinero para su nuevo empréstito de 37.000.000 de dólares de Hope & Co., de Ámsterdam—, la posición del ejército ruso detrás del Danubio y del Siret será doblemente fuerte que su antigua posición entre Bucarest y Kustendje. Si consideramos además la fuerza relativa de los rusos ante Silistria y en Bulgaria, ahora en retirada hacia el Siret, y la de los ejércitos aliados, en la medida en que, gracias a sus geniales disposiciones, puedan arrojarse a la balanza, se ve claramente que, incluso con las mejores intenciones, los aliados no serían capaces de frustrar la combinación austro-rusa.

Las fuerzas rusas desplegadas en la costa europea del Mar Negro contra Turquía y los aliados suman trece divisiones de infantería, a saber: tres del tercer cuerpo de ejército, tres del cuarto, una del quinto, tres del sexto y tres divisiones de reserva. A ellas se agregan la tercera, cuarta, quinta y sexta divisiones de caballería ligera, así como la tercera, cuarta y quinta divisiones de artillería. Estas tropas, que constituyen casi la mitad del gran ejército activo, deberían contar, según cifras oficiales, con 16.000 hombres por cada división de infantería, 5.000 por cada división de caballería y 160 cañones por cada división de artillería; en total, alrededor de 250.000 a 260.000 hombres, incluidos tren y cantineros. Pero si juzgamos la fuerza del ejército ruso por la que tuvo en la guerra húngara, podemos estimar una división de infantería rusa en no más de 13.000 a 14.000 hombres, y reducir en consecuencia también la caballería y la artillería. Por tanto, el número real de tropas que los rusos hicieron entrar paulatinamente en los Principados quedaría limitado a unos 210.000 hombres, de los cuales hay que restar al menos 20.000 a 25.000 por pérdidas en batalla y bajas por enfermedad. Si recordamos los estragos que la fiebre palúdica causó en las filas del ejército ruso en 1828/29 y tomamos en cuenta para la comparación las cartas de un cirujano ruso en la "Wiener Medizinische Wochenschrift", podemos calcular, sin exagerar, una baja de un ocho a un diez por ciento de la fuerza total del ejército ruso. Así, a los rusos les quedan unos 180.000 hombres como ejército disponible.

Es interesante ver qué parte de este ejército podía emplearse en las operaciones contra Silistria. Una gran parte de las tropas se necesitaba para asegurar las comunicaciones y los depósitos en la retaguardia de la línea de combate. Bucarest y la línea del Dobruja debían ser ocupadas. Varios destacamentos eran necesarios para proteger los flancos y, en parte, el frente del ejército. Si restamos ahora 60.000 hombres para estas diversas tareas, resultan 130.000 hombres disponibles para el asedio de Silistria y para cubrir esta operación. Esto es más bien una estimación por exceso que por defecto. La situación de Silistria a orillas de un gran río hacía inevitable que el ejército sitiador tuviera que dividirse para cercar la fortaleza por todos lados. Además, en la orilla norte debían establecerse fuertes reservas para apoyar a las tropas que, en caso de derrota, fueran desalojadas de la orilla sur. Finalmente, las tropas que ocupaban la orilla sur o derecha tenían que dividirse a su vez en dos ejércitos; uno debía llevar a cabo el asedio y rechazar las salidas de los sitiados, y el otro cubrir el asedio y repeler a cualquier ejército que se acercara para socorrer la fortaleza. Se necesitaron alrededor de 35.000 a 40.000 hombres para ocupar la orilla izquierda y llevar a cabo el asedio en la orilla derecha. Así, habrían quedado disponibles 80.000 rusos para operaciones activas de campo contra un ejército de socorro, y eso era lo máximo que los rusos podían poner en combate en territorio búlgaro en un radio de diez a veinte millas alrededor de Silistria.

Veamos ahora qué fuerzas pueden oponer actualmente los aliados a los 180.000 rusos. Del ejército turco en Shumla se decía hace algún tiempo que contaba con 80.000 hombres, pero que le faltaba todo lo necesario para combatir en campo abierto, y según los últimos informes de Lord Raglan y de los oficiales de estado mayor franceses, está mal dirigido y, en suma, se encuentra en un estado que prohíbe terminantemente las acciones ofensivas. No es nuestra intención, ni estamos en condiciones en este momento, de verificar la exactitud de estos datos. Basta comprobar que ésta es la opinión oficial de los aliados sobre el estado del principal ejército turco. Desde entonces, las tropas de Kalafat han sido dirigidas a Rustschuk, donde se dice que se está levantando un campamento de 40.000 hombres. Si no se supiera que la dirección de la guerra está completamente en manos de la diplomacia, sería difícil comprender una política que paraliza un cuerpo de tal fuerza, que habría podido obligar a los rusos a abandonar inmediatamente el asedio de Silistria si hubiera marchado sobre Bucarest en lugar de a Rustschuk. Prescindiendo de la actual guarnición de Rustschuk y de la guarnición y reserva de Shumla, es muy dudoso que los turcos puedan desplegar 50.000 hombres en campo abierto que estén en condiciones de resolver la tarea que les espera. Según la opinión de militares occidentales competentes, un soldado inglés o francés vale por lo menos por dos rusos, pero aun así sería necesaria una fuerza de 65.000 aliados para contrapesar al ejército de ocupación ruso. Por tanto, mientras los aliados no puedan reunir tal masa de tropas en Varna, difícilmente entrarán en combate, salvo en caso de extrema necesidad.

Han sido, sin embargo, ya tan precavidos que no se presentaron desde el primer momento en el campo de batalla con tal fuerza que luego no les proporcionara ningún pretexto para mantenerse al margen de las operaciones activas. La totalidad de las fuerzas militares anglo-francesas que se encuentran actualmente en Turquía no asciende a más de 80.000 hombres, aparte de otros 15.000 a 20.000, incluida casi toda la caballería y la artillería, que ahora están en camino hacia allí. Los barcos de transporte fondeados en el Bósforo son, deliberadamente o no, muy limitados en número, de modo que se necesitarían muchas idas y venidas si las tropas hubieran de ser llevadas a Varna exclusivamente por mar. Pero «según los últimos y más exactos informes —dice el corresponsal que ya hemos mencionado—, hasta ahora sólo 12.000 hombres de tropas británicas y francesas han sido transportados por mar, mientras que el grueso del ejército francés avanza lentamente desde Galípoli hacia Constantinopla y Adrianópolis». Como los caminos son notoriamente malos y las dificultades de aprovisionamiento enormes, esta es una circunstancia que permite a su famoso general Saint-Arnaud ir y venir de un lado para otro constantemente entre Varna y Constantinopla; podemos estar seguros de que no dejará escapar ninguna ocasión de dar a cada intriga en el Diván un giro tal que de ello resulte una ventaja sólida para su insondable bolsa. Sobre las dos divisiones británicas que aún se encuentran en Scutari, el mismo corresponsal nos comunica que

«aparentemente todavía no están listas para zarpar, aunque hay anclada toda una flota de barcos de transporte y de vapores aguardando a tomarlas a bordo».

De todos estos hechos se desprende con suficiente claridad para cualquiera que las potencias aliadas han tenido buen cuidado de no hallarse en condiciones de frustrar directamente el actual acuerdo entre Rusia y Austria. Pues si se hubiera perseguido un objetivo semejante, se habría presentado una alternativa muy sencilla: a saber, una alianza anglo-sueca en el mar Báltico, que creara una base de operaciones para tropas auxiliares y facilitara con ello una invasión de Finlandia y un rodeo de las fortalezas de Sveaborg y Kronstadt por tierra, o bien un ataque combinado por mar y tierra contra Crimea y Sebastopol. En lo tocante al primer supuesto, resulta divertido ver cómo el 'London Times', que hace menos de tres semanas proclamaba a voces la necesidad de enviar la escuadra del mar Negro al Báltico, recomienda ahora un simple bloqueo de los puertos del Báltico y el inmediato regreso de la mayor parte de la flota del Báltico al mar Negro, y de repente aboga por la ocupación de Crimea. Es el mismo periódico que fingía lamentar que Napier no pudiera emprender nada antes de que la flota francesa se hubiera unido a él. Ahora que esto ha sucedido, cabe suponer que, al fin y al cabo, no se quiere hacer nada y que tanto la flota inglesa como la francesa prefieren hacer de nuevo una excursión por el Kattegat, el Canal de la Mancha y el estrecho de Gibraltar hasta el mar Negro. Si se considera cuánto tiempo ha requerido ya la unión de estas flotas y cuánto tiempo requeriría a su vez su unión con las fuerzas del almirante Dundas, queda claro que el principal objetivo de estas propuestas es no hacer nada ni en el mar Báltico ni en el mar Negro.

El único punto en el que los rusos, aparte de su imprevista e inesperada derrota en Silistria, han sufrido pérdidas considerables y se hallan rodeados de peligros es el Cáucaso, aunque aún no se sabe nada cierto al respecto. Habían abandonado casi todas sus fortalezas de la costa oriental del mar Negro, no por miedo a las flotas aliadas, sino para reforzar su ejército en Georgia. Se informa de que las tropas rusas, durante su retirada a través del paso de Darial, han sido atacadas de repente por fuertes contingentes de montañeses, tanto de frente como por la retaguardia, resultando aniquilada la vanguardia y viéndose el centro y la retaguardia obligados a retirarse con graves pérdidas. Al mismo tiempo, el ejército de Selim Pachá avanzó desde San Nicolás hacia Osurgeti, desde donde los rusos habían hostigado y amenazado frecuentemente a los turcos, y obligó ahora a los rusos a evacuar esta fortaleza; con este éxito han quedado aseguradas las comunicaciones entre Selim Pachá y el ejército principal turco en Kars. Si se recuerda que este mismo ejército se encontraba en un estado lamentabilísimo durante el invierno y la primavera, la maniobra de los rusos indica al menos que consideraban su posición en Georgia no menos insegura y que necesitaban urgentemente los refuerzos de la costa. Si la derrota registrada en el paso de Darial resulta ser verdadera total o siquiera parcialmente, ello tendrá como consecuencia que el ejército de Vorontsov quedará aislado y tendrá que intentar procurarse una base segura en Tiflis para resistir —lo cual no es tarea fácil— hasta el próximo invierno, o bien tendrá que abrirse paso por el desfiladero a toda costa. Esta operación sería, en cualquier caso, preferible a una retirada hacia el mar Caspio, ya que el paso que conduce a él es incomparablemente más peligroso aún que el de Darial. Sin embargo, sólo podremos pronunciarnos con mayor precisión sobre este punto cuando tengamos noticias más completas y auténticas de aquella región. Hasta ahora, sólo podemos constatar que Rusia ha obtenido indiscutiblemente dos victorias con las últimas operaciones —una con el empréstito de Hope & Co. y otra con el tratado de Austria con la Puerta— y que ha sufrido una derrota: la de Silistria. Sólo el futuro podrá decidir si las ventajas de estas victorias serán lo bastante duraderas como para compensar la ignominia de la derrota.